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Perfiles pergaminenses

Julio Gutiérrez: docente de raza y ferviente defensor de la educación técnica

Julio Gutiérrez, un pergaminense por adopción, reconocido en el ámbito docente. (LA OPINION) Julio Gutiérrez, un pergaminense por adopción, reconocido en el ámbito docente. (LA OPINION)

En su juventud trabajó en industrias pujantes. Más tarde se desempeñó como profesor y llegó a ser director del Colegio Industrial y la Escuela Media Nº 2. Fue consejero escolar. Hoy se desempeña como prosecretario en la Escuela Técnica Nº 1. Está casado y es padre de tres hijos.


Julio Cesar Gutiérrez tiene 62 años. Nació el 18 de enero de 1955 en la ciudad de Trenque Lauquen. Su llegada a Pergamino se produjo en la década del '70 motivado por la posibilidad de insertarse laboralmente en la industria, valiéndose de su título de técnico adquirido a su egreso de la escuela técnica de General Villegas.  Antes de llegar a la ciudad había iniciado sus estudios universitarios en La Plata, quería ser ingeniero, pero el golpe militar de 1976 truncó los planes cuando cerraron la facultad. Eso frustró su carrera universitaria, pero no su vocación por la mecánica ni su pasión por “los fierros” y por las aulas.

Regresó al pueblito en el que vivía entonces con su familia. Es hijo de un empleado ferroviario que por entonces era jefe de estación, una tarea que los obligaba a ir “de pueblo en pueblo” sin terminar de establecerse en ninguno. Durante un tiempo desempeñó tareas como técnico en el campo y luego surgió la posibilidad de venir a trabajar a una industria que funcionaba en Mariano H. Alfonzo. Vino sin conocer el pueblo y mucho menos Pergamino. Se estableció con amigos que llegaron para trabajar en Tamequ. Corría 1977. Trabajó en la oficina técnica de esa empresa familiar que fue creciendo y que más tarde, ya transformada en una gran industria, trasladó sus actividades a Pergamino. Julio siguió trabajando allí, en un espacio en el que se sentía cómodo y donde iba ganando experiencia en su oficio. “Tuve la suerte de ver cómo pasaban de fabricar un silo transportable, a crear grandes máquinas para exportar en los puertos. Tuve la fortuna de diseñar piezas y observar cómo se fabricaban”, cuenta. Ese fue su puesto de trabajo casi hasta el final de la vida de esa empresa que se vio afectada por el declive de la actividad industrial en el país. Reconoce que se fue con “mucha tristeza”, cuando llegó el tiempo de buscar otros horizontes.

En paralelo había iniciado sus estudios en el profesorado de Matemática, Física y Cosmografía en el Colegio Normal. Se estableció definitivamente en Pergamino en 1978. Cuando cursaba el tercer año del profesorado comenzó a viajar a San Pedro para cubrir una suplencia en la escuela técnica de esa localidad.

Ingresó a trabajar en Metalúrgica Pergamino, una empresa del grupo Lucini.  “Era una empresa moderna con toda la tecnología. Allí también trabajé en la oficina técnica, estuve dos años hasta que cerró”, cuenta.

 

La docencia

Al dejar ese trabajo, y ya recibido de profesor, se fue consolidando en la tarea docente. Contaba con algunas horas en el turno noche en la Escuela Técnica Nº 1, dirigida por entonces por Italo Conti. Era el año 1980 y esa experiencia marcó su indestructible relación con el Colegio Industrial.

“Cuando dejé de trabajar en San Pedro me quedé como profesor de matemática, dibujo técnico y asignaturas de la carrera de técnico mecánico”, relata este hombre que consiguió hacer confluir sus dos pasiones: la industria y la vocación por transmitir los conocimientos aprendidos. “Debo reconocer que mi acercamiento a la docencia fue una forma que encontré para estudiar cuando no pude seguir con la carrera de ingeniería”, refiere.

 

Una anécdota entrañable

Sus anécdotas de la vida docente son infinitas. Una de ellas lo vincula al diario LA OPINION: “En oportunidad del incendio del Diario Hugo Apesteguía me llamó para decirme que nos querían donar una máquina impresora para el Colegio Industrial. Con Horacio Puente fuimos con una zorra a buscarla, pensando que se trataba de un equipo relativamente pequeño. Cuando llegamos era una máquina enorme que para llevarla al Colegio tuvimos que contratar un camión grúa. Nuestra intención era restaurarla, pero resultó imposible así que recuperamos cada una de sus piezas y el hierro sirvió para que centenares de alumnos pudieran realizar sus trabajos en el taller”.

 

Enormes desafíos

Así como recuerda lo bueno, también menciona las dificultades que supusieron algunos cambios que se le fueron imponiendo a la Educación Técnica. Refiere con tristeza lo que significó el pasaje de las escuelas técnicas de la Nación a las provincias sin recursos. “Esto nos obligó como docentes a reconvertirnos. La ley de transferencia fue nefasta para la Educación Técnica”, afirma y se ve a sí mismo dando clases de “educación artística cuando el dibujo técnico gracias a esa reforma había desaparecido.

“Como tenía una cantidad de horas que no llegaba a cubrir en el Industrial las cumplí en escuelas primarias. Mi lugar de trabajo fue la Escuela Nº 53 donde tuve la posibilidad de trabajar con una directora como Elvira Antonetti, una mujer con una capacidad de trabajo extraordinaria. Más tarde en esa misma escuela logré emigrar como profesor de matemática. También di clases en la escuela Nº 64 y en la Escuela Media Nº 2.

“Pero ese no fue el único cambio, después desaparecieron las escuelas primarias y se crearon las escuelas secundarias básicas, así que pasé a ser profesor en la secundaria que comenzó a funcionar en el mismo edificio de la Escuela Nº 53”, agrega.

 

Responsabilidad de conducir

Durante su carrera docente Julio Gutiérrez tuvo la posibilidad de acceder a cargos directivos. Fue director del Colegio Industrial y de la Escuela Media Nº 2. Recuerda ambas experiencias como de profundo aprendizaje. “Concursé antes del pasaje de las escuelas técnicas de la Nación a la Provincia, cuando el Conet, que era el organismo rector, observa que la mayoría de los cargos eran provisionales. Asumí como director del Industrial en 1992 y varios años después pedí el pase a la Escuela Media Nº 2”, cuenta este hombre que, ya jubilado, sigue vinculado a su querido “Industrial” como prosecretario. Afirma que la mayor satisfacción que le dio la docencia está asociada a las relaciones y al cariño cosechado entre pares y alumnos.

 

La política

Vinculado a su perfil docente, y fruto de su participación política en el seno del Partido Justicialista,  fue electo como consejero escolar en 2001. Desempeñó ese cargo hasta 2005. Compartió esa gestión con Ana García, Belén Taborda y María Inés Carro, además de dos consejeros por el radicalismo. “Esa tarea me permitió ejercer un rol distinto, el de la gestión de los recursos y la administración del personal no docente”, refiere.

Cumplido el mandato volvió a la escuela y continuó su actividad política “desde el llano”. Reconoce que lo que siempre lo motivó a la participación en la vida pública fue la vocación de “poder cambiar algo de la realidad”.

“Estoy convencido de que hay que participar porque eso tiene una fuerza transformadora increíble. Es lo que siempre he tratado de inculcar a mis alumnos, que participen en los espacios que puedan, ya sea el Centro de Estudiantes, la cooperadora de una escuela, el club, la comisión de fomento o los partidos políticos”.

Con la impronta de esa convicción recuerda lo mucho que él aprendió de grandes dirigentes como Guillermo Forcadell y Julián Tabchiche con quienes trabajó en la Comisión de Fomento del Barrio Acevedo durante años.

 

Una buena familia

Julio está casado con “su novia de siempre”, se llama Santa Cristina Mansilla, una mujer a la que conoció siendo casi una niña en Colonia Seré, en el Partido de Carlos Tejedor, el pueblito en el que ambos vivían. “Cuando me vine a Pergamino llegué solo, pero ella me siguió. Nos casamos en una pequeña iglesia de aquel pueblo y armamos nuestra vida aquí”. Tuvieron tres hijos: Cintia (33), contadora, casada con Alejandro Mesio, científico del Conicet, viven en Australia y son los papás de Amanda (4), una niña que según cuenta Julio “no sabe si hablar en castellano o en inglés”. Juan (29) que es soltero y estudia Ciencias Políticas y María (27) que es soltera y estudia Relaciones Internacionales. También tiene una hija del corazón: Teresa (35), mamá de Candela, Agustín y Lautaro.

Su padre, Gerardo Francisco, falleció ya y su madre: Gladys Martínez tiene 85 años y vive en Pergamino. Disfruta de ella y de las vivencias de cada momento compartido en familia. Es un hombre de fe y en su juventud fue misionero de la Iglesia Católica.

 

Donde echó sus raíces

Aunque no nació en Pergamino se siente uno más de esta ciudad. “Si bien nací en Trenque Lauquen y por la actividad de mi padre viví en varios lugares, solo aquí me quedé y armé mi familia”, señala casi sobre el final de la entrevista cuando la conversación lo lleva por el camino de los afectos. “Aquí está mi gente querida, mis compañeros de la docencia, de la política, de los clubes, del barrio”.

Se define a sí mismo como una persona siempre predispuesta al cambio. “Siempre estoy dispuesto a la posibilidad de cambiar. Decir que soy progresista es un concepto que tiene mucho significado, pero nunca me quedo en la posición cómoda de lo ya hecho, siempre estoy buscando algo nuevo en la docencia,  la filosofía, la tecnología, lo social y lo político, aunque en este último campo ya he dejado el lugar a los más jóvenes.

“Tuve la vida que soñé. Creería que sí”, dice sobre el final. “Me recibí de técnico, quería ser ingeniero y aunque no pude serlo siempre me sentí feliz en los ámbitos en los cuales me desempeñé”, confiesa este docente de raza que hoy disfruta de haber transitado un largo camino en el que honró siempre su don de buena gente, eso por el cual se lo reconoce.