Perfiles pergaminenses

Francisco Rodríguez: un mecánico de alma que encontró en su oficio algo más que un medio de vida


Francisco Eduardo Rodríguez en su taller mecnico can la pasión del primer día

Crédito: LA OPINION

Francisco Eduardo Rodríguez en su taller mecánico, can la pasión del primer día.

Dedicarse a la mecánica fue su sueño siendo niño y lo cumplió. Trabajó en importantes empresas en una época dorada de esta actividad y desde 1980 tiene su propio taller. Conocedor de la tarea y confiable ante sus clientes, conserva por su trabajo la pasión del primer día.

Francisco Eduardo Rodríguez es conocido como "Pato", un apodo que tomó de su padre que llevaba su mismo nombre. Es mecánico de profesión y ese oficio fue su sueño de niño. Se emociona al recordar que siendo "un purrete" sentado en el banco de la Escuela Nº 22 donde hizo la primaria, con su compañero Osvaldo Cordich fantaseaban con "ser mecánicos". Trabajó en importantes empresas del rubro en la época de oro de esa actividad y desde 1980 lo hace en su propio taller de manera independiente. Tiene la habilidad de los que conocen los secretos de los motores y de los que guardan el carácter artesanal de una actividad que ha cambiado mucho con los años. Se ha adaptado a las transformaciones sin perder nunca la esencia de ese saber aprendido "trabajando".

Acepta trazar su "Perfil Pergaminense" con la humildad de aquellos que han vivido la vida siendo fieles a sus principios, sin grandilocuencias. La entrevista se concreta en el taller, un espacio ubicado en avenida Colón. A través de un gran patio, su lugar de trabajo se comunica con su casa. Toma una pausa para la charla y en la cocina del hogar que comparte con su hijo desgrana las anécdotas de sus 77 años vividos plenamente, con las alegrías y los sinsabores del paso del tiempo.

Nació en Pergamino. Su papá fue Francisco Rodríguez y su mamá, Lucía Valeria. Fueron siete hermanos: "El único que lleva el apellido Rodríguez soy yo, mis otros hermanos son Irusta", aclara y explica que su mamá era viuda cuando conoció a su padre: "Se casaron y nací yo. Es decir que mis hermanos son por parte de madre".

Recuerda su infancia como "un tiempo lindo" transcurrido en el mismo barrio en el que vive actualmente. "Crecí en esta zona, en un tiempo vivimos en calle Castelli, frente al cuartel de Bomberos".

Trabajar, desde chico

"Hice la primaria en la Escuela Nº 22 y después hice un año en el Colegio Industrial a la noche, pero por esas cosas de chico, un día me robaron la luz de la bicicleta y no fui más", comenta y recuerda que por entonces "ya trabajaba y lo hacía con Ferrari y Petracci primero; después, a los 14 años a través de un aviso en el Diario LA OPINION me entero que necesitaban un ayudante de mecánico en el taller de José Annecchini, que funcionaba en calle Pueyrredón, allí ingresé y trabajé hasta mis 22 años".

Refiere que mucho de lo que sabe de mecánica lo aprendió en esas experiencias laborales que lo marcaron. "Más tarde me fui a trabajar en Rodríguez de París que era la agencia Renault en ese tiempo; luego pasé a lo de Patricio Geoghegan; y después instalé mi propio taller".

"Aprendí el oficio trabajando, todos los patrones que tuve me enseñaron mucho. Con Ferrari y Petracci ya hacía trabajo de mecánica, aunque ellos se dedicaban más a cargar baterías que traían los hombres de campo. Aparte de eso hacía carpintería también. En Annecchini, que era solo taller mecánico, atendíamos no solamente autos sino tractores y maquinarias", señala.

El taller propio

Instaló su propio taller en 1980. Funciona desde entonces en el mismo lugar y se sostiene de la mano de las horas de trabajo y una clientela fiel. Se emociona cuando menciona que hoy sus clientes son los hijos de aquellos primeros que le confiaron sus vehículos. "Les arreglaba el auto a los padres y hoy vienen los hijos, esa es una enorme satisfacción", expresa y reconoce que a lo largo de los años con cada cliente se establece una relación de confianza que Francisco se encarga de honrar.

En la actualidad trabaja con su sobrino Pablo Garrone. Se dedican a la mecánica del automotor y también atienden camionetas. "Durante muchos años, cuando la familia Yarroch tenía la administración de La Serenísima, yo les atendía todas las unidades. Tenía una amistad muy entrañable con el fallecido Roberto, era como un hermano para mí", resalta, agradecido.

Su familia

Siendo muy joven Francisco se casó con Stella Maris Mayolino. Tuvieron un hijo: Walter Eduardo Rodríguez y una beba que falleció antes de nacer. Durante un tiempo tuvieron con ellos a su suegra Amelia, a quien ayudaron en el tránsito por problemas de salud complejos.

Con tristeza Francisco cuenta que enviudó hace cinco años. "Teníamos casi cincuenta años de casados cuando mi esposa murió, fue una pérdida muy dura. Ella enfermó de cáncer y aunque luchó durante varios años a esa enfermedad no pudo vencerla. Cuando falleció perdí mi mano derecha, yo no encontraba ni mi ropa para cambiarme, ella manejaba la casa, me ayudaba con los papeles del taller y hasta lavaba motores conmigo", refiere lamentando no tenerla a su lado. El tono de la voz se entrecorta cuando habla de la que fue su compañera. Estos años sin ella han sido difíciles y reconoce que "la casa ya no es la misma sin su presencia, falta todo lo que en un hogar pone una mujer".

Relata que ella se había dedicado a trabajar en la industria textil y cuando cerró el taller de costura en el que trabajaba, comenzó a colaborar con él en el taller. "Cuando sacan un motor de la rectificación nos lo traían para que nosotros lo laváramos, trabajaba a la par mía en esa tarea".

En la actualidad Francisco vive con su hijo Walter, que trabaja en seguridad como custodio. "Mi hijo está separado y actualmente en pareja con una chica de Arrecifes", comenta y menciona que tiene un nieto: Alvaro (17).

Su universo afectivo se completa con un buen número de grandes amigos que ha cosechado a lo largo de la vida. Valora la amistad y los afectos y disfruta de compartir buenos momentos. El taller suele ser el lugar de encuentro con vecinos y amigos con los que disfruta de compartir "el asado".

"La pandemia nos ha distanciado un poco, hace bastante que no nos reunimos, pero antes era frecuente encontrarnos en el taller y reunirnos a comer. De esos encuentros participaban vecinos y amigos de toda la vida", expresa y menciona, entre ellos a "Fabián Giani, Hugo Puyó, Rogelio Rodríguez, 'Fino' León, 'la zorra' Sanmartino, Rubén Taraborelli y algunos más que siempre se suman y de los que me estoy seguramente olvidando".

El Club Argentino

Cuando la charla lo lleva a recorrer los recuerdos de la niñez y la juventud Francisco habla del Club Argentino, una institución que fue para él como su segunda casa. "Jugué al basquetbol en Cebollitas, nunca profesionalmente. Me gustaba el deporte y me gustaba mucho ir a practicar", señala rescatando valores que aprendió en el deporte y en la vida social del club. "Nosotros éramos muy humildes, y el club era como nuestro hogar, íbamos a practicar deportes, hacíamos amigos, y aprovechábamos para bañarnos con agua caliente que nosotros no teníamos en casa", confiesa guardando en su corazón un sentimiento de gratitud por lo vivido.

Con la pasión del primer día

En su tiempo libre aprovecha para descansar. "Me quedo en casa, miro televisión, me siento en la puerta de casa y charlo con los vecinos. No soy de salir mucho.

"En el taller hacemos horario cortado, así que en mis ratos libres descanso. Tengo una dificultad para caminar, estoy operado dos veces de columna y no ando bien de las rodillas, así que ando poco", comenta. Nada le impide seguir trabajando. Con la ayuda de un andador, se traslada de un lugar a otro sin perder autonomía. "Iba a la pileta a Davreux, ya me anoté para retomar ahora que se están abriendo nuevamente algunas actividades porque el agua me hace bien.

"En el taller no hago muchos esfuerzos. Cuando rectificamos y armamos motores, me siento y le pongo los pistones, trato de abocarme a aquellas tareas que no requieran de demasiado esfuerzo físico", reconoce. 

Aunque su oficio ha cambiado mucho con el tiempo, su tarea guarda algo de lo "artesanal". Quizás es esa condición de encontrarle la solución a las cosas lo que mantiene viva la pasión por su trabajo que Francisco mantiene viva como el primer día. "Los que empezamos desde chicos hemos visto grandes cambios, y nos hemos adaptado sin perder la esencia del oficio", destaca.

Ser mecánico es su gran sueño cumplido. Lo afirma con orgullo y con el placer que da poder vivir de lo que uno ha elegido. "Este es el único trabajo que he tenido y la vida me ha premiado con la fidelidad de los clientes", afirma, reconociendo que "lo más lindo del trabajo de un mecánico es cuando el auto anda bien".

A mano con la vida

Pergaminense de alma, siente que no cambiaría esta ciudad por ninguna otra para vivir. "Me gusta Pergamino y no lo cambiaría por nada en el mundo", recalca.

Al momento de hacer un balance, asevera que no tiene asignaturas pendientes ni sueños por cumplir. "A esta altura de la vida, estoy hecho.

"Cuando estaba mi señora con el dinero de una rectificación de motores compramos un terreno en el barrio Otero y construimos una casa, Era nuestro lugar de descanso, nos íbamos los viernes y regresábamos los domingos", cuenta, sobre el final de la charla. Hoy, aunque mantiene esa propiedad ya no va. "Ahora está alquilada, pero más allá de eso, me trae muchos recuerdos y me genera cierta nostalgia. Mi esposa ya no está más para disfrutarla conmigo; y muchos de los amigos con los que compartíamos lindos momentos también se han ido", afirma este hombre que acepta con resignación las pérdidas y asume con serenidad el paso del tiempo, sin pendientes, solo disfrutando de la vida con lo que le propone, fiel a un modo de vivir en el que el trabajo ha sido y sigue siendo el pilar que sostiene todo lo demás.


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