Perfiles pergaminenses

Roberto Friguglietti, un hombre que abrazó el oficio de tornero mecánico y lo ejerció con pasión


 Beto Friguglietti en la intimidad de su hogar dialogó con LA OPINION (LA OPINION)

'' "Beto" Friguglietti, en la intimidad de su hogar, dialogó con LA OPINION. (LA OPINION)

Hasta el año pasado trabajaba en el taller con uno de sus hijos que siguió sus pasos. Retirarse fue una decisión entendida en la certeza de que la vida tiene etapas que se van cumpliendo. Sin embargo, está intacto el amor por esa tarea que aprendió a hacer viendo a su padre. Comprometido y honrado, en cada lugar que estuvo puso la impronta de sus valores.


Roberto Omar Friguglietti, “Beto”, nació en Pergamino, en el barrio Acevedo. Cumple años el 4 de septiembre. Tiene 81, aunque afirma que “ya está transitando los 82”. Acepta el paso del tiempo con naturalidad, entendiendo que en la vida se van cumpliendo etapas. Es tornero mecánico, un oficio que tomó de su padre, con quien escribió buena parte de su historia laboral. Tiene raíces italianas y francesas. Tal vez por ellas es que ha sentido inclinación a sumarse a asociaciones que rinden culto a la inmigración y propician la vinculación entre los pueblos. Así fue que presidió la Asociación Basilicata.

Su mamá fue Victoria Deroche, de descendencia francesa; su papá, Carlos Friguglietti, descendiente de italianos. Sus hermanos son Juan Carlos, Néstor José (su gemelo) y María Luján. “Ser mellizo de Néstor es algo que siempre viví con mucha naturalidad. Es lindo, somos muy unidos. Todos los hermanos. Con él, que quedó viudo y vive con su hija y sus dos nietas, nos acompañamos mucho. Toda mi familia es muy unida”, refiere en el comienzo de la charla que se desarrolla respetando todas las pautas de distanciamiento que impone la pandemia, en su casa del barrio Acevedo. Esa vivienda que construyó hace muchos años y a la que se mudó cuando contrajo matrimonio con Alicia Palermo, a quien conoció en su juventud y con la que compartió gran parte de la vida. Ella lo acompaña en la entrevista con la incondicionalidad de quienes se conocen como la palma de la mano. “Nos vimos por primera vez en un asalto, de esos que se realizaban en casas de familia, nos pusimos de novios y cinco años después nos casamos, cuando tuvimos lista nuestra casa, gracias al apoyo que nos brindó mi suegro”, cuenta.

“Nos mudamos en 1965 cuando nos casamos, cuando llegamos aquí las calles eran de tierra, no había agua ni cloacas”, recuerda.

Roberto es padre de tres hijos varones: Aníbal, divorciado; Leandro, casado con Karina Zuñiga; y Patricio, casado con Marina Faura. Abuelo de seis nietos: Juliana, Guillermina, María Paula, Malena, Delfina y Baltasar; y bisabuelo de Lucas y Bautista, rinde culto a la familia y disfruta de la presencia de cada uno de ellos. Es el asador de la familia y el lugar para el encuentro es casi siempre la quinta familiar en el barrio Luar Kayad, un espacio del que disfruta mucho, luego de haber abandonado la rutina laboral.

Cuando la entrevista lo invita a recorrer su infancia, menciona que fue a la Escuela N° 4 y recuerda que en aquel tiempo se estaba construyendo el edificio donde funciona actualmente. Mientras tanto, las clases se dictaban en una vieja casona.

Formarse y trabajar

Cuando terminó la primaria su padre lo mandó a trabajar al taller Friper, donde hacían arados y sembradoras. Afirma que allí hizo sus primeras armas en el oficio de tornero. “Eran familiares y mi padre les dijo que me tomaran para enseñarme y que no me pagaran, que con que yo aprendiera un oficio bastaba. Pero no solo me enseñaron sino que además me pagaban por mi trabajo. Siempre recuerdo muy bien esos primeros pasos. En esa fábrica aprendí el oficio muy lindo de tornero. Después trabajé en la fábrica Berini”.

Ya con algunos conocimientos adquiridos en el taller, teniendo 16 años fue al Colegio Industrial donde se formó como tornero mecánico. “Aprendí mucho. El nivel era excelente. Y tuve maestros que me enseñaron mucho, entre ellos recuerdo a Antonio Troncaro que sabía hacer de todo”.

Una vocación temprana

Su pasión por la tornería surgió temprano. De ver trabajar a su padre que tenía ese oficio. “El trabajaba en Obras Sanitarias, era tornero. En una oportunidad compró un torno chico y yo me pasaba horas con él en el taller mientras reparaba canillas que yo pulía hasta dejarlas como nuevas. Siempre me gustó el oficio al que me dediqué toda la vida, sin jamás renegar de él”.

En el taller con su padre

Cuando él tenía 19 años su padre adquirió otro torno y con un taller más equipado Roberto tomó la decisión de dejar Berini y abocarse a la tarea de trabajar con su padre. Esa determinación marcó para siempre su vida laboral: padre e hijo trabajaron juntos hasta el año 2000. “Ese año mi padre se retiró y dos años después falleció con 94 años”, menciona. Y recuerda con mucho cariño las múltiples vivencias compartidas y aprendizajes que quedaron para siempre. “En el último tiempo él ya no trabajaba más pero igualmente iba todos los días al taller, se sentaba y si yo precisaba algo, ahí estaba él para darme una mano”.

Hasta el año pasado sus días transcurrían en el taller. “Trabajé hasta los 80 años en que decidí retirarme. Para entonces mi hijo Leandro ya había tomado la posta y de hecho hoy es él el que continúa con la actividad. Yo voy de vez en cuando y lo ayudo pero ya no trabajo como antes”, refiere.

Conocedor del oficio, sabe que con el devenir de los años la tarea ha cambiado y la actividad se ha mecanizado. Sin embargo, su taller dotado de tecnología conserva el secreto del trabajo artesanal. “Nuestro taller está muy bien equipado. Hoy viene todo computado, pero como nosotros hacemos todo tipo de trabajo, no nos sirve el torno computado; así que trabajamos mucho con tornos paralelos, es una tarea que amamos”.

Cuenta infinidad de anécdotas de la vida en el taller. Y confiesa que más de una vez tuvo algunas noches de desvelo pensando en cómo resolver algún trabajo. “Siempre pudimos brindarles respuestas a nuestros clientes y quizás por eso siempre trabajamos muy bien y hemos podido sostener la actividad del taller durante tantos años”.

“En los comienzos le trabajábamos mucho a Berini, haciendo reparaciones. También hubo épocas en que había muchos talleres grandes en Pergamino que les daban trabajo a los torneros mecánicos”, agrega, agradecido. Y prosigue: “Siempre tuve salud, trabajaba los sábados a la tarde y domingos a la mañana. Siempre me gustó más el trabajo manual que el trabajo en serie, pero hicimos de todo”.

Reconoce que retirarse de la actividad fue una decisión meditada que tomó entendiendo que “una etapa de la vida iba llegando a su fin”.

“En ese sentido no me costó dejar el taller, porque comprendí que la vida tenía sus etapas”, remarca.

El Club San Telmo

Siente un profundo cariño por el Club San Telmo, ubicado enfrente de la casa en la que creció. “Mi padre y el lechero Pascasio Ezcurra habían comprado los terrenos donde se construyó el Club”, refiere.  De algún modo su familia vio nacer esa institución que más tarde los albergó. “Allí jugué a las bochas e integré la comisión de fiestas. Guardo inolvidables recuerdos de los bailes que se realizaban en el Club, entre ellos el día que pudimos traer a ‘Billy’ Cafaro y había gente hasta en la calle bailando”.

Aunque luego no siguió, siendo chico jugó para el equipo de la Unión Obrera Metalúrgica en los Torneos Evita. “Eran famosas esas competencias. Yo jugaba de centro delantero, pero fue mi única experiencia en el fútbol”, señala este hombre que se confiesa hincha de Douglas Haig y River Plate.

La Basilicata

Fiel a sus raíces, siente un profundo respeto por las historias de inmigración. Y tuvo el honor de presidir la Asociación de la Región Basilicata en nuestra ciudad. “Una vez leí en el Diario que en el Italclub convocaban a una reunión porque había intenciones de formar la comisión. Participé y me eligieron para presidir la entidad. Al principio no quería porque siempre tuve un perfil bajo, pero acepté y fue una tarea que asumí con mucho compromiso y que me dio enormes satisfacciones. Tuvimos la posibilidad de ayudar a mucha gente y de establecer vínculos muy lindos”, expresa.

El había tenido la posibilidad de viajar a Italia con su esposa en una ocasión y visitar la tierra de su abuelo paterno. Y su participación en la comisión le dio la oportunidad de regresar cuando por invitación del presidente de la asociación argentina compartió un viaje con otros referentes del país para asistir a un importante congreso.

El respeto a sus raíces

Como tantos descendientes, confiesa que se siente una enorme emoción cuando se llega a esos lugares donde están las raíces de valores que se transmiten de generación en generación. Cuando lo menciona habla de su abuelo José Friguglietti, que siempre le hablaba de su pueblo: Montemurro, situado en la provincia de Potenza, en la Región Basilicata. “El era pastero y con ese trabajo crió a ocho hijos. Vendía pasto para los caballos en la Plaza 25 de Mayo”, cuenta. Y continúa: “Haber podido estar en su pueblo, ver que allí hasta una calle lleva nuestro apellido fue verdaderamente muy emocionante”.

“Lo que me quedó pendiente fue poder ir a Francia, donde están las raíces de mi familia materna”, confiesa.

Se emociona cuando habla de su familia y rescata el modo de vivir de aquellos abuelos paternos José y Lucía, que ayudaron mucho a su madre en la crianza de sus hijos. Lo mismo que sus tías solteras que siempre estuvieron ahí, para dar una mano: “Vivíamos en calle Pico y ellas se venían de su casa, cerca de la Escuela N° 8 para ayudar a mi madre. En una ocasión me llevaron a lo de mis abuelos para ver si me acostumbraba a vivir con ellos, pero me cuentan que lloraba como un marrano. Así que fue mi mellizo, que prácticamente se crió con ellos y con esas tías que dieron tanto por nosotros”.

Esas raíces lo definen. Amante de la familia y del encuentro con los amigos. Vivir rodeado de sus afectos es la mayor recompensa por una vida de trabajo. “Tengo muchos amigos, algunos ya han fallecido. Tenemos un grupo de matrimonios con los que hemos viajado por todo el país. Y siempre recuerdo a un matrimonio de amigos de Monte Grande, con quienes nos conocimos cuando nos casamos y estrechamos una amistad que duró hasta que ellos fallecieron, ambos muy jóvenes”, señala.

Una vida sin sobresaltos

“Beto” tiene una vida tranquila que nutre de rutinas sencillas. Hoy que ya no trabaja pasa mucho tiempo en la quinta donde le gusta hacer huerta y otros arreglos. “Siempre estoy haciendo algo y me valgo de mi oficio para algunas cosas, como hacer las rejas o algunos elementos decorativos del jardín como una rueda gigante, tortugas y hamacas”.

Siente que tiene un oficio que honró con dedicación. “Lo más lindo que tiene es que uno nunca termina de aprender el oficio de tornería porque todo va cambiando. Eso atrae”, resalta mientras manifiesta la tranquilidad que siente al ver a sus hijos y nietos unidos y encaminados cada uno en el sendero que eligió.

“Leandro está en el taller, Aníbal tiene a cargo una cobranza y Patricio es contador y trabaja en el Banco Nación. Gracias a Dios todos están bien. Mi esposa y yo también lo estamos. Podríamos decir que hemos tenido una vida sin sobresaltos”, agrega en una charla que va terminando con la simpleza de quien relata esas cuestiones sencillas vinculadas al trabajo, la familia y los valores, que son las que le confieren a la vida sentido.


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