Perfiles pergaminenses

Héctor Albarracín: la industria le dio un oficio que hoy lleva en sus manos


Héctor Albarracín en la intimidad de su hogar rescató anécdotas de su historia de vida

Crédito: LA OPINION

Héctor Albarracín, en la intimidad de su hogar, rescató anécdotas de su historia de vida.

Teniendo 14 años ingresó a la empresa de Roberto Ceriotti y trabajó en el rubro de la fabricación de ataúdes durante más de cuatro décadas. Ya jubilado sigue trabajando la madera, hoy de manera artesanal, casi por hobby. Fue vicepresidente del Club Fomento Centenario y siempre sintió vocación de participar en beneficio de la comunidad.

Patricio Héctor Albarracín es un vecino de 74 años de edad que nació en Pergamino. Vivió en el barrio Centenario hasta que se casó y desde entonces habita en el barrio Santa Julia, un sector de la ciudad que vio nacer y desarrollarse. La entrevista se realiza en su casa, en el comedor donde comparte las rutinas de la vida familiar, entre muebles construidos por él mismo gracias a su oficio de carpintero y marcos de cuadros con el rostro de sus nietos, esos que le alegran la vida. 

Sus padres fueron Patricio Albarracín y María Elena Pereyra. El, changarín que con su carro iba ganándose la vida haciendo distintas actividades; ella, ama de casa. Tuvo una hermana mayor, Marta, ya fallecida. Guarda lindos recuerdos de su infancia. Hasta los 12 años vivió en Magallanes y Urquiza y luego en Solís al 1200. Hizo la primaria en la Escuela Nº 77. "De mi infancia recuerdo los chicos con los que jugaba y las veces que salía con mi padre en el carro", refiere.

Afirma que su segunda casa fue el Club Centenario. Descubrió ese lugar donde forjó vínculos entrañables y cosechó una larga historia como dirigente cuando tenía apenas 10 años. Fue un vecino que era una persona mayor quien comenzó a llevarlo todos los días. "El era integrante de la comisión, me llevaba y me traía todos los días y ahí descubrí el Club Centenario que se transformó en mi segundo hogar", resalta. A los 13 ó 14 años ya iba solo y a los 18 comenzó a integrar distintas subcomisiones hasta que siendo adulto se sumó a la comisión directiva participando activamente de la vida de la entidad de la que llegó a ser vicepresidente durante la gestión de Ramón Larlus. "Integré la subcomisión de Bochas, de Biblioteca, de Deportes. Siempre estuve vinculado a la vida del Club y con Ramón hicimos muchas cosas juntos también en las comisiones de fomento, en la Asociación de Bochas, compartíamos la vocación de participar de la vida de las instituciones y de la comunidad".

Destaca el crecimiento del Club Centenario una entidad tan cara a sus sentimientos y al momento de enumerar algunos de los hitos que marcaron el progreso, hace referencia a la construcción del gimnasio que antes era al aire libre y también el piso de la cancha de bochas que es sintético, cuando en realidad la mayoría de las canchas para la práctica de esta actividad tienen piso de tierra y arena. Cada logro fue producto del esfuerzo y de una comunidad comprometida. 

En su relato también aparece la vida social asociada al Club Centenario: "Cuando yo era chico se hacían las tómbolas; después fueron los bailes que dependían de la comisión del Club y que después comenzaron a hacerse a medias con un organizador, Lomanto".

Hace más de 60 años que es socio del Club Centenario y sus rutinas tuvieron que ver con la vida del Club hasta que comenzó la pandemia. "Dejé de ir cuando todo esto empezó. Pero si no, siempre iba y aunque ya no estaba en la comisión directiva pasaba mis ratos jugando a las bochas o a las cartas".

Es un lugar en el que hizo buenos amigos y cosechó vivencias que lo nutrieron de los valores que se aprenden en instituciones comunitarias. 

Señala que le gusta jugar a las bochas y lo hace cada vez que puede. "Competí durante muchos años, es el deporte tradicional del Club Centenario", resalta. 

También jugó al fútbol en Racing: "Empecé en la quinta, jugué en la cuarta y la tercera hasta que llegué a primera. Tengo lindos recuerdos de mi paso por el deporte". Es hincha de Boca Juniors.

Una vida en la fábrica

A los 14 años ingresó a trabajar con Roberto Ceriotti en la fábrica de ataúdes y ese se transformó en el empleo que tuvo durante toda su vida. Ese en el que aprendió el oficio de carpintero y donde adquirió experiencia en el manejo de personal y competencias para realizar una labor con responsabilidad. "En ese tiempo había dos fábricas de ataúdes, a los dos años Roberto Ceriotti vendió la fábrica a Irma Ceriotti, que se quedó con cuatro o cinco empleados entre los que yo estaba. Con el tiempo la señora unió las dos fábricas y nos trasladamos de calle 11 de Septiembre, donde trabajábamos, a calle 3 de Febrero, donde estuvimos hasta el año 2000 en que la fábrica se estableció en el Parque Industrial".

Fruto de su desempeño llegó a ser capataz, puesto que ocupó hasta que se retiró. Rescata que Irma "Coca" Ceriotti "fue una excelente patrona".

Se retiró luego de algunos problemas de salud que lo obligaron a pasar tiempo fuera de la fábrica y se jubiló de manera anticipada. "Me hacía muy mal el material que se usaba para el lustre, realmente afectaba mi salud. Estuve un año sin trabajar y otro período en el que me guardaron el lugar, pero aunque intenté volver era imposible, así que me retiré".

Carpintero y luthier 

Pasó en la fábrica gran parte de su vida. Allí se transformó en carpintero, un oficio que abrazó para siempre y que hoy le sirve para seguir trabajando la madera para la elaboración de muebles y objetos en su tiempo libre y para la producción artesanal de un instrumento musical que utiliza la comunidad vasca para sus celebraciones. "Es como una especie de tambor, hice algunos para el Centro Vasco de Pergamino, y mi trabajo se fue conociendo de boca en boca y me los han encargado de varios lugares, el último envío lo hice a Olavarría", cuenta.

Un oficio que aprendió a amar

Reconoce que aprendió a amar su oficio con el paso de los años. "Yo en realidad soñaba con ser mecánico, pero entré a trabajar en la fábrica siendo muy chico. Andaba con mi papá en el carro y Roberto Ceriotti me llevó a trabajar con él para que aprendiera un oficio y pase 45 años en la fábrica, gran parte de mi vida", refiere este hombre que es parte de una generación que crecía de la mano de su oficio en un mercado de trabajo estable. "No me puedo quejar de nada, mi trabajo y el de mi esposa siempre nos permitieron vivir bien".

Su familia

Conoció a Angela Luca en el Club Centenario, ella era integrante de la comisión. Se pusieron de novios y seis años después se casaron. Tienen tres hijos: Daniela, que es ingeniera agrónoma y trabaja en Rizobacter, está casada con Mauricio Giuliano y son los papás de Carmela, Vicente y Antonio; Claudio que trabaja de manera independiente haciendo trabajos de gas y herrería y es papá de Victoria; y Diego que trabaja en el rubro gastronómico y es papá de Bautista y Delfina.  

Cuando habla de su familia lo hace con la satisfacción de haber construido un núcleo afectivo sólido que se transformó en el pilar de su vida. "Todos viven en Pergamino, están encaminados en sus actividades y son unidos", destaca. 

Su casa, esa que habita hace 47 años, es el lugar de encuentro familiar. En ella siempre están los seres queridos. 

Héctor reconoce que Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir. Y define a su barrio como "un lugar tranquilo en el que vive buena gente".

La tranquilidad de lo cotidiano

Lejos ya de la rutina laboral, pero siempre entretenido con su oficio, disfruta de rutinas tranquilas. Le gusta el trabajo manual y pasa tiempo en su galpón donde tiene instaladas sus herramientas. No tiene asignaturas pendientes ni grandes proyectos por realizar. Disfruta de su familia y de los nietos a los que confiesa que "se disfrutan más que los hijos" porque con ellos se comparte un tiempo fuera de los avatares de la rutina laboral y sin la responsabilidad de la crianza.

Asegura sentirse satisfecho con la vida. Amigo de los amigos, cosecha lo mejor de la siembra. "Tengo buenos amigos y muchos conocidos. Jugué al 'baby futbol', habíamos formado un equipo al que llamábamos 'Kiosco Gloriani' y ahí hice muchas amistades. También en el Club, en la fábrica, habiendo sido capataz me llena de orgullo que los chicos que hoy son hombres me saludan con mucho afecto cuando me encuentran por la calle".

En el plano de los afectos destaca su amistad con José Picone, al que define como "un gran amigo de siempre. Vivíamos a una cuadra de distancia y le tengo un gran cariño, lo mismo que a su familia y hermanos".

Imagina la vejez como el presente: transitando con tranquilidad en compañía de los suyos, con los cambios propios del paso del tiempo, pero con la alegría de tener salud, de haber actuado siempre fiel a sus principios; de tener una familia que lo acompaña; y de seguir haciendo las cosas que hace, trabajar la madera para crear, ir a buscar a los nietos al jardín o a la escuela y disfrutar con la certeza de que seguramente la felicidad está ahí, en las pequeñas cosas.


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