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Perfiles pergaminenses

Vilma Graciela Urquiza: una mujer dedicada a su familia y a un negocio al que supo darle su impronta

Vilma Graciela Urquiza, en el negocio que forma parte de su vida. (LA OPINION) Vilma Graciela Urquiza, en el negocio que forma parte de su vida. (LA OPINION)

Está casada con Jorge Escudero y es mamá de dos hijos: Paulo y Carlos Gabriel. A principios de la década del 70 comenzó a trabajar en Lanas Pergamino, un comercio del que hoy es propietaria y al que le dedica buena parte de su tiempo con absoluta pasión. Su historia de vida tiene la sencillez de lo verdadero.


Vilma Graciela Urquiza es una pergaminense que tiene una historia de vida sencilla, de esas que son ricas en lo cotidiano. Su primer nombre coincide con el de su madre y en su ambiente laboral la llaman por él. En el barrio, en cambio, para todos es Graciela. Se identifica con ambos. Es una mujer arraigada a sus raíces que disfruta de las cosas simples de la vida. Las plantas, sus perras, el tiempo compartido con amigos entrañables, la familia que representa su núcleo de afecto más genuino y el negocio “Lanas Pergamino” del que primero fue empleada y más tarde dueña, constituyen su universo. Esos pilares la sostienen. Está a pocos días de cumplir 60 años y reconoce que se enfrenta a ese cambio de década con cierta sensación de “crisis”. No se le nota, porque todo el tiempo sonríe. Reconoce un nerviosismo al aceptar la entrevista, pero la concede sabiendo que es una oportunidad de hacer público el recorrido por una vida sustentada en el trabajo, el esfuerzo y el amor verdadero.

Nació en Pergamino, el 13 de septiembre de 1957. “Prontito voy a cumplir 60 años y en cierto modo me ha dado un shock el cambio de década. Me había pasado en los 50”, refiere en el comienzo de la entrevista que se desarrolla en la casa de calle Catamarca donde vivió desde siempre. “Nunca viví en otra casa, adelante es la propiedad de mis padres donde yo nací y esta construida atrás, es mi casa la que comparto con mi esposo y uno de mis hijos”, explica esta mujer que nunca experimentó la sensación de vivir en otro lugar. Disfruta de ese sentido de pertenencia que marca su identidad y que la hace cercana a sus vecinos de siempre y a las rutinas conocidas que conforman sus hábitos cotidianos. Es hija de Vilma Sinópoli, una ama de casa que tiene 85 años y de Ernesto Oscar Urquiza, fallecido hace diez años.  Recuerda a su padre como un empleado del Correo Argentino que se jubiló estando en el gremio de los trabajadores de ese sector. Fue la única hija del matrimonio de sus padres y recuerda una infancia feliz, rodeada de amigos jugando en el territorio por entonces seguro de la calle. Fue a la Escuela Nº 62 y luego al Instituto Comercial Gianelli. Menciona el centro de la ciudad como el lugar de esparcimiento y de encuentro con pares. Su juventud fue muy linda y la refiere feliz en varias partes del relato.

 

Su núcleo familiar

Su familia está integrada por su esposo, Jorge Horacio Escudero, docente jubilado del Colegio Industrial. En febrero cumplirán cuarenta años de casados. Se conocieron cuando ella ya trabajaba en el negocio de las lanas del que hoy es propietaria: “Su mamá fue al negocio con él a comprar lana. Le gustó una que se llamaba ‘nochera’ que era blanca con pelitos negros. No había cantidad suficiente, así que tuvieron que volver. Volvieron. Al fin de semana siguiente nos encontramos en el Centro. Yo estaba en Bon Café con amigas, él estaba en la barra, se acercó me habló de la prenda que su madre había empezado a tejer y así fue que entablamos nuestra primera conversación, me citó porque en ese momento no había ni teléfono fijo. Acepté su invitación y así nos pusimos de novios. Un año y nueve meses después nos casamos”.

Al año de estar casados tuvieron a su primer hijo: Paulo Sebastián Escudero (38), soltero, trabaja en la Tesorería de Bingo Pergamino y está de novio con Paola. “Tenemos una nieta del corazón, Paloma, hija de Paola, que es un sol, y a la que adoramos”, cuenta. Su segundo hijo es Carlos Gabriel (33), que es doctor en Astronomía, vive en La Plata, está haciendo un posgrado becado por el Conicet y trabaja desde Argentina para un Observatorio de Chile. “Ama su profesión y está en pareja con Ivana, que es médica”, señala Vilma. 

Asegura que su familia es el pilar que la sostiene. De ella se nutre. Mientras habla, acaricia a una de sus perras. Tiene dos, ambas adoptadas de la calle: Sofi y Lola. “Son muy compañeras y fieles, están con nosotros siempre”.

 

Una historia entre lanas

Siendo muy joven Vilma tomó la decisión de salir a trabajar. Había egresado del Colegio secundario, en su casa el único ingreso económico que había era el de su padre y fue tiempo de buscar empleo. La vida la llevó al lugar en el que trabajó desde entonces, antes como empleada, ahora como dueña. Recuerda sus inicios en el arte de vender con profunda gratitud. “Yo había terminado de estudiar, justo pedían una empleada en el negocio de lanas, me presenté y me tomaron una entrevista. El dueño era de Buenos Aires, me contrataron para trabajar por la temporada. Arranqué el 13 de marzo de 1974 y estuve hasta octubre”, refiere. Cuando finalizó esa tarea, la contrataron en la Sedería Georgi, que funcionaba al lado de la lanería. “‘Chichí’ y ‘Chocho’ Georgi me convocaron para que trabajara desde noviembre hasta marzo de 1975 con ellos y a la temporada siguiente me volvieron a llamar de la casa de lanas. A pesar de que estaba muy cómoda en la sedería, el negocio de las lanas me gustaba mucho, así que acepté volver. Me pusieron efectiva el 1º de mayo de ese año”. Desde entonces no conoció otro lugar de trabajo. “Mi vida transcurrió en el negocio. Recuerdo que cuando tuve los chicos me los llevaban para darles el pecho”, dice y se emociona cuando menciona las vivencias de entonces.

 

Una gran oportunidad

En diciembre de 2001, en plena crisis del país, Vilma recibió una propuesta que iba a modificar en parte su destino: el propietario del negocio iba a cerrarlo por cuestiones económicas y como no podía pagarle la indemnización, le ofreció la llave del comercio. “‘Yo no le puedo pagar, así que le ofrezco el negocio para que usted se lo quede’, me dijo. Mi esposo fue quien me impulsó a que tomáramos la decisión de aceptar”, señala y cuenta que la motivó el haber pasado gran parte de su vida en ese lugar. Tomaron ese ofrecimiento como una gran oportunidad. “Era un negocio conocido, tenía su clientela y además yo conocía el rubro porque durante muchos años había trabajado allí”.

El primer día que viajaron a comprar a Buenos Aires los sorprendió el corralito, y se sucedieron muchos avatares propios del momento que vivía el país. Sin embargo, tomaron el desafío y se refugiaron en la experiencia que poseía Vilma y su capacidad de trabajo para llevar adelante el emprendimiento.

“Trabajamos siempre muy bien. Le estoy muy agradecida a este señor que había sido mi patrón y que vio en mí a alguien que podía seguir adelante esta empresa. Le estaré eternamente agradecida porque me dejó la llave del negocio, el nombre, los muebles, la mercadería que había, todo para que pudiéramos seguir trabajando”, señala. Pasaron ya varios años y la actividad comercial se fue consolidando. “Fue una oportunidad porque en los años de la crisis la venta de lanas era fuerte ya que la gente no tenía dinero para comprar las prendas hechas y las tejía”, recuerda. Después a medida que se fueron reactivando las cosas, junto a su esposo que se transformó en su gran aliado en cada una de las decisiones comerciales, optaron por diversificar el rubro porque la venta de lanas había decrecido.

“Así fue que incluimos mercería y elementos para el armado de bijouterie”, refiere. Hoy trabajan con ella dos empleadas: Liliana Riolfo, que hace trece años que está en el negocio y además es su amiga desde los 6 años; y Evangelina Alliende, que es una joven a la que define como “un solcito”.

“Yo sigo trabajando como una empleada más, no siento que soy la dueña”, expresa, aunque confiesa que ahora que su esposo está jubilado de la docencia y puede colaborar mucho más con la dinámica del comercio, sus horarios se han relajado. “Hace unos meses me rebelé del horario, comencé a ir un par de horas menos. Amo mi negocio, pero empecé a tomarme algunos ratos para mí y para otras cosas que quiero hacer”.

Esas actividades tienen que ver con pequeños placeres. “Tengo a mi mamá grande y siento la necesidad de compartir más tiempo con ella; también me gusta ir a gimnasia y disfrutar de poder estar en casa”. Se ha permitido un margen de mayor libertad. Es la recompensa tras muchos años de esfuerzo sostenido.

De su actividad laboral lo que destaca es el trato con la gente. Cualquiera que la conoce sabe que siempre recibe a sus clientes con una sonrisa. Recuerda a los de siempre, esos que llegaron cuando era empleada, en la época fuerte de las máquinas de tejer y que hoy siguen acudiendo cada vez que están por iniciar un nuevo trabajo. También menciona a los nuevos clientes, nuevas generaciones, hijos y nietos de aquellos de entonces. 

 

Su lugar en el mundo

Vilma se define como una mujer a la que le gusta el lugar en el que vive y también el lugar en el que se desarrolla laboralmente. Ama Pergamino y lo refiere. “Gracias a Dios conocemos toda la Argentina, pero para mí no hay otra ciudad como Pergamino, es la más linda del mundo”, afirma y menciona que teniendo sus hijos chicos, con su esposo viajaban recorriendo el país en un tráiler “fabricado made in casa” al que le anexaron una casilla. “Conocemos el país y parte de Chile, pero siento que Pergamino es mi lugar, vuelvo de cualquier parte y lo amo”, resalta. En esa apreciación está su sentido de pertenencia y su gusto por las cuestiones sencillas. Cuando está lejos extraña sus plantas, y su casa construida a pulmón trabajando incansablemente.

 

El futuro

Cuando la conversación la lleva a pasear por el horizonte del futuro, reconoce que le cuesta imaginarse la vejez. Acepta el transcurso del tiempo, pero reconoce que le gusta cuidarse estéticamente. “Me llevo bien con la idea del paso del tiempo, pero me cuido, cuido mi piel, hago actividad física y trato de no engordar”, refiere. Esos cuidados la mantienen activa y saludable.  Le gusta reunirse con sus amigas del Gianelli, con las que mantiene la sana costumbre de coincidir para celebrar cumpleaños, despedidas o simplemente juntarse cualquier tarde para compartir un buen momento. También disfruta del tiempo con otros amigos que fue haciendo a lo largo de la vida, parejas y gente cercana. Se define como una mujer sensible que encuentra en el trato con la gente su terapia. “Me llevo bien con todo el mundo, a veces estoy de mal ánimo y cuando atiendo a alguien en el negocio se me pasa automáticamente”, reconoce esta mujer que se define como “profundamente sensible”.

Anhela poder ser abuela algún día y en lo personal no tiene grandes “pendientes”. Solo uno que está en la agenda de las próximas metas: “Aprender a manejar” o mejor dicho, volver a hacerlo. “Manejaba el auto de mi papá, pero después me casé y como mi esposo usaba un auto más grande que era de su padre, dejé de manejar y  ahora me he propuesto ir a aprender, porque entiendo que es necesario saber hacerlo”, reconoce. La entusiasma la idea de emprender cosas nuevas, tanto como le gusta vivir la vida que tiene, esa en la que no hay grandes ambiciones, sino más bien logros producto de una siembra sostenida que hoy va rindiendo sus frutos.