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Perfiles pergaminenses

Atilio Solimandi: un apasionado de su oficio, que hizo de su familia un pilar

Alberto Atilio Solimandi habló sobre su vida en la intimidad de su hogar. (LA OPINION) Alberto Atilio Solimandi habló sobre su vida en la intimidad de su hogar. (LA OPINION)

Es electricista y técnico en refrigeración, aunque a lo largo de su vida ha realizado diversas actividades. Es padre de tres hijas y abuelo de dos nietos. Con 70 años cumplidos, no tiene demasiadas asignaturas pendientes y disfruta de poder seguir trabajando y compartiendo tiempo con los suyos.


Alberto Atilio Solimandi es un pergaminense de 70 años conocido por su oficio de electricista. Aunque a lo largo de su vida laboral supo realizar actividades en diversos rubros. El pilar siempre fue brindarles a los suyos lo mejor y para ello puso todo su esfuerzo. Es un agradecido a la vida por las tres hijas que tiene; todas con sus vidas organizadas, y eso les permite a Alberto y a su esposa Marta disfrutar de los nietos -tienen dos: Fausto y Martina- y viajar todo lo que pueden en los tiempos que le deja libre la actividad laboral que él aún mantiene en su oficio. Hoy hace electricidad, agua y se dedica a la refrigeración, una tarea que lo entusiasma por su complejidad. 

Nació en Pergamino y vivió su infancia y adolescencia en la casa paterna de calle 25 de Mayo. “Nací el 14 de junio de 1947 en la casa de la partera de apellido Riera de calle San Martín,  donde nacieron todos los de mi generación y viví con mis padres en 25 de Mayo, muy cerquita del Club Comunicaciones, una institución en la que pasé gran parte de mi vida”, refiere cuando comienza el relato. Recuerda una infancia feliz, rodeado de los amigos del barrio y del club. “Estaba el club, la casa de Godachevich, un baldío donde jugábamos y después la casa de mis padres”, detalla conservando intactas las mejores vivencias de su niñez. Las principales referencias están puestas sobre sus padres y sus abuelos. Los menciona en el comienzo: “Mi abuelo Nicolás Solimandi vino de Italia con sus hermanos, uno quedó en Estados Unidos y los otros dos se vinieron acá. Mi padre fue Atilio Alberto y mi madre Haydé Damiano, una mujer oriunda de San Nicolás de los Arroyos que había vivido en Conesa”.

De sus padres cuenta que fueron “gente de trabajo”. Su papá fue kerosenero y su mamá empleada en la Tienda Gath & Chaves. Tiene un hermano mayor: Edgardo Solimandi, contador  y docente, conocido por el apodo “El tío”. “El hubiera sido el merecedor de esta nota porque tuvo una rica trayectoria en su actividad profesional y en su desempeño como docente”, afirma y señala que tiene con él una relación muy estrecha.

“Nos criamos al lado del Club Comunicaciones, así que ese era nuestro segundo hogar”, cuenta. Allí jugó al basquetbol, hasta llegar a cadete. “Nunca me destaqué, pero me gustaba jugar y en el club aprendí muchas cosas y establecí muchas amistades. Recuerdo la rivalidad histórica con Gimnasia y Esgrima y partidos memorables”.

Fruto de su participación en el club fue intendente de la institución durante la presidencia  de Juan Ballini. “Hicimos bastante por el club y conseguimos armar el campo de deportes”, señala.

Su educación y la vocación militar

Fue a la Escuela Nº 1, donde hizo la primaria; después en el Colegio Industrial cursó un año y posteriormente se incorporó a la Escuela de Mecánica de la Armada en la Avenida del Libertador. “Allí estuve dos o tres años y más tarde pedí la baja para volver a Pergamino”.

Recuerda su paso por la Escuela de Mecánica de la Armada como sumamente rigurosa y reconoce que adquirió allí una formación que le sirvió para la vida. Respecto de su vocación militar, señala que “en algún momento la tuve, un poco por imitación, ya que tenía un tío que había hecho la carrera. Quizás por esa identificación con él tomé ese camino, pero luego me di cuenta que no era lo que quería hacer. Igualmente todo lo que aprendí me sirvió mucho. Es una formación muy rigurosa que debería existir en la actualidad porque forma a la persona en la disciplina y los valores de la casa y la familia”.

Su oficio

De regreso a Pergamino, comenzó a trabajar como electricista y tuvo la suerte de ingresar en Somisa y a diario viajaba a San Nicolás. “Había cuatro turnos rotativos, fue un sacrificio, pero fue una linda experiencia. Viajaba en el Tirsa contratado por la empresa. Tuve la suerte de hacer tres años de capacitación y salí sorteado para trabajar en la nueva acería, donde quedé como adscrito al jefe de turno, así que podríamos decir que me destaqué en lo mío y me volqué a la parte electrónica. Tuve 60 personas a cargo, con dos supervisores”, relata en una charla amena.

Trabajó allí hasta 1976 y cuando dejó de viajar a San Nicolás recibió un ofrecimiento para ser visitador médico para el laboratorio Volpino. “En aquel tiempo había que cumplir ciertos requisitos ante el laboratorio, no se necesitaba hacer la carrera. Al principio dudé de aceptar porque suponía volver a viajar y además porque era una tarea que no tenía nada que ver con lo que yo sabía hacer. Pero finalmente tomé el desafío. Me fui 24 días a Buenos Aires a hacer un curso intensivo, paramos en un hotel, éramos 18 los que aspirábamos a entrar. Recuerdo que dormía con un chico de Venado Tuerto que tenía tercer año de medicina, y yo no conocía nada. Nos acostábamos a dormir, yo descansaba un rato, pero a las 2:00, el conserje del hotel me llamaba para que me pusiera a estudiar. Trabajé varios años para ese laboratorio; me buscaron de otros, incluso internacionales, pero siempre quise quedarme donde había empezado”.

Su gran pilar

A la par de la actividad laboral conformó su familia con Marta Brun, una mujer a la que conoció casi por casualidad. Se casaron en 1976. “Yo trabajaba como electricista, un día fui a la Escuela Nº 2 a hacer un arreglo, entré a un salón y ella estaba sentada allí. Estaba terminando el Colegio, nos miramos y después nos volvimos a ver  en una confitería que funcionaba en calle Pueyrredón, comenzamos a hablar y nos pusimos de novios”.

Ninguna tecnología medió para que armaran su historia de amor y coincidieran en la vocación de conformar una familia.  Estuvieron algunos años de novios y se casaron. Nacieron sus hijas: Elisa, que  es odontóloga y está en pareja con Leandro de Gaetani; Paula, que es técnica en Turismo y Hotelería y está casada con Luciano Yezdrich y Natalia  que es contadora y está casada con Leonardo Vitelli. “Paula nos dio a nuestros dos nietos, Fausto y Martina”.

Otras actividades

Cuando dejó de viajar como visitador médico Alberto puso una distribuidora. Comenzaron vendiendo artículos de cosmética y después fue diversificando el rubro. En un momento tomó la representación de Lía, una empresa que era la competencia de Arcor, por lo que incorporaron golosinas y otros productos que comercializaban. 

Con su esposa siempre trabajaron a la par. “De joven ella trabajó en la fábrica Adba y después que nos casamos se dedicó a la casa y a criar a las chicas y me acompañó en cada uno de mis emprendimientos”.

Tuvieron la distribuidora hasta el 2000 y a la par Alberto seguía trabajando como electricista. “Habíamos conformado un grupo con algunos conocidos, en el que cada uno hacía lo que sabía en su oficio y trabajábamos juntos en distintas obras”.

Además de electricista, es técnico en refrigeración. En la actualidad trabaja en forma particular y además es proveedor del Municipio desde hace catorce años. “Me muero por mi oficio. Dejo de trabajar solo cuando se me cansan los huesos. De mi trabajo en las obras me gusta todo. Soy técnico electricista por naturaleza y la refrigeración me atrapa porque no es algo tan sencillo como cualquiera supone”.

Se define como un trabajador y se muestra agradecido a la incondicionalidad de sus clientes. Valora esa fidelidad y ha sabido retribuirla con responsabilidad tanto para con sus clientes particulares como para los trabajos que realiza en instituciones que lo contratan.

Es de la generación que le da a la palabra el valor de un documento. Eso le ha conferido enormes satisfacciones. “Mis clientes me han dado carta blanca porque confían en mí. Me esperan incondicionalmente y yo les cumplo. Eso me reconforta”.

Reconoce que esa confianza es la que ha sabido tejer en el tiempo y la consecuencia de su accionar. Es un hombre recto, puntual.

El ocio

Con el transcurso de los años aprendió a disfrutar de sus ratos de ocio. Eso incluye pasar tiempo en su casa y compartir con algunos amigos un hobby heredado de su padre. “Es una actividad que ya no se practica tanto, pero recorrí muchos lugares del país y del exterior con las competencias de gallos de riña. Hay  gente que sigue criando este tipo de aves, así que cuando me entero de algún torneo trato de ir”.

Otra de sus pasiones es viajar. “Siempre que podemos y nos dan los números, viajamos y cuando no podemos nos quedamos tranquilos mirando televisión”.

Así vive. Con amigos que conserva de toda la vida y con la familia como principal refugio de la vida cotidiana. “Reconozco que soy frío de pecho, no soy de llamar a mis amigos, pero cada uno sabe que estoy siempre para lo que me necesiten. Así concibo la amistad. Daniel Godachevich es uno de mis amigos y Carlos Lomanto, otro”.

Un balance

Es un hombre que está a mano con la vida. Cuando promedia la entrevista confiesa que una asignatura pendiente es no haberse atrevido a hacer paracaidismo. Acerca una anécdota con el padre de Daniel Godachevich que los llevaba a volar con frecuencia y asegura que le hubiera gustado “tirarse en paracaídas”.

“En la vida siempre quedan cosas pendientes, esa es una, pero ya quedó en el tintero”, afirma.

Piensa trabajar mientras el cuerpo se lo permita. Reconoce que le cuesta estar quieto. “Administro mi tiempo de otra manera, tomo trabajos chicos que puedo terminar enseguida y manejo mis horarios, antes tal vez no era así, pero trato de mantenerme activo”.

En el balance su principal tesoro es su familia. Asegura que su esposa ha sido el pilar que sostuvo todo lo que emprendieron. “La clave de la permanencia está en ella y en mis hijas. Ellas han hecho de mí el hombre que soy. Las mujeres son muy importantes para un hogar, si no hay una mujer no funciona nada, la mujer es la base de todo”.

Su núcleo familiar incluye por supuesto a sus nietos, que bromea lo hacen renegar porque “son de River y yo de Boca”.

“Vienen con la camiseta y me provocan”, cuenta. En esa complicidad se reconocen y se encuentran. Se disfrutan. Con los nietos tiene una relación que según el mismo refiere “supera todo lo conocido”.

Una de sus hijas llega cuando casi finaliza la entrevista y sus ojos se alegran. Todo en su casa está dispuesto para recibirlos.  “Nos acabamos de mudar a esta casa más chica que la que teníamos, pero acondicionada a nuestro presente”, señala Alberto y en esa cotidianeidad se dispone a vivir plenamente esta etapa de la vida.  “Jamás pienso en la vejez, aunque sé que la estoy transitando, solo cuido mi salud porque así como parezco fuerte, soy bastante asustadizo”, confiesa y mira la foto de sus nietos colgada en un lugar privilegiado de ese lugar que está estrenando. Así finaliza la charla.