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Perfiles pergaminenses

Juan López: cincuenta años de incansable trabajo en el Diario LA OPINION

Juan López: “Soy lo que soy gracias a LA OPINION”. (LA OPINION) Juan López: “Soy lo que soy gracias a LA OPINION”. (LA OPINION)

Ingresó como cadete cuando tenía 13 años. Hoy cuenta 63. Fue archivero y en la actualidad trabaja como operario de rotativas, un espacio muchas veces invisible a los ojos de la comunidad y central para el engranaje de la edición cotidiana. Humilde y leal, supo ganarse un lugar en la historia de una publicación que lo tiene entre sus hacedores.


Hay trabajos que marcan la vida para siempre y hay lugares que se nutren de la impronta de la gente que trabaja en ellos. Juan Ernesto López tiene 63 años y desde los 13 es parte del plantel de empleados del Diario LA OPINION. Prácticamente toda su historia de vida está signada de su tarea en el Diario. Le es imposible escindirse de las vivencias transcurridas en cinco décadas de incansable labor cuando relata la historia de su vida. Actualmente es operario en el sector de rotativas, pero durante muchos años fue archivero y antes cadete. Supo tomar cada desafío que le planteó la empresa y aprender para responder con responsabilidad y dedicación. Eso le valió la permanencia. 

Nació en Pergamino, y creció en la zona del Centro, en una casa de calle 3 de Febrero alquilada por sus padres. Hijo de Próspero López, un albañil, carpintero y herrero ya fallecido; y de Olga Barquín, una mujer que fue empleada doméstica y hoy tiene 82 años. Tuvo dos hermanos: Osmar y Nélida y fue el mayor de los hijos del matrimonio de sus padres. Juan reconoce sus orígenes humildes y jamás los olvida. Por el contrario se enorgullece de haber podido hacerse cargo de su mamá y hermanos cuando sus padres se separaron.

Llegó a LA OPINION teniendo 13 años, gracias a la recomendación de un vecino, “Lalo” Aguad, que le comentó que precisaban un cadete. Se presentó siendo un niño y al día siguiente comenzó a trabajar. Salvando el período en el que hizo el Servicio Militar, nunca se fue del Diario. “Era un pibe cuando empecé y acá estoy, con 63 años, trabajando en el mismo lugar”, refiere en el comienzo de una charla que lo tiene como entrevistado. Es un rol al que no está acostumbrado.

Había terminado la primaria en la Escuela N° 2 cuando el Diario le abrió las puertas. Antes había trabajado  en la Heladería La Fe, propiedad de Antonio Duzdevich; y con Osmar Sitta en una vinería que funcionaba en Juan B. Justo y  Emilio R. Coni.

Por entonces el Diario funcionaba en Merced 555. El estaba abocado a la realización de mandados y de tareas de limpieza en la redacción. También llevaba y traía correspondencia y retiraba notas que escribían algunos colaboradores.  De sus primeros pasos en el Diario recuerda a los periodistas de entonces: Enrique Kessler, que estaba encargado de la redacción; Héctor del Giúdice; Américo Orellano; Giufrido Magnani;  Carlos Bonet;  Ruso Montenegro, Lorenzo Caldentey y “Chichino” Ayestarán, entre otros. Eran tiempos en los que la tarea resultaba poco menos que “artesanal”. Solo había máquinas de escribir, se utilizaba un sistema de impresión “en caliente” y él hacía sus mandados en bicicleta.

“Otra de mis tareas era atender el teléfono. No sabía cómo hacerlo porque nosotros nunca habíamos tenido teléfono en mi casa. Yo le tenía miedo y los periodistas me cargaban y me decían que me animara que no me iba a pasar nada”. La anécdota lo emociona, quizás porque lo remonta a sus orígenes. “Nosotros veníamos de muy abajo, vivíamos en una casa alquilada que solo tenía una cocina, pieza y baño. No sabía lo que era tener un teléfono”.

Durante siete años estuvo abocado a su tarea de “chico de los mandados”. A los 20 años fue tiempo de ir al Servicio Militar, un mes en Junín y el resto del período en San Nicolás. Regresó y siguió trabajando en el Diario, aunque en una nueva tarea: archivar.

“Cándido Pérez se dedicaba a eso, lo ascendieron y a mí me dieron ese puesto que fue el que ocupé hasta hace 15 años”, refiere.

Trae a la conversación una anécdota del día en que estando aún en el edificio de calle Merced el jefe de redacción le encomienda a Pérez el “cliché” donde se guardaba la foto de un tal Sacomano; estaba en la parte de arriba de la estantería y al tomarla se vino encima todo el archivo. “Estuvimos un mes clasificando de nuevo el material que estaba numerado tanto en la sección Deportes como Información General”.

Asegura haber aprendido mucho con Cándido Pérez, un personaje entrañable de la historia de LA OPINION ya fallecido. Señala que todo en el Diario era diferente entonces. Sus referencias acercan descripciones de la linotipo. También recuerda el incendio que hizo que gran parte de su trabajo se perdiera y tiene vivas las imágenes del lugar que quedó devastado. “El incendio fue un episodio trágico, se generó por la pérdida de un calefactor y el fuego tomó el aglomerado y los techos de madera. Gran parte de mi trabajo se perdió como consecuencia de las llamas. Lo recuerdo como una desgracia. Hubo que recomponer todo, pero lamentablemente se perdió mucho”.

Cuenta que el armado del archivo era muy artesanal. No se usaban recortes, se guardaban fotos en distintas medidas y el material se clasificaba cuidadosamente para facilitar el trabajo de los periodistas.

En una época colaboró con la corrección junto a Cándido Pérez, en un período en el que esa tarea requería de dos personas: una que leía y la otra que hacía las correcciones. Por indicación de Carlos Bonet también escribió la síntesis de algunas crónicas deportivas. “A mí me gustaba mucho el fútbol, así que iba a los partidos y Carlos me encargaba algunas síntesis que se publicaban”.

Conoció a Don Enrique Venini y también a quienes lo sucedieron: Julio Venini, que estaba a cargo de la redacción; y Raúl Venini que tomó a su cargo la administración. Recuerda con gratitud el gesto de la familia Venini que afrontó los costos de su tratamiento cuando contrajo Fiebre Hemorrágica Argentina, en un tiempo en el que mucha gente moría a causa de esa enfermedad.

Más tarde fue parte del equipo de trabajo que continuó con Hugo Apesteguía. “El Diario se mudó a la Avenida y hubo muchos cambios. Todo se modernizó, más tarde llegó el Complejo y la historia que hoy conocemos”, prosigue.

 

Gustoso de la tarea

Reconoce que siempre le gustó su tarea de “archivero”, un trabajo que fue cambiando cuando comenzaron a usarse las computadoras. “Comenzamos a guardar textos y fotos  en sobres clasificados por personas o por temas, fue un proceso de mucha reconversión en la que algunas tareas dejaron de tener sentido. Yo siempre me adapté a los cambios y los tomé como aprendizaje”, sostiene. 

En el inventario de nuevas épocas, se fueron sumando otros periodistas. Juan menciona a Ramón Raimundo, Raúl de la Valle, Roberto Veros, Alvaro Kegay y tantos que escapan a su memoria.

“Ya estando en el Complejo y con la digitalización la tarea de archivar manualmente dejó de tener sentido, fue entonces que me pasaron a la rotativa”, cuenta y describe un trabajo totalmente distinto al que hacía. “Trabajo de noche, somos cinco en total, Joaquín González, Cristian Ferrari, Miguel Ligüere, Pedro Del Valle y yo. Preparamos bobinas, pasamos el papel, sacamos los diarios, intercalamos la edición, empaquetamos y colocamos los ejemplares en los casilleros de los canillitas y limpiamos las máquinas. Nos vamos prácticamente cuando el Diario está en la calle”.

La tarea que describe es parte de un engranaje complejo y cotidiano. Afirma que no le costó cambiar de tarea. “Siempre me amoldé a lo que tenía que hacer porque me gusta trabajar. No tengo problema si debo aprender algo, lo aprendo y trato de hacerlo lo mejor posible”. Esa frase lo define en una impronta que ha mantenido durante 50 años y que le vale el reconocimiento de quienes trabajan en distintos sectores del Diario.

Con todos ha encontrado el modo de establecer vínculos de camaradería. Recuerda las épocas en que se jugaban partidos de fútbol con diarios de la zona. Había que viajar a Rojas o a San Nicolás y los certámenes eran la excusa para despuntar el vicio con el deporte y para compartir “buenos asados” en la quinta que LA OPINION tenía en la calle Custodio Duarte.

También con los periodistas siempre se relacionó de buena manera. “Cuando empecé a trabajar en el Diario los periodistas que estaban eran como mis padres, aprendí  mucho de ellos porque yo era muy chico y 50 años atrás un poco ingenuo. Me enseñaron mucho. Aprendí a hablar, a relacionarme, a razonar y a ser una mejor persona trabajando en el Diario”, afirma convencido este hombre que a la par del trabajo conformó su familia, de la que está orgulloso.

 

Su universo personal

A los 18 años se puso de novio con Josefa Vallejos y siete años después contrajo matrimonio. Tuvieron tres hijos: Ana Julia (37); Juan Eduardo (36), casado con Andrea Barrios; y Florencia (25). Es abuelo de varios nietos: Marcelino, Camila, Ian, Valentina y Lautaro. Con ellos le gusta compartir su tiempo cuando no está trabajando y los disfruta a pleno.

Hasta los 60 años jugó al fútbol y de chico entrenó en el Club Juventud hasta que le propusieron enrolarse en la Liga y decidió no jugar más. Trabajaba incansablemente en aquel tiempo y la vida lo fue llevando por otros caminos. Es hincha de Boca y en la actualidad dos o tres veces por semana sale a trotar.

 

Una buena vida

Confiesa que con el trajín cotidiano hace perder de vista el transcurso del tiempo. En la vida personal y laboral está en condiciones de hacer un largo balance. “Uno no se da cuenta de cómo pasa el tiempo. Recién ahora estoy cayendo en la cuenta de que me falta poco para jubilarme, aunque prefiero no pensar en eso”. Elige disfrutar de un tiempo en el que aún está en actividad y con mucho para dar.  Y sobre el final, cuando ya casi llega la hora de poner la rotativa a funcionar, reflexiona: “El Diario me dio una buena vida, soy lo que soy gracias a LA OPINION. Soy una persona satisfecha”.