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Perfiles pergaminenses

Héctor “Beto” Elías: uno de los hacedores de Specktra, la confitería bailable que marcó una historia

Héctor Alberto Elías, junto a sus nietos Mateo y Matías, dialogó con LA OPINION. (LA OPINION) Héctor Alberto Elías, junto a sus nietos Mateo y Matías, dialogó con LA OPINION. (LA OPINION)

Junto a su socio Juan Carlos Atia dio vida a un emprendimiento comercial que fue leyenda. Hoy, retirado de la actividad recreó su historia de vida. Habló de su familia, de los éxitos y de las pérdidas y confesó su deseo de que “el boliche” vuelva a ser lo que fue, “para no verlo morir”.


Héctor Alberto Elías, “Beto” es el apodo que lleva desde niño. Nació en el barrio Acevedo. Hijo de Roberto Elías, ferroviario, e Irma Di Biasi, ama de casa. Fueron tres hermanos. El fue el mayor. Recuerda su infancia en calle Corrientes. De la niñez guarda los mejores recuerdos. Cuenta que desde muy chico comenzó a trabajar. A la par de su tarea ferroviaria, su padre tenía una sodería y fabricaban la bebida “la bolita”. “Beto” comenzó a trabajar con él a edad temprana. La fábrica funcionaba en la casa de sus abuelos. “Con el transcurso del tiempo alquilamos una quinta y agregamos productos de limpieza”, relata.

El comercio fue su primera experiencia laboral. Después trabajó en Annan de Pergamino, donde llegó a ser jefe de planta en Centenario. Trabajó allí durante 20 años. Más tarde, en la fábrica Wrangler, donde estuvo 2 años. “Yo ya me venía independizando, ya tenía un taller de costura propio en avenida Illia 1829. Había nacido en la localidad de Acevedo, de hecho la firma era ‘Confecciones Acevedo’, porque cuando las grandes fábricas estaban en marcha, era muy difícil conseguir mano de obra calificada en la ciudad y había que irse a los pueblos y eso hice”, cuenta.

Ese fue el origen de su taller propio y el rubro de la confección fue una tarea en la que se consolidó y a la que estuvo vinculado durante mucho tiempo. “Siempre fui un emprendedor. Tuve un negocio  en el que comercializábamos lo que confeccionábamos en el taller. En Pergamino tuve un local al lado de la inmobiliaria Borettini, y también tuvimos  comercios en otras localidades como Munro, en la calle donde estaban las principales marcas”, refiere. Asegura que en esta actividad le fue muy bien. Creció económicamente con la firma Elder S.A. La marca Starwar fue el sello que le imprimió a la producción. “Fueron muchos años de trabajo con mi socio de toda la vida, Juan Carlos Atia, y con eso fuimos haciendo el boliche”, resalta con referencia a Specktra.

La gran aventura

Dar forma a la idea del boliche fue motivo de grandes aventuras que relata minuciosamente en la entrevista. Recuerda que se enteraron que se remataban los terrenos sobre los cuales construyeron la confitería estando en una quinta que tenían con su socio en Luar Kayad.  “Era todo un baldío. Estábamos en la quinta y le pedí que me acompañara a comprarlos. Fui y compré el primer terreno y como no entendía mucho lo que necesitaba en metraje para hacer lo que yo quería hacer, llamé al arquitecto Jorge Rocchi. Me dijo que no me alcanzaba, así que compré como una manzana y arrancamos con el proyecto”.

Asegura que siempre supo que lo que quería construir era una confitería bailable. Fantaseaba que pudiera servir en el futuro para otros usos, pero desde el comienzo tuvo claro el objetivo: tenía que ser un lugar distinto a lo conocido y marcar un hito.

“Esa confitería que inauguramos en 1984 fue un furor que marcó la noche de generaciones enteras”, afirma emocionado y cuenta que la actividad se sostuvo hasta 2008.

No recuerda bien la fecha en que le tocó desprenderse de ese emprendimiento. “Yo quería hacer un boliche bailable pero que fuera novedosos, veía los que funcionaban acá y eran una lágrima”, menciona. Comenta que viajó y recorrió los mejores boliches de Buenos Aires tratando de tomar ideas. 

“Reconozco que renegué bastante para tener el proyecto, recuerdo que llegué a enojarme para que me entregara ese boceto que diera forma a lo que soñábamos. Finalmente lo conseguí”. Y puso manos a la obra. “Me acuerdo que por entonces yo seguía trabajando en Wrangler y tenía la quinta. Allí juntábamos a todos nuestros conocidos y les mostrábamos los planos. No hubo nadie a quien no le gustara la idea, así todo comenzó a tomar forma, encargamos los planos y nos pusimos a trabajar a destajo para que la obra avanzara y para conseguir el dinero que necesitábamos”. 

En dos años la confitería estuvo terminada en su estructura inicial, conformada por el frente de la confitería y Acrópolis. Inauguraron en febrero, después hubo una ampliación que fue la que terminó dando forma a la pista “del movido”; y más tarde se armó La Cabaña. “Cuando comenzamos a funcionar quedaba mucha gente afuera, así que eso nos motivó a agrandar el lugar. Construimos la parte nueva, que fue la pista del movido. La parte de adelante, con dos pistas, era para los lentos”.

A poco de comenzar a funcionar, el lugar se transformó en el elegido por todos.  “Venía gente de todos lados, de Buenos Aires, de Córdoba”, recuerda “Beto”.

“Para mí era un orgullo haber sido la persona que pensó hacer algo tan grande”, afirma y sostiene que Specktra fue “el proyecto de su vida”.

“Como proyecto, hoy mismo, hablás de Specktra y  todo el mundo la conoce. Las mejores confiterías de Bariloche venían a copiarnos a nosotros. Fuimos inspiración para muchos”, agrega.

El show de rayo láser que caracterizaba las fiestas del boliche marcó un hito. “Beto” recuerda que junto a Félix Giovanoli, un colaborador que se encargaba de la parte eléctrica en la confitería, viajó a Alemania para comprarlo y refiere que no se lo querían vender cuando supieron el uso que pensábamos darle. “Temían que por la potencia pudiéramos causarle algún daño a la gente, pero eso nunca sucedió porque proyectábamos de una manera que no generaba ningún riesgo. Tiempo más tarde el responsable de la firma a la que se lo compramos vino al boliche para ver cómo funcionaba”.

Cuando refiere el origen del nombre del boliche, cuenta que fue el arquitecto Jorge Rocchi quien le dio identidad pensando en un concepto “fantasmal” e imponente. “Por noche entrababan  6 ó 7 mil personas y en las fiestas hasta doce mil, cuando funcionaba el parque que llegó después, cuando seguimos comprando terrenos”, añade.

Su socio

En varios momentos de la entrevista Héctor hace referencia a su socio Juan Carlos Atia, a quien define como “un hermano que le dio la vida”.

“Siempre trabajamos juntos, y fue una persona que me acompañó en todas las decisiones, lo mismo que hizo su familia cuando él ya no estuvo”, menciona y señala que se habían conocido trabajando en Annan y no se separaron más. 

Un ritmo enloquecedor

A medida que el boliche se fue consolidando, la propia respuesta de la gente fue la que marcó el crecimiento. “Beto” cuenta que “había que estar todo el tiempo”.

“Yo al principio seguía trabajando con el tema de la costura y mantenía mis actividades comerciales, pero después me fui quedando solo con Specktra porque implicaba una gran responsabilidad.

“Era una actividad que demandaba mucho tiempo, porque los padres depositaban en nosotros mucha confianza cuando mandaban a los chicos al boliche. Recuerdo que teníamos un auto que hacía el recorrido desde la confitería hasta pasando el Arroyo, acompañándolos cuando se volvían a sus casas”, menciona recreando un momento en el que muchas generaciones de adolescencia asistían cada fin de semana a bailar allí.

Otros emprendimientos

De la mano de Specktra nacieron otros emprendimientos comerciales. Así nació la empresa de turismo estudiantil, que realizaba viajes a Carlos Paz y Bariloche y  el lugar que adquirieron en Viña para instalar un espacio pensado para la realización de campamentos de los que participaban los chicos con coordinadores previo a los viajes de egresados. “Eramos una empresa chica pero logramos imponernos e incluso correr del mercado local a grandes como Río”, señala.

También Radio City fue  hija de Specktra. “Yo no la quería, pero Jorge Calvigioni que era el DJ de Specktra y una pieza fundamental, me insistió con ese emprendimiento porque era importante para el boliche. La armamos, se instaló y ahora la trajimos a casa”, relata.

 “Siempre trabajé con gente que me respondió. Yo les decía: ‘Copien y aprendan’ y hoy me da mucha satisfacción ver que cada uno en lo suyo ha conseguido hacerse un nombre propio. Menciona a Claudio Albarenque y Luis Bataglino, dos personas que “se hicieron en Specktra” y en ellos a tantos otros que trabajaron incondicionalmente.

Una decisión difícil

Asegura que cerrar la confitería fue una decisión difícil de tomar. No recuerda exactamente la fecha en que eso sucedió y habla del tema aún con la emoción que le genera. “Sinceramente no recuerdo a ciencia cierta cuándo fue que decidimos cerrar. Sé que fue cuando empezamos a ver que había cosas que no podíamos imaginar y generaba un cansancio agotador. No es que hubiera cambiado el negocio de la noche, solo que nosotros no queríamos entrar en cosas que no debían ser. La droga comenzó a avanzar y ahí dijimos ‘basta’. Tomé la decisión cuando Specktra había cumplido un ciclo. La cerré en su esplendor y hasta el día de hoy me pregunto qué empresario hace eso”. Se le llenan los ojos de lágrimas cuando recrea ese tiempo. Aunque luego lo alquiló y el lugar reabrió sus puertas por períodos esporádicos, ya nunca volvió a ser el mismo.

“No es fácil manejar un lugar así. El secreto es la disciplina. Veía a los otros bolicheros que tenían dos o tres mujeres y vivían de joda. Yo tenía claro que ponía un negocio para ganar dinero, no para estar de joda”, asevera.

Un pilar

Afirma que su familia fue el pilar que lo sostuvo. Contó siempre con el apoyo incondicional de su esposa Mirta Elena Spinelli y de sus hijos: Javier, que falleció en un accidente a los 16 años; y Alejandra, que está casada con Gustavo y tiene dos hijos: Mateo y Matías.

Habla con profunda tristeza de la muerte de su hijo y asegura que fue la pérdida más irreparable de la vida. “Me tumbó, y cuando eso sucedió dije: ‘No hago más nada’. Fue un dolor inmenso que nunca se supera del todo. Ese día me di cuenta que el dinero no sirve para nada”.

El anhelo

Hoy “Beto” lleva una vida “absolutamente tranquila”, lejos del trajín de la actividad empresarial. Tiene 68 años y confiesa que se aburre un poco en las rutinas sencillas. Acostumbrado a llevar adelante actividades de mucha responsabilidad, hoy descansa y disfruta de ver crecer a sus nietos. 

Los mira cuando habla de sus sueños: “Estoy retirado, pero anhelo con poner en marcha Specktra. No quiero verla morir a Specktra, porque sería una ofensa a mi mismo ver que eso quedó tirado ahí. Quiero que reviva con fuerza. Estoy esperando que los nietos crezcan y puedan tomar la posta”, concluye, esperanzado. En ellos ve el futuro.