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Perfiles pergaminenses

Diana Tamer: una mujer comprometida con sus ideas que supo superar la adversidad

Diana Margaride de Tamer, en la intimidad del consultorio, rescató parte de su historia de vida. (LA OPINION) Diana Margaride de Tamer, en la intimidad del consultorio, rescató parte de su historia de vida. (LA OPINION)

Es médica psiquiatra y psicoanalista. Aunque está jubilada, su consultorio sigue siendo un refugio y el espacio de la palabra. En él se desarrolla la entrevista en la que delinea su perfil esta mujer que llegó a Pergamino acompañando a su esposo Hugo Tamer a quien perdió a raíz de un accidente automovilístico hace varios años. 


Diana Gloria Margaride, viuda de Tamer, es rosarina, aunque hace más de 45 años que vive en Pergamino, donde llegó para acompañar a su esposo, el fallecido Hugo Tamer que había sido convocado para trabajar como médico laboral en la fábrica Lucini. Es psiquiatra y psicoanalista y aún hoy dedica gran parte de su vida al trato con pacientes-no ya en el campo de la psiquiatría porque está jubilada- pero si del análisis. Cuenta en su casa del barrio Acevedo con un espacio en el que confluyen sus lecturas, las historias con sus pacientes y la conversación de la entrevista que se desarrolla en un clima amable y cálido. Todo el tiempo mira a los ojos al expresarse y recrea su historia con la cuota de reflexión que le impone su oficio y con la impronta de los conversadores inteligentes que saben detenerse en los pequeños detalles para rescatar la esencia de un recuerdo o de un pensamiento.

Nació en Rosario, en un hogar de familia española en el que se imponía el orden, la laboriosidad y el respeto, sin que por ello faltaran el amor y la alegría. Creció oyendo cantar a su madre, Elena Mediavilla,  y aprendió latín y esperanto de las clases que les daba su padre, Casimiro Margaride, un socialista al que define como “un lindo quijote” que soñaba con un mundo en el que todos hablaran el mismo idioma. Tuvo una infancia feliz de padres enamorados que le inculcaron el respeto hacia los mayores y le dieron las herramientas para crecer en libertad. Siempre había tiempo y lugar para crear, jugar y reír. Tuvo un hermano mayor, Miguel Angel, al que ella le seguía los pasos, hasta que la ecuación se invirtió y fue él quien se radicó en Pergamino cuando Diana llegó aquí para ejercer su profesión. El también fue médico y falleció tempranamente. Se emociona profundamente al recordarlo: “Cuando nos mudamos a Pergamino él también se vino a ejercer la medicina, pero falleció a poco de llegar, reconozco que me cuesta hablar de esto aún, su pérdida es una herida que permanece abierta. Cuando se te muere un hermano en cierto modo uno pierde su otra mitad”.

Profunda vocación

Eligió ser médica psiquiatra hacia el final de la carrera cuando llegó al internado - modalidad que ahora se conoce con el nombre de residencia-. “Elegí hacerlo en el psiquiátrico del Hospital Centenario. Me quedé allí tres años para hacer la especialidad.

“En mi elección vocacional posiblemente haya tenido influencia la lectura, a la que me acerqué a través de la gran biblioteca de mi padre, que tenía a Freud entre los favoritos. En la adolescencia  ya había leído la teoría de los sueños”, cuenta.

“Creo que cuando elegí el internado estaba definida mi vocación y tuve la suerte que ‘Pichón’ Riviere, el fundador de la Asociación Psicoanalítica Argentina, se transformara en uno de mis principales referentes  porque viajaba semanalmente al psiquiátrico donde yo estaba, con el doctor Lebensohn. Ahí me introduje en una psiquiatría que anulaba todo lo ortodoxo estudiado hasta el momento. Haber tenido la dicha de dar mis primeros pasos en el campo psicoanalítico con él y comprender que alrededor del paciente internado se debe mover un equipo interdisciplinario, me hizo ver cuánto se podía mejorar la psiquiatría”, relata, asegurando que aquella primera vocación fue clave.

Ya era médica y tenía la especialidad cuando llegó a Pergamino. Al principio siguió viajando semanalmente a Rosario para seguir cursando en el Centro de Estudios Psicoanalíticos para profesionales.

Con el licenciado Hugo Hirsch hizo el curso de terapias breves y en el Hospital Italiano de Rosario cursó Epilepsia y Electroencefalografía; y en Buenos Aires Alcoholismo y Drogadicción.

En 1974 fue nombrada por el doctor Pedro Bomarito, director del viejo Hospital San José, como jefa del Servicio de Psiquiatría, cargo que ejerció ad honórem y que aceptó con gran placer. “Fue una experiencia muy rica, que de algún modo me permitió devolverle a la sociedad lo que me había dado para mi formación en instituciones educativas públicas”.

Su vida profesional transcurrió por largas horas de consultorio entregadas con verdadera vocación para conseguir el bienestar de sus amados pacientes. 

Reconoce que nunca fue un sacrificio trabajar. Y no le alcanzan las palabras para agradecer el amor que le han brindado sus pacientes.

“Viví toda la vida de mi profesión, y a la par de ello fui consolidando mi vida familiar”, refiere.

El universo íntimo

Cuando habla de su familia Diana acerca a la conversación los tesoros de su vida. Menciona a cada uno de los integrantes de su núcleo familiar con inconmensurable respeto. A partir de su matrimonio con el doctor Hugo Tamer y de su establecimiento personal y profesional en Pergamino, de algún modo resignó su condición de “rosarina” y también su apellido de soltera. “En aquel tiempo era muy risueño, pero cuando llegué aquí todo el mundo dijo: ‘Llegó la doctora Tamer’ y desde ese momento nunca más pude usar mi apellido. La gente llamaba para pedir un turno y decía: ‘Quiero que me atienda la doctora Tamer’. Fuimos todos Tamer desde ese momento”.

Tuvo dos hijos a los que ama profundamente. El mayor, “Pachi”, nació en Rosario y hoy vive en los Estados Unidos donde es creativo publicitario y supo ponerle su impronta personal a su tarea para emprender una ardua lucha social para cambiar el modelo que la publicidad propone. Es el papá de Elena, su nieta de seis años, a quien define como “una niña adorable, cariñosa y sensible que llena mi corazón de vida”. Su segundo hijo, Leandro, que llegó luego de la pérdida de dos embarazos, vive en Buenos Aires, estudió en la Universidad del Cine de San Telmo, es director de fotografía y pone en su trabajo mucho talento, es perfeccionista en lo que hace. Y es feliz. 

Superar la adversidad

Hace ya varios años la vida la sorprendió con un duro golpe. Junto a su esposo protagonizaron un accidente automovilístico con consecuencias trágicas. 

“Este año hubiéramos cumplido 48 años de matrimonio, pero a raíz del accidente automovilístico que tuvimos en octubre de 2010 mi esposo quedó en estado vegetativo hasta que falleció en julio de 2011. Yo sufrí 24 fracturas y debí someterme a muchas operaciones, pero aquí estoy, contándote pedacitos de historia”, refiere en un relato que la lleva por los momentos más difíciles de su vida. “El accidente lo tuvimos juntos, con la diferencia que cuando yo, al tercer o cuarto día salí del coma, me preguntaron mi documento y lo dije. Y él nunca despertó. Estuvimos seis meses internados juntos”. 

Es una mujer que sabe sobreponerse. Y sacar lo positivo incluso de las cosas malas. “Es una historia difícil de superar, pero mis pacientes amados me salvaron”, confiesa y vuelve sobre ellos para expresar su más profunda gratitud. 

También vuelve sobre los recuerdos de su vida de familia para afirmar: “Tuvimos una buena vida porque nos casamos enamorados y formamos un hogar con amor.  Buscamos nuestros hijos, soñamos con ellos. No todo fue color de rosa, hace muchísimos años tuvimos una crisis que nos llevó a distanciarnos. Pero eso duró poco y lentamente fuimos construyendo charlas, encuentros, amor, caricias, perdones y todo lo que implica la reconciliación de una pareja, pedir disculpas, perdonarse las ofensas, hasta que decidimos volver. Y como si no hubiera pasado nada fue genial, porque fue certificar que la elección que habíamos hecho era real”.

Su presente

Hoy convive con el sinsabor de la pérdida en la casa del barrio Acevedo que compraron cuando se quedaron solos, esa que les permitía compartir el consultorio en horarios alternados y disfrutar de la buena compañía. Recuerda las anécdotas de su esposo en la política, ya que él fue un dirigente del Partido Radical de reconocida trayectoria. Reconoce que eso les generó algunos desencuentros, hasta que ambos se entendieron. 

“La pérdida de mi esposo ha cambiado mi vida, y hoy me sostienen el amor de mis hijos, mi pasión por la profesión que volvería a elegir, el haberme quedado con pacientes que, a pesar de que ya no trabajo como psiquiatra porque me jubilé, siguen viniendo a un espacio de crecimiento personal, para ver la vida cada vez con mayor sabiduría y tratar de ser autocríticos y valorarse a sí mismos”.

Asume que la vida hoy es más difícil. Pero es positiva en su manera de mirar su mundo. Es entusiasta y espontánea. Celebra que sus hijos hayan crecido en libertad y hoy sean felices.

Por fuera de la profesión sus otras dos pasiones son la música y la poesía. Es profesora de piano y disfruta de escribir. Eso acompaña su soledad, lo mismo que el encuentro con amigos. Cuando promedia la charla, confiesa que se lleva bien con la idea de la muerte, no la rechaza. Trata de vivir lo que siente que le queda por delante de la mejor manera posible brindándose por entera.

Entre sus asignaturas pendientes aparece el haberse inscripto para participar de Médicos sin Fronteras y haber podido hacer una experiencia humanitaria acercando su profesión a lugares de catástrofes o crisis. 

Disfruta de dar

“Creo que tengo la vida que soñé, salvando la adversidad de algunas pérdidas, tuve los hijos que quería tener. Estudié con mucha seguridad y sé que volvería a elegir la misma carrera si volviera a vivir. Incluso si pienso en vidas anteriores pienso que debo haber estado entre alquimias haciendo lo mismo”.

No anhela más que el amor de sus hijos y la felicidad de ellos. El poder encontrarse con sus pacientes y no perder esa filosofía de vida que siempre la lleva por el camino del positivismo. Le hubiera gustado experimentar la sensación de tirarse en paracaídas. Pero sabe que ya no es tiempo. Por fuera de ello, está a mano con la vida.