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Perfiles pergaminenses

Domingo Sofrá: un pergaminense orgulloso de sus raíces del barrio Centenario

En una amena charla, Domingo Sofrá relató su historia para delinear su “Perfil pergaminense”. (LA OPINION) En una amena charla, Domingo Sofrá relató su historia para delinear su “Perfil pergaminense”. (LA OPINION)

Allí nació y vive hasta el presente. Trabajó en la Heladería La Fe, en la elaboración de bombones y caramelos. Más tarde fue carpintero y luego comerciante. Es socio vitalicio del Club Fomento Centenario, un lugar al que le dedicó gran parte de su vida. Jugó al fútbol en Sports. Hoy disfruta de su familia, abrazando valores y costumbres que lo definen.


Domingo Sofrá es pergaminense, nacido en el barrio Centenario. Su apodo es “Mingo” aunque hay quienes lo llaman “Pelado”. Tiene 76 años. Nació el 3 de enero de 1941. Su padre fue Pascual Sofrá, italiano y jornalero; y su mamá Angelina Cascardo, ama de casa. Fue el menor de los tres hijos que tuvo el matrimonio. Y el “regalón”, como él mismo se define. Tuvo dos hermanas: Catalina, ya fallecida y Magdalena.

De su infancia tiene recuerdos entrañables. “Tuvimos una niñez divertida, sana, teníamos baldíos, jugábamos a los cocos y a las figuritas”. Guarda la vivencia de la barra, compañeros incondicionales del potrero donde jugaban al fútbol. “En Centenario había una cancha que era del Club Atlético Centenario, que ya desapareció y después había canchas en dos baldíos. Ahí nos juntábamos, barra contra barra, armando los arcos con nuestra propia ropa”, relata. Creció en ese ambiente. “Fue una infancia sana y divertida”, agrega.

Fue a la Escuela Nº 77, hoy Escuela Nº 53. Hizo hasta sexto grado y luego fue tiempo de trabajar, como tantos de su generación.

 

Helados, bombones y caramelos

“Mi primer empleo fue en la Heladería La Fe, con Doña Carmen Cabrera y su yerno de apellido Posteraro. Tendría 14 años. Trabajé allí hasta los 18, después se vendió. En el verano me dedicaba a la elaboración de los helados y en el invierno me tenían para elaborar bombones y caramelos. A mí me gustaba hacer esa tarea con Rosa Polizzi que era empleada. Hasta ahora recuerdo cómo se hacían los bombones. Los helados tenían una fórmula que solo conocían ellos. Y los bombones tampoco, pero me dedicaba a preparar todo con los elementos que me daban. Era una tarea artesanal”.

Recuerda que la fábrica estaba en la esquina de San Nicolás y Castelli y le proveían helados a la Terminal de Omnibus, que funcionaba en el lugar que hoy ocupa la Casa de la Cultura. Menciona con entrañable gratitud aquella primera experiencia de trabajo en la que confiesa haber aprendido la idea del “respeto” y la disciplina.

 

Carpintero

Cuando dejó la heladería, en el momento en que la firma cambió de dueño cuando se la vendieron a Duzdevich, Domingo se dedicó a la carpintería. Ese fue su oficio. Ingresó a trabajar en Industria Febe en el barrio Centenario. “Entré como aprendiz y terminé como oficial”, refiere y asegura que le resultó fácil atender porque siempre se cruzó en el camino con gente que supo enseñarle los secretos de una tarea también artesanal. “Primero aprendí a hacer juegos de comedor, hacíamos sillas, mesas, aparadores y después hicimos provenzal”, agrega.

Con el tiempo se independizó y cambió de rubro cuando su hijo compró un kiosco que se dedicó a atender. “Dejamos la carpintería y después nos dedicamos al negocio”.

 

El fútbol

Jugó al fútbol en el Club Sports en 1956. “Toda la barra de Centenario nos fuimos al Club cuando a raíz de la revolución de 1955 dejaron de jugarse los torneos Evita”, señala y recuerda que algunos de sus amigos del barrio como los hermanos Picone se fueron a jugar a Provincial.

Llegó a jugar en primera de la liga local durante varios años. Recuerda como si fuera hoy la oportunidad en 1962 en que jugaron contra River Plate en Pergamino. “En el equipo de River había grandes jugadores, perdimos la contienda porque éramos ‘del campo’, y aunque trajimos refuerzos de Junín, no alcanzó, pero fue una experiencia  inolvidable”.

Además de ese partido, recuerda una final de Sports contra Douglas Haig en la cancha de Argentino.

Jugaba “de tres” y confiesa que ese deporte siempre fue una pasión. “Siempre jugué en Sports, una camiseta que siempre sentí, igual que la de Boca Juniors a nivel profesional. Sobre el final de mi carrera hice una incursión en el Club Juventud, pero mi corazón está en el club de mis amores que es donde estuve siempre”.

Refiere que recibió dos ofrecimientos para jugar en River Plate, pero desistió de la posibilidad porque debía “trabajar”. “Mi viejo era muy duro en ese sentido. Tenía que ayudarlo en las tareas de una pequeña granja que teníamos. Había que estar ahí. A mi papá no le entraba en la cabeza que yo pudiera irme y me decía: ‘Mingurrio ¿qué vas a hacer allá?”

 

Un hombre de Club

A los 17 años empezó a participar de la vida de la Comisión de Fomento Centenario, una institución de la que es socio vitalicio. “Ahí me hice hombre”, confiesa y asegura que gran parte de su vida la pasó en ese lugar como fomentista, integrando las comisiones y colaborando en todo lo que estuvo a su alcance. “Hasta fui asador en los eventos que se organizaban”, asegura orgulloso de esa pertenencia.

“Pasé mucho tiempo en Centenario. La experiencia fue muy buena, en esa institución aprendí mucho del respeto y la camaradería.

“En Centenario se hacían los bailes de Carnaval y se traían a las compañías de las radio-novelas tan populares en ese tiempo, especialmente las de las radios rosarinas. Son vivencias inolvidables. Así conocí a mucha gente famosa. La gente quería pelear a los actores que hacían de malos. La gente llegaba a ver el espectáculo en zulky y ataban los caballos en la puerta del Club o en lo de Tessadro que, como tenía un almacén de ramos generales, disponía de un lugar especial para el estacionamiento. Era otro Pergamino”, relata.

 

Los valores 

Domingo rescata los valores de la familia en varios tramos de la charla. Aprendió mucho de sus padres. “Mi padre que era analfabeto me dio todo lo que pudo. Mi madre llegó teniendo dos meses de vida a la Argentina y mi papá a los 17 años sin tener infancia a causa de la guerra.

“Yo soy italiano puro”, asevera. Y lamenta no haber llegado a conocer la tierra de sus padres. Se contenta con que su hijo haya podido ir.

En muchos momentos habla de su familia. Está casado hace 53 años con Martha Pizzano, una mujer a la que conoció en el barrio. “Ella trabajaba en el taller de Annan y yo la iba a esperar.

“Toda una generación de pergaminenses trabajaba en esa fábrica y era parte del folklore pararse en la puerta para ver cuando salían las chicas”, agrega en la charla.

Tiene dos hijos: Eduardo (52), soltero; y Lourdes (44), casada con Fabián Torres. Y un único nieto: Joaquín, que es la luz de sus ojos.

Sigue viviendo en la casa paterna. “Es una construcción de 1930, me crié ahí, cuando bulevar Colón era todo campo. Viví en ese lugar toda mi vida y creo que moriré allí”.

Su memoria guarda las postales del desarrollo que ha experimentado el barrio en el que vive. Recuerda el ir y venir de las jovencitas de entonces que pasaban para ir al pic nic de la Primavera. También la urbanización que acompañó al progreso. Todo eso lo transformó en una persona sumamente apegada a sus raíces.

 

El presente

En el presente se dedica un par de horas a atender el kiosco. “Mi hijo le vendió el comercio a una gente y yo los sigo ayudando. Me gusta estar en contacto con el negocio”.

Cuando no está trabajando le gusta hacer las cosas de la casa. Es amante de la cocina.  Sus dulces de higos son una delicia. Vuelve a su oficio de carpintero, pero solo para los suyos. Y en el tiempo libre le gusta irse a la quinta a “disfrutar con la familia”.

Se considera un pergaminense de ley y no cambiaría por nada el hecho de vivir en el barrio Centenario y en su casa paterna. Vuelve sobre la referencia de sus padres cuando confiesa con profunda emoción que una de las cosas más tristes que le tocó afrontar en la vida fue la muerte inesperada y prematura de ellos. 

“Siento en el alma haberlos visto morir. Yo llegaba del Club y vi la luz de su habitación encendida. Le pregunté a mi esposa qué pasaba y me dijo que hacía un rato que él me estaba llamando. Recuerdo que le dije: ‘Por qué no me avisaste’. Abrí la puerta, mi padre me miró y me dijo: ‘Viniste Mingurrio’. Me miró fijamente y se murió. Fue muy duro. Hasta hoy lo siento. Y mi mamá se murió de la misma manera, tiempo después. Estaba internada en el Hospital, una señora la cuidaba de noche. Una mañana llegué, nos miramos, yo le pregunté por qué no quería comer, me tomó la mano y me dijo: ‘Esto no va más’. Me apretó la mano y murió. Así se fueron mis padres, grandes personas que con todas sus limitaciones me enseñaron de la vida casi todo lo que sé. Fue muy difícil para mí no tenerlos. A cualquier edad que uno pierda a sus padres, es doloroso”.

Es muy amigo de los amigos, algunos ya fallecidos. “Algunos ya han partido y son los que más se sienten. Tengo muchos amigos, no podría mencionarlos a todos, pero ellos saben quiénes son y cuánto los valoro”.

Tiene buen carácter y asegura haber tenido la vida que quiso. Sabe que no puede pedirle a la vida más de lo que la vida le dio.

“Me gusta que los hijos estén bien y estén unidos. Los domingos nos juntamos con mis sobrinos, mis cuñadas”, cuenta y sostiene que todos viven cerca y están siempre en contacto. 

“Cuando uno ve que va transcurriendo la vida, se da cuenta que eso es lo mejor que hay, ver a la familia unida. No hay mayor aspiración que esa”.

Le gusta la vida que tiene. Es la que anheló y asegura que trabajó mucho por cumplir sus sueños. “Es linda la vida que tengo”, afirma.

“Por ahora lo único que tengo es una panza que no puedo bajar”, bromea sobre el final, definiéndose como un “excelente cocinero” al que le gusta agasajar a los suyos.