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Editorial

De adicciones, irresponsabilidades y prioridades

Hemos analizado en otras oportunidades las ventajas y desventajas que las nuevas tecnologías han traído en las últimas décadas, desde las cuestiones más positivas hasta las claramente negativas. Los enormes avances en la comunicación que se han generado, la democratización que permite al hombre de a pie expresarse en forma pública a través de las redes, todo con sus luces y sombras, con lo que beneficia y perjudica.  

Precisamente, la adicción a los videojuegos, un emergente de esta gran revolución tecnológica que vivimos, se podría convertir en un trastorno de salud mental si se aprueba este año la propuesta de incluirla en la nueva edición de la Clasificación Internacional de Enfermedades, un manual de definiciones para que los países desarrollen sus políticas sanitarias de la Organización Mundial de la Salud.

¿Debiéramos tomar tan en serio esta problemática? La verdad es que aquello que genera pérdida de control sobre una actividad -el videojuego- que se interpone en la vida familiar y social hasta llevar a una persona a una suerte de aislamiento, debe ser tomado muy en serio. Porque el uso excesivo que les dan chicos y algunos adultos a los juegos compartiría con la ludopatía la categoría de los trastornos mentales asociados con las conductas adictivas. Aislamiento, adicción, compulsividad, trastornos físicos y el sedentarismo son consecuencias directas de un uso abusivo de los juegos digitales. Con el agravante de que hoy en día, la portabilidad de los dispositivos y la gratuidad hacen que sea muy difícil de evitar.

La manifestación de que el nivel juego alcanza niveles patológicos tiene tres características: el usuario no puede controlar el deseo de jugar, le da cada vez más prioridad al uso de los videojuegos hasta el punto de que sea más importante que otras actividades cotidianas o relaciones familiares y sociales, y continúa o escala en ese uso a pesar de las consecuencias negativas evidentes. Es paulatino pero lo cierto es que este patrón de conducta puede derivar en un deterioro de las relaciones personales, familiares, sociales, en la educación, en los juegos naturales de la edad, esos interpersonales como el fútbol en la canchita, las muñecas, la lectura.

Esto se produce porque el uso de Internet, las computadoras, teléfonos inteligentes y otros dispositivos aumentó de manera fenomenal en las últimas décadas. Si bien eso está asociado con beneficios para los usuarios, por ejemplo, en el intercambio de información en tiempo real, también se documentaron problemas de salud por el uso excesivo.  

La conducta de estar permanentemente pendiente de la pantalla, sea del celular, la tablet o la computadora puede derivar en un trastorno toda vez que el uso se termine transformando en el único universo de quien está usándolo, porque la realidad virtual superará la real, sobre todo en las edades en que se está formando la personalidad. No siempre por el juego en sí, -aunque la mayoría busca ser altamente adictivas- sino porque desde muy chicos los usuarios sienten placer especial en el dominio de los juegos digitales y más cuando empiezan con la competencia.

Una clara condición negativa de esta adicción a los “jueguitos”, se relaciona con la pérdida del orden de prioridades que se le da al juego frente a otros intereses familiares o sociales o actividades diarias. Es una actividad que puede generar un estado tal de sedentarismo, como que un chico pueda estar horas y horas sin salir siquiera a la calle, sentado en un sillón obturando un botón que activa el juego.

No han sido pocos los problemas que se han generado en las aulas escolares con el uso de los dispositivos electrónicos, que muchos docentes fomentan por la utilización positiva que se puede generar en la búsqueda de información concreta y su aplicación a los temas que están estudiando los chicos. Pero el control de celulares y computadoras se ha tornado una tarea de práctica casi imposible, no solo porque algunos lo usan para los jueguitos sino también para chatear con amigos, postear en Facebook y otras actividades que son distractivas a la hora de concentrarse en el estudio.

Detrás del problema de los chicos, sobre todo, siempre están las ausencias de los adultos. Porque es claro que los padres por sus ocupaciones o su haraganería para criar a sus hijos, permiten que, como hemos visto infinidad de veces, “descansen” en estos dispositivos para entretener a los niños, para calmarlos en momentos en que necesitan o prefieren el silencio, para que reposen en vez de alborotar el lugar, como todo chico sano haría. Así se ve cada vez con más frecuencia que la familia que va de paseo o se sienta a comer en un restaurante o en un bar, lleve una tablet o permita el uso del  celular a los hijos; los adultos conversan entre ellos y los más chicos están con el cuello doblado con sus celulares o sus tablet, sin “molestar” a los mayores. Lo mismo sucede en el hogar, los chicos rápidamente se encierran en sus cuartos para prender la computadora o el celular y en definitiva los adultos se los sacan literalmente de encima.

Lo peligroso, que ahora nos advierte la OMS, es que esto que apareció como una solución para los padres se puede convertir en un enorme problema para sus hijos, y a la postre para ellos también, porque ahora se podrán desentender de los chicos por momentos gracias a la tecnología pero jamás se podrán desentender de un hijo enfermo, psíquica o físicamente. 

Es cierto que las sociedades modernas se han tornado muy complejas y los padres normalmente trabajan muchas horas fuera del hogar, sin embargo es claro que cualquiera sea el tiempo que los padres les dediquen a sus hijos, si no es tiempo de calidad, es como si no existiese. Y la verdad es que fomentar que los chicos estén todo el día con el celular o la tablet bajo el brazo para no tener que ocuparse de ellos, es una irresponsabilidad que redundará en un daño claro que les hacen a sus hijos.

En el caso del uso adulto de los dispositivos de juego no es lo mismo; se usan sobre todo como elemento para relajarse, pero es más difícil que se vean las mismas adicciones que en los chicos, aunque hay excepciones para todo.