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Perfiles pergaminenses

José Corvata: un autodidacta de oficio carpintero que es dueño de joviales 93 años

José Corvata, en la intimidad de su casa, relató su historia de vida. (LA OPINION) José Corvata, en la intimidad de su casa, relató su historia de vida. (LA OPINION)

Desde muy joven descubrió su pasión por el trabajo con la madera y se formó en ese arte con dedicación. Viudo hace varios años, vive rodeado por el afecto de los suyos. Juega al tejo en el Parque Municipal y disfruta de rutinas simples.


José Nazareno Corvata tiene 93 años. Nació el 8 de octubre de 1924 en el campo “La Rabona”, perteneciente a El Socorro. Allí vivió hasta los cuatro años en que sus padres, Antonio e Inés, se establecieron en Manuel Ocampo. Creció en una familia de agricultores y fue el segundo de cinco hermanos. Tuvo una infancia feliz y sus recuerdos de aquel tiempo lo remiten a Manuel Ocampo, el lugar en el que vivió hasta los 22 años. Fue a la Escuela Nº 3. Como vivían en el campo, iba en bicicleta o en el zulky. “Estábamos a tres kilómetros del pueblo, así que tampoco era tan difícil llegar”, cuenta, tranquilo en el devenir de una charla en su casa. Está sentado en un sillón y se vale de su audífono para escuchar mejor. Nada delata la edad que tiene. Se lo ve jovial y activo. 

Desde chico tuvo vocación de carpintero y cuando creció tomó la determinación de formarse en ese oficio. “Cuando volví del Servicio Militar le dije a mi padre que me quería venir a Pergamino para aprender carpintería. Al principio él se opuso, pero finalmente aceptó”.

Un hermano de su madre era cuñado de Pedro Genoud, lo recomendó e ingresó como aprendiz en la carpintería. Ese fue su primer lugar de formación y de trabajo. “Allí comencé a trabajar como carpintero. Al principio iba como aficionado y no me pagaban. Hacía un gran sacrificio para llegar todos los días desde Manuel Ocampo”, cuenta. Recuerda un itinerario que suponía ir del campo al pueblo, dejar la bicicleta, tomar el tren, llegar a la estación del Ferrocarril y caminar hasta calle Ameghino.  Al mediodía almorzaba en calle Alberti, cerca del Club Sirio Libanés, donde una familia conocida le daba de comer. Con el último colectivo del día, regresaba a Manuel Ocampo.

“Los días que llovía yo tenía que ir de la chacra al pueblo a caballo. Ahí le ataba las riendas, le pegaba una cachetada y el caballo se volvía solo al campo”, menciona y relata que en esas circunstancias solía quedarse en casa de esa familia que le daba refugio.  A los tres meses de estar aprendiendo, comenzaron a pagarle por su trabajo. También le dieron un espacio para dormir en el galpón donde se guardaban las maderas. “Me fabriqué un cuartito en una especie de altillo que cubrí con unas lonas y ahí viví durante un año”.

Luego de un tiempo, su empleador le señaló que debido a la merma en el caudal de trabajo lo iba a tener que suspender. José recuerda que sintió temor de no poder pagar la pensión en la que entonces iba a almorzar y cenar. Le pidió unos días más para reacomodarse. “A poco de esa conversación, un sobrino de Don Pedro Genoud que se iniciaba en la fabricación de colmenas me fue a ver y me convocó para trabajara con él. Funcionaba en el mismo lugar que la carpintería. Estuve un año allí hasta que empecé a trabajar como carpintero de manera independiente”.

Admite que por entonces no tenía todos los elementos necesarios, por lo que comenzó a estar en relación de dependencia con un señor que vendía muebles provenzal. “Me convocó para armar, y acepté porque eso me permitía asegurarme un ingreso”.

La casa propia

Siendo muy joven, a diario pasaba por una casa vieja que se vendía. La compró y ese fue el lugar que utilizó para armar los muebles. La refaccionó y de a poco fue armando en ese espacio su hogar. Es su casa desde entonces. Una propiedad en el barrio Martín Illia que conserva con dedicación y esmero. Allí aún está instalado su taller y es donde José pasa sus días, rodeado por los suyos. “Cuando la compré saqué un crédito hipotecario para remodelarla, así fuimos construyendo este lugar en el que vivo. Era 1956 y siempre me acuerdo que un día vino el inspector del banco para darme el final de obra y me ofreció ampliar el préstamo por todas las cosas que le había hecho. Me dieron 10 mil pesos, que era una fortuna y así fue que armé el galpón donde realicé mis trabajos de carpintería”. Con orgullo cuenta que pudo comprarse las máquinas y ser el carpintero que soñó.

Se define como un autodidacta y no sabe de dónde surgió su vocación. “Sinceramente no sé de dónde me viene la pasión por la carpintería, pero yo recuerdo que siendo chico armé unos marcos con un serrucho y un cuchillo”.

Toda la vida fue carpintero y hoy está jubilado.

La familia

Cuando tuvo lista su casa propia se casó con su novia de toda la vida. “Estrenamos la casa con la señora. Nos casamos en Manuel Ocampo y aquí nacieron nuestros hijos”, relata.

Ella era de Manuel Ocampo, María Luisa Marín. Falleció hace catorce años. En varios momentos de la entrevista la menciona y define como una compañera incondicional. El tenía 32 años cuando contrajo matrimonio, pero refiere que tuvieron un noviazgo de muchos años. Se conocían uno al otro como nadie. “Cuando yo empecé a trabajar con el taller en casa, un día me dijo: ‘No puede ser que te sacrifiques tanto y yo esté de brazos cruzados’. Entonces a través de su cuñada, la llevó a trabajar gratis en el Hospital. La cooperadora, viendo sus condiciones la ocupó. Más tarde le llegó el nombramiento; se recibió de enfermera y trabajó en el nosocomio hasta jubilarse”.

Tuvieron dos hijas: Beatriz y Graciela. Ambas están casadas y José afirma que tiene dos yernos excelentes: “Jorge y Marcelo”. Es abuelo de cinco nietos: Ana Clara, Diego, Silvina, Camila y Valentina. Todos viven en Pergamino. “Soy muy joven para tener bisnietos”, bromea.

Asegura que nunca está quieto, “Siempre encuentro algo para hacer en mi casa, las plantas, las puertas, el parrillero, el cable de los electrodomésticos”.

Fabricar cuerdas de piano

Tiene innumerables anécdotas. Y habilidoso como ha sido con sus manos y con su ingenio, entre ellas menciona que fabricó una máquina para hacer cuerdas de piano. “Nunca nadie me enseñó ni sé de dónde vino mi idea; pero cuando la probé no tuve que corregir nada y descubrí que era idéntica a las mejores. Jamás tuve explicación para eso”.

José toca el acordeón y su esposa era bandoneonista. “La primera cuerda que hice se la regalé a mi maestro de música, y me dijo que era perfecta”, refiere este hombre que se define como un autodidacta y un inquieto.

“Hice algunas para músicos que me pidieron, para mi profesor, para mi propio piano, para el hermano del doctor Bomarito, para Tejedor, un concertista conocido y para José Colombo”, agrega.

La música le gusta desde siempre y el recuerdo lo lleva a su esposa. “Ahí nos conocimos con la novia, en Manuel Ocampo, cuando yo estudiaba acordeón y ella bandoneón”. Nunca tocaron juntos, pero la música los unió desde el comienzo. “Yo salía a tocar con los muchachos en alguna fiesta, pero nunca profesionalmente. Hoy toco de vez en cuando, pero me desconcentro un poco cuando me escuchan”. 

El tejo y los amigos

José tiene una rutina diaria de la que disfruta: va al Parque Municipal a jugar al tejo. Integra el Club Amigos Tejo Pergamino desde que se fundó y llegó allí a través de un amigo. Es sociable y divertido. Una vez al mes comparten una peña en la que celebran los cumpleaños. Le gusta el tiempo compartido con sus pares. Se va en colectivo y cuando lo pierde, camina. Asegura que es una rutina saludable. Lo acompaña la salud y con eso se sabe afortunado. “La salud y mi familia son lo mejor que Dios me ha dado”, resalta cuando promedia la entrevista.

Tiene innumerable cantidad de amigos y jamás se siente solo. “Si estás en tu casa, te visitan, tenés una mascota o plantas, no podés sentir soledad”, afirma. Y esa apreciación lo define. Le gusta Pergamino y le gusta su barrio. “Participé de la Comisión de Fomento de Martín Illia y fui parte de un grupo que logró muchas cosas. También fui delegado del Club Juventud Obrera de Manuel Ocampo ante la Liga de Fútbol. Siempre me gustó participar”.

Ha sido un viajero y cuando habla de ello vuelve el recuerdo de su compañera: “Ahora que ella ya no está, viajo con mis hijas. Con la señora no pudimos cumplir el sueño que teníamos de ir a Ushuaia, pero fui con las chicas; y al año siguiente nos fuimos a las Cataratas porque amo viajar en avión”.

Cuando la entrevista casi termina, asegura que detrás de su vida está la mano de Dios. “Soy un afortunado de tener la familia, los amigos y la salud que tengo. No me hace falta nada más”. 

Al finalizar la charla recorre su patio, donde están sus plantas y objetos creados por él. En el fondo está el taller donde forjó su oficio. Fuera de la entrevista confiesa que come de todo, toma vino en las comidas y disfruta del lemoncello que él mismo elabora. Está encantado de vivir y eso se nota en su rostro, en lo que expresa y en el modo en que asume el transcurso  del tiempo, rindiendo culto a las cosas sencillas de la vida y a las verdaderas. Ese quizás es el secreto de la longevidad bien entendida.