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Perfiles pergaminenses

Oscar Alberto Amici: un vecino del barrio Acevedo apegado a sus raíces

Oscar Amici, en la intimidad de su casa en el barrio Acevedo. (LA OPINION) Oscar Amici, en la intimidad de su casa en el barrio Acevedo. (LA OPINION)

Nació y vive en ese sector de la ciudad. En sus 79 años se dedicó a actividades diversas. De todas aprendió lo que sabe. Está orgulloso de su familia y hoy disfruta de sus pasiones.


Oscar Alberto Amici es un hombre de 79 años que nació en Pergamino un 18 de octubre.  En su casa le dicen “Quique” y desde la infancia lleva el apodo de “Gato” que le pusieron el primer día de clases.

Desde siempre vivió en el barrio Acevedo, la misma zona de la ciudad en la que reside actualmente. Por entonces su familia estaba integrada por su padre Alberto Gino José, un inmigrante sanmarinense que llegó al país a los tres años y se desarrolló como empleado ferroviario; su madre  María Caruso, ama  de casa; y dos hermanas mujeres: Hortensia Irma y Cledi.

Vivían en Entre Ríos, hoy Ramón Raimundo. Recuerda una infancia feliz, rodeado de espacios donde jugar a la pelota. Fue el más mimado de la familia en su condición de ser el más pequeño. 

Tiene los ojos claros y una mirada transparente. Las vivencias que recrea de la niñez lo transportan al lugar en el que vivía, una especie de quinta donde sobraba espacio para largas tardes de fútbol y travesuras. “En casa vivía un primo Alfredo y un inquilino, Nuncio Reinaldi con quienes la pasábamos muy bien. En las vacaciones los padres de mi primo tenían campo y nos íbamos, la pasábamos muy bien.

“Cuando nos mudamos de la casa natal nos fuimos a vivir en Siria al 400, esquina San Lorenzo. Allí a una cuadra había un campo donde nos reuníamos a jugar al fútbol. Son inolvidables los recuerdos de las fiestas de San Juan y San Pedro, nos pasábamos una semana juntando la leña y la fogata era una celebración. De ese tiempo recuerdo a los hermanos Bichara, los Serafini, los Pitar, los Poiré, los De la Rosa, el ‘turco’ Jure que le mandaba cartas a Eva Perón pidiéndole pelotas de fútbol y recibió tres o cuatro mientras que yo, a pesar de haberle escrito, nunca recibí ninguna”.

Fue a la Escuela Nº 10, donde cursó primer grado. Funcionaba donde actualmente está el Club Ameghino. Cuando Oscar comenzó primer grado se produjo el traslado al edificio nuevo del colegio. “Recuerdo a algunos amigos: Bartolini, Arango, que fue el que me puso el sobrenombre. La primera maestra que tuve fue María Rosa Casi de Annan, de quien guardo un buen recuerdo”. Luego se cambió a la Escuela Nº 22. “De allí recuerdo a varias maestras como Santilli, Kauffman, y compañeros como Vaio, Araldi, Rosell, Fontenla, Gorordo, Mohana. Era muy amigo de ‘Titín’ Vaio, que tenían un taller a la vuelta del colegio, éramos prácticamente los mecánicos del colegio, cuando había que clavar un clavo o arreglar un banco lo llamaban a él y él me llamaba a mí, así que nos pasábamos muchas horas de clase arreglando cosas”. 

En la juventud fue al Colegio Comercial donde cursó dos años. Reconoce que lo suyo no era el estudio y que prefirió trabajar. “Estando en el secundario me pasó algo feo, tuve un accidente en un ojo que casi me llevó a perder la vista. Jugando en una hora libre algo me golpeó en uno de los ojos y no veía nada. Me llevaron al doctor Miquelarena que me indicó reposo durante varios días. Mi madre no me creía que no veía, de a poco recuperé la visión pero fue una experiencia muy traumática”, refiere en la charla.

Entre los amigos de la juventud menciona a “Carlitos” Pitar y José Catalano, que trabajaba en Casa Nobo, dedicada a la venta de ropa de hombres en San Nicolás al 500. “Ese era nuestro lugar diario de reunión. Con Catalano nos inscribimos en la Escuela Nº 1 en el turno nocturno y a los dos años nos recibimos de taquidactilógrafos”.

 

Varios empleos

Su primer empleo fue con Petrucelli, un hombre que tenía taller en Manuel Ocampo, y que sabía de todo. En Pergamino funcionaba en Hipólito Yrigoyen. Trabajó tres años y aprendió el oficio de chapista, mecánica, soldadura, era una época en la que el trabajo era manual. No había la tecnología disponible en la actualidad. Fue habilidoso y le gustó el oficio. Cuenta cómo se hacían algunas reparaciones a las que define como “artesanales”. En ese trabajo el pago era de 2,50 por día. Corría 1953 y un oficial del taller cobraba 5 pesos. “Yo me preguntaba cuándo me iban a pagar eso a mí”, refiere y relata que con su primer sueldo se compró “fiado” una bicicleta.

En paralelo a esa tarea inició un pequeño emprendimiento que consistía en la fabricación de trapos de piso. 

Cuando Petrucelli falleció, comenzó a trabajar en Elizalde Conti y Cía, una fábrica de cabinas para tractores. “Ahí hacía soldadura, moldeaba chapas y pintaba”.

Más tarde se fue al Servicio Militar en El Palomar, Aeronáutica. Al salir apareció un señor que le ofreció trabajar en una compañía de seguros, “La Unión Gremial”, que funcionaba  en la Galería Pueyrredón. Allí realizaba tareas administrativas.  

“Cuando trabajaba en la agencia de seguros, Luis Dragone muy conocido en Pergamino, en la misma galería tenía un kiosco, en el que nos reuníamos. Allí ideamos una martingala para ganar en la ruleta, programamos un viaje a Mar del Plata, sacamos pasajes en el tren marplatense que pasaba por Pergamino. A último momento él no pudo viajar y me fui solo. Menos mal que había pagado el hotel y el viaje de regreso, porque en el casino perdí todo el dinero que llevaba”, relata  este hombre que sabe contar las historias con la gracia de quien las revive en el relato. “Ese día al regresar me encontré con un amigo al que le pedí seis pesos para comprar un sándwich”, agrega.

“Un día me encontré con un amigo que trabajaba en Nanus, una fábrica de lavarropas, que estaba donde ahora funciona Medicar. Conocían el oficio que yo tenía, me dedicaba a fabricar los tachos de los lavarropas. Fueron tres años de trabajo en ese lugar”. 

 

Su vida de viajante

Un día Oscar recibió la propuesta para trabajar como viajante del frigorífico Swift. “Dependía de Rosario donde tenía sucursal. Estuve algo más de un año como viajante”.

Esa fue la primera experiencia de una larga carrera como viajante. “Un amigo, Duau, era viajante de Noel que estaba por abrir la sucursal en Pergamino, me convocaron para trabajar. Tomé el desafío, me implicaba viajar como viajante minorista en Pergamino y la zona. Durante diez años hice esa tarea; el resto de los 23 que trabajé fue con mayoristas, clientes especiales de toda la zona.

“Me tocaba recorrer prácticamente media provincia de Buenos Aires, era un trabajo que me gustaba”, refiere y cuenta que viajaba solo y amaba el trato con la gente. “También me gustaba que trabajaba tres días y descansaba dos”.

Cuando Noel presentó convocatoria de acreedores, se dio por despedido, finalmente cobró el juicio laboral y entró a trabajar en Frigorífico Rafaela, hacía el reparto, estuvo durante ocho años. Al poco tiempo anexó la firma Ilolay como representante de Pergamino. Era el encargado de que ambas marcas estuvieran disponibles en la zona. Cuando estas empresas decidieron cambiar la forma de trabajo manejándose solo con distribuidores, rescindió el contrato y cambió de rumbo. Siguió trabajando en relación de dependencia con empresas pequeñas de Pergamino, distribuyendo golosinas y fiambres hasta que se jubiló; “después no hizo nada más”.

 

Su núcleo familiar

El recorrido por sus distintos momentos laborales, lo lleva en el relato a hablar del lugar que ha tenido en su vida la familia, que fue un pilar que lo sostuvo con colaboración incondicional en cada una de las decisiones tomadas. Se casó a los 34 años con Susana Catalani. Se conocieron jugando al carnaval en el barrio. En la misma casa en la que viven, donde vivían los padres de ella. “Después nos encontramos en un baile del Club Argentino y nos citamos en San Nicolás y Avenida. Pensaba que no iba a venir, yo tenía un Fiat 600, pasé a la hora señalada, la vi, la llamé y ahí empezó todo. Estuvimos tres años de novios hasta que nos casamos”.

Hace 46 años que están casados y tienen una buena vida juntos. Se unieron un 3 de diciembre por Civil y un 5 de diciembre por Iglesia. Tuvieron dos hijos: Flavia Daniela (43), analista de sistemas, casada con Federico De Sensi y Javier Alberto (34), soltero, ingeniero mecánico. Tiene un nieto Tomás de 8 años. Cuando lo nombra algo se le ilumina en la mirada. 

 

El tenis

En los tiempos libres que le dejaba el trabajo le gustaba jugar al tenis en el Club de Viajantes. Empezó “de grande”  y lo tomó como un hobby. “Jugaba con Sabattini, Sánchez, los hermanos Bonet y Premio. Teníamos un grupo lindo”, menciona. En la actualidad ya no puede jugar porque debió someterse a una operación de cadera que lo dejó fuera de las canchas y lejos de la raqueta.

 

El tiempo en el Club

En otro momento de la charla afirma que se crió en el Club Douglas Haig. Jugó al basquetbol desde chico, allí y en Sports. “El deporte ocupó un lugar importante en mi vida. Jugué en las categorías infantiles, juveniles, cadetes y en tercera y primera con los años. En el Club aprendí a compartir mi vida con otros chicos.  En Douglas pasábamos todo el día en el Club. Lo cerrábamos todas las noches a la una de la mañana. El Semanario El Tiempo funcionaba enfrente, esperábamos que saliera y comprábamos el diario”.

Hoy está alejado, pero es hincha fanático de Douglas y socio vitalicio del club. Hasta hace un año no se perdía un partido, iba a la cancha y disfrutaba del espectáculo. Hoy lo sigue de otra manera porque algunos problemas de salud le impiden asistir. “Ni la lluvia me paraba”, afirma y recuerda los partidos en la cancha vieja.

 

Afectos en el tiempo

Es un hombre que a lo largo de la vida ha cosechado afectos entrañables. Fue y es amigo de los amigos.

“Fui muy amigo de Luis Picarelli, con él salíamos a andar en bicicleta y competíamos para ver quién tenía la bicicleta más lustrosa, nuestro paseo era dar vueltas por el Centro. Nos gustaba cazar pajaritos con trampera. También en el club tuve muchos amigos, los hermanos Bertone, Marmaruso, Dinardo, Disante y De Mayo.

“Lamentablemente varios de mis amigos ya se han ido”, dice con la emoción de cierta nostalgia.  El asegura llevarse bien con la idea del transcurso del tiempo y disfruta de un presente apacible, rodeado de su familia.

“Tengo una vida sencilla, me dedico a leer los diarios por Internet, a seguir el desempeño de Boca Juniors y de Douglas Haig, y miro mucha televisión. Ya no trabajo y ayudo a mi esposa con las tareas hogareñas ya que ella tiene un negocio que atiende”.

Toda su familia tiene la doble ciudadanía argentina y sanmarinense. Eso le ha permitido viajar en varias oportunidades. “A través de la asociación de descendientes sanmarinenses hicimos tres viajes, tuvimos la dicha de conocer San Marino, Roma  y Venecia”. Le gusta viajar y conoce casi toda la Argentina. “Ahora no viajo tanto porque no me siento en condiciones”, confiesa y comenta algunos “achaques” que dan los años, ninguno que le impida disfrutar de una buena vida junto a los suyos y hacer casi todo lo que quiere.

Cumplirá 80 años en octubre. Se lleva bien con la idea de la vejez. “No hay nada que me quede pendiente a esta altura”, reflexiona y enseguida agrega: “No sé si eso es bueno o es malo, supongo que es bueno porque significa que hice todo lo que me propuse”. Es un hombre de fe católica y se muestra agradecido.

 

Sobre el final vuelve sobre algunas vivencias de la infancia, sobre sus anécdotas de juventud y recorre su historia de vida, tomando como guía un papel escrito por su hijo, a modo de “ayuda memoria”. De la intensidad de los años queda la esencia de las cosas importantes. Su sentido de pertenencia a esta ciudad que lo vio crecer y su anhelo de que los suyos también sean felices en esta ciudad en la que le gusta vivir y fundamentalmente en su querido barrio Acevedo. “Ese lugar del mundo en el que se siente en su casa, ese pedacito en el que puede disfrutar simplemente de una vida tranquila”.