Perfiles pergaminenses

Vicente Svicarevic: la sencillez de un hombre que construyó su destino sobre la base del trabajo


Vicente Svicarevic mantuvo un nutrido dilogo con LA OPINION para trazar su Perfil

Crédito: LA OPINION

Vicente Svicarevic mantuvo un nutrido diálogo con LA OPINION para trazar su Perfil.

Se insertó en el mercado laboral siendo muy chico y hasta su jubilación supo reinventarse en distintas actividades. Los cambios en algunas de las empresas en las que trabajó lo llevaron a estar desempleado en dos oportunidades, pero siempre aceptó aprender nuevas competencias y asumir otros desafíos. Su familia siempre constituyó el sostén de todo lo demás.

Vicente Nicolás Svicarevic nació en Capital Federal, pero vivió toda su vida en el Partido de Pergamino, donde sus padres se establecieron cuando él era muy pequeño. Hijo de padres de raíces yugoslavas, respetuoso de aquellos orígenes, cuenta que su papá llegó de Yugoslavia -de una zona que hoy pertenece a Croacia- y su mamá era descendiente de yugoslavos, pero nacida en Argentina. "Ella era Dorotea Bilicich y él Juan Svicarevic", menciona en el comienzo de la entrevista que se desarrolla en la redacción de LA OPINION, en la intimidad de un diálogo en el que fluyen anécdotas y vivencias inolvidables de su primera infancia vivida en Urquiza, donde su familia se estableció cuando él tenía 5 años. "Habíamos vivido en Avellaneda y nos vinimos a la Estancia La Lucila de Urquiza".

"Nos establecimos en una estancia y cuando yo cumplí 9 ó 10 años nos mudamos a Pergamino, donde ya nos quedamos", refiere. Recuerda que hizo primero inferior y superior en la Escuela de Urquiza. "Tenía que ir a caballo, porque estábamos en la zona de la Estancia La Lucila y me separaban de la escuela tres kilómetros", menciona y recuerda que en esa estancia su madre era cocinera y su papá estaba abocado al mantenimiento del parque como jardinero.

Cuando llegaron a la ciudad se fueron a vivir al barrio Acevedo, en una casa ubicada en Sarratea y Diego de la Fuente

El 14 de agosto cumplió 77 años. Tiene una hermana, Dora, que nació en La Estancia La Lucila. Conserva hermosos recuerdos de su infancia. "Hice hasta quinto grado en la Escuela N° 4 y sexto lo hice de noche en una escuela que funcionaba en calle Uriburu- hoy Florida-", refiere y cuenta que esa decisión de cambiar de colegio estuvo asociada al hecho de que ya había comenzado a trabajar en una fábrica de perchas. "De día trabajaba y por la noche iba al colegio", agrega. Así fue que terminó sexto grado, nivel con el que se completaba la escolaridad primaria en aquel tiempo. Y desde entonces cuando siguió escribiendo su historia laboral. "Después lustré muebles y tejí sillones de plástico", añade.

La fábrica de escobas

Ya instalados en Pergamino, su papá había abierto una fábrica de escobas y Vicente trabajó con él durante mucho tiempo. "Era un negocio importante, pero un tanto ingrato, porque había una época del año en que la demanda de escobas era muy importante y te sacaban las escobas de la mano, y otros meses en que no se vendía ninguna y la producción te la venía sacando de la mano cualquiera al precio que quería", relata.

En Linotex

En el año 1967 ingresó a trabajar en Linotex, fábrica en la que trabajó durante 12 años hasta que cerró un 30 de enero de 1980. "Allí comencé en hilandería y después ascendí al rol de 'maestro' que significaba ya no trabajar en la máquina sino organizar los equipos de trabajo".

"En aquel tiempo entraba a las 6:00 de la mañana y salía a las 17:00. Nos pagaban las horas extras, pero nos exigían a hacer como mínimo cinco horas por día, lo que prácticamente duplicaba la jornada laboral", describe.

"Era una empresa que convocaba a 450 personas, mitad varones y mitad mujeres, fue una fábrica emblemática de la ciudad, que lamentablemente cerró en circunstancias que no fueron las mejores", refiere. Y relata: "Un día llegué y me dijeron que no podía entrar. La fábrica había cerrado. Nos pagaron el sueldo, fue desesperante porque nos quedamos sin trabajo. El dueño, que era un hombre mayor, le entregó la empresa al Gobierno y tardaron cuatro años en pagarnos la indemnización que cobramos sin ningún tipo de actualización y con una inflación peor que la de ahora. Es más, pretendían que fuéramos otro día a Buenos Aires para cobrar las vacaciones adeudadas y desistí porque el colectivo en el que viajábamos salía el doble del dinero que iba a percibir. Las vacaciones de todos los empleados quedaron en los bancos, porque nadie quiso volver a buscarlas".

Asegura que, en aquella oportunidad, haber perdido el empleo fue muy dificultoso. Tenía sus hijos chicos y estaba por ser papá nuevamente. "Estuve un tiempo sin trabajar, fui a todos lados a buscar trabajo, en Pergamino funcionaban muchas empresas grandes". 

Una nueva etapa

"Un día al regresar a casa después de recorrerme toda la ciudad pidiendo empleo, mi esposa me dice que había estado buscándome Julio Basayo, un amigo mío. Era para ofrecerme un empleo en la planta que Cargill tenía en Fontezuela por dos meses. Estuve allí 24 años".

"Me despidieron cuando ya Cargill pasó a ser Monsanto. Después del cambio de firma yo seguí trabajando un par de años, y después ya me fui, a principios de 2004, con una buena indemnización", menciona y recuerda que durante esos años su tarea había sido trabajar en el campo y asistir a los ingenieros. 

Ese segundo desempleo fue mucho más duro que el primero, porque si bien económicamente Monsanto fue una firma que honró sus compromisos, Vicente tenía 52 años y reinsertarse en el mundo laboral no era algo sencillo. "Fue una desesperación total, estuve ocho meses sin trabajar hasta que recibí una propuesta para ingresar a Sursem, empresa en la que trabajé hasta que me jubilé, ocho años después".

El deporte

Otro capítulo importante de su vida se escribió de la mano de su amor por el deporte. Jugó al fútbol en Douglas Haig. "Comencé a jugar cuando tenía 11 años. En esa época no había liga infantil, directamente íbamos a jugar a la cancha grande. Siempre jugué en Douglas, salvo un año que fui a préstamo al Club Argentino", refiere. Y acerca a la conversación las anécdotas del deporte, el tiempo compartido con amigos y esa pasión que impulsa las grandes hazañas. "Salimos campeones en el año 1966 con Douglas Haig, conservo una medalla de oro que nos dieron a los integrantes del equipo. Después ganamos un torneo de campeones en el año 1967. Tengo lindos recuerdos del fútbol, deporte al que jugué hasta los 30 años", destaca este hombre que es socio vitalicio del rojinegro y además es hincha de Boca Juniors.

"En mi época el deporte era amateur, el profesionalismo llegó después de la década del 80", agrega, destacando las historias de compañerismo y amistad que cosechó en el camino.

En la actualidad vive en el barrio Ameghino, en España y Patrone, y asegura que cada vez que Douglas Haig juega de local, disfruta del ritual de ir a la cancha. "La pasión no muere nunca", resalta.

Su presente

Hoy Vicente está jubilado. "Mi esposa tiene algunos problemas de salud, así que estoy abocado a su cuidado", menciona. Y cuando lo señala el diálogo se introduce en el aspecto más íntimo de su biografía, ese que tiene que ver con la vida familiar y los afectos.

Está casado con Mabel Alicia Samaratti, una mujer a la que conoció en el Centro, en el típico paseo de los días domingos. "Estuvimos seis años de novios y llevamos 49 años casados", cuenta. Tienen cuatro hijos: Iván Alejandro, casado con Lorena, tienen a Lara y Juan Cruz; Valeria, es soltera; Mariana, está en pareja con Bernardo y tienen a Joaquín y Agustín; y Cintia que es soltera. "Mi esposa trabajó durante 10 años en Annan de Pergamino y cuando nacieron los chicos ya se abocó a la crianza y fue ama de casa".

Reconoce que su compañera de vida afronta una situación de salud delicada y eso lo entristece, pero afronta la situación con entereza y con el compromiso que nace del amor de tantos años. "Nos vamos poniendo grandes", reflexiona y con una mirada retrospectiva observa todo lo que construyeron a base de sacrificio y esfuerzo. "Siempre trabajamos mucho, fuimos compañeros y hoy vemos el fruto de esa siembra, tenemos muy buenos hijos y una hermosa familia, con los nietos que llenan la vida de alegría", abunda, confesando que los grandes placeres de su vida son simples y están definidos por el tiempo de familia, los paseos que realiza con su esposa en lo que llama "la vuelta del perro", esas salidas que lo conectan con las calles y los lugares de esta ciudad "tranquila" en la que le gusta vivir.

El balance de la vida es positivo. "Seguramente hay muchas cosas pendientes que fueron quedando en el camino, pero no puedo pedir más que lo que la vida me ha dado", destaca y valora el acompañamiento incondicional de su familia, la fidelidad de los amigos y esa innumerable cantidad de conocidos que levantan la mano para saludarlo cuando lo cruzan por la calle y tienen para con él muestras de afecto entrañable, ese que solo cosechan las buenas personas.


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