Perfiles pergaminenses

Moises Oscar Caluch, "Caluchito": un hombre que se define a sí mismo como "un policía de alma"


Moises Oscar Caluch Caluchito- un hombre que se define a siacute mismo como un policiacutea de alma

Crédito: LA OPINION

Su vocación lo acompañó desde siempre y sorteando resistencias familiares ingresó a la fuerza en 1976 luego de haberle manifestado su voluntad al propio gobernador de la provincia de Buenos Aires a través de una carta. Se retiró en 2007 como capitán. Guarda de su paso por las distintas dependencias experiencias que lo nutrieron.

Moises Oscar Caluch nació en Pergamino el 23 de noviembre de 1951. Tiene 71 años. Todo el mundo lo conoce como "Caluchito", el diminutivo de su apellido que lleva como apodo. Es policía retirado y ama ese oficio que ejerció con convicción y dedicación durante muchos años. Creció en la zona céntrica, en Alsina y Doctor Alem. Su familia estaba integrada por su papá Elías, nacido en Siria; su mamá Elena Angélica Brun, oriunda de J.A. de la Peña; y su hermano mayor ya fallecido, Miguel Angel. Guarda hermosos recuerdos de su infancia, los amigos con los que jugaba al fútbol en la plazoleta del ferrocarril Bartolomé Mitre y las tardes interminables de diversión. "En el Ferrocarril, a un costado del predio de la estación, sobre el lado izquierdo, se apostaban los militares. Allí hacían actividades de campaña para luego seguir hacia otros puntos del país. A mí siempre me gustaron las fuerzas, y recuerdo que teniendo apenas 10 años me iba con ellos a tomar mate", relata en el comienzo de la entrevista.

Fue a la Escuela N° 4. En aquella época al terminar sexto grado la opción era "seguir estudiando o salir a trabajar". Oscar sabía que los libros no eran lo suyo y reconoce que cuando su padre le preguntó sobre su deseo, optó por insertarse en el mercado laboral y fue así que al día siguiente de terminar la primaria con ropa de "entrecasa" comenzó a trabajar en la bicicletería de su papá. Ese fue su primer empleo y el contacto con un mundo que lo llevó por diversos caminos hasta que por fin consiguió seguir su vocación y transformarse en policía. "En 'la gran bicicletería de Caluch' estuve un tiempo, después me fui a trabajar a la gomería de Chalón; también fui 'catango' del Ferrocarril. Más tarde estuve en el Supermercado Gurí y con mi tío, en un negocio de venta de repuestos de motos. Trabajé en varios talleres y después volví a la bicicletería de mi papá", relata. Su vocación era ser policía, pero su papá se oponía a ello y no dudaba en ponerle "palos en la rueda", tal lo señala Oscar. Su determinación fue más fuerte. "Yo había empezado los trámites, pero mi papá no quería saber nada. A través de una prima mía, Marta, que era docente, le escribí una carta al gobernador de la provincia de Buenos Aires planteándole mi inquietud de incorporarme a la fuerza policial. Ella la redactó, conseguí la dirección donde enviarla y la mandé. Mientras esperaba una respuesta, seguí con mis cosas".

"Había compañeros de trabajo que me desalentaban diciéndome: 'Oscarcito, no te ilusiones, a vos no te llaman más". A pesar de eso, nada lo desalentaba y en su interior esperaba.

Pasaron seis meses hasta que en la casa de su padre recibió un llamado telefónico en el que respondían a su solicitud. "Mi papá me pasó la llamada, cuando me dijeron que era de la Policía, pensé para mis adentros: '¿Qué macana me habré mandado?', pero no, era para decirme que podía ingresar a la Policía. Se estaba cumpliendo mi deseo. Colgué y se me cayeron las lágrimas", relata. Y cuando recrea esa vivencia vuelve a sentir aquella emoción de sentir que la vida le estaba dando la posibilidad de acercarse a su sueño.

"Cuando me llegó el alta, sentí algo indescriptible", resalta. Y agrega: "Yo tengo alma de policía, lo llevo conmigo y me entusiasmo con solo decirlo".

Ingresó a la Policía en el año 1976 y estuvo hasta el año 2007 en que se acogió a un retiro voluntario. Su carrera fue fructífera. "Estuve en la Comisaría Primera en calle Dorrego, allí di mis primeros pasos. Después, en la Comisaría Tercera; y más tarde en la Segunda, en el barrio Centenario, donde terminé mi carrera".

"Me retiré un 17 de julio fruto de una decisión personal. Me retiré como capitán, sé que podría haberme quedado un tiempo más para ascender a mayor, pero no especulé con eso. Cuando sentí que había llegado el momento me fui", sostiene.

Vivió su paso por la fuerza como una experiencia enriquecedora desde el punto de vista profesional. "Me quedaron muchas cosas de mi vida de policía, muchos recuerdos y buenos compañeros", resalta y comenta que conserva con gratitud un diploma que firmaron todos sus compañeros y le regalaron el día que se fue. "Es el mejor premio que pude recibir", afirma.

Las distintas épocas

Se siente agradecido de haber realizado siempre su labor en la calle, en contacto con los vecinos. Y cuenta que la profesión lo puso algunas veces frente a episodios riesgosos. "La calle cambió mucho a lo largo de los años. Yo ingresé en pleno proceso militar y en la época del extremismo, un tiempo en el que teníamos terminantemente prohibido usar el uniforme o llevar el arma reglamentaria fuera de nuestras horas de servicio. También viví el regreso de la democracia y los tiempos que sobrevinieron con el paso de los años, marcados por otro perfil de la inseguridad", reflexiona.

Recuerda que él hizo el curso en Infantería, que funcionaba en calle Belgrano y 9 de Julio. Allí recibió formación y también experimentó vivencias que marcaban el ritmo de la época. "El extremismo tomaba las comisarías, así que en la esquina de Infantería ponían vallas. Cuando venía un auto, tenía que apagar las luces, encender las internas, circular a paso de hombre hasta mitad de la cuadra donde había un control y seguir hasta la puerta donde estaba la guardia. Uno de esos guardias era yo que estaba parado con la ametralladora, el casco y la coraza de hierro", recuerda.

Un hecho grabado a fuego

 Uno de los hechos más dramáticos que le tocó vivir en ejercicio de su profesión fue el asalto al Banco de los Arroyos en la localidad de Manuel Ocampo. "Un grupo comando de Fuerte Apache irrumpió en la sucursal y con armas de fuego redujeron al gerente e hirieron a uno de mis compañeros. Yo pude resguardarme, pero podía haber muerto en ese robo que tomó mucha trascendencia pública" menciona y relata con lujo de detalles el accionar de ese grupo de delincuentes que actuó con fusiles y ametralladoras. "Mi compañero y yo estábamos a cargo de la vigilancia de la sucursal y jamás imaginamos que algo así podía suceder en una localidad tan pequeña", reconoce.

Asegura que a pesar de la tensión del momento y lo sangriento del episodio, no sintió miedo. Siempre lo acompañó una cuota de coraje en el ejercicio de su labor. "Nunca me voy a olvidar cuando vi al gerente levantar las manos, ahí tomé conciencia de lo que estaba sucediendo. Eran doce, dos entraron a la sucursal y los demás tiraban desde afuera del banco. Mi compañero resultó herido. Y yo logré parapetarme detrás del mostrador, si me asomaba, hoy no estaría contando esta historia".

"Fue el hecho quizás más dramático que me tocó vivir como policía. Los delincuentes estaban fuertemente armados y nosotros teníamos una pistola nueve milímetros, parecía que nos estábamos defendiendo con una gomera. A algunos lograron apresarlos, él resto escapó. Y nunca olvido que cuando me tocó ir a la comisaría a declarar, uno de los ladrones que estaba con su abogado, estando detrás de las rejas, me propinó un insulto irreproducible", continúa.

Vocación de servicio

El estar en la calle lo enfrentó a situaciones que atravesó anteponiendo un atributo que lleva con él: la vocación de servicio. "Un día iba a trabajar y veo a un joven que en el esqueleto de un edificio en construcción le pedía a una chica que no se tirara al vacío. Levanté la vista y la vi. No lo dudé, de inmediato y sin que ella lo advirtiera subí las escaleras hasta donde estaba, la tomé de la cintura con mucho temor porque la joven estaba en una crisis nerviosa y logré rescatarla. Al bajarla, pasó un amigo en un auto, le pedí que nos llevara hasta el Hospital para que pudieran asistirla. Mi condición de policía me permitió salvarle la vida", expresa.

Su vida de familia

Oscar está casado con Elba Isolina Bravo, oriunda de Entre Ríos que llegó a Pergamino cuando tenía 18 años para trabajar en la casa del doctor Aramburu. "Un día ella salió a comprar el diario y nos cruzamos. Yo la saludé, y cuando volvió entablamos nuestra primera conversación. Después fuimos a tomar un café y así nos pusimos de novios. Nos comprometimos ocho meses después", comenta. Se casaron el 7 de abril de 1978 y están juntos desde entonces. Tienen tres hijos: Carlos Alberto, que continuó con la bicicletería de su abuelo y está en pareja con Carolina. María Laura que es ama de casa y está en pareja con Luis García Reyes; y María Cecilia, que trabaja en casas de familia y está casada con Marcos Palermo.

"Tenemos seis nietos: María Agustina, Nahuel, Ludmila, Lucas, Gregorio y Argentina", cuenta Oscar con orgullo. Disfruta de ellos, lo mismo que de salir a pasear con su esposa al centro y viajar cada vez que pueden hacerlo. 

Al jubilarse se dedicó a realizar tareas de vigilancia en comercios. "Durante mucho tiempo estuve en la Perfumería Gotas". Hoy ya no está en actividad. Invierte su tiempo en disfrutar de su familia y de los buenos amigos que cosechó a lo largo de la vida.

"Con mis compañeros de la fuerza, el primer viernes de cada mes nos reunimos y compartimos una peña; esa es mi salida solo, el resto de mi tiempo es en familia", agrega.

Un modo de ser

Fiel a las costumbres de otros tiempos y a la buena educación que no reconoce épocas, Oscar trata a las personas de usted. "El respeto ante todo", afirma como una condición que define un modo de ser y de relacionarse.

No sabe a ciencia cierta de dónde viene su vocación, porque nadie en su familia tomó ese camino ni siguió sus pasos. Pero siente que no podría haberse dedicado a otra cosa. Lo afirma convencido sobre el final y recuerda que siendo un niño pasaba horas mirando películas policiales en la televisión o en el cine. Menciona a personajes imborrables y recrea historias que forman parte de una memoria colectiva. "Había personajes imborrables, historias atrapantes. Me fui apasionando de verlos", asevera. Y se pone de pie. Luce un traje oscuro, saco y corbata. Esa formalidad lo acompaña siempre. Y lo expresa: "Invierno y verano, con frío o calor, usted me va a ver vestido así, de traje". 

"Me encanta el traje y cuando me lo pongo, fantaseo con aquellos detectives de norteamérica, esos de las películas que forjaron mi vocación y me mostraron un camino que luego recorrí ejerciendo con profundo compromiso", concluye "Caluchito", ese personaje entrañable que, en la voz de quienes lo conocen, honra esa vocación que eligió y esa profesión que ejerció con honestidad, en la certeza de que un servidor público debe hacer eso, brindarse a los demás con respeto, con autoridad pero sin autoritarismos y con el deseo de hacer algo desde su rol por su comunidad.


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