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Perfiles pergaminenses

Graciela Fidalgo: una mujer que supo con coraje sortear adversidades y hallar su destino

Graciela Fidalgo, el testimonio de una historia de vida llena de aprendizajes. (LA OPINION) Graciela Fidalgo, el testimonio de una historia de vida llena de aprendizajes. (LA OPINION)

Cada Navidad su casa es el lugar elegido por su familia para recrear la celebración del nacimiento. Reúne a cuatro generaciones y disfruta de agasajarlos. Es la cosecha de una vida que la puso frente a no pocas dificultades, las que supo sobrellevar con la valentía de las mujeres que no se amedrentan frente a los desafíos.


Graciela Fidalgo es pergaminense por adopción, ya que nació en Rojas. Es hija de Rosa Giménez, una mujer de 90 años que hasta hace algunos años se dedicaba a bordar vestidos de novias, manteles y ajuares. Tiene un hermano menor que vive en Colón y su papá fue Manuel, un albañil  ya fallecido. Cuando recrea su infancia habla de su abuela materna, Amelia, a quien define como “un sol”. Sus vivencias de aquel tiempo son entrañables. Cuando creció la vida se encargó de ponerle por delante desafíos, algunos de ellos complejos, y los aceptó sin tomar atajos.

Se estableció en Pergamino en 1979, cuando consideró que este era el mejor lugar para radicarse con sus hijos. Se había casado muy joven y a causa de la discapacidad motriz de su hijo mayor durante años había viajado para traerlo a la Escuela de Educación Especial Nº 503. “Yo viajaba todos los días de Rojas a Pergamino para que él cumpliera con su escolaridad y cuando me divorcié el trasladarme todos los días se me complicaba, así que unos amigos me prestaron una casa acá para vivir y así fue que nos mudamos”.

Llegó a la ciudad con sus cuatro hijos: Mario Andrés, Mariana, María Marta y Sebastián Marziali. Vivió en el barrio Malvinas Argentinas, hasta que la venta de ese inmueble por parte de los propietarios la obligaron a trasladarse a una propiedad en calle Luzuriaga. Más tarde se mudó a Colón y Castelli. Allí un golpe de suerte la acercó a la posibilidad de acceder a la casa propia. “Tenía un  Citroën y me gané un cero kilómetros en una rifa. Con el dinero que logré de la venta del auto viejo conseguí comprar el terreno en Empleados de Comercio, un requisito que se necesitaba para acceder a una casa de las que se construyeron en ese barrio”, relata. Corría por entonces 1986.

En ese momento de la vida Graciela tuvo la posibilidad de reencontrarse con alguien que conocía de antes y que se transformó en el compañero de su vida. Habla de su actual marido con un amor que se nota. El es entrerriano. Cuando se reencontraron intercambiaron cartas y llamadas hasta que iniciaron una relación que le permitió constituir con él su vida. “En 1987 él se radicó en Pergamino, compramos juntos la casa y comenzamos a construir nuestro proyecto de familia. Me ayudó mucho con la crianza de mis hijos”. 

Su esposo se llama “Tytho” Koornstra, es de Paraná, Entre Ríos. Tiene una hija radicada en Chile. Juntos emprendieron innumerable cantidad de proyectos y siempre se acompañaron. Tuvieron varios kioscos y hoy él trabaja en forma independiente y en su tiempo libre le gusta escribir guiones y cortos.

 

Su amor por el laboratorio

 Graciela llegó a tener tres empleos para poder mantener a sus hijos y se honra al decirlo. “Trabajé varios años en el Laboratorio de Análisis Clínicos Otegui”, refiere y asegura que siempre estará muy agradecida por esa oportunidad que además le abrió las puertas de la vocación porque desde siempre le gustaron los laboratorios.

“Hubo un momento de la vida en el que trabajaba mucho y con horario cortado. Mi anhelo teniendo los hijos aún chicos era conseguir un empleo que me demandara menor carga horaria o en una franja corrida. Recuerdo que con la llegada de la democracia le mandé una nota al presidente Raúl Alfonsín relatándole cuál era  mi situación. Me la respondió y aun la atesoro. En esa esquela le señalaba que no había un departamento de Empleos, pero que se me iba a tener en cuenta cuando surgiera la posibilidad me iban a tener en cuenta”.

Tiempo más tarde la llamaron del Hospital San José para trabajar allí. Ingresó al laboratorio. “Me exigían tener título, yo no lo tenía, pero si rendía un examen me iban a tomar. Rendí y accedí al puesto”, refiere. En el Hospital conoció a la doctora Mónica Balagué que es bioquímica y comenzó a trabajar con ella en su laboratorio particular. “Trabajaba en el Hospital por la mañana y por la tarde iba a ayudarla. Comencé por unos días, a modo de colaborar con ella por un mes y estuve cuatro años”.

La necesidad de contar con recursos suficientes para el sostenimiento de su familia siempre fue un motor que la impulsó a tomar cada desafío. “En ese momento viviendo conmigo tenía a tres de mis hijos porque Mario Andrés vive en el Hogar San Camilo de San Antonio de Areco y trabaja en la Municipalidad. Maneja la computadora con su cabeza, con un casco especial; también pinta y hace artesanías con la cabeza. Ha logrado el desarrollo de un talento extraordinario”.

En la experiencia hospitalaria se consolidó laboralmente. Trabajó allí hasta hace unos años en que se enfermó de cáncer y tuvo que dejar para someterse al tratamiento. “Hace cuatro años me descubrí un tumor maligno de mama, eso demandó un año entero de tratamiento, dejé de trabajar porque inmunológicamente no estaba permitido y ya después no trabajé más hasta que me llegó la jubilación”.

 

La docencia

“Trabajando en el Hospital yo cursé la carrera de Técnico Superior en Laboratorio de Análisis Clínicos, la cursé y luego hice la de Técnico Histológico”, cuenta. Egresó con el segundo mejor promedio. Esos títulos y una capacitación docente en salud le abrieron las puertas de la docencia.

“Soy parte de la SRL del Instituto Superior ‘Ramón Carrillo’, y la docencia es una tarea que me da enormes gratificaciones”, señala y cuenta que da clases en la carrera de Técnico Superior en Laboratorio y dicta algunas asignaturas para la carrera de Rayos e Instrumentación.

Habla de su vocación cuando asegura que siempre sintió pasión por los laboratorios. “Siempre me resultaron fascinantes y cuando tuve por primera vez la posibilidad de trabajar en uno, no lo dudé ni un instante”.

 

La fotografía 

Otra de sus pasiones es la fotografía. En Rojas trabajó como fotógrafa social y  retomó su amor por la captura de las imágenes ya viviendo en Pergamino, en la búsqueda de correrse de las obligaciones y el trajín de la vida laboral. Hizo varios cursos, invirtió en adquirir sus equipos y fue protagonista y hacedora de varias muestras. “Mi primera exposición fue en Buenos Aires Cooperativa, un evento del que participaban muchos miembros de una página y producto de esa experiencia surgió un libro cooperativo. En ese momento nos encontramos con Raúl Notta, le mostramos esa producción y trajimos la muestra a Pergamino.

“Raúl fue el que nos propuso hacer fotos sobre la ciudad y realizamos otra muestra y eso abrió un camino que continuó en varios lugares como Rosario, en Bariloche y en Pergamino siempre”, agrega.

La última experiencia fue en la Bienal de Florencia. “Fue una vivencia extraordinaria. No hay palabras para describirla”.

Fiel a su amor por la docencia dictó algunos talleres en “La casita de mis viejos” y también tiene su taller de jóvenes y adultos en la Escuela Municipal de Bellas Artes.

Cuando comenzó le gustaba hacer fotos de paisajes. Hoy retrata otras cosas y disfruta de hacer intervenciones en fotografía y edición digital. “No me considero una artista, porque esa es una palabra que me queda grande, me dedico a la fotografía como en algún momento me dediqué a la cerámica porque disfruto de lo que hago”.

 

Grandes pruebas

La discapacidad de su hijo, su propia enfermedad, las circunstancias difíciles que le tocó atravesar en la vida, la pusieron siempre frente al desafío de sortear la adversidad y salir adelante. Eso le forjó un carácter y le dio la templanza suficiente como para mirar siempre el futuro con esperanza. “Tener un hijo con una discapacidad motriz severa y quedarme sola siendo muy joven, fue una experiencia dura. Solo el que la vive puede comprenderla”, confiesa.

Su enfermedad también significó una dura prueba pero no le tuvo miedo. “Mi enfermedad fue difícil y siempre agradeceré el apoyo incondicional de mi marido que me ayudó a transitar por eso y salir fortalecida.

“Aún no se han cumplido los cinco años, igualmente lo tomo bien. Creo que ya pasó, me cuido, pero no estoy pensando en que la enfermedad pueda volver. Me concentro en disfrutar”, asegura, con la entereza que da la experiencia. 

“Yo a la muerte no le tengo miedo. Cuando pensaba en la posibilidad de morir a causa de mi enfermedad, temía por los que dejaba y después decía: ‘Todos pasamos por la experiencia de perder seres queridos y de algún modo salimos adelante’. Tampoco le tuve miedo al sufrimiento. Quizás resulta un poco arrogante, pero me ha tocado pasar por tantas cosas difíciles en mi vida que eso me ha dado cierto modo de mirar”.

 

Su presente

Con su esposo viven solos. Los hijos ya partieron, cada uno para tomar su propio camino.  Graciela lo vive con naturalidad y cuenta que viven en San Antonio de Areco, Tigre, Casilda y San Nicolás. Es abuela de seis nietos: Agustín, Valentino, Facundo, Enzo, Victoria y Juan. 

En su tiempo libre le gusta compartir con amigas. Menciona a dos: Balbina Sierra y Telma Salgado. A ambas las conoce desde la niñez y adolescencia y la vida quiso que vivan en Pergamino.

Es una mujer de fe. Atesora una carta que recibió del Papa Francisco y aunque no suele ir a misa con frecuencia, en sus rutinas cotidianas la oración siempre está presente. “Rezo mucho y he tenido respuestas a esos rezos. Eso fortalece la fe”, asegura.

Aunque con su marido alguna vez fantasearon con la idea de irse a vivir a un lugar pequeño cuando se jubilaran, o comprarse una casilla rodante para salir “sin rumbo”, tienen sus raíces aquí donde disfrutan de hacerse compañía y de tomar intensamente cada experiencia que les plantea la vida. Sus ojos de un color muy claro se iluminan cuando habla de los sueños.

Se levanta temprano, sale a caminar, luego toma el sol de la mañana y se dispone a emprender el día. Ha aprendido a disfrutar de las cosas simples.

 

En familia

En fechas especiales propicias para el encuentro, Graciela se dispone a celebrar la Navidad y lo hace con el anhelo de ver como cada año reunidos en torno a la mesa a sus seres más queridos. Tiene la dicha de tener a su madre, de 90 años, y reunir cada 24 de diciembre a sus hijos y nietos.

Afirma sin dudar que a pesar de todas las adversidades, su familia fue y es su mayor construcción. “Tan mal no los he criado, lo pienso cada vez que los veo sonreír y compartir las anécdotas de cuando eran chicos. Eso sucede cada Navidad que es el día en que nos encontramos todos.

“Me encanta recibirlos y varios días antes comienzo a preparar cosas para sorprenderlos. Un año adorné el árbol de Navidad con fotos de todos y a las doce cada uno podía recortar su foto y llevársela de recuerdo. Lo que más me gusta de la Navidad es que estemos todos juntos”.

En su mesa están las cuatro generaciones. Confluyen  las vivencias del pasado y las promesas del porvenir. “Cuando miro a mis nietos me dan muchas ganas de seguir viviendo”, confiesa sobre el final y agrega que eso le sucede, simplemente porque en ellos ve el futuro. Es dichosa y no pide más.