Perfiles pergaminenses

Raúl Umanti: la familia, los motores, el deporte y la docencia, una vida vivida intensamente


Raúl Umanti en la intimidad de su hogar trazó su Perfil Pergaminense

Crédito: LA OPINION

Raúl Umanti, en la intimidad de su hogar, trazó su Perfil Pergaminense.

Emprendedor por naturaleza, siempre se mostró dispuesto a aprender e incursionar en actividades que le propusieron desafíos. Dedicado a la rectificación de motores, también fue instructor en la enseñanza de oficios y deportista. Hoy, ya jubilado, disfruta del tiempo libre rodeado de los suyos, sale a pedalear y jamás está quieto.

Raúl Eduardo Umanti nació el 30 de marzo de 1945 en Pergamino y creció en la casa de su familia en calle Mar del Plata y San Luis. Tiene 76 años. Sus padres fueron Bautista Umanti y Josefa Casa Major. El, camionero y ella, ama de casa. Tuvo dos hermanos Ricardo y Alberto. "Fuimos tres varones, hijos de padres de raíces inmigrantes, italianas por parte de mi padre y vasco-francesas por parte de mi madre, así que tuvimos una mezcla interesante que marcó nuestro carácter y nuestro modo de ver la vida", dice en el comienzo de la entrevista que se realiza en la cocina de su casa, donde actualmente vive solo. Desde la ventana se observa un patio con plantas que él mismo mantiene, como también la quinta que tiene en Arroyo Dulce, un lugar donde le gusta pasar tiempo. 

Fue a la Escuela Nº 41 que por entonces era "la escuela del barrio" y guarda lindos recuerdos de su infancia. Cuando finalizó la primaria inició el secundario en el Comercial, pero a poco de comenzar se llevaba muchas materias, razón por la cual su mamá le pidió que tomara una decisión: ponerse al día con sus estudios o salir a trabajar. Como muchos en aquellos tiempos en que las alternativas aparecían claramente definidas, Raúl tomó el camino del trabajo y fue así que teniendo apenas 12 años consiguió empleo en un taller de carpintería que se dedicaba a la fabricación de juguetes. 

"Mi hermano Alberto trabajaba en Bourdá y Pedrini y con 14 años entré en esa empresa. Más tarde, él con el yerno de Bourdá instalan su propio taller, lo hacen en un inmueble que había construido mí padre. Me fui a trabajar con ellos en la rectificación de motores, actividad que se transformó en mi oficio. Mi hermano mayor se había ido a Buenos Aires donde estableció su vida", cuenta.

Hoy Raúl está jubilado, pero durante toda su vida fue un inquieto y lo sigue siendo. Laboralmente se abocó a la rectificación de motores y con el conocimiento del oficio y la pericia para llevar adelante su trabajo, se especializó en una marca Citroën. "Era una pasión mi trabajo, tuve clientes muy fieles que siempre me brindaron su confianza", afirma, agradecido.

Su familia 

Se casó a los 26 años con Edith Remón y fruto de su matrimonio tuvo dos hijos: Gabriel (41) y Romina (38). "Mi hijo trabaja en la cochera del Bingo. Es soltero. Mi hija está casada con Maximiliano Montanaro, que trabaja en una empresa de acopio de cereales en el Parque Industrial. Tienen a Benjamín, que tiene 7 años y por ahora es mi único nieto y al que quiero con toda mi alma", describe. Aunque cada uno vive en su lugar, siempre está cerca de ellos dispuesto a tenderles una mano.

Enviudó cuando los chicos eran adolescentes. "Fue una experiencia muy dolorosa, mi esposa era una mujer sana y de un momento a otro comenzó a sentirse mal. Un día llego al mediodía del taller y no se había levantado de la cama, la despierto, le pido a mi hija que me ayude a bañarla, pero no reaccionaba bien, lo llamo al doctor Groisman y me dice que había que internarla. La ingresaron a Terapia Intensiva; una infección por una lastimadura en un dedo se le generalizó en todo el cuerpo y falleció días después", relata.

"Me quedé solo con los chicos, pero había que poner el pecho y seguir adelante", refiere con una templanza que lo caracteriza.

Sobreponerse a las pérdidas

A lo largo de los años, algunas pérdidas afectivas le mostraron su fortaleza y le enseñaron a rearmarse valiéndose de la contención de su familia, la compañía de los amigos y esa cualidad innata de nunca bajar los brazos.

Tiempo después de enviudar estableció una relación con Clara Troncaro, viuda como él, a quien conocía del barrio. "Nosotros teníamos una distribuidora de cosméticos, así que la conocía también por esa actividad", refiere y agrega: "Estuvimos en pareja tres años. En cercanías de una Semana Santa ella comenzó con un problema en el pecho, le detectaron un tumor, debió someterse a una cirugía y a un tratamiento. Algún tiempo después hizo una complicación en el páncreas y ya no pudo recuperarse, su fallecimiento fue una pérdida que sentí mucho", confiesa.

A través de una amiga, y a raíz de que había realizado un curso de mozo y una capacitación de barman en Rosario, comenzó a servir en algunos eventos. "Era una actividad que me gustaba, siempre fui muy emprendedor. Y fue esta amiga la que un día me invitó para ir a la fiesta de jubilados. Le encargué las tarjetas y fui con mi hermano. Nos tocó sentarnos en la mesa en la que estaba Elsa, una mujer con la que conviví muchos años, hasta que también falleció", menciona y recuerda los comienzos de aquella relación que coincidió con un tiempo en el que además de trabajar Raúl estaba sumamente comprometido con la tarea de terminar el secundario, cursando de noche en la Escuela Nº 10.

"En esa cena de jubilados coincidimos en la mesa y enseguida me pareció una mujer muy interesante. Cuando el evento terminó el remis en el que iban a regresar a su casa con las personas que ella estaba se demoró y me ofrecí a llevarlas. Al día siguiente la fui a ver a su casa con cualquier excusa, pasó un tiempo, intercambiamos llamados telefónicos. Un día quedamos para vernos a la salida de la escuela y así comenzamos nuestra relación. Cuando compré esta casa en la que vivo, nos mudamos juntos. Estuvimos aquí casi 15 años", relata.

"Yo corría duatlón, viajábamos mucho. Y cuando estábamos en Pergamino, los domingos salíamos, yo pedaleaba y ella se iba con el auto y aprovechaba ese tiempo para tejer prendas para niños", agrega.

Cuenta que Elsa falleció a causa de un accidente cardiovascular. "En verdad ella tenía un antecedente coronario, y se cuidaba mucho. Pero le dio un ACV, y aunque logró volver a casa cuando le dieron el alta, unos días después sufrió una descompensación y ya no logró salir", comenta.

Con el fallecimiento de Elsa volvió a quedarse solo. Dedicó tiempo a realizar distintas actividades para mantenerse ocupado. "Salía a pedalear para desenchufarme, me iba a la quinta de Arroyo Dulce y pasaba tiempo allí", menciona. 

Una nueva etapa

La vida compensó tantas pérdidas con una relación en la que se siente pleno. Fue a través de un amigo que conoció a la que es su compañera: Rosa Velasco. Aunque no conviven, tienen una pareja sólida que logró integrar intereses compartidos, familias y anhelos. "Ella es profesional de la salud ya jubilada; fue partera, también hizo el curso de enfermería, siempre estuvo muy comprometida con su actividad. Tiene 75 años, es mamá de Carina y perdió un hijo cuando era apenas un bebé pero, dueña de una gran fortaleza, se sobrepuso y salió adelante", relata Raúl. Y algo en la mirada cambia cuando habla de su presente, como si fuera esa recompensa que da la vida.

"Somos muy compañeros. Ella tiene sus nietos, Lucía, Agustín y Juliana. Nuestros hijos y nietos son muy importantes en nuestra vida y los disfrutamos. Nos respetamos mucho, nos gusta salir a caminar por el Terraplén y pasar tiempo juntos", agrega.

La docencia

A lo largo de su intensa vida, Raúl incursionó en la docencia como instructor del Centro de Formación Profesional Nº 401, donde dictó cursos de tornería, soldadura y reparación de motos.

Aunque su retiro de la actividad le dejó algún sinsabor por el modo en que debió enterarse que sus cursos ya no volvían a abrirse, la docencia le dejó experiencias extraordinarias y el mejor premio que un instructor puede tener: el reconocimiento de los alumnos que al cruzarlo por la calle le regalan un "Chau profe" que le colma el alma.

El deporte

Otra de las actividades que le han dado grandes satisfacciones es el deporte. Comenzó a incursionar en lo deportivo a los 30 años, cuando con su hermano empezó a ir al Parque Municipal para entrenarse con un instructor. "Mi hermano vendía la bicicleta, me la quedé yo y ahí empecé a ir a Arroyo Dulce; los sábados llegábamos hasta Salto y un día comencé a competir como debutante. Después tuve que entrar en la categoría que correspondía a mi edad y tuve buen desempeño. Cuando tenía 50 años una caída grande me valió en San Nicolás que tuvieran que darme 15 puntos en la cabeza. El atletismo se transformó en la actividad que me permitió recuperarme y me gustó mucho. Corría en las carreras que se hacían en Pergamino y también en Buenos Aires. Con el tiempo logré juntar las dos pasiones el ciclismo y el atletismo en duatlón, participé de varios campeonatos, viajé bastante y conocí mucha gente", relata cuando la entrevista promedia. En el living de su casa conserva las fotos que rescatan momentos inolvidables de las competencias.

En la actualidad no compite, pero sigue andando en bicicleta. Lo hace como integrante del Grupo Mortadela. "Yo salgo los sábados y lo disfruto mucho. Además de pedalear es una actividad que te permite estar en contacto con gente muy valiosa, es muy divertido", resalta.

Y cuando la entrevista termina, lo que aparece en el relato es la gratitud de quien ha sabido sobreponerse a las distintas circunstancias que la vida le ha presentado, sin renunciar nunca a su esencia y a los valores que le han marcado el camino. "Tengo una linda vida, rodeado de gente que me quiere y a la que quiero mucho. Ha habido sinsabores, pero también fortaleza. He tenido mis dos manos para trabajar y salir adelante, no puedo pedir mucho más", concluye.


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