Perfiles pergaminenses

José Luis Arrieta: un vendedor ambulante de helados y garrapiñadas que hizo de la calle su vidriera


A José Luis Arrieta es habitual verlo en distintos puntos de la ciudad vendiendo garrapiñadas o helados

Crédito: LA OPINION

A José Luis Arrieta es habitual verlo en distintos puntos de la ciudad vendiendo garrapiñadas o helados.

Es común encontrarlo en eventos culturales y deportivos. Su bicicleta es el vehículo que transporta lo que ofrece. Lo conocen todos por su predisposición y la alegría con la que realiza su tarea. Llegó a Pergamino desde Vera, provincia de Santa Fe, y aquí forjó su destino. Lleva en el alma su amor por la venta y está orgulloso del trabajo que le ha permitido vivir dignamente.

José Luis Arrieta nació en Vera, provincia de Santa Fe, llegó a Pergamino en el año 1986 y su historia de vida es testimonio de cómo el trabajo y la dedicación aportan como recompensa la superación y el progreso. 

Creció en una familia numerosa: "Nosotros éramos siete hermanos, mi mamá, Irma Delgado, mi papá Juan Pedro Arrieta, abuelos, tíos y primos", refiere en el comienzo de la entrevista que se desarrolla en la intimidad del hogar que comparte con su mujer Laura y dos de los hijos de ella. 

"Mi viejo era mozo y mi mamá limpiaba en casas de familia, así nos mantenían", señala con orgullo. La dignidad del trabajo formó parte de los cimientos de su familia desde siempre y él abrazó tempranamente esos valores y siempre fue "un buscavidas".

Cursó los primeros años de la escuela primaria en Vera, después su papá lo puso pupilo en un colegio de El Trébol. "Allí vivíamos todo el año y solo cada tanto te mandaban a tu casa", relata y confiesa que ese fue su primer desarraigo, pero siempre entendió las razones que habían motivado a su padre para que él y su hermano mayor asistieran a esa escuela en la que además se formaban en distintos oficios.

"Yo tenía 9 años, y compartía el tiempo con chicos que eran huérfanos. Nosotros teníamos a nuestros padres, pero éramos muchos y era difícil mantenernos a todos", agrega, rescatando los aprendizajes adquiridos en esa escuela experimental. "Aprendí lo que es la vida y a defenderme en mi paso por la escuela. Ahí aprendí a trabajar, estudiaba por la mañana y por la tarde trabajábamos formándonos en distintos oficios".

Ser canillita

Al regresar a Vera, teniendo 14 años, se insertó rápidamente en el mercado laboral y se transformó en canillita, gracias a una puerta que le abrió su abuelo paterno. "En verdad yo había trabajado desde chico, porque ya con 7 años andaba juntando algodón, cosechábamos papas y zanahorias, lo que aparecía como una alternativa. Pero cuando mi abuelo me propuso la venta de diarios, ahí se abrió para mí una enorme oportunidad. Con esa actividad me inicié en la tarea de ser canillita y más que eso, vendedor ambulante".

Cuenta que salía con su bicicleta a vender diarios. "Arranqué vendiendo quince diarios y terminé teniendo 300 clientes fiados" y relata que andaba en una bicicleta con canasto recorriendo Vera. "Por ese entonces mi padre se había ido a trabajar de mozo en la Costanera y había que ayudar en casa. Siempre le agradezco a mi abuelo Romualdo que me consiguió para vender diarios", menciona y recuerda con emoción que todo el dinero que ganaba se lo daba a su madre y con eso ella podía comprar todo lo que necesitaba. "Hasta pudo cambiar sus muebles, yo era muy chico y sentía orgullo de lo que podía hacer por mi vieja".

Su llegada a "la perla del norte"

Dejó de ser canillita cuando con la que por entonces era su esposa tomó la decisión de establecerse en Pergamino, un lugar al que todos conocían como "la perla del norte", allí donde abundaban las posibilidades de trabajo y progreso. Era papá de dos hijos en ese tiempo y aquí nació el tercero que tuvo en su primer matrimonio. Al llegar se establecieron en una casa que les prestaron en Francia y General Paz. Más tarde vivieron en el viejo hotel Mitre y cuando logró establecerse laboralmente, alquiló otra propiedad.

"Las diferencias con Vera eran infinitas, allá se ganaban treinta pesos por mes y acá ese dinero era el que se podía ganar por día", refiere. "Cuando llegué comencé a trabajar con un ingeniero, Barleta, para sembrar semillas y sembrar soja.

Heladero

Al tiempo se quedó sin trabajo y empezó a vender helados que es lo que hace actualmente. "En esa época vendía para Insausti y Federici, éramos como quince heladeros en ese tiempo. Te daban la bicicleta y el canasto y vendía helados Frigor. Yo iba al complejo de Canillitas a vender y andaba por todos lados".

Fue de la mano de esa actividad que ingresó a la cancha del club Douglas Haig. "La empresa para la que yo trabajaba pagaba una publicidad en el estadio y me permitían entrar a vender. A los helados le sumé las garrapiñadas y con eso ganaba un peso extra", describe.

La vida familiar

En el plano personal, cuando se separó de su primera esposa, los chicos se quedaron con él. Con el tiempo estableció otra pareja y tuvo seis hijos más. "Perdí a mi esposa en el tiempo de la Covid-19, fue muy duro. Ella tenía una patología previa y se complicó", refiere. 

Con 59 años, José Luis es papá de Néstor Javier, Vanesa, Cecilia, Jimena, Georgina, Facundo, Juliana, Fernando y Agustín. Al hablar de sus hijos, menciona con satisfacción que todos ya están grandes, tienen sus vidas encaminadas y están muy bien. "Eso da una tranquilidad", expresa. Y menciona que es abuelo de ocho nietos. "Por parte de mi hijo Javier tengo tres nenas y un varón. Por parte de Vanesa, tengo dos. Todos ellos viven en Rosario. Y en Pergamino tengo tres nietos más".

Actualmente está en pareja con Laura, una mujer a la que conoció en un baile del Club Centenario. "Bailamos mucho tiempo, diría que durante más de un año. Yo había enviudado y realmente no me sentía preparado para armar una pareja nuevamente, pero la relación se fue consolidando y hoy compartimos nuestras vida juntos. Ella tiene cinco hijos, dos de ellos viven con nosotros. Los hijos de Laura son Daian, Emanuel, Juliana, Aldana y Fabricio y tiene tres nietos".

Al hablar de sus afectos, la mirada de José Luis se ilumina. Lo que cuenta tiene la simpleza y la profundidad de aquellos que han sabido superar cualquier circunstancia adversa y seguir para adelante, anteponiendo por sobre todo el bienestar de los suyos. "Cuando yo me separé de mi primera esposa, los chicos se fueron con ella. Para mí fue un golpe, un vacío. Los extrañaba muchísimo. Un día mi padre me llamó y me dijo que los chicos no estaban bien en Vera, allá la situación económica era muy delicada. No dudé en irlos a buscar y me los traje conmigo. Nunca me pesó el tener hijos, al contrario, siempre fueron mi motor. Gracias a Dios crecieron bien y hoy tienen relación con su mamá que vive en Rosario".

Un amante de las cosas sencillas

Es un hombre que disfruta de cosas sencillas. No tiene grandes pretensiones. Se esfuerza por ser mejor cada día y se esmera en hacer bien lo suyo. Cuando no está trabajando le gusta hacer el jardín, y siempre está ocupado. "No puedo estar sin hacer nada", refiere.

Un vendedor de alma

Confiesa que en lo laboral su sueño es tener su propia heladería. "Es lo que me hubiera gustado y no descarto poder tenerla algún día. Por ahora sigo siendo un vendedor ambulante de helados y garrapiñadas y me siento orgulloso de eso", destaca, agradecido a sus clientes y a la gente que siempre le brinda su confianza.

Aunque regresa a Vera cada vez que puede, porque allí vive su padre que tiene 84 años, siente que su lugar es Pergamino. Esta ciudad le abrió las puertas y le permitió forjar su porvenir. Lo dice con convicción cuando expresa: "Pergamino fue lo mejor que me pudo pasar en la vida. Llegar acá fue una bendición".

Resalta con orgullo que fue vendedor ambulante durante toda su vida. Su actividad lo llena de satisfacción. "Hoy me dedico a vender helados en el verano y garrapiñadas en invierno. Salgo a vender en eventos y por la calle. Donde hay un festival, ahí estoy yo".

"Gracias a Dios la venta ambulante me ha dado todo lo que tengo. Salgo a las dos de la tarde y vuelvo a la noche y cuando hay un evento en el que se concentra gente, no hay horarios", resalta, reconociendo que, aunque la calle ha cambiado y se siente el peso de la crisis, hay espacios para seguir vendiendo.

Fruto de su trabajo y de su andar incansable a bordo de su bicicleta y su canasto de helados, lo conoce todo el mundo. Y por donde pasa lo llaman por su apodo "Pela". "Gracias a Dios tengo miles de amigos, la calle te da eso si haces las cosas bien".

"Ando por todas las canchas, me conocen los chicos, los grandes. Algunos me compran aún cuando no quieren comer garrapiñadas y lo hacen solo por ayudarme", resalta y con gratitud acerca a la charla una anécdota que le reconfortó el alma, un 23 de diciembre cuando andando por la calle escucha que alguien desde un auto moderno y confortable lo llama por su apodo. Era un joven de poco más de veinte años que le preguntó: "¿Hasta cuándo vas a trabajar viejito?, le compró todos los helados que llevaba y simplemente le deseó que pasara unas lindas fiestas. "Eso no tiene precio, ese muchacho me dijo que compraba mis helados para su mesa del 24, le advertí que se le iban a derretir, me dijo que no le importaba. El solo quería darme una mano, seguramente me conocía de algún lugar, no lo sé bien. Pero fue muy reconfortante. En la calle pasan esas cosas", reflexiona José Luis, ya casi preparando su bicicleta para emprender una nueva jornada, agradecido, sintiendo que, más temprano que tarde, en la vida siempre, hay recompensa.


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