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Perfiles pergaminenses

Daniel Godachevich, las experiencias del arbitraje de basquetbol y una vida vivida intensamente

En su casa, rodeado de los recuerdos del basquetbol, una de sus pasiones. (LA OPINION) En su casa, rodeado de los recuerdos del basquetbol, una de sus pasiones. (LA OPINION)

 

Es un pergaminense reconocido en el ámbito del deporte y de la política. Ejerció el referato en tiempos gloriosos del basquetbol local, nacional e internacional. Eso le dio grandes satisfacciones. También ejerció cargos públicos de enorme responsabilidad. Hoy en la intimidad de su hogar hizo un recorrido por su historia.


Daniel Raúl Godachevich es un pergaminense conocido por su trayectoria, tanto en el plano del deporte como de la función pública. Durante gran parte de su vida fue árbitro de basquetbol, lo que le dio grandes satisfacciones y le permitió conocer varios países del mundo y ver jugar a los mejores. En el plano político, de pertenencia radical, fue subsecretario de Inspección General y más tarde responsable de la Estación Terminal de Omnibus durante la gestión del exintendente Héctor Gutiérrez. Mantuvo su cargo en el primer tramo del gobierno del intendente Javier Martínez hasta que, hace poco más de un año, se jubiló. Actualmente colabora con el encargado de la Terminal, pero ya no lo hace laboralmente sino por su vocación de “estar en actividad y ocupar el tiempo en algo útil”.

La entrevista se desarrolla en su casa en calle 25 de Mayo, donde vive desde hace muchos años. Está casado con Mónica Paz, docente jubilada. Es padre de tres hijos: Augusto, casado con Ana Vigo; Daniela, casada con Jorge Dubra y Nadia que es soltera y vive en Barcelona. Es abuelo de Frida, Ovidio, Francisco y Lorenzo, a los que ama con toda su alma.

Hace un tiempo sufrió un accidente cerebrovascular y más tarde debió someterse a dos intervenciones quirúrgicas que condicionaron su salud. Sin embargo, se lo ve activo y jovial. Se lleva bien con el transcurso del tiempo y lo refiere en la charla.

En el inicio habla de su infancia y de sus padres: “Nací el 12 de octubre de 1945 en Pergamino, en la casa de la partera Riera, en Doctor Alem y San Martín. Nosotros vivíamos en Bartolomé Mitre entre Doctor Alem y Alberti y más tarde nos mudamos aquí, en 25 de Mayo al 600. Mi padre fue Agustín, que falleció a los 59 años; y mi mamá es Elsa Dora Constantino, que tiene 98 años. Tuve una hermana, Alicia, mayor que yo.

“Mi papá era repuestero y tuvo una de las primeras casas del rubro que funcionaron en Pergamino: Gomaco, estaba en avenida Julio A. Roca 122 y tenía una sucursal en Avenida Roca al 1200”, cuenta.

Refiere que desde chico fue “fierrero”, una pasión que heredó de su padre, y recuerda que con 6 años competía en las carreras de “autos a pedal” que se hacían en la Avenida, entre Estrada e Italia, en la Casa Otto. “Estaban Hugo Dinardo, el gringo Valdez  y tantos otros”. En su juventud mantuvo la pasión por los autos, corrió en algunas categorías e incluso llegó a competir en moto. “Fue una sola carrera porque me caí, y desistí”, relata.

Fue a la Escuela Nº 2, más tarde al Colegio Nacional, Comercial y terminó en el Comercial nocturno, en la segunda promoción de ese establecimiento.

Las vivencias de su juventud llegan al relato de manera natural y describe un tiempo “muy distinto al de ahora”. “La vida pasaba por el club, íbamos a Corcho’s, en el esplendor de esa confitería, se hacían bailes en el Club Gimnasia y Esgrima que organizaba una comisión para Navidad, Año Nuevo y Reyes”.

 

El basquetbol

A temprana edad empezó a jugar al basquetbol en el Club Sports, en mini básquet. Más tarde jugó en el Club Gimnasia y Esgrima y luego en Comunicaciones. Nunca lo hizo profesionalmente. “Fui siempre un mal jugador, usaba la casaca 99 en Mini B. Un día Atilio Saint Julien me sugirió que me pusiera a dirigir y me puso de réferi. Ahí comenzó mi entusiasmo por el referato”.

Lo que empezó casi por casualidad, se transformó para Daniel en un medio de vida. Se fue formando y creciendo en esa labor que requiere de disciplina y ecuanimidad. “En el referato uno se va formando de a poco. Empecé a dirigir cuando tenía 12 años a nivel local y no dejé de hacerlo hasta los 52”, relata. 

En 1977, cuando la presidencia de la Asociación de Basquetbol estaba a cargo de “Yuyo” Jaunarena, en Junín en un Provincial aprobó para árbitro de la Provincia de Buenos Aires. “Después de muchos años me recibí de árbitro nacional en Zárate y eso me permitió dirigir torneos argentinos y trabajar a otro nivel. Cuando vinieron los norteamericanos a Pergamino fue cuando fuimos creciendo, fue una época gloriosa”.

Recuerda el partido de la Selección Argentina con Comunicaciones con “Pochi” Raggi de director técnico y dos norteamericanos, que dirigió con Balbi. “En una época dirigíamos de  lunes a lunes a estadio colmado”, rememora.

“El basquetbol me dio todo. Cosas muy lindas. Yo le debo mucho más al basquetbol de lo que el basquetbol me debe a mí. En 1991 rendí en Paraguay para ser árbitro internacional y eso me dio muchas posibilidades de dirigir la Liga Nacional y de viajar por muchos lugares. Eramos profesionales y tuve la suerte de dirigir en toda Sudamérica, España, Italia y en Grecia, donde dirigí un mundial de basquetbol en 1995. Esa fue una de las experiencias más lindas que me dio el basquetbol y la otra es haber dirigido en Bahía Blanca a Magic Johnson cuando vino a la Argentina”.

Se retiró del arbitraje a los 52 años y luego de haber dirigido 15 ligas nacionales de ese deporte. Lo cuenta con orgullo y en su casa hay un rincón en el que conserva recuerdos de esas vivencias.

 

Multifacético

A la par de su periplo en las canchas del basquetbol, su vida laboral se fue estructurando de distintas maneras. “Cuando falleció mi papá yo seguí con la casa de repuestos durante mucho tiempo. A su vez tenía una fábrica de plásticos en la que hacíamos los  juguetes ‘Jugal’; éramos socios con Pascual Serra y también fabricábamos cucharitas de helados que vendíamos a distintos comercios. En Pergamino le vendíamos a La Fe y afuera a Frigor y Nestlé”. Cuando cerraron la fábrica con su cuñado fueron distribuidores de zapatillas “Panam”. También tuvieron un supermercado en Bartolomé Mitre y 25 de Mayo. “Siempre en paralelo con el basquetbol”, aclara.

Su otra pasión fue la apicultura y se dedicó al rubro con “Pancho” Trepat. Fue agente de seguros y realizó infinidad de tareas. “Nunca bajé los brazos ni me dí por vencido en nada”.

Emprender lo define. “Tuvimos el tercer video club de Pergamino, se llamaba ‘Veo Veo’ y funcionaba en Bartolomé Mitre y 25 de Mayo sobre la mano derecha. “En 1978 tuve a cargo la confitería bailable ‘Phoenicia’, de ‘Cáscara’ Villanueva y ‘Lalo’ Solá”.

 

En la Liga Nacional

Cuando terminó de dirigir, amigos que tenía en Buenos Aires lo convocan para trabajar en la Liga Nacional como director. Allí se recibió como instructor Fiba América para tomar exámenes y preparar árbitros de habla hispana. “Estuve en Buenos Aires durante ocho años, vivía allá de lunes a viernes y me venía a Pergamino los fines de semana”.

Cuando terminó esa experiencia, fue tiempo de comenzar una nueva etapa. De regreso a Pergamino recibió el ofrecimiento del entonces intendente Héctor Gutiérrez para desempeñarse como subsecretario de Inspección General. Daniel era radical y había militado en las campañas. “‘Cachi’ se enteró que me volvía y me convocó para que lo acompañara en la gestión”. Le ofreció la Subsecretaría de Inspección General, cargo que ocupó durante seis años y ocho días. Cuando dejó ese cargo se fue a trabajar a la Terminal.

“Cuando ‘Cachi’ se fue seguí con Omar Pacini y más tarde con Javier Martínez hasta que me jubilé. Hoy solo voy a colaborar con Esteban Terzzoli (en la terminal), sin sueldo ni obligación. Es para estar entretenido”.

 

Su familia

Asegura que su familia fue y es su gran pilar. A su esposa la conoció llevando al jardín de infantes a sus sobrinos Fernando y Victoriano. Ella era maestra jardinera en el Jardín San Vicente. “Una amiga de apellido Del Piano me hizo ‘gancho’ y tiempo más tarde nos pusimos de novios luego de que ella un día fue a comprar juguetes para las fiestas en la fábrica de plásticos que yo tenía”.

Vive en la tranquilidad de sus rutinas. Le gusta madrugar, desayuna y se va a la Terminal donde charla con amigos y lee el diario. Va a la kinesióloga tres veces por semana y por la tarde vuelve a salir de su casa y siempre encuentra algo para hacer.

A su esposa le gusta mucho viajar. El prefiere ya no hacerlo. Se respetan en esas diferencias. “Con el paso del tiempo la clave está en respetarse. Siempre nos acompañamos mucho”. Ese vínculo se afianzó aun más con los problemas de salud que lo afectaron. El ACV llegó el mismo día que asumió el Papa Francisco. Más tarde una operación de rodilla y una intervención de columna. “Mónica siempre estuvo al lado mío, fuimos muy compañeros y nunca discutimos. Cuando yo estaba en Buenos Aires atendiendo mi salud, ella estaba en la política; nos hablábamos todos los días. Fue y es una gran compañera, no tengo  nada que decir”. Se define como un “pergaminense de ley” y asegura que no hay lugar como éste para vivir. En lo cotidiano se refugia en su vida familiar y conserva amigos de toda la vida.

Ya no milita. Después de dejar la gestión, se fue alejando. Lo que no perdió es su sensibilidad ante las necesidades del prójimo: “Si alguien necesita algo, ayudo y doy una mano en la medida de mis posibilidades, me gusta el contacto con la gente y eso me ha dado muchas satisfacciones”.

Ya no tiene asignaturas pendientes. “En la vida hice todo lo que quise. Nunca me quedé quieto”. Se lleva bien con el transcurso del tiempo y sabe sobrellevar la adversidad.

Se define como un “tipo tranquilo” pero reconoce que no le gustan las injusticias. “Eso hace que por ahí ‘explote’ algunas veces, pero son las menos. Por regla general y quizás por mi condición de ser de Libra siempre trato de buscar el equilibrio, de bajar los decibeles  y apaciguar”.

En un momento de la conversación vuelve sobre los afectos. Se emociona al hablar del deterioro de su madre en la vejez. “Es muy triste verla en el estado que está. Lamentablemente está en un geriátrico, ya casi no me reconoce. Es muy duro verla, me destroza”. 

Se ilumina al mencionar a sus nietos: “Cuando llega un nieto te das cuenta cómo te cambia la vida. Trato de compartir el tiempo con ellos. Me dan mucho amor”.

Aprendió con los años que los hijos son “de la vida” y cuando crecieron supo “dejarlos volar”. Igualmente tiene para con ellos una mirada atenta y generosa en el amor que les brinda.

 

Sobre el final de la entrevista, la condición de hijo, esposo, padre y abuelo confluyen en el testimonio de un hombre que vivió y vive la vida intensamente sin perder la sensibilidad frente a lo esencial. Sonríe cuando habla de los suyos y sus ojos se iluminan cuando la mirada va sobre los recuerdos. Así concluye la entrevista, entre risas, aprendizajes y recorrido por las cosas simples, esas que en el balance quedan.