Perfiles pergaminenses

Onilda Marqués de Mooney: una hermosa historia de vida escrita en 100 años


Onilda Marqués viuda de Mooney mantuvo un clido dilogo con LA OPINION

Crédito: LA OPINION

Onilda Marqués, viuda de Mooney mantuvo un cálido diálogo con LA OPINION.

Nació en 1924, en el seno de una familia que la nutrió de buenos valores. Desde chica quiso ser maestra y ejerció la docencia con compromiso. Se casó, tuvo sus hijas y hoy disfruta de nietos y bisnietos. Tiene la templanza que da el paso del tiempo y una mirada que se transforma en testimonio y legado. Ama vivir y disfruta de su longevidad rodeada de sus afectos.

Onilda tiene 100 años. Los cumplió el 30 de enero. Su segundo nombre es Noemí y su apellido Marqués de Mooney. Es jueves a la tarde, y ese sol aún cálido del otoño entra por el ventanal de su casa. Allí recibe la entrevista que le propone esta sección. La acepta con agrado. Está sentada delante de un ventanal por el que se filtra un resplandor que le ilumina el rostro, tanto como seguramente el paso de la vida le ilumina la mirada, cada vez que su mente recrea un recuerdo hermoso. Es un privilegio escucharla. Tiene una lucidez admirable. Cualquiera compraría el pasaporte a los 100 años si el tiempo le garantizara un transcurrir como el de Onilda, una mujer que ha sobrellevado las pérdidas con entereza sin resignar jamás la alegría, un atributo que, a simple vista, pareciera ser su tesoro.

Apenas se inicia la charla sonríe y se presenta con una formalidad que va abandonando a medida que el diálogo va fluyendo entre vivencias y sentimientos asociados a ellas. Su aspecto es jovial, elegante y a la vez sencillo. Lleva unos aros hermosos que brillan y tiene una mirada transparente. Usa un perfume que invade el ambiente de un exquisito aroma a flores o a frutas. No tiene una historia grandilocuente para contar, pero sí el testimonio de una vida larga vivida plenamente, honrando valores que tomó de los suyos, hizo propios y trasladó a quienes siguieron sus pasos.

La conversación se inicia con anécdotas de su cumpleaños, una reunión inolvidable que le organizaron sus nietos. Su familia es su pilar afectivo y lo dice todo el tiempo. Habla con profundo amor de sus hijas, nietos y bisnietos.

"Festejé mis cien años en enero, los chicos se ocuparon de organizar todo. Me parecía mentira estar cumpliendo esa edad", refiere y asegura que, aunque en su familia todos fueron longevos, ninguno llegó a cumplir los años que ella tiene y lleva sin ninguna dificultad más que "los achaques" propios del paso del tiempo. "Hace poco más de un año que me caí y me quebré la cadera, mi hija vive conmigo desde entonces", cuenta. 

Relata que nació en Pergamino, porque su mamá se establecía en la ciudad cuando se acercaba la fecha de parir, ya que ellos vivían en Arroyo Dulce. "Ese fue mi pueblo", señala. Sus papás fueron Juan y Juana: él tenía un almacén de ramos generales y era cerealista; ella era ama de casa y una mujer a la que siempre le gustaron las labores y la lectura. "Tuve muy buenos padres, no eran como los viejos de antes, sino más bien como los padres de ahora, muy afectuosos con nosotros y presentes en cada cosa que hacíamos", resalta. Y en ese plural del "nosotros" incluye a sus hermanos: Haydee, Osvaldo y Fernando, ya fallecidos.

Una inquietud por aprender

Desde chica, Onilda sintió curiosidad por el conocimiento. En su tiempo la escuela era Laines, y no se permitía el ingreso hasta los 8 años. "Por esta razón mis tías y mi abuela me llevaron a Rosario, donde pude comenzar a los 6 como oyente. No tenía edad para estar escolarizada, pero me encantaba", comenta y recuerda con enorme gratitud ese tiempo de su infancia. "Me encantaba estar allá. La casa de mis tías estaba enfrente de donde hoy funciona la Basílica San Antonio, donde tomé mi primera comunión".

"Después me volví a casa en Arroyo Dulce, en la escuela del pueblo hice segundo y tercer grado y cuando estaba en cuarto nos mudamos a Pergamino. Nos establecimos en calle San Nicolás y terminé la primaria en el Colegio Nuestra Señora del Huerto", prosigue. Y agrega: "Siempre me faltaba edad para cumplir con las leyes, porque había que tener 14 años para entrar a primer año del secundario, por esa razón hice un año en el Colegio Nacional y cuando tuve la edad me pasé al Normal, donde me recibí de maestra".

Una linda infancia

Cuando habla de su infancia vuelve a ser un poco niña. Cuenta con lujo de detalles cómo eran los juegos. Algunas vivencias la retratan en Arroyo Dulce, otras la muestran en Rosario, y muchas otras ya en Pergamino: "Enfrente de casa vivía una familia que tenía dos o tres hijos y nos encantaba pasarnos las tardes jugando a las payanas en el zaguán. No teníamos tantas cosas como tienen los chicos de hoy, pero éramos felices".

"Yo era una niña feliz y disfrutaba mucho de pasar tiempo con mis tías Julia, Amalia, de chica me escondía en el baño a maquillarme, siempre fui coqueta. Y amaba pasar tiempo con mi tío Pancho, lo adoraba", relata.

Una vocación temprana

Desde siempre supo que quería ser docente. Recuerda que siendo niña jugaba "a la maestra" y sentaba en condición de alumnos a los amigos que iban de visita a su casa. "Nunca fui una excelente alumna, pero me encantaba la escuela y soñaba con poder enseñar. Seguí ese impulso y me recibí de maestra", resalta. Y agrega: "Tuve una carrera divina, estudié de maestra con una gran vocación".

Asegura que no le resultó fácil ingresar a la docencia. "Estuve como seis años sin conseguir empleo, no era sencillo, y tenías que tener alguna cuña que yo no tenía", señala. Finalmente logró entrar: "Fue en Manuel Ocampo, en la Escuela N° 3. Me quedé diez años allí. Era una escuela hermosa, que parecía un chalet y había una gran comunidad".

Recuerda que iban por camino de tierra, cuando se podía en colectivo, otras veces alquilábamos un auto, y en ocasiones viajábamos en trenes de carga. Se ponía en juego la vocación en ese andar cotidiano que la alejaba de su casa, pero Onilda lo vivía con entusiasmo y compromiso. "Siempre fui maestra de cuarto y quinto grado. Una sola vez por una suplencia tuve un primer grado, y como anécdota siempre digo que en una semana adelgacé cinco kilos, me costaba llevarle el ritmo a los más chiquitos".

A través de Nicolás Torres, director de la Escuela N°8 consiguió que la trasladaran en préstamo a Pergamino. "Fue un modo de acercarme a la ciudad. Pero reconozco que me costó mucho el cambio, me encontré con otra comunidad, yo estaba acostumbrada a los chicos del campo, y había dos mujeres grandes que no les dispensaban el mejor trato a los niños. Fue una experiencia un tanto difícil, pero la pude sobrellevar", relata.

Al año siguiente se produjo un gran movimiento de maestros y consiguió trasladarse a la Escuela N°4. Estuve ahí hasta que me fui para trabajar en la Escuela N°5, donde me jubilé. "Empecé y terminé como maestra, nunca aspiré a ser directora ni secretaria, a mí me gustaba el aula", refiere y conserva en su memoria las experiencias de su paso por cada escuela. También, el recuerdo de afectos entrañables.

Cuenta que se jubiló a los 45 años. "Para cuando surgió la posibilidad de jubilarme, mi esposo no quería que yo siguiera yendo a la escuela, así que tomé esa opción que se nos brindaba a los docentes y me retiré. Desde ese momento me aboqué de lleno al negocio familiar y a la crianza de mis hijas".

Su universo afectivo

En este punto el relato se introduce en sus afectos. "Me nombraron maestra en marzo de 1948 y en diciembre de ese mismo año me casé", señala y menciona que había conocido a su esposo, Guillermo Mooney en Acevedo. "El era trabajador de Rentas y luego tuvo la librería ?La Cubana'" en San Nicolás y Avenida, donde también vivíamos".

Afirma que fueron muy felices juntos y fruto de ese amor nacieron sus hijas: Lilian, fallecida hace unos años; y Anatilde con quien vive actualmente. Enviudó cuando tenía 60 años y nunca rehízo su vida de pareja. Dedicó su tiempo a su familia y al negocio que estuvo abierto durante cuatro décadas.

 "Soy abuela de cinco nietos: María Eugenia, Federico, Florencia, Bernarda y Tomás. Las mujeres están las tres casadas y los muchachos están de novio", menciona y se llena de orgullo al hablar de ellos. También de sus bisnietos: Joaquín, Camila, Lucía, Ana Julia, Amelia y Pedro.

Una de sus nietas vive en Estados Unidos, también alguno de sus bisnietos; otros están en Rosario y el resto vive en Pergamino. "Nos hemos acostumbrado a las distancias y siempre nos sentimos muy cerca. Me llaman todos los días, me siento muy querida".

Una viajera

Onilda siempre había tenido el deseo de viajar y la vida le permitió cumplir ese sueño. En el año 2000 su hija Anatilde se había mudado a Estados Unidos, donde vive su sobrina. Onilda se fue con ella, estuvo diez meses y regresó. Extrañaba y eso la hizo desistir de su intención de radicarse definitivamente allá. Como alternativa adoptó la dinámica de estar seis meses en Pergamino y seis en Nueva Jersey. "Acá no me pescaba ningún invierno, siempre estaba en verano", sostiene. 

Ese fue su ritmo de vida hasta hace tres años en que dejó de viajar. "Un día dije ya basta, se venció el pasaporte y la visa y decidí no renovarla", agrega esta mujer que ama estar en su hogar, tejer para los bisnietos, cocinar para todos y esperarlos con una sonrisa y el abrazo siempre dispuesto.

Testigo y protagonista de la historia

Onilda fue testigo y protagonista de un siglo de historia. Su mente es lúcida y su mirada, inteligente. En el "debe" del balance, ya no quedan pendientes. En el "haber", lo mucho que ha vivido.

Las comparaciones, los cambios de época, las transformaciones que experimentó son difíciles de abarcar en el espacio de un artículo. Fue niña en un tiempo en que la vida era "sencilla" y se nutrió de buenos valores.

Creció en un mundo también diferente. Se hizo un lugar, construyó una trayectoria. Su historia docente es en parte suya, y en parte retazo del testimonio de tantos otros de su época.

Sus ojos vieron otro Pergamino. "Esta ciudad siempre me pareció muy linda. La defiendo y pondero. En una época vivimos en avenida, entre Moreno y Azcuánaga, y ya la avenida era hermosa. No tanto como hoy, pero bella", refiere, sabiendo que ese sentido de pertenencia marcó el rumbo de sus decisiones de vida. Su biografía se escribió de la mano de etapas florecientes, crisis, felicidades y tristezas. Tomó lo bueno y lo demás lo dejó de lado. Esa es su esencia.

La apena profundamente haber perdido seres amados. Ya no está su esposo, ni su hija, tampoco varias amigas. Entiende que es consecuencia del devenir de la vida: "Duele perder gente querida, y con el paso del tiempo el dolor se profundiza, pero hay que seguir adelante por los que quedan", afirma, en una reflexión que la define.

El secreto y la clave

No sabe cuál es el secreto para vivir cien años. Lo que sí sabe es que en su caso la ha acompañado la buena salud y el haber tenido una vida tranquila. "Viví bien", dice, sobre el final y cuando la pregunta la interroga sobre el porvenir, confiesa que no piensa demasiado en eso. Su vida ocurre en el presente. Lo dice en la calma de su hogar, en ese espacio cotidiano en el que transcurre sus días. Y con la misma sonrisa del comienzo, la charla simplemente, finaliza, con el sol aún instalado en la ventana. La vida para Onilda es hoy y al señalarlo, el peso de esa afirmación cobra verdadera dimensión. A cualquier edad, la vida es hoy, y esa quizás sea la clave.


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