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Perfiles pergaminenses

Daniel Gandino: el perfil de un hombre que ama la ciudad en la que vive

Daniel Gandino, junto a su colección de “autitos”, en su casa, recreando su historia de vida. (LA OPINION) Daniel Gandino, junto a su colección de “autitos”, en su casa, recreando su historia de vida. (LA OPINION)

Por sus diversas actividades se transformó en un conocedor de las calles de Pergamino. Fue empleado de correos, hoy tiene un emprendimiento familiar dedicado al alquiler de vajilla para eventos. Durante años por su taller pasó una innumerable cantidad de clientes necesitados de “desabollar” sus vehículos. Una historia de vida simple, bien pergaminense.

Daniel Alfredo Gandino tiene 67 años. Es pergaminense, nació en el barrio Trocha, en calle San Juan, donde vivió hasta los 6 años en que se mudó al lugar en el que vive actualmente, en Somoza y Colombia. Ahí está su vida. “Esta casa es de un plan de viviendas que se hizo en la época de Perón, mis padres accedieron y desde entonces viví en el mismo lugar”, refiere en el comienzo de la entrevista que se desarrolla en el comedor. Es  hijo de Alfredo y Nélida y hermano mayor de Jorge. “Mi padre era empleado del Correo y mi madre ama de casa. Ambos fallecieron jóvenes”, agrega y los recuerda con la emoción que sienten los hijos cuando recrean la memoria de sus padres.

Tuvo una infancia feliz, y guarda en sus retinas y acerca al relato las postales de otro Pergamino: “Parece mentira que mis ojos hayan visto tanto”, exclama cuando cuenta que frente a su casa, en una zona hoy completamente poblada, solo había un monte de eucaliptus. “Cuando vinimos al barrio era una selva. Había un caminito cruzado que salía a Ecuador y la Avenida, donde funcionaba el primer almacén de la zona. Pasaban arreando las vacas que llevaban al matadero, andaba un carro vendiendo verdura. Otro Pergamino,  había que irse chapaleando hasta la Avenida porque no había pavimento. Recuerdo que mi papá se iba con la bicicleta al hombro hasta la Avenida para ir al Correo”.

Fue a la Escuela Nº 41, que funcionaba en Ecuador y Santiago del Estero, que hoy es la Escuela Nº 62. “Yo terminé en el viejo edificio y a los pocos meses ya se trasladó la escuela al actual inmueble”.

A los 15 años gracias a su papá consiguió entrar a trabajar en el Correo. Ese fue su primer empleo. Allí fue mensajero y cartero. “Desde esa edad anduve en la calle. Conocía Pergamino de punta a punta porque salíamos a repartir la correspondencia. Caían telegramas y cartas. El Correo se manejaba con el sistema de telégrafo”, refiere, cuando menciona sus anécdotas de su primer empleo. Aparecen lugares, reseñas, nombres y anécdotas. Todo vinculado al profundo amor que Daniel siente por su ciudad.

 

El mundo de los autos

Varios años más tarde renunció y cambió de oficio. Siguiendo su pasión por los autos con su cuñado, Ricardo di Santo,  entró a trabajar en la agencia Citroën, haciendo chapa y pintura. “Trabajamos hasta que cerraron las puertas y mientras estaba trabajando ahí hubo una tormenta de piedra muy grande en Pergamino y hablaban de los famosos ‘sacabollos’ que eran los que sacaban los abollones de los autos con unos palitos. Vinieron a trabajar y se instalaron en la agencia. Como yo estaba cerca del sector en el que ellos trabajaban comencé a observar cómo lo hacían y no lo podía creer. Nosotros por semana cobrábamos cinco pesos y ellos se llevaban quinientos. Un día se fueron y me propusieron hacerlo a mí. Recuerdo que probé con el auto de un conocido y me salió bien y desde entonces ese se transformó en mi oficio”.

Junto a su cuñado pusieron un taller y trabajaron en sociedad desde entonces. Hoy Daniel  está jubilado, pero de vez en cuando toma algún trabajo menor. “Es más fuerte que yo”, confiesa.

Asegura que su trabajo fue “una pasión” y lo compara con lo que siente un médico cuando salva a un paciente: “Yo veo un auto nuevo cero kilómetros con una pintura que es increíble y tiene un bollo, para el dueño del auto es como tener clavado un puñal y la satisfacción de poder llevarle al lugar ese bollo y que no se note y que la persona venga y no lo vea más, es un privilegio. Es un oficio de artesanía pura y lo hago con pasión”.

 

En el barrio

Casi todo lo que sucedió en su vida, está asociado al barrio. Allí conoció a su esposa. Fueron vecinos desde siempre y cuando crecieron se pusieron de novios y se casaron. Hace 35 años que están juntos. Ella se llama Graciela di Santo. “Eramos vecinos, nos criamos juntos desde que nos vinimos a este barrio. Yo tenía 6 años y ella 2. Transitamos nuestra infancia juntos, después nos enamoramos. Hace 35 años que estamos juntos, no tuvimos hijos, pero tenemos sobrinos y sobrinos nietos que alegran nuestra vida”.

Tienen cinco sobrinos: Nadia, María Soledad, Gastón, Brenda y Bernardo. También once sobrinos nietos, de los cuales Jeremías y Ernestina se han criado prácticamente con ellos.  Confiesa que no haber tenido hijos no fue una elección. “Hicimos todo lo posible, pero no pudo ser”, afirma y enseguida vuelve la conversación sobre  la riqueza de la vida compartida, sobre la base del compañerismo y un amor entrañable que supo perdurar. Daniel es un cultor de la familia y los afectos. Tiene innumerable cantidad de amigos. Cuida de su suegra Mercedes que vive al lado de su casa. “Si abrimos una puerta, ambas viviendas se transforman en una sola”, afirma describiendo la cercanía. Con ella pasan gran parte del tiempo cotidiano. También le gusta pasar horas hablando con su tía Elba que, con más de 90 años, es dueña de una lucidez admirable, siempre dispuesta a recrear historias de Pergamino y compartirlas con él.

Valora la relación con su familia, con los amigos de la vida y resalta la importancia de las vivencias del barrio. “Los vecinos acá eran como familia, uno iba y se quedaba a dormir”. Esas amistades de barrio son inolvidables, algunos fueron tomando otros rumbos, otros fallecieron. Algunas cosas con los años se fueron perdiendo, pero en el recuerdo siempre quedan.

“Como toda la vida anduve en la calle, siempre estuve conectado con mucha gente y tengo muchos amigos. Con algunos vamos a cenar, pero en general mis salidas son en familia”.

 

Un emprendimiento familiar

En la actualidad con su hermano se dedica a alquilar vajilla para eventos. Se trata de un emprendimiento familiar que sostienen como “un extra” y que le permite estar en contacto con la gente y seguir recorriendo la ciudad. “La gente nos llama para alquilar, nosotros les llevamos lo que necesitan. Eso hace que recorramos Pergamino todo el tiempo, la zona de quintas, los barrios privados, andamos por todos lados”, comenta. Disfruta de lo que hace y a todo le pone su impronta.

 

El ciclismo

A la par del trabajo, Daniel se define como un amante del ciclismo. Y de hecho compitió durante un tiempo y estuvo vinculado a la actividad junto a su hermano. “Yo ya estoy retirado, pero me gusta el ciclismo. Mi tío tenía una bicicletería en Bartolomé Mitre y Merced, así que como familia estuvimos muy vinculados a ese deporte.

“Antes la única bicicleta que existía era la de carrera y se usaba para correr en circuitos o en la ruta. Después aparecieron otro tipo de bicicletas, las que te permiten andar por caminos rurales y generar otro tipo de eventos”, refiere.

 

Su colección

En el living de su casa, apenas uno traspasa la puerta, en una vitrina prolijamente ubicados están los autos de colección que Daniel atesora. Son juguetes perfectamente cuidados que imitan los modelos originales de los vehículos de distintas épocas. “Empecé comprando algunos y me fui entusiasmando. Ahora ya no los puedo comprar porque un autito de estos vale como mil pesos. Pero dos por tres le agrego alguno a la colección. Tengo autos y una colección de motos completa que venía con ediciones de una revista. Son pequeños gustos que me doy”, señala.

 

Bien de Pergamino

Sobre el final de la charla, cuando la conversación hizo un recorrido por los principales acontecimientos de la vida, confiesa que Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir y se considera un observador de postales cotidianas de este lugar que lo vio nacer. “A mí me gusta recorrer las calles de Pergamino. Salgo y voy mirando  todo, si hay un negocio nuevo, si un comercio está abierto o cerrado, si una planta nueva crece en algún lugar. Para mí no hay otra ciudad como esta, transito todos los barrios y conozco este lugar como la palma de la mano”.

No imagina la vejez. “No me gusta pensar en ser viejo”, señala mirando con complicidad a su compañera de vida y coinciden en el anhelo de viajar más. La charla no termina sin la referencia obligada a un perro que tuvieron. Fue de ellos, pero también del barrio. Se llamaba “Poncho” y falleció hace un año. “Lo amábamos tanto que casi lo habíamos humanizado”, confiesa y cuenta que el perro era conocido por todos porque pasaba sus días sentado en la vereda viendo pasar a los chicos para la escuela.

“Todos lo conocían y se hizo popular. Todo el mundo identificaba mi casa por el perro. Fue un compañero incondicional al que extrañamos mucho”, refiere mientras la conversación termina con el fluir de las emociones que genera el hacer un repaso por la historia de una vida.