Perfiles pergaminenses

Delia Movio y su testimonio de cómo poner la fe en acción para el prójimo


Delia Movio- con Cristo por detrs de cada una de las acciones

Crédito: LA OPINION

Delia Movio: con Cristo por detrás de cada una de las acciones.

Desde chica se vinculó a la Iglesia Católica y desplegó una sostenida tarea diocesana con enorme compromiso social. Pergamino la adoptó siendo una niña cuando con sus padres llegó de Paraná, donde nació, y en el barrio José Hernández echó las raíces de una vida construida sobre la base de los buenos valores cristianos y el amor.

Delia Movio vive en el barrio José Hernández desde que llegó a Pergamino de Paraná, Entre Ríos, donde nació. Tenía cuatro años cuando eso sucedió, gracias a que esta era una ciudad en la que sobraban posibilidades de empleo para su padre, que era albañil. "Teníamos un tío que por carta le comentó a mi papá que acá había trabajo, así que nos vinimos y nos establecimos en el barrio desde entonces", relata en el comienzo de la entrevista. Hija de Rubén Movio y María Dora Aguilar, Delia es la mayor de cinco hermanos: Graciela, Estela Maris, Rubén y Cristian. "Cuando nos vinimos a Pergamino éramos mi hermana y yo, mis otros hermanos nacieron acá. Vinimos con dos primos, María del Carmen e Isidoro, que mi mamá tenía a cargo", comenta y recrea las vivencias de una familia de trabajo, ampliada a primos, tíos y a todo aquel que necesitara refugio. "Cuando llegamos nos establecimos en una casita atrás de la casa de mi tío Tomás, crecimos con nuestros primos mayores y nuestra familia se fue agrandando a medida que otros iban llegando de Paraná en busca de trabajo", menciona y recuerda que el sector del barrio José Hernández donde vivían era conocido como "la zona del matadero", como denotando una entidad marginal, que con el tiempo se fue perdiendo para ganar los atributos de un barrio. "Era campo, con muy pocas construcciones", indica y mira a su alrededor una geografía completamente distinta a la de entonces. Sus ojos han sido testigos del progreso. Su casa está emplazada muy cerca del lugar en el que creció y tiene la impronta del esfuerzo. Imágenes religiosas acompañan su espacio, tienen presencia en su hogar, lo mismo que en su vida.

Es una mujer agradecida a sus raíces y aunque se siente pergaminense de cuerpo y alma, recuerda con nostalgia los veranos que pasaba en Federal, Entre Ríos, donde vivían sus abuelos paternos. "Mi padre que trabajaba en Bártoli, una empresa constructora, tomaba vacaciones en diciembre y nos íbamos a visitar a mis abuelos: José Movio, trabajador vial y Elisa Giménez, de quien heredó la fe".

"Esos tiempos de mi infancia fueron muy felices. Mi abuela preparaba el sulky y por un camino de ripio íbamos al pueblo para asistir a misa los domingos. Me ponía un vestido blanco. Era su nieta mayor, y siempre me sentí muy cuidada y protegida. Fui una niña amada y querida", señala con emoción.

Fue a la Escuela Nº 50, que por entonces funcionaba en un edificio de madera que solo tenía construido en material la dirección y la biblioteca. Al terminar la primaria hizo un año del secundario, pero sus dificultades con el aprendizaje del idioma inglés la desalentaron. Comenzó a trabajar a los 12 años. "En Pergamino sobraban las oportunidades de trabajo y te daban empleo siendo jovencita", refiere y comenta que su primera experiencia laboral fue en un taller de costura de Adolfo Monaquino, donde confeccionaban pantalones de vestir. "Allí aprendí a coser a mano y también a utilizar las máquinas", cuenta. Más tarde trabajó en la fábrica Dinardo, que funcionaba en Lagos y Doctor Alem; y luego en Linotex, donde estuvo cinco años hasta que cerró. Retomó su historia laboral muchos años después, ya con sus hijos crecidos, realizando tareas de limpieza en casas de familia.

Su fe, como pilar

La calidez de la charla hace que la cronología no resulte ordenada. Pero hay un hilo conductor que de manera invisible une cada parte del relato: la fe. La vida de Delia encuentra en su creencia religiosa y en la práctica de esa fe un eje vertebral.

Reconoce que siendo niña sintió que las Hermanas Adoratrices y el sacerdote de la Parroquia Nuestra Señora del Luján, de algún modo, la rescataron: "Eramos muy pobres. El cura de la Parroquia pasaba por el barrio cuando iba a dar misa a las Hermanas Adoratrices y miraba el barrio pensando qué desamparada estaba la gente que vivía allí. Un día, desayunando con las hermanas y con la señora Nélida Stéfani, llegaron al barrio. Eso cambió mi vida para siempre porque comencé a vincularme con la vida de la Iglesia de manera muy activa y a colaborar en todo lo que estuviera a mi alcance", relata.

Tomó la comunión en la Parroquia Nuestra Señora del Luján cuando se estaba construyendo. El sacerdote del que habla Delia era el padre Carlos Pérez, que luego sería el confesor de Gladys Motta, la nicoleña que recibió los mensajes de la Virgen del Rosario de San Nicolás, y quien fue hacedor y rector del santuario desde su nacimiento y hasta 2016. "El padre Pérez y las Hermanas Adoratrices fueron un puntal muy fuerte en mi vida", recalca y sostiene que en su niñez, adolescencia, juventud y en su adultez siempre estuvo rodeada de buenas personas. "Lo que no aprendí en mi casa me lo enseñaron las Hermanas Adoratrices", resalta y recuerda que disfrutaba de salir con la hermana Blanca en la camioneta a hacer las compras y regresar para rezar. "Ahí nació mi vocación de ser tan arraigada a la fe y tan diocesana", afirma mencionando innumerables anécdotas de fiestas patronales, viajes, retiros y experiencias que fortalecieron su espíritu y pusieron su fe en acto.

"La señora de la Iglesia"

"Me gustaba mucho andar en la calle, recorrer el barrio. Me siento identificada con la realidad de la gente y rescatada", menciona y confiesa que "el bálsamo más lindo del mundo es el olor a humo, a grasa, los mocos pegados en la cara de los chicos y esos abrazos incondicionales". Muchos no la conocen por su nombre sino que la llaman "la señora de la Iglesia". Eso la reconforta, porque en el territorio del barrio es donde ha ejercido su compromiso social y donde ha expresado siempre su sensibilidad abriendo las puertas de su hogar a muchos chicos que encontraron allí un refugio. "Me los llevaba a casa, pasábamos sábados y domingos jugando a las cartas, viendo televisión, conversando. Era un modo de protegerlos, de que estuvieran contenidos y de ese modo evitaba que los acusaran de cualquier cosa". Esa es su generosidad y su mayor compromiso. Fue catequista y colaboradora incansable en cualquier tarea. Conoció mucha gente, y hay personas con las que hace más de 50 años comparte esa tarea diocesana de la que se siente orgullosa. Menciona a dos compañeras: Anita Bareiro y Mary Fontana y en ellas reconoce a tantas bellas personas con las que la vida le dio la posibilidad de cruzarse.

Su familia, refugio del amor

Hace tres años una afección de salud la obligó a desacelerar el ritmo de sus actividades. Está a la espera de poder operarse del corazón y es respetuosa de las indicaciones que le hacen sus médicos. No ha sido la primera dificultad que le tocó atravesar en relación a su salud. Siendo muy joven se recuperó de un cáncer de útero y convive con un tumor de mama que controla de manera periódica. Ninguna de esas situaciones desalentó ni puso en duda su fe que siempre fue inquebrantable.

Supera cada obstáculo y disfruta de cada momento de felicidad junto a su familia, integrada por Juan Carlos Iriondo, su esposo desde hace más de 40 años; sus hijos Mauricio Manuel (41), casado con Romina Campos; y Vanesa (35) que vive en Ushuaia y está casada con Alberto Gómez; y sus nietos: Tatiana María (4) y Martín (2).

"Juan Carlos vivía al lado de la Parroquia Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás y San Carlos Borromeo, yo tenía 14 años cuando nos conocimos y él era un poco mayor que yo. Nos enamoramos, estuvimos cuatro años de novios y nos casamos. El era camionero, hoy está jubilado, y siempre me aceptó como yo era. Fuimos siempre muy compañeros", cuenta Delia y describe dolorosas situaciones que afrontaron juntos, como la pérdida de un hijo Emanuel que falleció al nacer. "Hoy nuestro hijo tendría 38 años, fue un dolor terrible, yo quedé con depresión y no quería volver a quedar embarazada porque tenía miedo de que me pasara lo mismo", confiesa. Y comenta que fue su médico Pedro Villalba quien la ayudó a transitar esa experiencia y le abrió las puertas de un camino que la reencontró con la vida: "Luego de mandarme a la psicóloga me anotó para ser mamá de tránsito y me dieron un bebé de seis meses. Nos cambió la vida. Facundo estuvo en casa tres años. Las asistentes sociales que nos visitaban me ayudaron a entender que él no era nuestro, que estaba esperando a su familia y que seguramente el nombre que le habíamos puesto no iba a ser el que llevara luego cuando lo adoptaran. Haber sido mamá de tránsito volvió a despertar mi deseo de ser madre. Enseguida quedé embarazada de Vanesa".

Hoy que ya no puede tener la actividad que tenía en la Iglesia, participa de grupos de oración. Reconoce que le llevó tiempo asimilar lo que pasaba con su salud. "Por un momento sentí que todos los proyectos que tenía cuando me jubilara quedaban truncos. Pero después asumí que era la voluntad de Dios que me había concedido la gracia de haber hecho todo lo que quise hasta los 59 años y que ahora que ya tengo 62, estaba llamada a vivir de otra manera y a practicar mi fe de una manera distinta y no por eso menos plena".

"Hice todo lo que quise, fui la mujer más feliz dentro de toda la tristeza que tenemos todas las familias. Mi actitud siempre me ayudó a salir adelante y mi familia fue un gran refugio; además de la fe que da todas las herramientas, sin fe no hay alegría, ni confianza, ni esperanza", reflexiona, con el temple que da la convicción.

 "Hemos hecho de todo. Viajamos en familia, nos disfrutamos, nos amamos. Somos generosos y le hemos dado lugar en nuestra vida a Dios y a nuestro prójimo", agrega. Es en este punto del relato cuando menciona que junto a su esposo se sienten parte de la familia de San Martín de Porres. "Hemos colaborado con el trabajo del padre Pablo Juan (Portela Moreno). Mi esposo llegó a reunir el dinero de dos aguinaldos para alquilar una casa en la Laguna de Junín y llevar a los chicos de San Martín de Porres de vacaciones junto con nuestros hijos". 

Escucharla relatar las anécdotas, el sentir de una tarea sumamente comprometida con lo social y con los suyos, hace pensar en la certeza de que se está frente a alguien que ya tiene el cielo ganado. Ella de algún modo lo sabe, porque ha vivido fiel a sus valores, a sus principios aprendidos en una fe de esas que le dan sentido al hacer de todos los días. "Me siento en paz. Estuve con mis hermanos, con mis padres, tengo a mi madre; cuidé enfermos; hice todo lo que estuvo a mi alcance por quienes me necesitaron. He sido y soy afortunada", afirma casi sobre el final y solo centra su hacer en el hoy, ese territorio del presente donde están los sueños realizados y la dicha de vivirlo con sus claroscuros de la mano de su familia y de Dios. Fiel a sus principios. Sin pedir nada más.


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