Perfiles pergaminenses

Alejandro Juárez: un hombre del básquet, que siente por ese deporte una gran pasión


Alajandro Jurez habló de la vida deportiva laboral y personal en un rico dilogo con LA OPINION

Crédito: LA OPINION

Alajandro Juárez habló de la vida deportiva, laboral y personal en un rico diálogo con LA OPINION.

Fue jugador en el Club Gimnasia y Esgrima y desde muy joven, convocado por el profesor Atilio Saint Julien comenzó a dirigir. Aún desarrolla con marcado compromiso esa actividad. En lo personal está jubilado y abocado a disfrutar plenamente de las cosas simples de la vida, esas que nutren y tienen verdadero valor.

Alejandro Juárez es un hombre del básquetbol local. Ama ese deporte desde que era niño y su práctica y reglamentos han formado parte de su vida desde siempre. Es juez desde la adolescencia y uno de los impulsores del grupo de veteranos del que forma parte hace muchísimos años. Tiene 72 y ha hecho de los valores aprendidos en el deporte un estilo de vida. De buenos hábitos, tiene incorporada la actividad física a su plan diario y el resto del tiempo, hoy que está jubilado, se lo dedica a su familia y al disfrute de pequeños placeres como la música y la lectura.

Su nombre completo es Juan Alejandro, nació un 15 de octubre en Pergamino y creció en la casa de calle Merced, entre Avenida y Pinto. Hijo de Juan Andrés Juárez y Goritzia Isabel Siciliani y tiene una hermana cuatro años menor que vive en Buenos Aires. "Nos criamos en calle Merced, enfrente de donde hoy está el restaurante chino, con mis abuelos y una tía, María Julia. En esa casa funcionaba la fábrica de ataúdes de la cochería de mi abuelo, la caballeriza de ese negocio estaba en Bolivia e Yrigoyen. Esa fue la actividad laboral de mi abuelo y luego de mis padres y tíos. En Pergamino había tres cocherías: Sánchez, Medina y Juárez", recuerda.

Cuando se casó construyó en la planta alta de ese inmueble. Allí nacieron sus hijos: Luciano (42) y Andrés (37), ambos en pareja y establecidos en Capital Federal. "Mi hijo mayor nació el mismo día de mi cumpleaños y el menor en coincidencia con el cumpleaños de su abuelo materno", refiere.

Luego de 10 años de novios y 23 de casados Alejandro se separó de la mamá de sus hijos y hace 20 años está en pareja con Alicia Serafini, mamá de David. "Hace muchos años que estamos juntos, nos llevamos muy bien y pudimos conformar una familia ensamblada y vivir en armonía", señala.

Habla con admiración de su compañera de vida: "Fuimos ambiciosos, ella me enseñó a invertir y crecimos juntos abrazando distintos proyectos", resalta y menciona que fruto del esfuerzo compartido lograron construir dos cabañas que poseen en Villa Yacanto, en el Valle de Calamuchita, un lugar del que disfrutan. "Hoy que ambos estamos jubilados, una vez al mes nos vamos".

La escuela y el club

Alejandro fue a la Escuela N° 1 y desde cuarto grado al Colegio Normal. Terminó el secundario allí y supo que su deseo no era seguir estudiando. "No me gustaba el estudio, ir a la escuela sí y estar con mis compañeros también, pero no estudiar", señala y reconoce que lo suyo siempre fue el deporte. 

"En esa época no había tantas alternativas de esparcimiento como ahora, no había Internet ni se salía demasiado, así que nuestros espacios de referencia eran la escuela y el club. En mi caso yo sentía al Club Gimnasia como mi segundo hogar", resalta.

"Ahí hacía básquet, baby fútbol. En la adolescencia jugaba al billar, al casín, me entretenía a la noche con los 'viejos' que iban al Club y me aceptaban para jugar al truco con ellos. Era una época hermosa que no la cambio por nada".

"Cuando no estábamos en el Club, nos íbamos a la Plaza 25 de Mayo a jugar al fútbol con una barra histórica que se reunía en ese lugar. Usábamos un cantero de la Plaza cada sábado para jugar al fútbol", agrega, recreando vivencias entrañables.

El Servicio Militar

Como tantos de su generación, cuenta que recibió la convocatoria para hacer el Servicio en Esquel, donde estuvo un año. "En relación a eso tengo una anécdota que siempre recuerdo", refiere. Y prosigue: "Carpani Costa era pariente de mi familia paterna, mi abuela de soltera era Carpani. Un día estaba en casa y cayó este señor y me preguntó dónde quería hacer el Servicio Militar, eso era casi un privilegio en ese tiempo porque hubiera podido elegir un destino cercano. En broma le dije que me quería ir a 'peinar pingüinos al sur' y en verdad me fui a 'rasquetear caballos a Esquel'".

A pesar de la distancia, rescata esa experiencia y sostiene que "todos deberían hacer el Servicio por lo menos seis meses, porque es una vivencia que enseña del sacrificio, el respeto y hasta el desarraigo del propio lugar".

Reconoce que le tocó hacerlo en un momento muy complejo del país. "Era la época del extremismo, de hecho, a Carpani Costa lo asesinaron los extremistas", comenta.

Trabajar desde joven

La historia laboral de Alejandro comenzó a escribirse desde que era muy joven. "Mientras estudiaba, ya hacía changas y para entonces ya dirigía básquetbol", menciona.

"El 21 de enero de 1974 comencé a trabajar en el Banco del Oeste. Era jefe de Cuentas Corrientes y auxiliar de cajero. Me gustaba la caja. En una ocasión vino Roberto Petaccio, el propietario de la estación de servicio YPF de Urquiza, que necesitaba un empleado. Me preguntó si me interesaba y comencé a prueba. Salía del banco a las 17:00 y me iba a Urquiza. Durante un año y medio hice ambos trabajos, pero era bastante sacrificado así que llegué a un acuerdo en términos económicos con Petaccio, renuncié al Banco y me quedé solo con el empleo en la estación".

Trabajó allí hasta enero del año pasado, y teniendo 71 años se retiró de la actividad laboral. "Fue una decisión meditada, sentí que ya era tiempo de iniciar otra etapa".

Señala que fueron muchos años de intensa actividad y relata: "Cuando mi patrón fue agente oficial de YPF en Arrecifes yo trabajaba allí; estuve cinco años viajando sin faltar un día. Dejé esa tarea en 1989 cuando se privatizó YPF. En ese momento regresé a Urquiza, donde estuve a cargo de la administración y la parte contable de la estación hasta el último día".

"Hasta de sereno hice, pero mi actividad fue contable", resalta y asegura que tuvo una "linda vida laboral". Rescata la confianza como un valor que agradece: "Mi patrón confiaba mucho en mí y yo honré esa confianza. Eso no tiene precio. Siempre me sentí muy valorado".

En lo personal, lo único que lamenta es que las rutinas de esa vida laboral que suponían jornadas de trabajo extensas, no le permitieron ver crecer a sus hijos, pero lo asume como parte del sacrificio que hubo que hacer para brindarles a ellos buenas condiciones de vida y un ejemplo de que es de la mano del trabajo como se construye el porvenir.

El básquet

Confiesa que su amor por el básquet lo acompaña desde siempre. Y reconoce que, trabajando intensamente, siempre se hizo un rato de tiempo para dedicárselo a ese deporte.

A los 10 años se hizo socio del Club Gimnasia, al año siguiente lo ficharon y tuvo la fortuna de llegar a jugar en primera, teniendo 16 años. Su maestro fue el profesor Atilio Saint Julien, a quien define como "un segundo padre". 

"De él aprendí la educación, el respeto y la disciplina, valores que me llevé para la vida", sostiene agradecido. 

Es un reconocido juez de básquetbol, una tarea que empezó a desarrollar de manera casi accidental: "Yo tenía 14 ó 15 años cuando Roberto Abdo dirigía la sexta división de fútbol en Juventud. Me llamó para que fuera a jugar. Hablé con el 'profe' Saint Julien para ver si podía hacer los dos deportes, pero se negó rotundamente. 'O fútbol o básquet', me dijo. Yo les había dado mi palabra, así que jugué en Juventud, un día tuve un principio de congestión pulmonar y tuve que dejar de jugar. Al año siguiente volví al básquet y al regresar fue Atilio el que me convocó para que comenzara a dirigir. Empecé como juez de divisiones inferiores. Ese ofrecimiento abrió un hermoso capítulo en mi vida".

"Jugando o dirigiendo, mi pasión es el básquetbol", destaca, este hombre que también hizo docencia y siguió dirigiendo hasta hace apenas unas semanas en que por un conflicto entre la Asociación de Básquetbol y el Colegio de Arbitros se abrió un paréntesis en la actividad.

Los veteranos

Cada vivencia que narra de su relación con el deporte va acompañada de la pasión con la que tomó cada desafío. Jugando y siendo juez, y teniendo apenas 20 años, relata que un domingo lo fue a buscar a su casa Fernández Harper para hacerle una invitación: "Me despertó a las 9:30 de la mañana, me dijo 'agarrá el bolso' y vamos al Club a jugar. Desde ese día cada domingo a la mañana comenzaron a reclutar exjugadores del Club para formar el grupo de veteranos de básquetbol que hoy tiene más de 50 años y que sigue juntándose a jugar de manera ininterrumpida".

La mayor enseñanza

Jugó hasta los 24 años, dirigió siempre e integra el grupo de veteranos desde su génesis. "El deporte me ha dado enormes satisfacciones más allá de lo deportivo. En el año 2014 tuve la posibilidad de viajar para ver el Mundial de Básquet en España. Fue una experiencia extraordinaria y con el grupo de veteranos también hemos compartido viajes a distintos lugares, algo que nos permitió estrechar un vínculo que valoro mucho".

Afirma que el deporte le dejó muchas enseñanzas: "Me enseñó a hacer vida sana, a conocer a mucha gente y a tener buen trato con todo el mundo. Y me enseñó a respetar y a ser respetado dentro de la cancha. La satisfacción mayor es sentir que uno puede dirigir bien o mal, pero que es respetado dentro de la cancha. Y con los veteranos aprendí muchísimo, porque es un grupo que me permitió rodearme de gente de bien".

En lo deportivo no tiene asignaturas pendientes. Reconoce que tal vez le hubiera gustado escalar en su formación para llegar a ser juez nacional. Pero la vida fue llevándolo por otro camino y aceptó ese derrotero porque esta actividad siempre se fue adaptando a los avatares de la vida laboral y familiar. 

Un rico universo personal

Hoy que ya está retirado de la actividad laboral, sus rutinas cotidianas tienen otra dinámica: "Los martes y jueves voy a Pilates en el Club y lunes, miércoles o viernes hago musculación. Los sábados dirijo y los domingos juego con los veteranos, así que estoy en constante actividad, también voy dos veces por semana a trabajar con un grupo de chicos de la escuela del barrio San Martín que hacen básquetbol".

El resto del tiempo le gusta estar en casa. "Me gusta pasar horas en la pileta, en el quincho, siesta, mate, lectura y música".

Se reconoce amante de la música, le gusta el folklore, el tango, jazz, música clásica. Y comenta que tomó ese hobby de su papá que era un eximio concertista de piano. "Eso que se mama de chico, en algún lugar queda. Debo tener más de 120 CDs, muchísimos cassettes y discos de pasta que aún escucho", reflexiona. También le gusta viajar. No sabe si tuvo la vida que soñó, pero es consciente que tiene la vida que supo construir y se siente satisfecho. Sobre el final afirma que la mayor aspiración es disfrutar de esas pequeñas cosas que nutren la vida y la alimentan. "Soy un agradecido a la vida, no puedo pedir mucho más", concluye.


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