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Perfiles pergaminenses

Alicia Lagamma: una mujer de una profunda fe cristiana y valores que transmitió a los suyos

Alicia Lagamma de Cubino, en la intimidad de su hogar. (LA OPINION) Alicia Lagamma de Cubino, en la intimidad de su hogar. (LA OPINION)

 

Es catequista de la Parroquia Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás y San Carlos Borromeo. Su fe la moviliza en cada una de sus acciones cotidianas y es el vehículo de transmisión de principios que le ha inculcado a su familia. Su perfil es el de las personas sencillas dueñas de buen corazón, siempre dispuesta a tender una mano a aquel que lo necesita.


Alicia Rosario Lagamma de Cubino es una mujer nacida en Pergamino que vivió gran parte de su vida en el Paraje Manantiales -entre Acevedo y Guerrico-. Tiene la sencillez de las personas que han pasado tiempo de su vida en el campo, donde todo se consigue a fuerza de empeño y trabajo. Sus padres fueron Angélica y José, ella ama de casa y él dedicado a tareas rurales. Tuvo un hermano Carlos, que falleció hace un tiempo. Siempre soñó con conformar una familia y lo consiguió. Se casó hace 47 años con Dionisio Cubino, un hombre al que conoció en los tradicionales y famosos bailes de Manantiales. Habían sido vecinos, él vivía a un lado y ella al otro de la Escuela Nª 26 del paraje en el que habitaban. Bailando fue que comenzaron a tejer la historia de amor que los unió desde entonces. Ella tenía 16 años y él 21. Seis años y medio después se casaron en la Iglesia Santa Teresa de Jesús de la localidad de Acevedo y tuvieron a sus cuatro hijos: Walter, Pablo, Sandra y Sebastián. Nacieron cuando todavía vivían en el campo y fue el anhelo de darles un mejor porvenir y asegurarles la escolaridad lo que los motivó a establecerse en Pergamino. “Nosotros habíamos vivido toda la vida en el campo, yo había ido a la Escuela Nº 26 y tenía toda mi vida allí; pero con el transcurso del tiempo cuando fueron naciendo los chicos y empezaron su escolaridad, se nos hizo difícil seguir estando en el campo, porque cuando llovía las maestras no podían llegar. Así fue que inscribimos a los dos mayores en la Escuela Nº 22 y los dejábamos toda la semana al cuidado de mi madre que por entonces vivía en Pergamino. Durante dos años hicimos así y cuando Sandra comenzaba el jardín decidimos radicarnos en la ciudad. Fue en 1980 y durante bastante tiempo mi esposo siguió viajando todos los días 45 kilómetros para ir a trabajar al campo”.

 

Una nueva etapa

Al mudarse a Pergamino se establecieron en la misma casa en la que viven, allí donde está el universo de su historia familiar, los recuerdos del tiempo en el que los chicos eran solteros y la casa estaba siempre llena de amigos. Hoy disfrutan de los nietos: Cyntia, María de los Angeles, Lautaro, Emilia, Juliana y Mateo. Tanto Alicia como su esposo se dedican a cuidarlos y a compartir con ellos todo el tiempo que pueden. Alicia siempre fue ama de casa y en alguna época de su vida se dedicó a coser para afuera, pero nunca estuvo en relación de dependencia. “Siempre me dediqué al cuidado del hogar y a mi familia. Hoy me entretengo haciéndoles ropa a mis nietos, disfruto mucho de preparar sus vestidos cuando cumplen años y de ayudarlos en todo lo que está a mi alcance”, refiere.

 

La fe y la Iglesia

Alicia es una mujer de profunda fe cristiana. Pero no solo la proclama sino que la ejerce en sus actitudes cotidianas. Los valores de la cristiandad están en su familia, en la relación que establece con sus amigos y en la mirada que tiene sobre la vida. Confiesa que quien le inculcó desde pequeña la fe católica fue su mamá. Y recuerda su infancia cuando cuenta: “Antes no se iba tanto a misa porque las celebraciones religiosas se hacían en el campo. Pero siempre vi a mi madre rezar, y cuando concurríamos a misa en el sulky recuerdo que íbamos rezando”. Se emociona cuando trae a la conversación aquella anécdota de su madre. Del mismo modo que sus ojos se iluminan cuando relata el modo en que ya teniendo su familia ella se acercó mucho más a Dios y a su fe. “Un día estaba escuchando la radio y oí que se hacía una peregrinación a San Nicolás. En casa lo compartí con mi familia y les expresé mi deseo de hacer esa experiencia. Me dijeron que estaba loca, que era muy lejos y que no iba a llegar. Uno de mis hijos, Pablo, que entonces tenía 15 años me dijo: ‘Mamá yo te acompaño’ y eso bastó para que nos pusiéramos en marcha. Fue algo increíble, logré llegar, era un tiempo en el que las peregrinaciones se hacían hasta la Catedral de San Nicolás porque no existía el Santuario. Mi esposo y otro de mis hijos que apenas tenía un año me fue a esperar. Fue una experiencia extraordinaria y la primera de muchas caminatas a Luján que en familia hicimos desde entonces”.

En años sucesivos su hija la acompañó y todos se integraron a un grupo de personas que compartían la misma fe. “Lo que se experimenta en cada peregrinación es inexplicable, hay que vivirlo para saber lo que se siente. La gente va con mucha fe, se escuchan testimonios conmovedores, hay gente que se sanó de una enfermedad y va para agradecer. Hay otros que van a pedir porque atraviesan situaciones de mucha adversidad”, relata.

 

Las peregrinaciones a San Nicolás fortalecieron su fe.

 

(ALICIA LAGAMMA)

 

Activa participación

De la mano de las peregrinaciones llegaron otras experiencias y su involucramiento con la vida cristiana fue cada vez mayor. Así formó parte del grupo que promovió la llegada de la imagen de la Virgen de San Nicolás a Pergamino. “Fue un trabajo muy intenso y me da mucha satisfacción ver que hoy la imagen de la Virgen está en la Parroquia. La imagen llegó en 1992 y es una réplica de la original que está en San Nicolás. Me convocaron a trabajar en ese grupo como peregrina y fue muy gratificante”.

También participó del grupo de apoyo a la Parroquia y recuerda muchos de los logros que se consiguieron, como la construcción del salón donde se dicta catequesis y mejoras que se le hicieron a la Iglesia que funciona en el barrio José Hernández. “Cuando llegué la primera vez la Parroquia era muy distinta. Hoy tiene otra infraestructura y espacios de los que participa la comunidad. En muchos años se lograron muchas cosas importantes”.

 

La catequesis

En cada uno de los proyectos que emprende renueva su fe. Es un ejercicio cotidiano que hace casi sin darse cuenta. Siempre está dispuesta a colaborar e invierte buena parte de su tiempo en las iniciativas de la Parroquia. Desde hace quince años es catequista. “Mi hija daba catequesis y tuvo que dejar cuando se fue a estudiar. El padre Miguel Nadur me convocó para que me sumara al grupo de catequistas. “Le dije que no porque no me sentía preparada para esa tarea. Sin embargo, él me alentó diciéndome que me animara, que iba a ir aprendiendo con el propio contacto con los chicos y así fue”.

Reconoce que hoy por hoy no es sencilla la tarea de inculcar la fe. “Han cambiado mucho las cosas con los años, los chicos han cambiado y el contexto en el que vivimos. Hay valores que parecen haberse perdido y eso complica un poco las cosas. Sin embargo, la fe obra milagros y es muy emocionante ver cómo los chicos toman su primera comunión y aprenden algo de lo que la Iglesia les enseña y pueden aplicarlo en su vida cotidiana y en la de sus familias”.

Su contacto es con chicos a los que les da sus clases de catequesis desde que se inician hasta que toman la primera comunión. Establece un vínculo con ellos que perdura y desde su lugar trata de contribuir a que algo en la vida de esas familias se transforme a partir de la fe en Dios y los valores cristianos. “Es una tarea difícil, pero vale la pena intentarlo, siempre”, afirma.

 

Con los suyos

La misma tarea que realiza como catequista en la Iglesia cuyo párroco es el padre Jorge Lamas, es la que de algún modo ha realizado con los suyos. En su familia la fe se practica y se siente. “A mí me emociona ver cómo mis nietos más chiquitos ven una imagen de la virgen y buscan darle un beso”, cuenta.

Refiere que su compromiso con la Iglesia es el modo de vivir su fe y la manera de agradecer a Dios por “todo lo que me ha regalado en esta vida”.

Se siente afortunada al señalar que su familia siempre la acompañó. “Compartimos una misma fe y cada vez que estoy frente a la imagen de la Virgen del Rosario lo que hago es agradecerle por tanto. 

“Sinceramente nunca estuve ante una adversidad que me llevara a acercarme a Dios. Siempre estuve cerca de él por convicción. Perdí a mi mamá y a mi hermano no hace mucho y la fe me ayudó a entender esas pérdidas y a entender que todos tenemos un momento para nacer y otro para morir. Mi hermano falleció repentinamente de un paro cardíaco a los 60 años. Poder aceptar que ese era su momento, me dio resignación. Aceptarlo de ese modo ayuda. La fe que tengo me ha hecho crecer mucho”.

 

Su presente

La vida de Alicia se nutre de cosas sencillas, el tiempo en la Iglesia y su labor como catequista convive con la vida familiar y otras actividades. Con su esposo están jubilados y viven tranquilamente. Les gusta ir a la pileta del Parque Municipal donde hicieron “buenos amigos”. Antes fueron a la pileta del Club Gimnasia y Esgrima y allí también cosecharon vínculos que mantienen. Poseen muchos amigos y les gusta reunirse con ellos, lo mismo que con sus hijos, yernos y nueras: Stella, Fernanda, Andrés y Natalia y los nietos que ocupan un lugar importante en lo cotidiano. Además realiza cursos de computación en el Centro de Formación Profesional para adquirir herramientas que le permiten comunicarse mejor con los suyos y estar actualizada. “Si uno no aprende se va quedando”, refiere con sus 69 años.

“Tengo la fortuna de tener muchos amigos. Hace unos días fue mi cumpleaños y me resultó muy gratificante verlos, lo mismo que a mi familia que es lo más preciado que tengo”, confiesa Alicia y vuelve a emocionarse. Sabe que tiene la familia que soñó. No por casualidad está rodeada de afecto. 

 

Las Pascuas

 

En fechas tan caras a los sentimientos cristianos, Alicia vive la Pascua de Resurrección como la entiende: como un testimonio de su propia fe. “Vivo la Semana Santa con mucha fe, para mí es muy importante porque nos recuerda que Jesús dio la vida por nosotros. Y nosotros, cada uno desde su lugar, tenemos que profesar ese amor y dar algo por los demás, quizás en pequeñeces, dar la vida por el otro. En mi caso ofreciendo mi tiempo, de corazón, por amor al prójimo, a Jesús y María”.