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Perfiles pergaminenses

Rosa Ciuffo: una italiana que adoptó a Pergamino como lugar donde forjarse un porvenir

Rosa Ciuffo, en el patio de su casa, entre sus plantas, donde pasa tiempo haciendo “la quinta”. (LA OPINION) Rosa Ciuffo, en el patio de su casa, entre sus plantas, donde pasa tiempo haciendo “la quinta”. (LA OPINION)

Llegó de Italia en 1951 y aquí se estableció con sus padres y hermanas. Más tarde armó su propia familia y jamás se alejó de esta tierra. Volvió a su pueblo hace más de tres décadas. Se siente parte de una generación de inmigrantes que trabajando pudieron cumplir sus anhelos de progreso, sin abandonar la nostalgia por su país.


Rosa Ciuffo es italiana, y aunque hace muchos años que vive en Argentina, conserva en su hablar las huellas del dialecto de su tierra natal: un pueblo del sur de Italia. 

Nació en 1934 y hasta el momento de partir vivió en el campo. Llegó al país en 1951, sin conocer Roma. Su relato tiene el testimonio de la Guerra. Vino en barco. Viajó durante veinte días y veinte noches hasta llegar a este lugar en el que forjaría su historia, como tantos inmigrantes. Recuerda el arribo a la Argentina como si hubiera sucedido ayer. Su padre, Francisco Ciuffo, había llegado un año antes. Ella vino con su madre, Angela, y sus hermanas.

“Está conforme de la Argentina, pero muchas veces se pregunta porqué vinieron. Ensaya algunas respuestas: “Mi abuelo había venido a trabajar y pensaba volverse porque le hacía mal el aire de la Argentina; cuando terminó la guerra mi abuela que era argentina lo llamó a mi papá porque mi abuelo había fallecido, él se vino con la idea de hacer una experiencia y al año nos llamó porque nos extrañaba. Nos vinimos enseguida”.

Al llegar a Buenos Aires se tomaron un tren y vinieron a Pergamino, donde sus abuelos tenían una panadería conocida para la época, en la esquina de 11 de Septiembre y Monteagudo. “Me acuerdo que nos bajamos del barco y mi padre nos estaba esperando; nos tomamos el tren hasta Pergamino y cuando nos bajamos con el equipaje nos subimos a un mateo que nos llevó hasta nuestra casa”.

Todo lo que recuerda después de ese primer tiempo en tierra argentina fue que comenzaron a trabajar incansablemente. Su padre estaba en la panadería de su abuela, donde se hacía la galleta criolla. “Nosotros nos fuimos a trabajar al campo y al poco tiempo yo conseguí trabajo en un taller de costura. No sabía el idioma, así que una compañera me fue indicando y así fui aprendiendo a hacerme entender y a comprender lo que la gente me decía”, relata.

Tiene cierta nostalgia de Italia, del modo en que vivían. “Allá teníamos campo y estábamos muy bien. Hacíamos vino artesanal. Me gustaba mucho cantar, pero cuando llegué a la Argentina por el aire de acá, perdí la voz enseguida y ya no pude cantar más”, refiere. “Creo que mi padre no volvió a Italia por orgulloso; allá teníamos de todo, trabajábamos mucho, pero era muy lindo”.

La adaptación supuso para ella muchas cosas. Hizo la primaria de noche en la Escuela Nº 2 porque tenía que trabajar y  sobrellevó las dificultades y limitaciones que le imponía el idioma. Se estableció laboralmente en la legendaria Linotex. “Estaba muy contenta con ese trabajo, manejaba una máquina”.

 

Casada con un argentino

“Antes de que cerrara me casé con un argentino, Roberto Pérez”, cuenta y habla de su esposo fallecido hace ya varios años. Se habían conocido en el Pergamino de aquellos años. “Cuando yo iba a trabajar al taller, me seguía un muchacho, pero a mí no me gustaba, me gustaba el amigo que lo acompañaba, que fue el que terminó siendo mi esposo. Me gustó, nos pusimos de novios; él se fue al Servicio Militar; yo seguí trabajando en la fábrica y cuando volvió nos casamos”.

Se establecieron en la casa de calle Colombia, donde Rosa aún vive. Producto del esfuerzo fue armando el que fue su hogar. “El barrio era muy distinto, había muchos baldíos”, cuenta.

Tuvo tres hijos: Daniel, Mercedes y Yanina. Tiene ocho nietos: Darío, Rodrigo, Maia y Dante; Leonardo y Joana; Wenceslao y Serena. Recuerda a su yerno fallecido Horacio Vaney, menciona a su yerno Federico Selak y a su nuera-exesposa de su hijo- Liliana Maidana. “Por suerte tengo una linda familia, con todos los avatares de la vida y con el dolor de las pérdidas”, agrega en la conversación y confiesa que su único anhelo es “la unión de la familia”.

Siempre fue ama de casa y ayudó a su marido en un negocio que funcionaba en su propia casa. “Al principio él era camionero, pero después se retiró de esa actividad y puso una proveeduría y yo le ayudaba a atender”. Enviudó en 1999 y tuvo que salir a trabajar para poder jubilarse. Se dedicó a cuidar personas mayores. Cuando logró jubilarse se dedicó a descansar y a disfrutar de su siembra. “Hoy no hago demasiadas cosas. Me dedico a disfrutar a mis nietos, tengo una bisnieta del corazón, Amparo, y un bisnieto en camino; y ayudo a mis hijos en la academia de danzas que tienen”.

Sentada en un sillón ubicado en uno de los salones de la academia de baile de sus hijos donde se desarrolla la charla, asegura que vive tranquila. Disfruta de costumbres simples. Todas las mañanas recibe la visita de su amiga de toda la vida, Elba Galli, a quien conoció trabajando en Linotex. También le gusta sentarse de vez en cuando a tomar café en el Bar del Roma y, cuando puede, aprovecha para viajar.

Detrás de ella, una puerta entreabierta muestra las plantas del patio. Su mayor entretenimiento es hacer la quinta en el patio de su casa. “Es una tarea que me recuerda a Italia”, confiesa y el recuerdo la lleva nuevamente por aquellos campos amados.

 

El regreso a su tierra

Tuvo la fortuna de volver hace ya varios años a su tierra natal. “Hace treinta años volví a Italia, fui a mi pueblo. Viajé con mi cuñado porque mi tercera hermana se casó con un italiano. Tenía la ilusión de volver a mi pueblo, fui en avión, fue una experiencia inolvidable. 

“Encontré que todo estaba muy cambiado. Cuando nos vinimos todo era campo, la montaña tenía una vertiente de agua pura. Cuando volví habían perforado la montaña y el agua la habían llevado para abastecer un pueblo”, cuenta. Tuvo la posibilidad de observar cómo el progreso había llegado también a su tierra.

Tenía muchos deseos de reencontrarse con sus familiares más directos. Muchos de ellos ya habían fallecido. Pudo ver a sus primos. “Todos los días de mi viaje los aproveché para reunirme con seres queridos y de reencontrarme con mis familiares que están todos allá en Casaleto Spartano, provincia de Salerno”.

Afirma que le gustó mucho volver a Italia. “Solo me arrepiento de no haber llevado a mi marido. Al regresar me dije: ‘La próxima vez que vuelva, será con mi esposo. Pero él se enfermó de cáncer y fue un viaje que nunca pudimos hacer”.

 

Las vivencias de la guerra

Cuando habla de Italia su testimonio incluye las referencias a la guerra. Aunque vivían lejos de donde se sucedían los ataques, hay imágenes que el tiempo no consiguió borrar. Tampoco relatos ni experiencias. “Me acuerdo cómo lloraban las madres y los hijos: no sé cómo explicarlo, pero era desgarrador. Yo no llegué a tenerle miedo a la guerra, porque quedaba lejos, pero escuchaba lo que contaban y sabía que algo tremendo estaba ocurriendo. La gente se escondía en las habitaciones que se armaban en los campos para guardar el pasto de los animales y abastecerlos durante los meses de invierno; a los chicos los escondían allí de las bombas. Se sentían los aviones y la gente se metía debajo de la cama. Yo eso no lo alcancé a pasar, porque vivíamos lejos. Pero veía a la gente cómo lloraba. Mi papá se salvó de que lo convocaran para ir a la guerra porque tenía cuatro hijas mujeres. Cuando terminó, todo estaba devastado”.

 

Una inmigrante

Reconoce que se siente “italiana”, pero tiene un profundo respeto por la Argentina. “Me casé con un argentino, aquí nacieron mis hijos y mis nietos. Este es mi lugar ahora”, dice, y agradece todo lo que le dio este país.

Sus rutinas cotidianas son sencillas. Rinde culto a las tradiciones italianas. Le gusta conversar, cocina lasagnas como nadie y le agrada cultivar la tierra. No tiene ideologías políticas, aunque reconoce el rol de Evita a quien recuerda como “la mujer que le regaló la primera bicicleta a mi hermana”.

Habla “una mezcla de castellano e italiano” y nunca consiguió separarse del acento del dialecto que hablaban sus padres. “Para leer en castellano no tengo inconvenientes, compro los diarios y los leo sin problemas; pero para escribir tengo más dificultad”, reconoce.

Es parte de una generación de inmigrantes que aquí pudieron trabajar duro y experimentar el progreso. “Cuando llegamos a la panadería, vivíamos en una casa muy chica con una pieza con un escusado. Después nos fuimos armando”, comenta, volviendo sobre los orígenes. Pergamino era por entonces un lugar distinto. “Casi no había nada, el Centro era completamente diferente”. 

El relato de la historia de vida de Rosa es testimonio vivo de que es posible crecer y sobreponerse al desarraigo. 

Está conforme con lo que logró y con los objetivos que pudieron concretar sus hijos. No tiene asignaturas pendientes, no me quejo de la vida que tuve. “Las cosas para nosotros no nos resultaron sencillas. Tuvimos que sacrificarnos mucho para tener lo que tenemos. Y hoy disfruto de los frutos que rindió ese esfuerzo”, afirma esta italiana, pergaminense por adopción, que ya no imagina la vida en otro lugar. Su casa está acá, aunque no pase un solo día en que no recuerde a su “bella Italia”.