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Perfiles pergaminenses

Bernardo Tena: una vida en la que la familia, el trabajo, el ciclismo y el atletismo fueron pilares

Bernardo Tena, en la puerta de su casa, con su aliada incondicional, la bicicleta. (LA OPINION) Bernardo Tena, en la puerta de su casa, con su aliada incondicional, la bicicleta. (LA OPINION)

 

Es una leyenda de la actividad deportiva, ciclista y maratonista, con 85 años ya retirado de las competencias recorre en bicicleta 200 kilómetros por semana. Asegura que es lo que lo mantiene vivo. Ejerció su oficio de albañil hasta los 80 años y hoy se dedica a su familia y a lo que “le gusta hacer”. 


Bernardo Francisco Tena es uno de esos personajes que forman parte de la vida de las ciudades por su empuje. Tiene la capacidad de saber contar anécdotas y todo lo que dice va acompañado por la reflexión que dan los años y los muchos kilómetros de vida recorridos. Tantos o más que los que transitó en su bicicleta, compañera incansable de momentos y vivencias. Tiene 85 años y se lo ve jovial. Recibe la entrevista para delinear su “perfil pergaminense” en su casa del barrio José Hernández donde vive solo. Y se muestra dispuesto a abrir las puertas de su historia de vida para rescatar los momentos que la definen. Le ha pasado de todo y ha sabido afrontar lo que el destino le propinó, sin perder nunca la sonrisa. Lo acompaña su gorra de ciclista, los múltiples trofeos que son la cosecha de una siembra dada en carreras de bicicletas y maratones. También fue atleta y lo cuenta con orgullo. Con la misma satisfacción que se dispone a recrear recuerdos de su infancia en la zona rural del Partido de Pergamino, en un establecimiento ubicado entre El Socorro y la Vanguardia. Aunque nació en “Hinojo”, partido de Olavarría, un pequeño pueblo de casas de piedra que ni siquiera llegó a conocer porque sus padres españoles se trasladaron por trabajo a esta zona cuando él tenía apenas un mes de vida. Sus padres fueron Francisco y Agripina.

De la vida en el campo recuerda las anécdotas del trabajo denodado de sus progenitores y de su hermano mayor Juan, ya fallecido. Más tarde la memoria lo acerca hasta el pueblo de El Socorro, donde su padre con lo que consiguió juntar producto de vender algunas máquinas y elementos de trabajo, compró la casa familiar e instaló un horno de ladrillos en un campo de seis hectáreas. Esa fue desde entonces la actividad laboral de su familia, en una época en la que afirma que “los ladrillos se vendían como caramelos”.

En el horno comenzó a trabajar con su padre siendo prácticamente un niño. “Era el tiempo de Perón donde se trabajaba muy bien. Vivíamos cerca del pueblo y todos trabajábamos en el horno. Yo trabajé hasta que me vine a Pergamino. Después tuve mi propio emprendimiento en la fabricación de ladrillos y también trabajé en el sindicato rural en El Socorro, íbamos a cargar bolsas, y a trabajar en la cosecha, incluso en zonas alejadas como Tandil o Necochea”, refiere.

De muy joven una persona de Buenos Aires que le compraba ladrillos a su padre lo llevó a trabajar allí. Bernardo se fue con la condición de poder regresar si no se adaptaba a la gran ciudad. Vivió en una pensión y no logró hacer amigos en el lugar. Quizás por el deseo de volver que lo acompañó desde el primer momento y el que cumplió apenas se le presentó la oportunidad.

Siguió trabajando en el horno hasta que en 1965 se estableció en Pergamino, donde llegó con trabajo como constructor. El oficio de albañil fue el que abrazó hasta hace poco tiempo. Tiene en su haber el privilegio de haber desempeñado para particulares y en forma independiente, una tarea que siempre le gustó. “Debo haber construido por lo menos 40 casas”, cuenta orgulloso.

“También hice reformas en negocios importantes, como Riera o Posteraro”, refiere y asegura que trabajó hasta los 80 años. “Le hice un negocio a mi vecino de enfrente que se había quedado sin trabajo y quería instalar una forrajería; construí la casa de mi nieta y hoy me dedico a hacer lo que puedo, como la vereda de mi casa, pero ya estoy jubilado. 

“Todos los oficios que hice me gustaron”, resalta y reconoce que “nunca le esquivé al trabajo”. 

 

La familia

Bernardo tuvo dos hijos con su primer matrimonio: Oscar Mario, en pareja con Norma; y María del Carmen, casada con Hugo Sosa. 

Tiene nietos: Valeria, Sergio, Paola y otra nieta por parte de mi hijo que vive en San Martín de los Andes y le dio un bisnieto que aún no conoce. Sus bisnietos de aquí son: Aylén y Gerónimo. Y tiene dos más en Acevedo a los que no ve, aunque siempre tiene a mano sus fotos. A todos los quiere entrañablemente y disfruta de compartir todo el tiempo que puede con ellos. Construyó la casa de uno de sus nietos y siempre estuvo dispuesto a ayudarlos en lo que estuvo a su alcance.

Su gran compañera de vida fue Lidia, una mujer con la que nunca llegó a casarse pero con la que convivió muchos años. 

“Nos íbamos a casar y el 9 de junio de 1982 viniendo de trabajar con un chico del barrio, pasó un camión en rojo y nos atropelló, a mí me quebró la pierna en dos partes y a él lo pasó por arriba”, relata. Eso truncó en parte sus planes y lo puso frente al desafío de sobreponerse de esa tragedia.

En varios momentos de la entrevista menciona  a Lidia como una mujer que lo acompañó en cada uno de sus proyectos y lamenta que a causa de una enfermedad la haya perdido hace ya trece años. La cuidó incondicionalmente y siempre se hicieron compañía. 

Cuando habla de ella se introduce en uno de los capítulos de su vida más importantes. Ese que tiene que ver con la intimidad de la vida familiar y con la incondicionalidad de haber tenido la dicha de tener a su lado a una compañera “de ‘fierro’”.

 

El ciclismo 

En otro momento de la entrevista habla  de lo que representó para él una pasión: el ciclismo y las carreras de atletismo.

Tena es conocido en la ciudad por su desempeño deportivo y no escapa a ningún reconocimiento que ponga en alto sus valores, siempre que su ejemplo pueda servir de ayuda a los jóvenes. 

Comenzó a correr en bicicleta cuando cumplió la mayoría de edad y con lo que ganó trabajando en Buenos Aires compró “las dos ruedas, de las buenas” para cambiar las que tenía su bicicleta. Después de hacer el Servicio Militar en El Palomar se inició en la actividad deportiva. Primero entrenando, después compitiendo. Tiene en su haber muchas carreras ganadas, algunos accidentes e innumerable cantidad de recuerdos. 

“En la época que empecé a correr, como no había colectivos, me tenía que venir pedaleando de Pergamino hasta acá para participar de las carreras y luego en la bicicleta volverme”, cuenta.

Siempre entrenó por su cuenta y contó con la compañía incondicional de un gran compañero, fallecido hace poco, Oscar Pizano. “Con él salíamos a entrenar y corríamos juntos”.

De la competencia ciclística guarda muchos recuerdos: “Para un Día del Niño había una carrera en Arroyo Dulce, fui a correr y en una caída me quebré, mi mujer escuchó por la radio que había ganado. Cuando llegué se dieron cuenta que estaba lesionado. Le dije a mi mujer: ‘No corro más porque si me lesiono no puedo trabajar y no comemos’. Así y todo, como estaba, el lunes me puse una férula en el brazo y me fui a trabajar. Tenía dos socios, estábamos haciendo un frente y yo los ayudaba en lo que podía.

“He ganado en Pergamino cuando se inauguró el circuito de Provincial; tengo el trofeo de esa competencia. Después gané en el Parque Municipal, en La Vanguardia, en Santa Fe, en Máximo Paz, Santa Teresa, Manuel Ocampo y El Socorro”. Quienes lo conocen lo definen como “una leyenda del ciclismo”, pero él se reconoce solo como alguien a quien le gusta mucho andar en bicicleta.

 

El atletismo

Más tarde, ya siendo grande -tenía 59 años- comenzó a correr en carreras de atletismo. “Fue mi mujer la que me incentivó. Un día leyó en LA OPINION que había una carrera en el Parque Municipal y me preguntó si no me animaba a correrla. Le dije que no estaba entrenado, pero igual fui. No tenía ni calzado apropiado. Recuerdo que fue la primera carrera que corrió Susana Lépore, una conocida atleta. Corrimos juntos, en un momento me dijo que iba a abandonar. Le aconsejé que no lo hiciera porque de lo contrario siempre que corriera iba a querer abandonar. Ella llegó segunda y yo cuarto. Me dije a mí mismo: ‘Si sin estar entrenado podés llegar a ocupar ese puesto, entrenándote podés ganar. Y puse manos a la obra entrenándome.

“Así comencé. Ibamos a San Nicolás, Ramallo, Rosario, salí campeón en varias competencias. Eramos un grupo grande que íbamos de Pergamino y que integraban: Laborda, Lobo, Fernández, González, Pra, De Domingo y Borter. Casi siempre íbamos juntos”, relata. Y menciona que un año Colón lo llevó a correr a Escobar y tuvo muy buen desempeño. También recuerda las carreras en Concordia. Cualquier lugar de la geografía le resultaba propicio para ir a correr.

Fue un gran maratonista. Dejó de correr a los 67 años cuando se enfermó su compañera. No volvió a las pistas salvo que sea en actividades recreativas o eventos con fines solidarios. A ellos va siempre que puede y se “pone a prueba”.

A pesar de que al poco tiempo de perder a su mujer debió someterse a una intervención quirúrgica complicada, nada le impidió seguir haciendo lo que llena sus días: andar en bicicleta y caminar siempre que puede.

 

Su presente

En la actualidad recorre 200 kilómetros por semana. Los hace en el Parque Municipal o se suma a algún circuito de cicloturismo. Aunque se siente vital es consciente de sus años y de las huellas del transcurso del tiempo, por lo que nada le despierta el deseo de volver a correr. “Yo salgo a pedalear porque me gusta y porque me siento bien, pero sé que si corro me puedo caer y eso sería un problema. “Salgo a pedalear cuando me ‘agarra la loca’. Siempre tengo ganas de andar en bicicleta”, señala.

“Vivo solo, mi nieto está en la casa de atrás, pero no estoy nunca solo ni me siento solo. Me conocen hasta los perros y eso me gusta. Tengo buen carácter, nunca me levanto de mal humor, estar alunado es un cuento”, señala y asegura que aunque le han pasado muchas cosas, algunas de ellas que afectaron su salud, nunca nada lo detuvo ni le cambió su temperamento “amigable”.

 

Acepta con serenidad el transcurso del tiempo y disfruta de los años que tiene tratando de vivir “sanamente”. No tiene grandes ambiciones. Está jubilado y siente que en la vida con mucho sacrificio consiguió realizar lo que se propuso. “Había que estar en el horno de ladrillos en aquellas épocas o irse a trabajar a la campaña para cosechar lejos de la casa de uno”, recuerda este hombre que es parte de una generación de hijos de inmigrantes que llegaron a estas tierras a forjarse un porvenir y con mucho sacrificio, lo lograron.