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Perfiles pergaminenses

María Teresa Logullo: una mujer apegada a sus raíces que ejerció su oficio de modista con pasión

María Teresa Logullo, “Piba”, en la intimidad de su hogar compartió con LA OPINION su historia de vida. (LA OPINION) María Teresa Logullo, “Piba”, en la intimidad de su hogar compartió con LA OPINION su historia de vida. (LA OPINION)

 

Tiene 90 años y durante gran parte de su vida se dedicó a confeccionar prendas, entre ellas trajes de novia. Su entrega le dio grandes satisfacciones. Habitó siempre en el barrio Centenario, su lugar en el mundo. No tiene grandes asignaturas pendientes. Solidaria, participa del grupo de Cáritas de Nuestra Señora del Carmen. Su historia es testimonio de sencillez.


María Teresa Logullo es una pergaminense nacida hace 90 años en el barrio Centenario, el mismo lugar y la misma casa en la que habita hoy. Dedicó gran parte de su vida a la confección de prendas de vestir y a la realización de tareas solidarias en Cáritas, un espacio comunitario del que aún participa y al que contribuye con lo que mejor sabe hacer: acondicionar prendas de vestir y brindarse a los demás con amor incondicional.

Es elegante y cuida su aspecto. Le gusta verse bien y sentirse bien. En la conversación es amable y guarda la sencillez de las personas agradecidas. Fiel a sus valores y a sus raíces, recibe la entrevista en la que esbozará su perfil como vecina de esta ciudad. Se sorprende con la propuesta y la acepta con la alegría de quien lo siente como un reconocimiento a sus años y a su vida.

Todo el mundo la conoce con el apodo de “Piba”, un sobrenombre que lleva desde siempre. “Me conocen más por ‘Piba’ que por mi nombre. Siempre me dijeron así”.

No hay para ella como su barrio. Allí vivió toda su vida. Recuerda a su familia, integrada por su padre, su madre y sus hermanos. “Mi padre fue José Logullo y mi madre Filomena Novello. El se dedicaba a las tareas del campo y mi madre fue ama de casa. Siempre vivimos en este lugar. Aquí antes había una casa de adobe. Mi papá había comprado el terreno y construyó los ranchos de adobe como se hacían antes. Esa fue nuestra casa, que con los años se fue modificando hasta transformarse en esta que es hoy, donde vivo”, refiere recordando sus orígenes.

Fueron los primeros habitantes de la cuadra de calle Italia en la que viven desde hace 79 años. Nada era como ahora en ese sector de la ciudad. El lugar era más despoblado y el carro con el caballo era el vehículo familiar. Muestra una foto que recrea ese tiempo, un retrato que conserva con profundo sentimiento porque de algún modo le refleja parte de un tiempo añorado y querido.

Sus hermanos fueron Juan Francisco, Armando Antonio, José Luján, ya fallecidos, y Ramón Oscar que tiene 79 años. “Yo fui la del medio”, aclara y con orgullo habla de su edad. No le pesan los años, salvo por algunos “achaques” propios del paso del tiempo.

Fue a la Escuela N° 77. Hizo hasta cuarto grado, el último que se podía cursar en ese establecimiento educativo. “Yo había aprobado para pasar a quinto grado, pero tenía que ir al centro y como era muy chica mis padres no me quisieron mandar al centro”, cuenta y se traslada a un tiempo en que las distancias parecían tener otras dimensiones.

 

Su oficio

A los 11 años comenzó a estudiar Corte y Confección. Gran parte del aprendizaje de ese oficio lo hizo en el taller de la Acción Católica en la Parroquia de la Merced. “Después de cuatro años me recibí y comencé a trabajar como modista”.

Siempre trabajó en su casa. También aprendió bordado y tejido. “Antes de ser modista tejía para afuera”, recuerda. 

Se fue haciendo de la clientela con el “boca a boca”: “Tenía clientas del barrio y también del Centro, a medida que la gente se enteraba que yo me dedicaba a esto venía y me encargaba sus prendas”, relata y menciona que una de las cosas que más le gustó hacer fue confeccionar vestidos de novia.

“Hice cualquier cantidad de trajes de novia, me encantaba, era una gran responsabilidad, pero disfrutaba mucho de ese trabajo. Cada traje era único y cada novia. También me gustaba mucho acompañar a las novias a la iglesia; recuerdo que en cada boda estrenaba ropa y zapatos para acompañarlas porque era una ocasión muy especial y me preocupaba por cuidar cada detalle para que esa novia estuviera espléndida y también para que luciera mi trabajo”, agrega.

Su trabajo con cada traje de novia le demandaba por lo menos 15 días en los cuales no se dedicaba a otra cosa. En general trabajaba sola y contaba con la ayuda de colaboradoras para determinadas tareas que se hacían a mano.

Con orgullo recuerda que la fotografía de uno de sus vestidos de novia, de una chica del barrio, estuvo expuesta en un conocido estudio de fotografía. “Me acuerdo siempre que me felicitaron por el vestido y en la casa de fotografía Corti, que estaba en la calle San Nicolás, tuvo la foto de la novia en vidriera durante mucho tiempo”, menciona.

Dedicó a su trabajo gran parte de su vida.  Además de ser modista enseñó Corte y Confección. “De vez en cuando me encuentro en la calle con alumnas mías que me agradecen por lo que les enseñé y me dicen que les sirvió mucho para hacerse de un oficio y de un medio para ganarse la vida. Es muy reconfortante”.

“No hace muchos años que dejé de trabajar. Cocí hasta hace cuatro o cinco años. Tomé la decisión de retirarme porque ya los huesos me avisan la edad que tengo”, confiesa.

 

Una vida sencilla

Siempre vivió con sus padres y rescata de ellos sus valores: “Mi padre fue un gran trabajador y mi madre, aunque era analfabeta, siempre la ponían de ejemplo”.

Nunca se casó y no lo lamenta. Bromea diciendo que no tuvo tiempo para casarse porque siempre se dedicó a trabajar mucho. 

“Sinceramente no se dio. La vida es la que te va llevando a realizar tu destino. Igual no lo lamento porque tuve una linda vida”. 

Confiesa que le gustaba salir, ir a bailar y disfrutar los domingos del paseo por calle San Nicolás. Iba acompañada por una mujer a la que define como “su segunda mamá”. Se llamaba Angela Raimundo. Tuvo muchas amistades y se emociona cuando recuerda a aquellos que ya no están.

Vive rodeada por el afecto de los suyos. Tiene sobrinos que la miman: Juan Carlos, Hugo, Miguel, Víctor y Carlos, Mariela y Liliana. Sus cuñadas, Marta, Nelly y Esther y 10 sobrinos nietos que le alegran la vida. “Tengo muy buena relación con todos”.

Habla de la maternidad en un momento de la charla. Y aunque confiesa que le hubiera gustado ser mamá se reconoce “muy miedosa” y con templanza asume que “quizás por eso Dios no me los mandó. Todo sucede o no sucede por algo, quizás hubiera sido muy miedosa”.

 

Mujer de fe y solidaria 

En su presente hace los mandados y sale cada vez que puede. Superó con entereza algunas adversidades que le puso delante la vida. “Soy nerviosa pero me sé controlar. Me ponen nerviosa las injusticias, eso me revela”, afirma y se define como una mujer de fe.

Va todos los días a misa en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen. Y participa de Cáritas desde su fundación en la Iglesia del Carmen. “Allí hacemos un trabajo comunitario que me gusta. Participo de las reuniones y atiendo a la gente que va a retirar ropa. Yo me dedico a acondicionar la ropa que la gente dona y hay tejedoras que preparan cuadraditos de lana, con una vecina nos dedicamos a unirlos para armar mantas que luego entregamos a los más necesitados. Es una inversión de tiempo que me resulta productivo.

También representa a Cáritas en la reunión del Programa Pro Huerta. “Me gusta sentirme útil y estar en actividad”, afirma. Se levanta temprano, se toma su tiempo para desayunar tranquila y luego sale a hacer las compras. Aprovecha ese momento para dialogar con sus vecinos, 

En el terreno de las asignaturas pendientes aparece el haber podido tocar el piano: “Esa hubiera sido mi vocación porque amo la música”.

“No pude hacerlo porque en la Acción Católica no enseñaban piano. Yo le decía poesías al padre Amondarain, la música y la poesía me gustaron desde que era una niña. Me gusta mucho la música, toda la música, pero fundamentalmente la música clásica”, cuenta.

Cree que ya no está a tiempo de aprender a tocar el piano. “Ya no creo que pueda aprender, porque no creo que pueda comprar un piano”, bromea.  Asume que esa será su “vocación pendiente”.

Cuida de su salud y vive el día a día encomendada a Dios. Su médico es el doctor Luis Ku-bescha y durante muchos años la atendió el doctor Néstor Fernández. Es sociable. “Me gustaba salir, pero ahora tengo otros problemas. Estoy operada hace tres años de una mama y realicé mi tratamiento de radioterapia. Y acá estoy. Llegué a los 90”, refiere narrando una de las dificultades más importantes de su vida.  Confiesa que no se asustó cuando conoció el diagnóstico y aferrada a sus creencias transitó por esa experiencia con mucha paz. “No sé si fue Dios o fue mi madre, pero siempre estuve en paz y pude poner el cuerpo sin llorar, a pesar de que soy muy llorona”. Pudo sortear el obstáculo y capitalizar aprendizajes de esa experiencia. Hoy está bien y reza todos los días por su salud. También por el bienestar de los suyos.

 

El paso del tiempo

A los 90 años imagina la vejez tranquilamente. Sin sobresaltos, quizás porque asume el paso del tiempo con la misma serenidad con la que vive. “Soy una mujer agradecida y trato siempre de ayudar a los demás”.

 

“Me gustó la vida que tuve. Hubo momentos que no, sobre todo porque con los años uno va perdiendo a los seres queridos. Pero lo he superado gracias a Dios”, refiere sobre el final y mira sus fotos en la que está rodeada de muchos de esos seres queridos. También busca con la mirada a una de sus sobrinas y vuelve sobre su casa, sobre la cuadra en la que vive desde hace tantos años. Sobre las anécdotas de su barrio, ese al que define como “único en el mundo”.