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Perfiles pergaminenses

Nora Tassarolo: una vida dedicada a la profesión bioquímica, entre la vocación y el legado familiar

Nora Tassarolo, en el laboratorio donde pasa la mayor parte de su tiempo. (LA OPINION) Nora Tassarolo, en el laboratorio donde pasa la mayor parte de su tiempo. (LA OPINION)

Lleva adelante el laboratorio de análisis que fundó su padre hace 65 años. Trabaja a destajo poniendo en valor los mayores aprendizajes: el trato personalizado con los pacientes, el vínculo estrecho con los médicos y la determinación de seguir aprendiendo cada día para brindar diagnósticos precisos.


Nora Claudia Tassarolo  es bioquímica. Nació en Pergamino, en la Clínica de la Mujer que funcionaba en calle San Nicolás y creció siempre vinculada a los ámbitos de salud, por cuanto su padre era bioquímico y su madre farmacéutica. Desde el inicio de la entrevista que se desarrolla en el laboratorio que funciona desde hace 65 años en Doctor Alem habla con orgullo de sus padres: Rodolfo, de 86 años y Rosa, de 85. Tiene una hermana menor, Alejandra y un núcleo familiar ensamblado conformado por su esposo “Beto” Cittadini y los hijos de cada uno. “Yo tengo dos hijas: María Lucila que es fotógrafa y vive en Rosario; y Florencia, psicóloga y mamá de Valentino, mi nieto de un año y medio y “Beto” tiene a Franco y Bruno”. Aunque los chicos no viven con ellos porque todos ya son grandes y han armado su propio camino, Nora siempre está cerca de lo que les pasa. 

Cada día, desde las 6:00 en que llega el primer paciente al laboratorio, hasta después de las 18:00 en que entrega los últimos resultados, está en el Laboratorio. Es el que fundó su padre hace más de seis décadas. Lo señala con la satisfacción de quien ha podido continuar la tarea y tomar el legado. Una puerta la separa de la casa donde vive. La misma casa en la que nació. 

Habla mucho de sus padres, quizás porque la une a ellos un afecto entrañable y un respeto profundo: “Mi papá fue director del laboratorio del Hospital y jefe de Infectología del Instituto Maiztegui. Mi madre fue farmacéutica del Hospital durante muchos años”.

De ellos aprendió casi todo lo que sabe de la vida. “Crecí en este laboratorio”, afirma con la familiaridad de quien transitó sus primeros años entre tubos de laboratorio. Ese espacio fue el que tempranamente definió su vocación. “Estudié en el Colegio Nuestra Señora del Huerto, desde el Jardín de Infantes y cuando egresé del secundario me fui a Buenos Aires a estudiar Bioquímica, desde chica tuve una  vocación muy marcada, seguramente definida por el hecho de haber visto trabajar a mi padre”.

Estuvo en Buenos Aires durante once años. Hizo la carrera en seis años y después realizó su residencia en el Hospital de Clínicas. Luego regresó a Pergamino a trabajar en el laboratorio y “seguir aprendiendo”.

Hace 28 años que su ejercicio profesional tiene a ese lugar como escenario. También trabajó  en el Hospital y en la Clínica General Paz donde hizo guardias de lunes a lunes durante quince años.

“Trabajé a la par de mi padre desde siempre; él fue mi maestro y estuvo dispuesto a enseñarme y guiarme”, refiere.

La charla la lleva por las anécdotas de su época de estudiante. Y esas vivencias también están vinculadas a Pergamino y a personalidades que fueron referentes en el campo de la medicina. Menciona al doctor Julio Maiztegui y al endocrinólogo y padrino Jorge Salvaneschi. Con ellos aprovechaba los veranos para preparar materias.

“Don Julio tenía un carácter fuerte, pero era una gran persona. Era muy amigo de mis padres, recuerdo que de niña jugaba en el patio de su casa y ya de grande me iba al Instituto a preparar materias”, cuenta.

“Tenía compañeras y compañeros de la Facultad que venían a estudiar y a aprender al laboratorio de mi padre, muchos profesionales que hoy trabajan en distintas ciudades del país se han formado acá”, cuenta y recrea los sentimientos de amistad gestados en aquellos años.

 

Apasionada de la profesión

Sostenida siempre en la premisa de asumir desafíos que le permitieran crecer en su profesión y mantenerse actualizada, desde hace veinte años y con seis bioquímicos más de Pergamino es propietaria de Laboratorio Central, una experiencia asociativa que les ha permitido contar con aparatología de alta complejidad para la realización de estudios. “Este laboratorio nos permite estar a nivel de las grandes ciudades en materia de diagnósticos”, refiere.

Se apasiona cuando describe sus rutinas de trabajo. “Nuestra tarea comienza cuando se va el paciente y consiste en poner al servicio del diagnóstico todo lo que sabemos para ayudar al médico”, señala y confiesa que la principal enseñanza que tomó de su padre en el ejercicio profesional es la que tiene que ver con mantener una sólida relación con los médicos y un vínculo estrecho con los pacientes. 

En su laboratorio “nadie es un número”. Detrás de cada paciente hay una historia de vida que Nora respeta con suma dedicación.  “Aquí la gente viene con una enfermedad, un malestar, buscando un diagnóstico y uno tiene que contener y acompañar. Muchas personas están de brazos caídos y uno debe ser contenedor, además de ayudar al médico a alcanzar un diagnóstico correcto”.

Quizás por la impronta que le pone a su modo de trabajar o por la trayectoria que le dan tantos años de sostenida labor, es que sus pacientes son “sumamente fieles”. Lo señala con satisfacción. “Son muy fieles, yo hice una residencia en Neonatología y quizás por esa razón es que atiendo a muchos bebés y niños. Tengo todavía pacientes que eran de mi papá y tengo pacientes que fueron llegando con los años y que siempre vienen al laboratorio cada vez que tienen que hacerse un análisis.

“Gran parte de mi vida ha transcurrido en el mismo lugar, este laboratorio que fue refaccionado y que ahora cuenta con dos salas de extracción, tecnología para el trabajo cotidiano y personal incondicional que me acompaña desde hace mucho tiempo”, agrega y recuerda que su padre fue un pionero cuando instaló la primera computadora en el laboratorio que reemplazó a la máquina de escribir con la que se pasaban los resultados de los análisis.

Dedicada “full time” a su trabajo, considera que su tarea tiene bastante de artesanal. Ejercer su profesión en la ciudad fue una elección de vida. “Venirme tuvo que ver con la decisión de vivir en esta ciudad y de continuar los pasos de mi padre, aprendiendo a su lado. Tener un maestro que sea tu padre no tiene precio y no le pasa a cualquiera. Soy una afortunada”, expresa y recuerda el tiempo en que viajaba todas las semanas para estudiar Genética en el Hospital Rivadavia. “Siempre estuve muy atenta a la posibilidad de poder capacitarme”.

 

Una vida plena

Tanto esfuerzo puesto en la tarea de consolidarse profesionalmente le significó en algún momento de la vida algunos costos. Reconoce que la vida familiar fue difícil porque haciendo la residencia tenía a sus hijas muy chicas. Hoy recuerda las anécdotas de cuando las llevaba a las guardias cuando eran bebés.

Desde aquel momento hasta aquí siempre ha preferido realizar su trabajo en forma personalizada. En su laboratorio no hay extraccionistas y todo el proceso es realizado por ella. “Yo te atiendo, te saco sangre, analizo esa muestra y al fin del día te entrego el resultado”.

Con sus hijas grandes y siendo abuela, Nora sigue trabajando a tiempo completo. Cuando no está en el laboratorio disfruta de actividades sencillas. Le gusta leer y pasar tiempo con su esposo. “Nos gusta sentarnos a tomar un cafecito en Las Letras o salir a cenar”.

Con su esposo “Beto” Cittadini se conocieron a través de sus amigas de siempre: siete mujeres que comparten una amistad desde hace 50 años. “Ellas me lo presentaron. Yo estaba divorciada hacía tiempo del padre de mis hijas, no lo conocía y él no me conocía a mí, nos vimos, comenzamos a salir y no nos separamos más. Pasaron quince años, nos llevamos muy bien y somos muy felices juntos, vivimos solos porque nuestros hijos ya están grandes”.

Se siente realizada y considerada por sus pacientes. Retribuye la confianza que le dispensan con trabajo honesto. “Creo que la mayor virtud que tengo es la honestidad con la que trabajo. Cuando proceso una muestra de un paciente es como si fuera yo a hacerme los análisis. Me da mucha ansiedad el resultado y respeto el estado de ánimo con el que una persona llega al laboratorio. Mucho de la confianza se juega cada día en la relación con los pacientes”.

Es sensible y sabe contener. La mayor satisfacción que le ha dado su trabajo es la confianza de sus pacientes. “Que la gente siga viniendo es lo mejor que me puede pasar. Que mi trabajo ayude a los médicos a hacer buenos diagnósticos, que ningún médico rechace mis análisis, todo eso me gratifica y me afirma en la vocación de seguir trabajando todos los días”.