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Perfiles pergaminenses

Rodolfo Piraccini: un periodista de raza que hizo de la libertad su filosofía

“Rody” Piraccini, un hombre del periodismo que trazó su “Perfil Pergaminense”. (LA OPINION) “Rody” Piraccini, un hombre del periodismo que trazó su “Perfil Pergaminense”. (LA OPINION)

Abrazó el oficio de su padre y lo hizo con profundo compromiso con una vocación nacida tempranamente. Ejerce en Colón y Pergamino. Encarna valores aprendidos que pone en acto en cada dimensión de la vida. Su perfil es el de un colega que se define como “un bicho de redacción”, aunque disfruta de todos los medios en los que trabaja.


Rodolfo Omar Piraccini tiene 61 años, nació el 13 de febrero de 1956. Su apodo es “Rody” y se reconoce en él tanto o más que en su propio nombre que, confiesa, siempre le resultó “extraño”. Es cuatro años menor que su único hermano Roberto, a quien lo une más que la sangre porque disfrutan de experimentar junto a sus respectivas familias los momentos trascendentes. Hijo del recordado periodista Ricardo Piraccini. De ese hombre heredó el oficio y los valores.

Nació y creció en el barrio Centro, aunque siente un enorme cariño por el barrio Acevedo donde siempre estuvo el club, las chicas más lindas, el carnaval y los campitos de fútbol. Cuando nació sus padres vivían en Lagos, entre San Nicolás y Merced, y su casa de toda la vida fue en 9 de Julio y Pinto. Hoy vive en el barrio Laguna del Virrey. Confiesa que le cuesta “sentirse entrevistado”, quizás porque su trabajo cotidiano es el de indagar en la realidad a través de su oficio, más preguntando que respondiendo. Igualmente es un conversador inteligente y sabe conducir el hilo del relato por el que pasa su historia de vida.

En el comienzo habla de su madre: María Paulina Martínez. “Ella era ama de casa y tenía un sentido estético de la vida y de la belleza que era admirable. Poseía una mirada especial que se traducía en la casa y en su aspecto, le gustaba dibujar y coser”, refiere con la profunda admiración de un hijo. “Mi hermano y yo hemos sido enormemente beneficiados con la casa y la familia que tuvimos. De mi madre tomamos esa mirada estética. Ella tenía una energía muy bien canalizada, era muy dinámica, sin ser invasiva. Y mi padre nos aportó una mirada romántica que nos hizo prescindir de un apego a lo material para ser más libres.

“De Ricardo heredé esa concepción de la libertad”, afirma convencido hablando de su padre al que vio trabajar en el comercio familiar y ejercer el periodismo con pasión. “Estoy agradecido de esa mirada romántica, pero intenté no transmitírsela a mis hijas para no colocarlas en una posición desventajosa con relación a las necesidades de la realidad”.

Siendo joven se casó con Mercedes Cóceres, con quien tuvo a sus dos hijas: Anita y Marina, ambas empleadas. “Anita nos dio tres nietos: Manuel, Benicio y Lolo”. Desde hace trece años “Rody” está en pareja con María Celia Oliver, docente jubilada que tiene tres hijos: Juan Andrés, Estefanía y Agostina. “Tenemos dos yernos y una nuera: Walter, Adrián y Carolina y poseemos la fortuna de una familia ensamblada en las mejores condiciones; esa es una bendición de la cual María Celia es artífice”.

Cuenta que incluso con sus respectivas exfamilias políticas conservan una relación extraordinaria, producto de respetar sus historias particulares y sus vivencias. Han  hallado el modo de armonizar vínculos genuinos y perdurables.

Una vida intensa

“Rody” define su vida como “muy intensa”. Por su profesión de periodista viaja diariamente a Colón. Allí trabaja en los principales medios de comunicación. Sus mañanas transcurren entre el diario, la radio y la televisión. Por la tarde el oficio lo trae a Pergamino donde hace su programa en Radio Verdad. “Mis oyentes de aquí y de allá son incondicionales y me hacen inmensamente feliz.

“Es un esfuerzo fenomenal el que hago a diario, pero disfruto de mi trabajo que me nutre además de una rica vida social”.

Vocación temprana

Cuando habla de lo que hace, reconoce que en la vida no podría haber sido otra cosa que periodista. Abraza esa vocación desde niño, quizás porque creció entre grandes de este oficio. “Mi padre tenía una de las librerías más tradicionales de la ciudad: la Empresa Solari, que funcionaba en San Nicolás, casi esquina Bartolomé Mitre. Sus puertas estuvieron abiertas entre 1890 y 1978, fue durante mucho tiempo la librería más antigua y un lugar de reunión y  tertulia permanente”. Allí, según cuenta, había un reparto de diarios, así que desde niño se vinculó con los canillitas, dobló ejemplares y conoció el olor a tinta y plomo líquido porque también en ese lugar funcionaba una imprenta.

“Mi tío Ernesto fue un periodista notable, y creía mucho en mi desde siempre”, afirma y menciona que tuvo la fortuna de crecer entre tíos que eran solteros o no habían tenido hijos. “Mi hermano y yo fuimos los únicos chicos de la familia, así que todos vivían para nosotros”.  

Ese ambiente forjó su vocación. Cuenta que siendo alumno de la Escuela Nº 4 ya tenía una revista, lo mismo que en el Club Lagartos. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional y sus primeros trabajos como periodista fueron “gratis”. 

“La primera vez que me pagaron fue por unas notas que escribí para la revista Show o Imagen”, señala este hombre que tiene una memoria prodigiosa y que al momento de seguir estudiando, a pesar de su vocación, se inclinó por la Abogacía, en la convicción heredada de su padre de que “en la vida había que trabajar de otra cosa para poder ejercer el periodismo desde la libertad.

“Me fui a estudiar Abogacía a La Plata y después en Rosario hice Comunicación Social y algo de Periodismo, en total estuve diez años afuera de Pergamino. No aprendí casi nada, pero la pasé muy bien y fue una fuente fenomenal de cultura porque yo me entusiasmaba no con mi carrera sino con la de todos mis compañeros. Compartí la vida universitaria de los años 1970 con mucha intensidad”, refiere.

El primer trabajo y el gran desafío

Su primer trabajo formal fue en La Voz de Colón: “Ingresé el 20 de agosto de 1984 y el día que me tomaron en el diario fue el más feliz de mi vida porque era lo que siempre había soñado, ser parte de un diario chico”.

Trabaja allí desde hace 33 años y pasó por todas las funciones. Ingresó como jefe de redacción en el momento en el que la publicación pasaba del plomo al offset, una transformación tecnológica para la época. Después fue dueño del diario y se desempeñó como director durante diez años hasta que en 2001 debido a una profunda crisis económica vendieron la publicación. Siguió como director un tiempo, hasta que dejó ese cargo y siguió como periodista de la sección Policiales.

Fueron años de mucha responsabilidad que lo obligaron a establecerse en Colón. Cuando dejó la conducción del medio, comenzó viajar a Pergamino para “buscar el sustento” y con los años volvió a radicarse en la ciudad y a transitar el camino al revés.

Cien años de profesión

“Yo tengo más de cien años de profesión”, afirma y los enumera: “Treinta y tres en el diario, treinta y dos en Emisora Colón; durante diez años fui corresponsal de LA OPINION en Colón; estoy en la televisión de esa ciudad desde hace doce años; hice la revista del canal durante ocho años y en el Semanario El Tiempo estuve cinco años. En la radio ‘Nueva Latina’, siete años; tuve algunos emprendimientos propios como el quincenario ‘Ciudad’, el quincenario ‘La Posta de Pergamino’; durante cuatro o cinco años tuve un mensuario rural. He trabajado en cerca de veinte medios y en los más diversos formatos”.

Para “Rody” ejercer la profesión en dos ciudades nunca le resultó un impedimento. Sabe que quizás conlleva alguna limitación en el uso del tiempo, pero trata de sortear esa circunstancia. “Uno aprende a convivir con dos concejos deliberantes, dos comisarios, dos ciudades que aunque tienen similitudes son diferentes; disfruto  enormemente mi trabajo, tengo una gran capacidad para crear proyectos y me defino en la autogestión, aunque reconozco que no tengo ninguna aptitud empresaria”.

Es “un bicho de redacción”, pero disfruta de todo lo que hace. “Se prende la luz roja de la radio y soy feliz”, afirma y comenta que está preparando un programa de televisión que “si Dios quiere algún día saldrá”. También menciona que le gustaría volver a escribir ficción. 

Una pareja feliz

El haberse establecido nuevamente en Pergamino tuvo que ver además con la posibilidad que le dio la vida de haber encontrado a María Celia. Se conocían de toda la vida, pero volvió a verla estando en Colón, en un encuentro regional de maestras jardineras. Asegura que lo que los une es la capacidad de disfrutar la vida. “No solo me hace intensamente feliz, sino que encontré a la compañera ideal. Me quiere hacer creer que tengo algunas virtudes y disimula como nadie mis defectos”.

A poco de encontrarse se fueron a vivir juntos. Disfrutan del jardín y de recibir amigos. No les resulta dificultoso ser buenos anfitriones y cada vez que organizan una actividad en su casa el deseo que los moviliza es “que la gente querida vuelva”. Lo consiguen.

A ambos les gusta viajar y lo hacen con un criterio de aventura;  hasta hace poco lo hacían en carpa. “En cada recorrido hacemos coincidir la planificación minuciosa con la improvisación total, como en la vida”.

Valorar lo que se tiene

Cuando la conversación lo lleva por el terreno de la vida personal, aparece el recuerdo de su abuela Rina. “Ella siempre me decía cuando me veía enojado por algo: ‘¿No te das cuenta que tenés todo para ser feliz?’ Seguramente yo no le prestaba atención, pero siempre me quedaron esas palabras grabadas para recordarme todo lo que tengo y ser agradecido. 

Es hincha de Newell’s Old Boys, lo que reconoce le trae “algún disgusto”. Por lo demás tiene buen humor, aunque es “calentón”, pero ha aprendido a moderar su carácter.

Sabe que en los lugares donde trabaja su voz está “legitimada” por la trayectoria. Sin embargo, admite que no consigue “tutearse con el reconocimiento”.

No imagina la vejez, ni la convoca. Tal vez porque tuvo un papá que vivió hasta los 92 años y según refiere: “nunca fue viejo”. Solo anhela tener más tiempo para hacer las mismas cosas que hace; tiempo para leer, descansar, compartir un café con gente querida y trabajar.

Sobre la libertad

En el final de la entrevista habla de la  libertad para señalar que siempre ha podido ejercer su profesión sin condicionamientos. Los valores de la libertad y la integridad son los que intenta transmitir a sus hijas. “Siempre les inculqué que se sintieran libres más allá de cualquier encierro. Y que fueran íntegras”.

Vuelve sobre el recuerdo de su padre cuando estos conceptos confluyen: “Ricardo era un bohemio muy responsable que se permitía todas las libertades, pero cumpliendo horarios. Y fue un hombre íntegro. Soy un agradecido del apellido que he recibido y que mis hijas puedan decir su apellido con tranquilidad me honra”. Así concluye la entrevista. Y cuando se apaga el grabador, “Rody” sonríe. Ese gesto también lo heredó de su padre, el querido Ricardo Piraccini: un hombre que siempre sonreía.