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Perfiles pergaminenses

María Eva Devia: una querida maestra de varias generaciones de alumnos

María Eva Devia, una maestra de ley que cuenta con una larga trayectoria. (LA OPINION) María Eva Devia, una maestra de ley que cuenta con una larga trayectoria. (LA OPINION)

Durante muchos años dio clases particulares en su casa. Por allí pasó una innumerable cantidad de chicos que la recuerdan con cariño entrañable. En vísperas de un nuevo Día del Maestro, su perfil es testimonio de la labor de los docentes que se forjaron un camino poniendo el alma en la tarea.


María Eva Devia fue la maestra particular de muchas generaciones de pergaminenses. Con clases en su casa comenzó una carrera docente que fue fructífera. Aunque ya no está frente a alumnos porque desde hace unos años desempeña tareas de auxiliar en la Jefatura Distrital de Educación, su testimonio es muestra de una profunda vocación puesta al servicio de enseñar. Y también de aprender porque a lo largo de su carrera se ha nutrido de cada experiencia para crecer en el desarrollo de una profesión que “no se abandona nunca”.

En vísperas de un nuevo Día del Maestro, el perfil de María Eva Devia da cuenta de la historia de vida de una mujer que realizó dos de sus grandes anhelos: formar su familia y ser maestra.

En la entrevista que se desarrolla en su departamento del barrio de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) pasa revista a las vivencias de muchos años de ejercicio docente y también recorre las vivencias de una vida dedicada al cuidado de los suyos.

Nació en Pergamino, en el barrio Acevedo. Es la mayor de los cinco hijos que tuvieron sus padres: Leonardo Devia y Nélida Lartirigoyen. Desde los 45 días vivió con su abuela materna; María Romero “una leona que trabajó y me dio todo lo que pudo”. Creció junto a sus tías: Ana María y Juana en la casa de Güemes y Ramón Raimundo. Sus hermanos vivieron con sus padres y siempre se relacionó con ellos. Mabel y Silvia son sus únicas hermanas vivas, los demás: Luis y Mónica fallecieron muy jóvenes.

Recuerda una infancia feliz. “Era una época en la que se podía jugar en la calle, teníamos un grupo de vecinos con los que crecimos juntos, nos juntábamos a cazar pajaritos y hacer pozos en la tierra para cocinar camotes asados”. El lugar de encuentro para esas aventuras era debajo de un paraíso que había en la puerta de la casa de su abuela. “En las noches de verano podíamos estar hasta tarde porque los papás y los abuelos se sentaban en la puerta”, menciona.

“Cuando mi tía Ana se casó con Eduardo Molinaro se quedaron viviendo en la casa de mi abuela, siempre me trataron como a una hija y cuando nacieron mis primos: Adriana y Fabián fueron como mis hermanos menores”, relata.

Fue a la Escuela Nº 4, un lugar entrañable a su memoria. “La abuela y mis tías se esforzaban por hacerme los mejores trajes porque a mí me gustaba mucho tomar parte en los actos escolares”, cuenta.

Al egresar, su abuela que era muy amiga del profesor Jorge Martínez consiguió que a María le otorgaran una beca del Club de Leones para ingresar al Colegio Normal. Allí cursó sus estudios secundarios y egresó con su título de Maestra Normal Nacional. Confiesa que siendo niña jugaba a “enseñar” valiéndose de unas revistas que leía en las horas de la siesta.

 

Clases particulares

Desde muy joven se dedicó a dar clases particulares. Su casa se transformó en un aula en la que recibía a chicos que venían para preparar sus materias. Ese fue el comienzo de su carrera profesional en el campo de la docencia. “Mi primer alumno de particular fue Ricardo Rubleski, un vecino del barrio, yo tenía 17 años y él 12 y desde ahí nunca dejé de dar clases particulares; llegué a tener diez chicos juntos. “Tenía una casa con una galería grande y los ubicaba para que cada uno pudiera hacer lo suyo. Eran hijos de familias muy comprometidas, nunca tuve problemas”, cuenta.

 

En escuelas

Recién varios años después de haberse recibido tomó una suplencia en la Escuela Nº 53 en séptimo grado. “Fue una hermosa experiencia, a pesar de que fui con mucho miedo porque era una escuela que tenía un equipo directivo muy exigente”, confiesa y todavía recuerda el salón en el que daba clases de lengua. 

Siguió tomando suplencias en ese establecimiento educativo hasta que luego pasó a la Escuela Nº 8, donde estuvo un año y durante dos viajó a la localidad de Urquiza. “Me vine maravillada por la comunidad de pueblo y siempre recuerdo esa experiencia”.

En 1981ingresó a la Escuela Nº 62, donde trabajó hasta 1991. “Allí trabajé con una comunidad maravillosa, eso sucedió en toda mi carrera, siempre me encontré con personas comprometidas”.

Al dejar la Escuela Nº 62, comenzó a trabajar en la Escuela Nº 4, donde estuvo hasta 2012 en que, debido a un problema de salud que afectó su voz, dejó su cargo y se fue a trabajar como auxiliar en Jefatura Distrital de Educación. “Ahí terminaré mi carrera docente, ya estoy a un paso, realizando tareas administrativas”.

 

Un positivo balance

Casi sobre el final de su carrera docente, María Eva hace un positivo balance del camino recorrido. “Siempre fui maestra de grado hasta 1996 en que con la Reforma Educativa gracias a la insistencia de la vicedirectora de la Escuela Nº 4, Alicia Friguglietti, hice la capacitación universitaria para pasar a ser profesor primario y cuando se instrumentó la reforma fui docente de Lengua y Sociales”.

Asegura que la mayor satisfacción que le ha dado la docencia fue la llegada a los chicos. Con sus alumnos de la Escuela Nº 62 recuerda haber pintado las arcadas de la escuela y haber organizado un festejo en vísperas de Navidad: “Siempre que propuse algo me ayudaron tanto el personal jerárquico, como mis compañeros de trabajo y los padres”, refiere y comenta que en el plano de las satisfacciones aparecen tareas vinculadas a actividades que comprometieron a sus alumnos en iniciativas que trascendían la frontera del aula. “Ya estando en la Escuela Nº 4 tuvimos la posibilidad de convocar a Tristán Díaz Ocampo y a Juan Carlos Puppo, hijos distinguidos de Pergamino, y organizamos una entrevista que los chicos pudieron hacerles. La satisfacción más grande fue verlos reírse por las anécdotas y emocionarse hasta las lágrimas, dos grandes personas, que pudimos lograr para que los alumnos se contactaran con su propia historia y sus recuerdos”.

La acompañan en la entrevista recortes periodísticos de hitos en su trabajo, también libros que surgieron de experiencias áulicas, con la colaboración de muchas personas que se sumaron a participar de las distintas propuestas. “En una oportunidad grabamos un CD que nos ayudó a editar Carlos Sánz y que fue el fruto de una rica tarea desarrollada con la gente de Hojarasca y el grupo literario Siete Mujeres”, menciona. Los recuerdos del largo camino recorrido son infinitos.

 

Participación gremial

Durante su carrera docente María Eva tuvo participación en la actividad gremial. Fue secretaria adjunta de la comisión directiva de la Federación de Educadores Bonaerenses. “Le estaré siempre agradecida a Gladys Santoro que me dio lugar para entrar en el gremio y luego formar parte de la comisión en la que fui secretaria adjunta durante ocho años”, relata. “Me recibieron como una gran familia y mi tarea gremial me sirvió mucho para relacionarme con gente de otros distritos, fue una experiencia que me hizo crecer y me retiré este año cuando sentí que era un ciclo cumplido.

 

Su familia

Se casó con Santiago López cuando tenía 19 años. Llevan unidos en matrimonio 48 años y conformaron una hermosa familia. Se conocieron en el Centro, cuando él trabajaba en la Zapatería “La Suiza”, un comercio del que sus tías eran clientas. Tienen dos hijos: Silvina Cecilia, que es licenciada en Psicopedagogía; está casada con Diego Cantore y son papás de Malena y Gino; y Pablo Maximiliano que es técnico superior en Relaciones Públicas y está en pareja con Brenda Soledad Leiva. Todos están radicados en Rosario. Su esposo está jubilado. “Formar mi familia fue la gran aspiración de mi vida y me siento muy afortunada porque lo conseguí”, refiere y se emociona cuando habla de sus afectos más importantes.

Completan su universo afectivo sus amigos, los muchos con los que siempre disfruta de reunirse. 

“En la docencia coseché muchas amistades, en especial un grupo de trabajo con el que nos unimos mucho cuando estábamos en la Escuela Nº 4 Claudia Torregrosa, Cristina Hazrum y Alejandra Salazar, con quienes luchamos codo a codo en épocas de la reforma educativa y nos hicimos muy amigas. Otra de mis amigas de toda la vida es Susana Valentini; y muchísimas amistades que sería imposible nombrar”. El inventario incluye a sus directoras, entre ellas Gladys Santoro, Marcela López y Raquel Ivanoz; a muchas compañeras de trabajo, porteras, el personal de psicología. 

 

Una mujer solidaria

María Eva se define a sí misma como una mujer a la que le gusta la acción solidaria y cuando ya no tenga compromisos de tipo laboral se imagina colaborando con alguna institución. “Siempre tuve presente que cuando me jubilara iba a entrar en alguna organización para brindar mi tiempo y ayudar”.

Su vida se va acercando a ese anhelo y  sabe que aunque ama su profesión hay ciclos que se van cumpliendo y que hay que dar lugar a nuevos proyectos. “Si bien a mí no me afecta el transcurso del tiempo, entiendo que hay tiempos para todo”, refiere.

También se reconoce como una persona que ama incondicionalmente la vida y la celebra. “Yo me festejo todos mis cumpleaños, preparo mi casa, reúno a mi familia y a mis amigos, y cada 25 de mayo lo que celebro es la vida, la posibilidad de vivir un año más”.

Le gusta el lugar en el que vive y las cosas que hace. Le gusta leer y pintar. También le gusta Pergamino: “Yo quiero a mi ciudad y soy una mujer muy agradecida a la vida. No me olvido de mis raíces, no me olvido cómo comenzó mi vida, cuánto luché para formar una familia y agradezco la vida que tengo. Muchas veces pienso que la vida me dio mucho más de lo que soñé”, agrega trayendo a la charla la conocida frase: “Vida nada me debes, estamos en paz”.

 

Reconocerlos en la sonrisa

María Eva está muy cerca de jubilarse. De hecho ya inició sus trámites y está preparada para retirarse de la docencia. Sin embargo reconoce que nunca se deja de ser “maestra”. La mayor satisfacción que le dio su tarea fue el trato con sus alumnos. Y se emociona cuando menciona que hoy por hoy se encuentra por la calle con hombres y mujeres que tienen 40 ó 50 años y le dicen: ‘¿Seño, usted no me recuerda?’. “Me quedo mirándolos y no sé quiénes son hasta que sonríen. Ahí los reconozco de inmediato, porque la sonrisa es lo que queda grabada con el paso del tiempo”.

Ese es el mejor saldo de su tarea docente. Esa sonrisa es el fruto de lo que dejó en sus alumnos. Se queda con esa sonrisa. Y cuando finaliza la entrevista, fiel a su esencia docente reflexiona sobre la realidad de la educación: “Creo que se han perdido los valores, nuestra profesión se convirtió en un trabajo más que en una vocación. Me parece que falta eso de poner el alma. Hoy todo es mucho más frío. No pienso que todo tiempo pasado fue mejor, no tengo una mirada nostálgica, pero entiendo que es necesario tratar de buscar el modo de consensuar con los chicos y con las familias para recuperar ese valor de la educación que se ha perdido. Tenemos que buscar dar un vuelco para que la realidad cambie. A mis colegas les pediría que piensen en el porvenir de los chicos, en la sociedad que estamos formando, en que necesitamos seguir formando chicos reflexivos y ciudadanos conscientes”.