Perfiles pergaminenses

Oscar Scalbi: la electrónica, la música y la docencia, actividades que, junto a su familia, colman su vida


Oscar Scalbi en uno de los rincones preferidos de su casa allí donde est la música

Crédito: LA OPINION

Oscar Scalbi, en uno de los rincones preferidos de su casa, allí donde está la música.

Durante 28 años fue docente del Colegio Industrial, donde ejerció con pasión y compromiso. También fue uno de los DJ más conocidos de la ciudad y se mantiene cerca de la música, llevándola a fiestas "retro". Esposo y padre de dos hijos, tiene la sencillez de aquellos que viven fieles a sus valores, haciendo lo que aman, ideando proyectos y pensando con generosidad en los demás.

Oscar Alberto Scalbi tiene 58 años. Nació en Pergamino y creció en el barrio Trocha, en la casa ubicada en calle San Juan, entre Prudencio González y Joaquín Menéndez. Hoy vive muy cerca de ese lugar, en el barrio Jardín. Le gusta Pergamino y siente que es su lugar, donde están sus raíces y donde se desarrolló a través de sus distintas actividades, logando en todas destacarse y hacerse de un nombre en la ciudad. 

Sus padres fueron Américo y Laura, él cerealista y ella ama de casa. Hijo único, transcurrió su infancia en el seno de un núcleo familiar pequeño, gigante en el afecto y rodeado de amigos entrañables. El escenario para el juego era la calle, ese territorio seguro en el que no había amenazas. Desde siempre supo forjar vínculos perdurables y en lo cotidiano rinde culto a la amistad. "Tengo hermosos recuerdos de mi infancia, yo nací en 1962 y crecí en el barrio, jugando en calles que por entonces eran de tierra. Teníamos el ferrocarril al lado, así que íbamos a ver los trenes y sentíamos fascinación por las máquinas a vapor", cuenta en el comienzo de la charla que se desarrolla en uno de los espacios preferidos de su casa, un lugar donde está su colección de discos de vinilo y CD que acompañaron su historia como uno de los disc jockeys (hoy llamados DJ) más conocidos de la ciudad. En un ambiente contiguo funciona un aula donde –salvando las limitaciones que le impuso la pandemia- dicta clases de electrónica y robótica, otra de sus pasiones. "Llegué a tener aquí 40 alumnos. Dicto dos cursos, uno de electrónica básica y otro de microcontroladores. Estoy pensando en retomar con grupos reducidos, de hasta 12 personas", comenta.

En referencia a su niñez señala que de primero a cuarto grado fue a la Escuela Nº 6, después continuó en el Colegio Marista donde hizo hasta séptimo grado y más tarde fue alumno del Colegio Industrial, un establecimiento educativo al que considera "su casa".

El Servicio en tiempos de Malvinas

Se había transformado en uno de los DJ más conocidos y elegidos de Pergamino cuando fue convocado para hacer el Servicio Militar y eso le hizo reconfigurar sus planes. Recuerda la experiencia como un hecho del que no rescata los mejores recuerdos: "Estuve 14 meses en el Servicio; ingresé en el mes de marzo y en abril comenzó la Guerra de Malvinas. Fue doloroso. Estuve siempre en San Nicolás, pero como con otros compañeros estábamos encargados de las comunicaciones y de la radio, accedíamos a mensajes e información que nos permitían saber lo que estaba sucediendo en verdad. Era angustiante además estar lejos de nuestras familias. Mi madre siempre decía que el día más triste de su vida había sido cuando me acompañó hasta la puerta y escuchó que un militar me llamaba 'ciudadano' y me invitaba a ingresar al cuartel".

Refiere que aun estando lejos territorialmente del escenario del conflicto, vivió muy de cerca las instancias de la Guerra de Malvinas y siente que ese hecho se inscribió como uno de los acontecimientos más trágicos de la historia. "No guardo lindos recuerdos de ese tiempo", afirma.

Inesperado y feliz camino

Al regresar del Servicio Militar se fue a Buenos Aires, donde estudió la Tecnicatura Superior en Electrónica. "Siempre me había gustado", agrega y comenta que trabajaba por su cuenta en su propio taller cuando una amiga, Cecilia Bonardi, lo llamó para preguntarle si le interesaba tomar algunas horas como docente, siempre en el campo de su especialidad y en la Escuela de Educación Técnica Nº 1 que había sido "su colegio". 

"Yo nunca había pensado en dar clases, pero tomé el desafío. Tenía 27 años cuando me paré por primera vez al frente de un grupo de alumnos y estrené con eso un camino que recorrí de manera ininterrumpida durante 28 años y que me dio enormes satisfacciones", resalta.

"Recuerdo que me dieron un curso del ciclo superior, y me temblaban las piernas. Lo bueno era que como el Colegio Industrial había sido mi escuela, yo sentía que estaba como en mi casa, que conocía a los que habían sido mis profesores y que el lugar me resultaba familiar. Todo lo demás lo aprendí en el trato con los alumnos y enseñar se transformó para mí en una vocación que ejercí con pasión", relata. 

Se enciende un brillo en su mirada cuando habla de algunas vivencias y cuando describe algunos proyectos, entre ellos el armado de un aula sensorial en la Escuela de Educación Especial Nº 503, diseñada por él escuchando las necesidades que le había planteado esa comunidad docente, y ejecutada por sus alumnos en un trabajo de articulación e integración "extraordinario" y de enorme valor social. "Son experiencias que muestran que la educación cobra sentido cuando trasciende el aula", plantea, agradecido.

 "Ingresé a la docencia en julio de 1989 y terminé en febrero de 2018 cuando me jubilé", añade y recuerda que apenas comenzó tuvo la posibilidad de tomar más horas, de desplegar todo lo que sabía y de establecer con sus colegas y con los alumnos vínculos sólidos que sirvieron de base para el ejercicio de una tarea docente comprometida. "Siempre di materias vinculadas a la electrónica y en los últimos años a la robótica, así que fue un placer", destaca.

La música

A la par de la electrónica, otra de sus pasiones desde siempre fue la música. "Cuando me tocó el Servicio era 'el DJ del momento', pero al tener que irme perdí un poco la clientela. Después retomé y hubo años en los que trabajé muchísimo. Siempre me quedó la idea de que quizás si no hubiera existido ese paréntesis que imponía la 'Colimba', yo hubiera llegado a tener mi propia empresa de sonido. Igual no me arrepiento de nada. Estudiar electrónica me abrió las puertas de la docencia y la música encontró su tiempo nuevamente".

"Digamos que, con algunas pausas, mi actividad como DJ tuvo dos períodos: empecé en 1979 teniendo 17 años y trabajé hasta el año 1999. En esos 20 años trabajé muchísimo. Después vendí los equipos y algunos discos -llegué a tener cinco mil- y años más tarde, a partir de que mi amiga Patricia Creton me convoca para la celebración de una fiesta de cumpleaños, retomé y hoy me dedico a las fiestas 'retro'; paso música en algunos eventos particulares, sin equipos, solo con la computadora y los vinilos en casos muy especiales".

"Nunca abandoné la música", asevera y la mirada se detiene en ese espacio que construyó de manera especial para instalar sus equipos. Cuando los enciende, el sonido recrea el clima de las fiestas y la música dispara esas emociones que hacen referencia a momentos y tiempos a los que siempre se anhela volver. "Todos los discos que tengo son de época, algunos me los han robado, pero cada uno tiene una historia. Cuando yo empecé no existía el MP3 ni Internet, a través de alguna revista uno se enteraba de la existencia de un disco y la tarea era ir a la disquería a conseguirlo", refiere y menciona que teniendo apenas 14 años disfrutaba de poder comprar algún disco y escucharlo en casa de algún vecino porque todavía no tenía equipos. "Después con un socio pude armar mi primer equipo, hacer la primera fiesta e iniciar un camino muy lindo", afirma y destaca que su padre siempre lo alentó mucho.

Su familia

Oscar está casado con Gabriela Alicia Ortega. Tienen la misma edad y se conocen desde siempre porque fueron vecinos. "Hoy vivimos en la que fue su casa paterna, nos conocemos desde que éramos chicos; en la adolescencia compartimos grupos de amigos y algunas salidas, después durante varios años dejamos de vernos y nos reencontramos cuando teníamos 27. Nos pusimos de novios y a los 30 nos casamos", cuenta Oscar. Su esposa es auxiliar de educación en la Escuela Nº 19 y proteccionista de animales, por lo que la casa siempre está habitada por perros que rescata. 

Tienen dos hijos, Alexina (22) que estudia en Rosario y quiere especializarse en Psicología Forense; y Facundo (12) que está en séptimo año en la Escuela Nº 19.

Habla con profundo amor de los suyos. Su núcleo familiar es ese espacio donde transcurre la vida y donde nacen los proyectos. "Somos muy unidos, nos respetamos mucho, cada uno tiene su personalidad, pero siempre estamos juntos tirando para adelante. Nos gusta estar en casa, siempre haciendo algo para mejorarla y somos felices", sostiene Oscar, conmovido por lo que significa la construcción de una familia de bases sólidas y perdurables, nutrida de los valores que son los que trascienden en sus hijos: "Son tan buena gente, que uno se siente orgulloso porque los principales aprendizajes son los que se obtienen en la casa".

Tiempo para otras cosas

Confiesa que dejar la docencia fue una decisión que le costó tomar. "Siempre sentí pasión por el trabajo en el aula, me han ofrecido cargos hasta de inspector, pero lo mío siempre fue el trabajo con los chicos. No conocí otra escuela que no fuera la mía, a la que siempre sentí más que como un lugar de trabajo, como mi segunda casa", expresa.

"Me costó casi dos años jubilarme", dice y refiere que tomó la decisión porque comenzaba a sentir la necesidad de hacerse tiempo para "otras cosas".

"Quería tiempo para mí", insiste. Necesitaba ese tiempo que hoy utiliza para trabajar en su taller donde repara y recicla cosas que luego vende a través de Internet. "Tengo máquinas de carpintería, de soldadura, de herrería. Me gusta el trabajo manual, me gusta diseñar y me doy maña para hacer de todo y me gusta, así que de ese modo uso mi tiempo", comenta cuando promedia la charla. 

"Retirarme fue una decisión personal, y el trauma de no ir a la escuela no fue tan grande porque me llegó la jubilación en febrero, después de las vacaciones", agrega, señalando que aún hoy recibe propuestas para volver a enseñar en distintos ámbitos. "Me hubiera gustado dar clases en la universidad, eso quedó como una asignatura pendiente, pero nunca se dio esa posibilidad", menciona.

Conserva en un lugar privilegiado de su casa cada uno de los regalos que recibió de sus alumnos. La mayoría de ellos fueron objetos realizados por las propias manos de estudiantes nutridos de lo que aprendieron con Oscar en tantos años de trayectoria docente. Sabe que no hay en la vida mayor recompensa que eso: sentir que en su paso por el aula y por la vida de tantos jóvenes dejó una huella.

"Tuve la fortuna de haber podido desplegarme en todas las actividades que elegí, no me quejo de nada; la música, la electrónica y la docencia confluyeron y pude vivir de lo que me gustaba hacer. No me quejo de nada. Debe ser muy feo tener que trabajar de algo que no te gusta. En ese sentido he sido muy afortunado", concluye este hombre que, aunque no piensa demasiado en la vejez, la imagina como un tiempo habitado en familia, en el taller creando cosas y escuchando buena música, sin pedir nada más.


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