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Perfiles pergaminenses

Pilar Domingo: una vida dedicada a la docencia, labor que supo conjugar con la familia

Pilar Domingo, en el patio de su casa, entre plantas, recreando su historia de vida. (LA OPINION) Pilar Domingo, en el patio de su casa, entre plantas, recreando su historia de vida. (LA OPINION)

Es docente jubilada. Trabajó en muchos establecimientos educativos de la ciudad y finalizó su carrera en su querida Escuela N° 48. Hoy está abocada al disfrute de los afectos más entrañables. Le gusta viajar y compartir tiempo con los suyos, sin olvidar a los que ya partieron y a quienes les ofreció todo su amor. 

Pilar del Luján Domingo tiene 73 años y es pergaminense por adopción, ya que nació en Hughes y se estableció en la ciudad ya casada con Miguel Tortonesi, un viajante de medicina veterinaria al que había conocido en sus bailes de juventud. Por definición es “coqueta”. Y es común verla compartir tiempo con sus nietos, ya grandes, con los que disfruta de mantener largas conversaciones en las que abundan algunos consejos que da cuidadosamente y siempre sabiendo que los abuelos están “solo para acompañar ya que para decidir están los padres y los propios chicos cuando crecen”. Es maestra jubilada. Ama sus paseos y a sus perros. Es habitual observarla sacarlos a caminar por la vereda del barrio en el que vive. Reconoce que no siempre tuvo buen carácter y confiesa que los años le han dado la templanza de moldear su personalidad y moderar algunas de sus reacciones. Directa por naturaleza y apasionada por todo lo que hace. Tiene recuerdos felices de su infancia y afirma que la vida la premió con todas las cosas que siempre soñó. Es amable. Recibe la entrevista en su casa y prefiere charlar en la cocina, ese espacio que describe como “su lugar en el mundo”.

Sus primeros años de vida transcurrieron en el campo. “En realidad, mi papá la llevó a mi mamá hasta Wheelwright, un pueblo vecino a la chacra en la que vivíamos, porque allí había partera. De hecho mi madre tuvo que pasar ocho días en casa de la partera esperando el nacimiento y quedarse 10 días más después para controlar que yo estuviera bien”, relata en el comienzo, describiendo lo que concibe como “costumbres de la época”.

Creció junto a su hermana mayor Elena -“Noni”- con quien vivió y a quien cuidó cuando enfermó y falleció en 2011. Asegura que ella fue “su gran amiga y confidente”. Sus padres fueron Elena y Abel, personas que vivieron en el campo y siempre estuvieron abocados a trabajar duramente para forjarse un porvenir para ellas. Cuando fue tiempo de ir a la escuela, se mudaron de la chacra al pueblo de Hughes donde había un establecimiento educativo rural. “Volvíamos al campo en las vacaciones”, recuerda.

Cuando terminó la escolaridad primaria su familia tomó la decisión de ponerla pupila en un colegio de la ciudad de Colón, donde se recibió de maestra. En aquel tiempo, en sus viajes de descanso a Hughes, en los bailes que se organizaban entonces, conoció al que tiempo más tarde se transformó en su esposo. El era bastante mayor que ella y se  casaron luego de un noviazgo “corto”. Vivieron 33 años juntos hasta que su compañero falleció en el año 1982. Nunca más rehízo su vida sentimental. “No es que estuve cerrada a la posibilidad, solo que no apareció la persona indicada”, afirma y bromea con la posibilidad de que eso “por ahí todavía suceda”.

“Miguel Tortonesi fue mi esposo. Lo conocí en un baile, él era pergaminense”, refiere. En el marco de esa relación fue que se estableció en Pergamino, una ciudad en la que le gusta vivir y en la que pasó gran parte de su vida. Aquí nacieron sus hijos y aquí desarrolló gran parte de su carrera docente, salvo durante un breve período de tiempo en el que se establecieron en la provincia de Córdoba, donde su esposo y su padre habían instalado un criadero de cerdos. Allí, “cerca del campo había una escuelita con muy pocos alumnos. Me dieron el cargo de directora con alumnos a cargo, trabajé durante un año y medio sin percibir un sueldo. Pero fue una linda experiencia”, cuenta y señala que volvieron a Pergamino tiempo después, luego de haber afrontado en Córdoba la enfermedad y fallecimiento de su padre. “Decidimos volvernos porque siempre sentimos que había sido muy difícil dejar el suelo propio para irnos a otro lugar”.

 

Su gran tesoro

En el plano familiar, Pilar tuvo la inmensa dicha de ser madre de tres hijos: Miguel, Pilar y Patricio. Habla de sus hijos con una emoción profunda. “Si fuera joven de nuevo tendría más hijos, porque para mí mis hijos son todo. Para mí Pilar es mi amiga, mi compañera, mi confidente; Miguel es un encanto de persona; y Patricio es un ángel de Dios. Los tres viven en Pergamino y los disfruto mucho”.

Sus tesoros son sus nietos: es abuela de Alejandro, profesor de Historia; María que también es profesora de Historia; Alfonso, que es periodista; “Tomy” que es basquetbolista; Giuliana que es estudiante de Derecho y Francisco que cursa el secundario en la Agrotécnica. 

“Disfruto mucho de los nietos. Trato de estar cerca pero las decisiones las toman los papás. Cuanto mucho aconsejo y hasta por ahí nomás”, refiere.

En su yerno, Pablo Zanzottera y en sus nueras, Mary y Gabriela, tiene a tres hijos más. “Los quiero como si fueran míos y eso es maravilloso”, confiesa.

 

Rica trayectoria docente

Asegura que haber sido docente fue lo mejor que le pasó en la vida: “A mí me mandaron a estudiar y nunca me preguntaron si me gustaba o no. Pero se ve que yo quería porque soy docente de alma. Hasta los perros les enseño”.

Mientras fueron chicos sus hijos, y a pesar de la ayuda de su madre y su hermana que viviendo por entonces en Pergamino siempre estaban dispuestas a tender una mano,  Pilar eligió no trabajar. La primera suplencia que tuvo fue en la Escuela N° 53 del barrio Centenario. La  directora era Tuna Bussi: “Yo era muy nuevita, y aprendí mucho de ella que era famosa por lo exigente”.

Refiere que el tiempo de “los militares” de algún modo atravesó su ejercicio docente porque era una época en la que el rigor se imponía en todos los ámbitos: “En la escuela no volaba una mosca, porque si volaba, ardía Troya y había que tratar de que no volara. Yo nunca estuve de acuerdo con los militares, los chicos formaban fila y marcaban el paso con la marcha de San Lorenzo”.

Más tarde trabajó en otras escuelas de Pergamino. Menciona la N° 41 y recuerda que el camión del comedor dejaba la olla para el servicio alimentario de los alumnos en una estación de servicio cercana y eran las maestras las que cargaban esa olla hasta la escuela, sin importar las inclemencias del tiempo ni ninguna otra circunstancia. Se ve en el recuerdo con Amalia Ruggeri realizando esa tarea.

“Después trabajé en Urquiza, en un escuela de campo hermosísima. En la Escuela N°17, cuando funcionaba en el Club Vicente López porque estaban construyendo el edificio: “Ahí tuve unas compañeras espectaculares como Marta Silvestrini, Blanca Amas y Ana Coletta”.

Reconoce que “dejaba el alma en la escuela” y cuenta que se pasaba noches enteras haciéndole el vestido de novia de Remedios de Escalada a una alumna: “Me gustaba recrear la parte romántica de San Martín. Hacía el ramo de novia, el vestido de papel, las damas mendocinas. Todavía la mamá de la nena guarda el álbum con las fotos de esas representaciones”.

Más tarde comenzó a trabajar en la Escuela N° 4 como titular. “Ahí tuve compañeras como Nora Ansaldi que fue mi amiga y mi compañera; Ana Villani,  Mery Crespo, chicas excepcionales; Lita Regis que falleció; Ana Naccud.  Nos olvidábamos un poco de nuestra vida y lo volcábamos a la escuela”. Recuerda los viajes a Mar del Plata,  a Córdoba y las excursiones al Italpark en Buenos Aires. 

Al regresar de Córdoba trabajó en la Escuela N° 8 con María Catalano, la vicedirectora de entonces a la que define como “un ángel”.

Y finalizó su carrera docente en la Escuela N° 48, un establecimiento educativo al que recuerda con entrañable cariño, lo mismo que a sus compañeras de tareas. “Era un servicio de doble escolaridad en el barrio Malvinas, allí trabajé 15 años. Era una escuela chiquita cuando llegué y luego se fue ampliando. Tuve la suerte de compartir esa experiencia con compañeras muy queridas y recordadas como Blanca Jorge, la directora Clara Di Santo, ‘Chela’ Gamarra, Ana María Cicconi”. Se retiró de la escuela cuando se jubiló. Reconoce que le costó tomar la decisión de dejar la docencia, pero por entonces su hermana estaba enferma y la misión de Pilar era asistirla en sus necesidades. No lo dudó un instante. Meses más tarde su hermana falleció y eso significó para ella el comienzo real de una nueva etapa de vida, ya fuera de las aulas y aprendiendo a disfrutar de otras rutinas.

 

Su presente

Hoy es frecuente verla pasear sus perros e ideando nuevas formas de vivir plenamente su vida, cerca de los afectos y de sus intereses. “Me había anotado en un curso de bordado mexicano, pero no me entusiasmó. Prefiero viajar y pasear. Trato de hacerlo cada vez que puedo, ya hicimos un viaje a Cuba con mi hija; fuimos a las Cataratas y estamos planificando un viaje a México. Si no fuera porque cuesta dinero, viviría viajando siempre”.

En lo cotidiano pasa tiempo con su amiga Irma, aunque reconoce que en la vida no ha sido “demasiado amiguera”. Más bien estuvo siempre inclinada hacia la familia. En su universo íntimo junto a sus afectos más entrañables está la memoria de sus muertos queridos, la compañía de sus mascotas- Lola, Bennur, Morocha, el galgo Alberto, Oveja y el gato Marcelo Hugo- y el amor incondicional de su gente.

“Esta es mi vida”, afirma, mostrándose tal cual es: frontal, simpática en los comentarios y por sobre todas las cosas coqueta. “En la escuela los chicos siempre me decían ‘usted siempre está pintada’ y para el día del maestro siempre me regalaban aros, pulseras y lápices labiales de colores fuertes. Me arreglo hasta para estar en casa, eso lo traigo de mi mamá que siempre estaba impecable, que cocinaba en la chacra donde vivíamos o trabajaba en el campo y nunca estaba desaliñada”.

Confiesa que se lleva bien con la idea de la vejez, aunque reconoce que “pesan los años”. Quizás para alivianarle el peso y porque tiene una mirada optimista del futuro, vuelve sobre el pasado para recrear las mejores anécdotas. Vivencias que han definido su esencia. Así, en el final de la charla vuelve a ser casi una niña cuando recuerda el tiempo en el que con su hermana y otras amigas decorando un gran pino con papeles de caramelo, disfrazada de española y cantando un pasodoble cuando llegaba el tiempo de Navidad.

Sabe a ciencia cierta que tuvo la vida que quería y lo atribuye al hecho de haber sido muy feliz. “Nada más se puede pedir”, concluye, agradecida.