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Perfiles pergaminenses

Ernesto Domingo Moschetti: un hombre que tiene el corazón “rojinegro”

“Mingo” Moschetti hizo un recorrido por su historia de vida, en diálogo con LA OPINION. (LA OPINION) “Mingo” Moschetti hizo un recorrido por su historia de vida, en diálogo con LA OPINION. (LA OPINION)

Es hincha fanático de Douglas Haig y disfruta a pleno de esa pasión. Trabajó en Lucini y al recordarlo recreó vivencias de un tiempo añorado. Perdió a un hijo en un accidente de tránsito hace varios años y eso le valió el mayor dolor de su vida. Se sobrepuso para seguir adelante apuntalado por el amor incondicional de su familia.


Ernesto Domingo Moschetti nació el 18 de febrero de 1944 en Juncal, provincia de Santa Fe, pero desde muy chico se radicó en Pergamino, cuando llegó con sus padres Carlos Moschetti y María Elena Nápoli. “El se dedicaba a las tareas rurales y ella era ama de casa, fuimos tres hermanos, Luis, ya fallecido, Juan y yo”, cuenta en el inicio de la entrevista que se realiza en la planta dedicada a la comercialización de semillas propiedad de uno de sus hijos y que funciona en el Parque Industrial.

La mañana está desapacible y en el horario indicado abre la puerta de la empresa para recibir la entrevista que acepta con generosidad y modestia porque asegura que tuvo una vida de trabajo que no mercería el reportaje. Sin embargo, sus anécdotas recrean las vivencias de un hombre que en su juventud trabajó denodadamente para cumplir sueños. Se trabajaba mucho y la recompensa era suficiente para ir concretando proyectos y forjando el porvenir de una familia.

Apenas se inicia la conversación, los recuerdos le recrean su infancia. Su primer hogar pergaminense en el barrio Acevedo, en Vélez Sarsfield y Bahía Blanca; y más tarde la casa del barrio Centenario, en Juan B. Justo 2054. “La mayoría de los recuerdos de mi niñez son del Centenario”, refiere con el orgullo de haber tenido una infancia rodeada de amigos y de barrio.

Amó el fútbol desde temprana edad y siendo muy chico incursionó en las divisiones inferiores de Douglas Haig en su puesto de arquero. “Siempre me acuerdo que cuando fui por primera vez a inscribirme para jugar en el Club no me aceptaron porque aún no tenía la edad”, refiere y confiesa que nunca supo de dónde le vino su pasión por Douglas Haig. “Sé que soy hincha del club desde siempre.

“Tenía 15 años cuando me convocaron para jugar en la tercera, asumí que no tenía el estado físico necesario para desempeñarme bien en mi rol de arquero y deseché el ofrecimiento. Ahí terminó mi historia como jugador de fútbol, y solo me quedé con mi sentir de hincha”, agrega y recuerda a sus compañeros de la cancha, entre ellos al “Chavi” Di Santo, “el zurdo” Alvarez y Luis Digilio.

“Siendo un pibe me retiré del fútbol que nunca jugué profesionalmente y seguí siendo hincha de Douglas Haig hasta los huesos”, insiste y confiesa que cuando su hijo Leandro fue convocado para ocupar la presidencia del Club -gestión que desempeña en la actualidad- lo embargó una emoción que le costó algunas lágrimas. “Sentí un orgullo muy grande”, resalta.

 

Su familia

“Mingo” como lo conocen los amigos, se casó con Clotilde Royero, una mujer a la que conoció siendo muy joven en la localidad de Peyrano. “Mis padres se habían separado y mi papá se había mudado a ese pueblo; yo iba a visitarlo y en una de esas veces la conocí, y surgió el amor”, cuenta.

Llevan cincuenta años de casados. La boda fue en Peyrano y la vida transcurrió primero en Mar del Plata donde él trabajaba como encargado de una pizzería; y más tarde en Pergamino, el lugar donde formaron su familia.

“Yo me había ido a trabajar por la temporada como encargado de una pizzería, estuvimos un tiempo, pero sinceramente nunca nos acostumbramos y siempre extrañamos Pergamino, así que nos volvimos y organizamos nuestra vida aquí”, relata.

Tuvieron tres hijos: Gabriel, Leandro y Mauricio, que falleció en un accidente de tránsito. Es abuelo de dos nietas: María Paz y Alma, hijas de su hijo mayor.

 

Un trabajador

Quienes lo conocen lo definen como un trabajador incansable. A su regreso de la experiencia en Mar del Plata había que conseguir empleo en Pergamino. A través de un contacto con el entonces intendente De Nápoli se le abrieron varias oportunidades. Tomó una y emprendió su camino. “Podía elegir entre ingresar a Lucini, Linotex o en la Cooperativa Eléctrica; opté por Lucini porque quedaba cerca de mi casa y no me arrepentí nunca porque fue una experiencia extraordinaria y de mucho progreso el haber trabajado ahí”. En la fábrica se ocupaba de hacer trabajos de laminación, aprendió la tarea y cumplió los objetivos que le trazaban. 

Con lo que ganaba pudo construir su casa sin necesidad de recurrir a un crédito bancario. “Era una época en la que se ganaba muy bien. Incluso había premios que si no faltabas, te significaban un ingreso extra”, cuenta y recuerda que con el premio que otorgaban a quienes no tenían inasistencias en el mes se podía ir al Supermercado Gurí y “llenar el changuito”.

“Al año de no faltar te pagaban el 200 por ciento de premio. Con ese dinero se podían hacer muchas cosas”, agrega.

Trabajó allí hasta 1980 en que la fábrica cerró. “Mi experiencia en Lucini fue lo más lindo que recuerdo laboralmente, me emociono al recordarlo. Tuve compañeros de trabajo incondicionales, muchos de los cuales aún hoy son amigos, otros ya han partido”.

Lo emociona profundamente haber pertenecido a esa empresa legendaria de una época de Pergamino. Recuerda a varios de sus compañeros y menciona a algunos, como Lagodiuk y Abruzzese.

Después de Lucini algunas experiencias laborales fueron fallidas. Trabajó un par de meses en Iradi, en Metalúrgica Pergamino y en Cherta. “En este último lugar, no sé si por una equivocación mía, me echaron y  con lo que me pagaron de indemnización, puse un negocio en mi casa”.

 

El almacén

“Empecé con el almacén en el living de mi casa, mi esposa fue quien me incentivó, porque yo pensaba comprar un vehículo para ponerlo en la calle a trabajar. Nos fue bien. Con el tiempo el negocio fue creciendo y vendíamos de todo. Teníamos la Escuela Agrotécnica muy cerca, y era una época en la que no había comedor,  entonces al mediodía era impresionante lo que se trabajaba. Estábamos a tres cuadras de la Escuela y los chicos venían a comprar pan, fiambre y gaseosas y ellos se los preparaban”, cuenta refiriéndose a la actividad que compartió con su esposa durante varios años.

Cerraron cuando las cosas “comenzaron a cambiar”. Fue por sugerencia de su hijo Leandro, cuando armó la empresa en el Parque Industrial y lo convocó para que lo acompañara. “Un día me dijo que le parecía inseguro que siguiéramos con el almacén, los tiempos habían cambiado, él estaba armando la empresa de la que es socio y me trajo a trabajar con él. Acepté”.

Refiere que su rutina de trabajo en el presente es cómoda y señala que se siente a gusto en lo que hace. “Me dedico a hacer los mandados y les doy una mano en todo lo que está a mi alcance; no tengo horario fijo, hace de cuenta que no tengo patrón”.

 

Una pérdida irreparable

Cuando no está trabajando se hace tiempo para disfrutar de los suyos. Sus nietas viven en Junín, junto a Gabriel y su esposa María José. “Leandro vive acá con Daniela Abruzzese y desde hace varios años nos acompaña el dolor de haber perdido a Mauricio en el accidente”.

Dos nietas: María Paz y Alma que viven en Junín, son hijas de Gabriel, mi hijo mayor que está casado con María José Alonso.

Cuando habla de ese hecho trágico se le nubla la mirada y le cambia la voz. Se esfuerza por sobreponerse y sigue adelante con el relato: “Falleció en un accidente en Carabelas. Este mes se cumplirán 16 años. Fue la peor experiencia de mi vida. Lo peor que nos pasó. Seguimos adelante, pero la pérdida de un hijo no se compara con nada. Te dicen que tenés que pensar en los otros, pero el vacío está y no se puede olvidar. Jamás”. 

El dolor los acompaña como familia y junto a su esposa respeta el ritual de ir al Cementerio día por medio desde que su hijo les falta. “Es algo que nos hace bien y que nos permite estar un poco más cerca de él. Sabemos que ya casi no se estila ir al Cementerio, pero nosotros nunca abandonamos ese ritual”.

 

Costumbres sencillas

Sin abandonar nunca el recuerdo de su hijo, contenido por el amor incondicional de sus otros dos varones y acompañado por su compañera de vida, “Mingo” tiene el temple de las personas que han sabido sortear la adversidad para sobreponerse y seguir adelante. No tiene grandes asignaturas pendientes ni sueños por cumplir. Habla de cosas cotidianas y se contenta con ver realizados a los suyos. Se enorgullece con cada logro y siente paz. Cuando no está trabajando disfruta de cosas simples, muestra en el celular la foto de sus nietas, sonríe. “Me gusta hacer la quinta, cortar el césped, darles de comer a los perros y a las gallinas. Me gusta andar, paso tiempo en el club y disfruto de la compañía de mis amigos de la peña de Douglas Haig”.

Cuando menciona su pertenencia al club y los amigos que ha cosechado en él, vuelve sobre su pasión por el fútbol. “Simpatizo con Boca Juniors, pero hincha de verdad soy de Douglas Haig. Bromeo, pero creo que a esta altura es cierto: que mi corazón debe estar pintado de rojo y negro”.