Perfiles pergaminenses

José Francisco Protasi, tipógrafo y emprendedor que de la mano del trabajo supo forjarse el porvenir


José Protasi un testimonio de vida que recrea valores y anécdotas

Crédito: LA OPINION

José Protasi, un testimonio de vida que recrea valores y anécdotas.

Tiene 92 años. Ingresó a la imprenta Vidaurreta haciendo tareas de limpieza y allí aprendió el oficio que desplegó también en la vieja redacción de LA OPINION. Al jubilarse, incursionó en el rubro de la carne y junto a su cuñado y su sobrino fue fundador de "El Trébol". Su historia es testimonio de lo que se puede alcanzar si se abrazan los sueños.

José Francisco Protasi, "Pepe", nació el 4 de junio de 1929. Tiene 92 años y una lucidez admirable. Creció en el barrio Centenario, en calle Monteagudo y Emilio R. Coni. Hijo de Clementino Protasi y María Agnesino; y hermano de "Cacho" y Carmen, fallecida hace un año. 

La charla está colmada de pequeños tesoros, algo así como postales de otros tiempos, de otro Pergamino y de los valores que nutren su identidad. "Mi padre era italiano y mi mamá hija de italianos, así que tengo raíces de la inmigración muy fuertes", dice en el comienzo. 

Relata que su papá llegó a la Argentina teniendo 17 años: "Lo trajeron medio de contrabando. Era huérfano, sus padres habían fallecido en la guerra que destruyó todo, así que vino con unos familiares y cuando llegó se estableció en Pergamino. Comenzó a trabajar en el campo, más tarde fue albañil, y ese fue su oficio hasta que falleció".

También cuenta que su mamá fue ama de casa y que él y sus hermanos crecieron en un hogar humilde en el que "nunca faltó para comer". Se siente orgulloso de sus orígenes. Fue a la Escuela Nº 77, pero durante poco tiempo. Confiesa que, salvo las matemáticas, para las cuales tuvo siempre mucha facilidad, no le gustaba estudiar. Cuando dejó la escuela salió a buscar trabajo. Siendo un niño, lo consiguió. "Comencé en una carnicería que funcionaba en Castelli y Perú, limpiando y haciendo mandados; después me fui a trabajar en una despensa, en Colón y Avenida". 

Lustrador de zapatos

Inquieto, un día fue a una verdulería, consiguió un cajón y lo transformó en "un cajón de lustrar". "Para poder trabajar tenía que comprarme pomada y tinta, y no tenía dinero. Fui a averiguar a un lugar en calle 9 de Julio. Un litro de tinta para teñir zapatos y dos cajas chicas de pomada negra y marrón costaban 20 centavos. Yo no los tenía. El señor que me atendió me pidió que volviera al día siguiente. Cuando llegué me dijo: 'Pibe, tenés cara de bueno, llevá lo que necesites y me lo pagas cuando puedas'", comenta. Y prosigue: "Me instalé en Castelli y Merced, donde había una fonda a la que llegaban muchos chacareros. Tenía 12 años cuando comencé a ser lustrador de zapatos".

En la imprenta

Más tarde vendió diarios y rifas, hasta que, teniendo 14 años a través de un amigo de su padre, ingresó a la impresa Vidaurreta. "Me probaron durante 15 días y como vieron que era responsable, me dejaron efectivo. Mi tarea consistía en limpiar y hacer mandados".

En ese lugar aprendió mucho de lo que no le había enseñado la escuela. "Un día tuve una discusión con el patrón, fue una situación injusta, que luego tuvo su recompensa. Me reprendió porque me había demorado más de la cuenta en un mandado. Me fui a mi casa dolido. A la tarde fui a cobrar y cuando me preguntó qué me había sucedido, le expliqué que me había sentido mal, porque yo lo respetaba y pretendía lo mismo. Asumió su equivocación y me pidió disculpas. Me instó a que volviera a trabajar y yo quería hacerlo. Le dije que regresaba si me aumentaba el sueldo. Aceptó. Yo cobraba 50 centavos por día y empecé a ganar 60", sostiene, aclarando que ese fue un episodio aislado en su relación con la familia Vidaurreta, siempre muy generosa con él.

Las mañanas en El Tiempo

Cada día, antes de entrar a la imprenta, iba a la redacción del Semanario El Tiempo que funcionaba en la esquina de 25 de Mayo y Mitre. "Los responsables eran Yavícoli y Bustamente, socios, que andaban mal porque uno era comunista y el otro conservador. Allí trabajaban grandes periodistas de la época. Di Núbila, que era uno de ellos, me daba unos centavos, yo me iba a la panadería de Scrinzi, en Doctor Alem y Mitre, compraba tortas negras y las llevaba para el mate. Ese era el ritual de todas las mañanas".

Aprender mirando

Interesado en aprender el oficio de tipógrafo, le pidió a Luis Vidaurreta, su jefe, que le enseñara. "En ese tiempo había dos tipógrafos, y a cierta hora mi tarea era pararme al lado de ellos a mirar lo que hacían, sin hablarles. No les gustaba demasiado y cuando me descuidaba se daban vuelta de golpe y me llevaban por delante. Yo persistía. Cuando llevaba un año mirando, uno de ellos se enfermó y mi patrón me preguntó si me animaba a hacer una estampita. Por supuesto que acepté. Me compré un diccionario porque tenía faltas de ortografía y consultaba cada palabra que me generaba dudas. Así me hice tipógrafo, un oficio que ejercí durante 40 años. Se escribía letra por letra, como la imprenta de Gutemberg".

Trabajando comenzó a hacerse su casa y el esfuerzo que suponía esa meta lo obligó a buscar otro empleo. "Enrique Venini me convocó para que le diera una mano en el Diario LA OPINION. Trabajaba en la imprenta hasta las 17:00, me iba a casa, me bañaba, comía algo y entraba al diario donde me quedaba hasta que se imprimía, cerca de las 2:00 de la madrugada".

Describe esa tarea realizada en la vieja redacción de LA OPINION acercando al relato la complejidad que suponía la labor: "Era titulero y el trabajo se hacía de manera muy artesanal. En una caja estaban las letras, cada una tenía un número, tenías que tener mucha lucidez para saber si encajaban en el cuadro que te marcaban".

Mantuvo sus dos empleos y cuando su economía logró aliviarse, se quedó solo con la imprenta.

"En una oportunidad me tentaron para ir a trabajar a un diario de Paraguay, dos periodistas de Pergamino se fueron, pero yo estaba establecido aquí", refiere.

El deporte

Aunque el trabajo siempre fue su pilar, se hizo tiempo para el deporte. Jugó al fútbol en varios clubes, entre ellos Provincial, Juventud y Compañía. También fue precursor de la formación del Club La Ribera, del que fue secretario de Actas. "Me gustó jugar y también participar de la vida de las instituciones, en el gremio de los periodistas y gráficos también fui secretario de Actas", agrega.

Su familia

José se había casado con Victoria Elena Bello, una mujer a la que conoció en su juventud y que lo cautivó con su sencillez. "Era muy seria y nunca se maquillaba. Yo le hacía bromas y ella solo sonreía, no me daba mucha bolilla, hasta que un día coincidimos en un baile y nos pusimos de acuerdo", relata con ternura. Tuvieron tres hijos. "Uno de ellos falleció al nacer, después llegaron Oscar y Elisa", menciona.

"Oscar está casado con Liliana Servera y tienen dos hijos: Sebastián y Joaquín. Elisa está casada con Osvaldo Morales y tienen a Julieta. También tengo dos bisnietos: Isabella y Benjamín. Todos me quieren y cuidan mucho".

Un nuevo desafío

Trabajó como gráfico hasta los 55 años en que se jubiló. Pero eso de ningún modo significó el retiro de su vida laboral. "Dejé el oficio, pero me aboqué a una nueva actividad".

"Mi cuñado, que ya falleció, era matarife; me propuso que hiciéramos una sociedad para vender achuras. En aquel entonces no se consumían como ahora. Salí a repartir para imponerlas en carnicerías. Empecé con cuatro clientes y la cartera se fue agrandando. Mi hermana tuvo la idea de comprar un terreno y construir un salón en Illia y Emilio R. Coni. Allí con mi cuñado y mi sobrino fundamos 'El Trébol', un emprendimiento que nos dio enormes satisfacciones. El reparto se hizo grande, teníamos 65 carnicerías y supermercados. Con el tiempo se hicieron tres cámaras, hacíamos hielo y además vendíamos corderos y lechones", relata.

Por la mañana hacía el reparto y por la tarde se quedaba en el negocio: "Siempre estaba en la caja y era como una especie de gerente". Teniendo 82 años, le manifestó a su cuñado su intención de retirarse. Le pidió que se quedara un año más y al final del año siguiente, fiel a su deseo, le dijo que se iba. "Nos reunimos a hablar en el escritorio y nos retiramos los tres: mi cuñado Horacio Montenegro, mi sobrino Darío Montenegro y yo. Le dejamos el negocio a los obreros, en vez de indemnizarlos. Uno de ellos es mi yerno, a quien yo le había enseñado el reparto".

"Andábamos en una camioneta vieja, nos decían 'Los Picapiedra' porque pensaban que el vehículo se iba a desarmar porque para terminar el reparto íbamos a toda velocidad", agrega.

"También mi otro sobrino, Héctor Montenegro, trabajó un tiempo conmigo. El había abandonado el colegio como yo, y siempre decía que me quería como a un padre por los buenos consejos que le daba", menciona contando que su sobrino tomó la decisión de estudiar Medicina. "Cuando me lo dijo, no le di crédito. Siete años después se recibió y me entregó el diploma, fue una emoción enorme".

Su presente

A casi 10 años de haber dejado de trabajar, reconoce que sigue madrugando como cuando las obligaciones se lo imponían. "Me despierto a las 6:00 de la mañana, escucho radio, leo y tomo mate".

Ayudado por su bastón, tiene una salud que le permite vivir su vejez sin sobresaltos. En lo personal la vida le dio una nueva oportunidad cuando a tres años de enviudar estableció una relación con Mabel Pire, su vecina de toda la vida, que también había perdido a su esposo. "Nos conocíamos desde siempre, pero no intercambiábamos más que un saludo. Un día yo estaba barriendo la vereda, ella se acercó y me preguntó qué me pasaba porque me veía triste. Le dije que no encontraba resignación por la muerte de mi esposa. Ella me confesó que le pasaba lo mismo, pero que teníamos que ser fuertes y seguir adelante. Me abrazó en un gesto de consuelo. Me quedé pensando en ella. Días más tarde la llamé por teléfono, le pregunté si podía tutearla, y si podíamos conversar. Me dijo que sí. Y desde ese día estamos felizmente juntos. Ambos necesitábamos compañía", relata.  

Hoy conviven en la armonía de aquellos que saben amar y contener. Sus familias se han ensamblado a ese amor y no saben de conflictos. "Mantenemos las dos casas y estamos siempre juntos. Ella tiene tres hijas: Nora, Nancy y Gabriela. Vivimos tranquilos y nuestros hijos también porque saben que estamos acompañados".

Si volviera a nacer

Sin asignaturas pendientes, disfruta de todo lo que la vida aún tiene para darle. "No tengo un solo enemigo", afirma. Confiesa que, si volviera a nacer, desearía vivir la misma vida. "Empecé en una carnicería y terminé en una carnicería. Todo en la vida es un círculo. Fui un luchador y tuve mi recompensa. Si volviera a nacer quisiera ser pobre como fui, porque esa pobreza me enseñó muchas cosas. Si tuviera que vivir de nuevo, quisiera ser lo que fui", concluye, en una reflexión que enseña el valor de honrar la vida y vivirla fiel a los ideales, con la honradez y la constancia como banderas.


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