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Perfiles pergaminenses

Raúl “Toto” di Loreto: un personaje entrañable de Manuel Ocampo

Raúl Guillermo di Loreto, en su taller de campo, donde pasa parte de su tiempo. (LA OPINION) Raúl Guillermo di Loreto, en su taller de campo, donde pasa parte de su tiempo. (LA OPINION)

 

Sus 90 años están llenos de historias. Vive rodeado de su familia y en permanente actividad. Es difícil definir cuál ha sido su oficio porque “hizo y hace de todo”. Su “Perfil Pergaminense” es una postal de tiempos en los que primaba el sacrificio y el valor de la familia por sobre todas las cosas.


Raúl Guillermo di Loreto es uno de esos personajes de pueblo que hacen pintoresca la vida. Vive en Manuel Ocampo. El sábado  15 de este mes cumplirá 90 años. Sin embargo no los aparenta, ni por su aspecto físico ni por su lucidez. Recibe la entrevista en su casa, la misma que habita desde hace muchísimos años y la que conserva las marcas del transcurso del tiempo, el cuidado de la dedicación sostenida y la impronta de los hogares de antes, con lugares para el compartir con la familia y los amigos. La charla se desarrolla en la galería, de frente a un patio lleno de plantas. No está solo. Lo acompañan sus seres más queridos que viven el momento con suma emoción y le ofrecen la “ayuda memoria” que sus recuerdos no necesitan porque de cada vivencia acerca los detalles como si todo hubiera sucedido ayer.

Está casado con Blanca Galante. Le dice “la flaca” en varios momentos de la conversación y la busca en el relato con la complicidad de los años. La conoció en los bailes de entonces, aunque ya la había visto antes cuando, camino al Matadero por su trabajo, pasaba a caballo por donde ella estaba. En alguna ocasión se habían mirado, hasta que un día bailaron y allí empezó todo. “Ella era muy buena bailarina. Ella me casó”, afirma.

Tuvieron cuatro hijos: Raúl, Eduardo, Hugo y Mónica (casada con César Gorris). Tiene tres nietos: Claudio (casado con Natalia Robino) Marcelo y Pablo y tres bisnietos: Iván, Miguel Angel y Benjamín. 

Es difícil definir cuál ha sido su oficio y cuál es su actividad en el presente porque polifacético hizo y hace de todo. Fue carnicero, tiene su taller de herrería, fue funebrero, gomero y cocinero. También jugó al fútbol y se lucía en las carreras de sortija. Es inquieto y conocedor de la vida. Buen contador de anécdotas, conserva el sentido del humor en cada apreciación y no pierde la picardía. Es lo que -asegura- lo mantiene “joven”.

 

Para todos, “Toto”

Todo el mundo lo conoce por su apodo: “Toto”. Lo heredó de su familia, por su condición de ser el menor de los varones del matrimonio de sus padres. Acepta el sobrenombre que naturalizó con los años.  Su familia estaba integrada por su mamá Rosalía Calomino y su padre, Gregorio di Loreto. “Ellos tenían chacra en el campo y en el pueblo puso una carnicería”.

Nació en Pergamino y llegó a Manuel Ocampo cuando tenía 3 años, debido a que sus padres tuvieron que irse de la ciudad por “razones políticas” y compraron una casa en el pueblo que los recibió. Con los años retornó a Pergamino hasta que volvió a establecerse con su familia.

“Nosotros vivíamos al lado de la quinta de los Illia, cuando empezaron los problemas políticos, los echaron, porque era una familia de base radical y había cambiado el gobierno”, refiere.

 

Trabajar desde chico

Raúl trabajó desde pequeño. “Tenía 12 años cuando un carnicero me llamó porque yo sabía manejar una Chevrolet. Salí a repartir carne al campo, yo manejaba y él, Agustín Benito, repartía”. Ese es el primer trabajo que recuerda. La paga era un poco de carne que él llevaba a su casa.

Cuando su padre que era carnicero se enfermó él mismo se hizo cargo del negocio. “Iba a la feria a caballo, tenía 14 ó 15 años y me iba a caballo a buscar las vacas. Había tres pantanos, en el segundo me bajaba, agarraba al caballo de las riendas y caminaba por el alambre de las vías, porque tenía miedo que el caballo me ahogara. Llegaba a Pergamino a la una de la tarde, compraba veinte o treinta vacas y las traía arreando. La plata que llevaba para pagarlas la ponía en un bolsillito en la cintura del pantalón, hecha un rollito”.

Había abrazado el oficio de carnicero de su padre. En Manuel Ocampo trabajó en una fábrica de hacer mortadela. “Ahí trabajé casi dos años y después un primo hermano había comprado una carnicería en Ocampo, me la ofreció, y acepté. Salí de la chanchería y me vine a la carnicería. Estuvimos mucho tiempo ahí, trabajamos mucho hasta que hice un remate y vendí todo. 

Viviendo en Pergamino también tuvo una carnicería en San Nicolás y Echevarría. “Al principio me iba muy bien y después me fue muy mal. Cuando iba al matadero a carnear otros carniceros me robaban las vacas, a pesar de que yo les ponía una marca con mis iniciales. Un día me di cuenta que el negocio iba de mal en peor, era como si la plata desapareciera del cajón.

“Los sábados vendía carne por diez kilos, todos los cortes desde el puchero hasta el lomo o el asado tenían el mismo precio, venía gente de todos lados a comprarme”, recuerda.

Después volví a Manuel Ocampo y me dediqué a hacer de todo. “Vine como los grandes fundidos, con poca plata en el bolsillo. Tenía dos chatas Ford A que en aquel tiempo eran Mercedes”.

Con una de esas camionetas compró la casa en la que vive. “Se la compré a dos muchachos, uno de ellos jugaba al fútbol conmigo y el otro trabajaba en la farmacia. Yo quería alquilarla, ellos vendían, acepté comprarla. Y la pagué poca plata”.

“Vendí una de las chatas por 55 pesos, y pagué una de las partes de la casa con ese dinero, hace 55 años. Al otro hermano le iba pagando en cuotas. Me hacía un recibo hasta que una vez que le fui a pagar me dijo que tenía algo para darme y era la escritura de la casa”.

Es parte de la generación del esfuerzo y de la palabra. Valora aquellos gestos que le permitieron construir lo que tiene, un pequeño universo de pertenencias sencillas que lo hacen feliz.

 

Funebrero y algo más

En otro momento de su vida fue funebrero. “Miguel Sánchez me vino a buscar para llevar a la gente. Tenía un auto viejo. Cuando se moría alguien de acá yo lo llevaba a Pergamino y no les cobraba el viaje, Sánchez me daba un porcentaje del servicio que hacía”. Tiene innumerables anécdotas de esa tarea. Algunas curiosas. Siempre le gustó cada trabajo que hizo. “También fui el remisero del pueblo y siempre fui muy inquieto”, acota.

Recuerda sus épocas de “pibe”, entre el trabajo y la diversión. “Un día fuimos al circo con tres muchachos, se nos antojó subirnos a la soga para caminar haciendo equilibrio. El dueño del circo nos prometía un premio para el que llegaba más lejos haciendo equilibrio. Subí, caminé por la soga, hasta que me caí y se me rompió el pantalón en la cola. Pasé un papelón”. Ríe con las anécdotas.

 

Su taller y otras actividades

En su casa tiene un taller. Allí pasa buena parte del día. “Tengo un taller de campo en el que hago de todo. Si a alguien se le rompe una olla, yo se la reparo”, cuenta. Le gusta trabajar el hierro. Es soldador y en algún tiempo fue gomero. Con su esposa también trabajaron la panadería de sus suegros. “Toto” tuvo además un lavadero de autos que funcionaba hasta los domingos.

Fue bufetero en el Club 9 de Julio de Manuel Ocampo. “Hice de todo menos de mujer, porque no conseguí novio”, bromea ante la carcajada de su gente que está acostumbrada a reírse con sus chistes. 

Cocinó para las instituciones del pueblo. Sus ravioles son famosos y hasta hoy amasa tallarines. “Un día para un evento de la Cooperativa me tocó hacer ravioles para 750 personas, las ollas de tuco eran enormes. Todo el mundo me felicitó porque dice que salieron muy ricos”, refiere. También es asador y su parrillero es un espacio cuidado de la casa, siempre dispuesto a prender el fuego para esperar a los suyos.

 

El fútbol

Empezó a jugar al fútbol en Manuel Ocampo. “Después jugué tres años en Pergamino, en Argentino. Jugué de cinco el primer año. Al segundo el entrenador me dijo que tenía que jugar de nueve porque tenía capacidad para meter goles. Me gustaba ir adelante”.

Argentino le pagaba el viaje de ida y vuelta en colectivo y le daban un submarino con medialunas. Esa era la paga por su trabajo en el campo de juego. A “Toto” le gustaba jugar y se divirtió mientras estuvo en la cancha. Después se retiró.

“Actualmente voy a la cancha los domingos cuando juega Juventud Obrera. Ayudo a uno de mis sobrinos en la venta de las entradas. Con eso me entretengo. De joven jugué a las bochas durante muchos años”.

 

La celebración de la vida

Bromea con la edad, dice que tiene “40 y un poco” y relativiza el transcurso del tiempo porque se siente con energía. Se prepara para la celebración de sus 90 años que llegará en unos días porque lo que celebra es la vida. Y el haber podido sortear las adversidades que se cruzaron en el camino para superarlas y siempre mirar hacia adelante. Está convencido de que va a vivir 100 años. Y asegura que “la vida hay que llevarla para adelante, sin hacerse mala sangre. Hay que reírse siempre”.

Anda en bicicleta y maneja una combi con la que viaja a Pergamino. Entiende que la clave de una buena vida es el sentido del humor y el poder mantenerse en actividad. “En una época también trabajé en el campo, en la cosecha, como maquinista. La mezcla de cada una de las cosas que hice fue la clave para llegar bien a los 90 años y el acompañamiento incondicional de mi familia.

“Con el tiempo perdí un poco la vista y el oído. Pero puedo pensar con claridad, cuando se llega a grande esas cosas pasan”. 

Cuando sobre el final de la charla se lo interroga sobre algo que en la vida le haya faltado hacer, la respuesta es contundente: “Ser viejo”. En esa apreciación está el secreto de cómo se ve a sí mismo. 

 

Sus familiares que conocen la historia de su vida de memoria, escuchan sus reflexiones y se emocionan. Lo contienen y acompañan en algo que para él resulta trascendente porque significa un reconocimiento. Cuando concluye la entrevista, como buen anfitrión, invita a realizar una recorrida por el taller y por cada uno de los ambientes de su casa que conserva los recuerdos de una larga vida y se nutre de las vivencias cotidianas que le permiten disfrutar de un presente en el que se siente pleno y agradecido, por tanto.