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Perfiles pergaminenses

Héctor Rubén Buscaglia: un emprendedor que sabe disfrutar de la vida a través de la familia

Héctor Buscaglia, en la intimidad de una charla profunda con LA OPINION. (LA OPINION) Héctor Buscaglia, en la intimidad de una charla profunda con LA OPINION. (LA OPINION)

Asegura que sus afectos son el bien más preciado. A lo largo de su vida hizo muchas cosas y hoy tiene a su cargo una empresa de créditos. Casi todos lo conocen como “Claudio”, el nombre de fantasía que conserva de sus épocas de cantante, una actividad que realizó profesionalmente en su juventud y que le dio muchas satisfacciones.


Héctor Rubén Buscaglia, así se llama, aunque todos lo conocen por “Claudio”, su nombre artístico. Nació el 5 de febrero de 1947 en La Plata. Su padre se había ido a esa ciudad a trabajar en el frigorífico Swift, allí conoció a su madre, se pusieron de novios y establecieron su familia en la capital provincial.

Llegó a Pergamino a los tres años, donde su padre instaló una carnicería. Héctor no recuerda bien en qué calle era, pero sabe que allí pasaron momentos importantes de su primera infancia. En la Escuela Nº 50 hizo primero inferior y primero superior, segundo y tercer grado. Menciona que la distancia que separaba su casa del aula era apenas la de cruzar una puerta. “Nosotros vivíamos en el fondo de donde estaba la escuela, en el barrio La Amalia, allí mi padre tenía un bar y carnicería, en el lugar donde actualmente funciona un club”, cuenta en el inicio de una charla distendida y amena.

Para cuando estaba en cuarto grado, la escuela tenía una estructura de madera prefabricada. Guarda hermosas vivencias de ese tiempo, en la simplicidad de su infancia. A los 10 años el destino de sus padres lo llevó nuevamente a vivir en La Plata. Regresó a Pergamino  cuando tenía 14 años. “Fue una circunstancia familiar la que nos trajo porque había fallecido mi abuela y teníamos que cuidar al abuelo”, refiere. En varios tramos de la conversación menciona a sus padres Francisco y Telma, una mujer que era de General Lamadrid y trabajaba en el Ministerio de Hacienda. También habla de su hermano, Carlos Francisco, cuatro años menor que él. “Mi hermano vive en Pergamino y tiene un hijo, Luciano de 25 años”.

Las vivencias que acerca de su infancia tienen el denominador común de la simpleza. “Tuve una infancia muy linda, en La Plata fui a la Escuela de calle 38 y 1 y cuando más tarde en la vida volví a esa ciudad siendo viajante me reencontré con muchos amigos de aquel tiempo”.

Su pasión por la música

De su regreso a Pergamino, ya siendo adolescente, recuerda que su primo de apellido Rosell le presentó a Pepe Motta y ese acontecimiento le abrió un camino en el terreno de la música. “Fue a partir de allí que comencé a cantar, y fue Pepe el que eligió que mi nombre de fantasía tenía que ser Claudio”, menciona. A partir de ese momento ya casi nadie lo conoce ni lo llama por su verdadero nombre. “Hasta mi esposa me llama Claudio”, señala y asegura que se reconoce en esa identidad que abrazó con la música y adoptó para siempre.

“Recién de grande y cuando tuve mi propia empresa la gente me fue conociendo por mi verdadero nombre”, agrega.

“Con Pepe Motta comencé a cantar melódico, estuve un año con él y cuando tenía 16 años se inauguró la primera confitería bailable que funcionó en Pergamino, Vía Appia, en 9 de Julio y San Martín, y cantábamos melódico ahí con Pepe; Roberto Veros, en batería; y Carlos Marilao que cantaba conmigo. Eran los famosos viernes de Vía Appia. Yo era menor de edad y no podía estar ahí, pero como cantaba con Pepe me dejaban estar. Fue un boom esa confitería, venía gente de toda la zona”.

La música le permitió descubrir un universo increíble. “Conocí a mucha gente. Gané el Festival Nacional de la Canción que se hizo en la Plaza de Ejercicios durante tres días. Me acompañaban un muchacho de apellido Carnevale y Rémolo. Gané en folklore,  y ahí pasé de cantar melódico a folklórico, teniendo 17 años”.

Un tanguero

Luego de esa experiencia comenzó a dedicarse al tango y fue un cantante que se destacó. Se fue a Mar del Plata con dos viejos amigos a hacer la temporada. “Nos íbamos a dedo y salvábamos las vacaciones. Cantaba en un boliche en Almirante Brown y Córdoba. Me acompañaba con la guitarra y cantaba tango”, relata.

Después de esa temporada en Mar del Plata se fue a Buenos Aires a vivir a la casa de una tía. “Un conocido recopilador de canciones extranjeras que las pasaba a nuestro idioma hizo una selección en la que participamos 1.800 cantantes de tango. Fui uno de los seleccionados. En ese disco que grabamos con tangos emblemáticos canté como solista dos temas: Nostalgia y Dolor Milonguero. En trío hicimos dos temas y dos en quinteto”.

A partir de ese trabajo su nombre artístico cambió por “Héctor Darso”. Volvió a su nombre real, pero con un apellido diferente. Cosas que suceden a los artistas. Bromea con esas situaciones y las refiere para retratar momentos emblemáticos de su historia de vida. 

“Comenzamos a ir a varios lugares, con un sello grabador importante de esa época. Fuimos a muchos programas de radio y establecí relaciones con un gran número de personas del mundo del espectáculo. En Cambalache tuvo la fortuna de conocer a Tania, mujer de Discépolo y jamás olvida La Botica del Angel. Varias de esas relaciones las conserva y aún hoy se frecuenta. Entre sus vínculos entrañables menciona la amistad que lo une con la conocida cantante Valeria Lynch.

“Hicimos buena relación con Julio Jorge Nelson en ‘Yo conocí a Carlos Gardel’,  en Radio Rivadavia. Y también fui a la televisión con Héctor García; conocí a Lidia Satragno, ‘Pinky’;  y en una de esas visitas a programas y emisiones tuve la posibilidad de ver en persona al tipo a mi criterio más pintón del mundo: Alain Delon”.

Fue a Grandes Valores del Tango y llegó a semifinales cuando el programa no lo conducía Silvio Soldán sino Juan Carlos Thorry. “Tengo el trébol de la buena suerte que daba Héctor Pérez Pícaro”, menciona y  confiesa que algunos manejos del ambiente le empezaron a molestar y le fueron marcando que para él la aventura de la música iba llegando a su fin. 

Su universo íntimo

“En 1969 me puse de novio con Ana María de la Costa, mi esposa y llegó un momento en el que, en 1974 me dijo: ‘La música o yo’ y el amor fue más fuerte”, confiesa.

Cuando dejó los escenarios, curiosamente también dejó de cantar. Solo de vez en cuando entona alguna canción entre amigos. Pero nunca volvió a hacerlo con la pasión de esa juventud. Tampoco lo lamenta.

Se casaron y llegaron los hijos: Agustín y Lucrecia. Hoy adultos y con sus propias familias: “Agustín está casado con María Aleja Ibáñez  y son papás de Bernardita; y  Lucrecia Buscaglia está casada con Juan Eduardo Martin y son papás de  María Clara y Maggie”.

Su trayectoria laboral

Cuando dejó la música comenzó a trabajar en Somisa. Ese empleo le suponía viajar todos los días. Se levantaba antes de las 4:00 y tomaba el colectivo. “Empecé paleando carbón, tirando carbón a la cinta; luego cambié de tarea y me pusieron como encargado a manejar una máquina”.

Trabajó allí hasta 1976. A través de un amigo se introdujo en el mundo de los visitadores médicos. Fue agente de propaganda médica primero, supervisor y gerente regional con oficina en Rosario.

Polifacético

Más tarde instaló un negocio Mar del Plata Textil. “Al año nos fundimos por un socio que teníamos y se portó muy mal. Me fui a trabajar a una empresa que se llamó Calzados Larry. Siempre recuerdo que pasé y vi un cartel que decía ‘Se necesita empleado’, entré, me ofrecí para cubrir ese puesto y comencé a trabajar de inmediato y al poco tiempo era encargado”.

En ese momento vino a Pergamino una empresa de crédito y Héctor estableció amistad con el titular. “Me dijo que si conseguía algunos clientes importantes me podía ir a trabajar con él. Me entusiasmé y los conseguí: Posteraro Deportes, Calzados Pedrito, Roberto Barros, de quien me hice muy amigo. Un 1º de mayo el propietario de la empresa de créditos me fue a golpear la puerta para que fuera a trabajar con él a Credil”. Le pidió un tiempo para irse de la zapatería, habló con su patrón de entonces que entendió que se trataba de una oportunidad de crecimiento, y allí inició un nuevo camino. 

La empresa propia

Su experiencia en Credil le sirvió para independizarse porque conocía como funcionaba el sistema. Asegura que su amistad con Roberto Barros fue determinante para tomar la decisión. “Roberto me llevaba de viaje y me presentaba a sus clientes del interior del país cuando yo estaba en Credil; a veces viajaba con él y otras con ‘Tito’ Anías. Pusimos un montón de negocios, y yo cobraba una comisión. Un día por avatares de la empresa me avisan que me iban a bajar el porcentaje de comisión y eso ya no me convenía. Fue ahí que Roberto me impulsó a que formáramos una empresa juntos: Intercred, un emprendimiento que mantuvimos Roberto Barros, Héctor Carnevale y yo durante varios años hasta que después de viajar mucho y de sufrir algunos accidentes en la ruta, en 2003 decidimos separarnos. “En un principio seguimos Héctor Carnevale y yo, y luego nos dividimos. Cada uno formó su propia empresa de créditos y siempre nos respetamos el acuerdo tácito de manejarnos en zonas distintas del país para no competir”.

De este modo nació: Famicred, el emprendimiento que posee y al que luego se sumó FamiBan. “Siempre supe rodearme de gente de confianza y eso hizo más fácil la tarea. Me considero una buena persona y eso para el trabajo tiene un valor importante. Hoy mi mano derecha es Lucrecia y Agustín siempre está atento, aunque él sigue en el deporte que es lo que le apasiona”.

El sostén

Se define como “un tipo feliz” y vuelve sobre su familia para destacar que su esposa ha sido y es un sostén irreemplazable para él. “Sin ella no hubiera podido. Llevamos 43 años de casados”.

También hace referencia a los amigos, cuenta de su peña de los viernes y destaca el valor de la reunión familiar de los domingos. Aman vacacionar todos juntos y celebra que los nietos quieran ir con ellos a ese tiempo de descanso.

No tiene asignaturas pendientes, lo reconforta que sus hijos hayan llegado donde se propusieron. “Les he dado a mis hijos lo que he podido. Recibí de mis padres lo suficiente para que no me faltara nada y creo que tuve la dicha de poder hacer lo mismo con mis hijos. Creo que fui, soy y hasta que me muera seguiré siendo feliz”, concluye en el final de la charla y en su balance se define como un emprendedor, gran lector, apasionado, valiente para sortear la adversidad y agradecido a su familia, por tanto.