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Lejos del pago

María Natalia Gil: una pergaminense radicada hace varios años en Alemania

En su última visita a Pergamino, Natalia dialogó con LA OPINION. (LA OPINION) En su última visita a Pergamino, Natalia dialogó con LA OPINION. (LA OPINION)

La historia de otra "Pergaminense Lejos del Pago", de 41 años, que se fue en 2002 a Alemania, donde armó su familia y se consolidó laboralmente. Trabaja en Bayer, en el área de Recursos Humanos.


María Natalia Gil nació en Pergamino. Vivió en la ciudad hasta los 18 años en que se fue a Alemania a través de un programa de intercambio de Rotary. A su regreso vivió en Buenos Aires ocho años, hasta los 25 en que conoció a su esposo. “El estudiaba Derecho en Alemania y como en el final de la carrera tienen que hacer una  práctica en algún lugar y él sabía español, eligió Argentina para practicar el idioma. Fue en ese contexto que nos conocimos”, refiere en el comienzo de una entrevista que la tiene como protagonista de tantas historias de “Pergaminenses Lejos del Pago”.

Por ese entonces Natalia estudiaba psicología y trabajaba en una consultora de auditoría externa. En 2002, a los once meses de haberlo conocido,  se fue de Argentina. Se establecieron en Colonia, cerca de Holanda, en el centro oeste de Alemania. Natalia lo describe como un lugar de un millón de habitantes en el que te sentís “como en Pergamino”, aunque con más infraestructura. “Es una ciudad más grande, pero tranquila, con servicio de subte, teatros y museos”.

“Quizás no es de las ciudades más lindas de Alemania, siempre fue muy industrial y durante la Segunda Guerra Mundial la atacaron mucho, cuando terminó el conflicto casi no quedaban edificios en pie, salvo la Catedral que es el monumento más visitado por los turistas. El resto de la arquitectura es de los años 50, 60 y 70. Tal vez no es un lugar famoso por su belleza, pero si es una ciudad muy abierta. No solo es la ciudad del carnaval europeo por excelencia y recibe a millones de turistas que lo vienen a festejar, sino que es la ciudad que eligen gays, bisexuales, y transexuales para reclamar por sus derechos en un encuentro con bailes, música y disfraces”.

Es un lugar en el que viven muchos extranjeros, algo que se incrementó en los últimos años con la crisis de los refugiados. “Hay muchos colegios con sus gimnasios ocupados convertidos en refugio para recién llegados, se organizan grupos de gente por barrio para dar clases de alemán a refugiados ad honorem”, señala y asegura que nunca vio ninguna situación de discriminación, quizás porque la internacionalidad se vive como algo muy normal.

 

La adaptación

Cuando recuerda los primeros tiempos en Alemania, confiesa que tuvo que acostumbrarse a otro ritmo y otra cultura.  “Yo vivía en Buenos Aires donde todo era una locura, el teléfono sonaba constantemente. De repente estaba en Colona sin conocer a nadie más que a mi marido y su familia. Fue una gran tarea de adaptación”, refiere.

“Yo ya había experimentado el intercambio y eso me había dado cierta información de cómo era Alemania, además de experiencia.  Sabía que nuevamente era llegar a un país donde todo funciona sin que vos hayas estado ahí. Nadie te necesita y nadie te conoce”. Esas sensaciones la conectaron con la necesidad de ganar sentido de pertenencia. De inmediato comenzó a estudiar en la facultad. Quería continuar sus estudios de psicología, pero en Alemania hay cupos de acuerdo al recurso humano que ellos necesitan. Ahí descubrió que para seguir tenía que esperar alrededor de tres años y ella lo que necesitaba era de insertarse en una actividad que al tiempo que le facilitara su adaptación, le permitiera crear lazos. “Tanto no quería esperar. Siempre me había gustado la idea de la docencia, así que me encaminé para estudiar para ser profesora de inglés y español. Hice gran parte del profesorado, pero nació Franz,  y me dediqué a la maternidad”.

“Me sentía grande para estar con chicos de 18 años que recién empezaban. Tenía muchas ganas de tener un trabajo como el que había tenido en Buenos Aires con un equipo. Y ser docente también era una tarea solitaria. Extrañaba. Tuve suerte y conseguí un empleo en Bayer, que es el que tengo desde hace seis años”, relata.

Actualmente se desempeña en esa empresa, en el área de Recursos Humanos, en el equipo de selección de personal, donde se dedica a recibir a nuevos empleados extranjeros que llegan desde distintas partes del mundo. “De algún modo mi tarea pasa por facilitarles la adaptación. Nos ocupamos de que consigan la visa y el permiso de residencia que necesitan. Además de coordinar  todas las cuestiones vinculadas a que consigan vivienda y escuela para sus hijos. Es una tarea que me encanta porque siento que son vivencias que yo misma experimenté cuando llegué a Alemania y que puedo transmitirlas”. 

Reconoce que le costó en parte la adaptación. Pero sabe que le hubiera pasado lo mismo en cualquier lugar del mundo. “Fue muy fuerte descubrir que de ser absolutamente necesaria en un lugar, llegas a otro donde tenés que hacerte de un trabajo y de vínculos nuevos. Te das cuenta que te fuiste de un lugar y todo sigue funcionando perfectamente sin vos. Fue un aprendizaje muy grande”.

Asegura que Alemania es una sociedad desarrollada donde reina el orden. Y quiebra la idea de que son fríos o distantes: “A mí nunca nadie me trató de manera indiferente. Ni siquiera el idioma fue una traba porque es un pueblo muy respetuoso de otras culturas. Yo sabía algo de alemán, pero igualmente tuve que perfeccionar mis competencias con el idioma, aprendí rápido para lo que todos dicen, pero igualmente vivo en lugar en el que no hablo mi propio idioma y eso es difícil aún hoy”, confiesa.

 

La relación con Pergamino

A la distancia la relación con su ciudad natal permanece intacta. “Cada vez que vengo voy de un amigo a otro”. Al principio era por correo electrónico el contacto y luego el desarrollo de la tecnología facilitó aún más la cercanía.

En Pergamino vive su mamá: Carmen y su papá Ricardo. Su hermana Virginia vive en Buenos Aires, y su hermana Pilar, en Pergamino. En 2005 perdió a  “Manucho”, su hermano varón que  vivía por el mundo. “La última vez que nos vimos fue en Holanda. La muerte de mi hermano fue algo muy triste, una pérdida que se lleva siempre. Tratamos de sobrellevarlo lo mejor posible y de tomar su ejemplo, él era una persona muy positiva, muy divertida. Es lo que tratamos de mantener como familia”, señala y acerca a la conversación infinidad de vivencias compartidas.

Reconoce que su hijo no tiene mucha relación con Argentina. “Vino tres veces en sus 11 años, pero habla con sus abuelos todas las semanas. Lo he traído poco, pero habla perfecto español y siente siempre el deseo de estar cerca de mi familia. La tecnología hoy los acerca mucho”.

Celebra el hecho de que su hijo pueda vivir en un lugar “seguro” y lamenta que en Argentina eso no siempre resulte posible. “El va solo al colegio en subte, allá sabes que si por alguna razón perdes el empleo, tus hijos van a seguir teniendo acceso a la salud y a la educación. Eso no cambia, independientemente de que tengas más o menos recursos”.

 

Un lugar donde se siente a gusto

Aprendió a vivir en Alemania y es un país que le gusta. “Argentina también me gusta. Es algo así como estar en un lugar con la certeza de saber que extrañas el otro”.

Natalia cuenta que se separó del papá de su hijo hace tres años, pero refiere que se llevan muy bien y comparten juntos la crianza del niño que vive con ella. “A pesar de esa separación nunca se me cruzó por la mente la idea de volver, porque después de quince años de estar en Alemania tengo un trabajo que me gusta, una casa que armé y vínculos que me hacen feliz. Además mi hijo tiene a su papá y a sus abuelos que lo cuidaron cuando era bebé en Alemania. La seguridad es muy importante y eso pesa también a la hora de decidir cuando tenés una familia”.

Cuando no está trabajando a Natalia le gusta cocinar. “Mis empanadas mendocinas que me enseñó a preparar Nora Capriotti, la mamá de una amiga, son famosas en Alemania y las hago siempre”.

 

Siempre cerca

Así como a la distancia Natalia ha sabido mantenerse cerca de su familia, también ha sostenido sus vínculos con amistades entrañables. “Tengo mucha suerte en ese sentido y veo que no siempre es así. Tengo muy buenos amigos acá”. 

Estudió en el Colegio  San José de los Hermanos Maristas y conserva muy lindos recuerdos de esa época. Cuando ya casi finaliza la entrevista, las referencias tienen que ver con ese tiempo de la vida signado por la niñez y la adolescencia. En esas vivencias y en el profundo amor hacia su familia, está quizás el anclaje que la mantiene “cerca del pago”: “Fue un colegio maravilloso para mí. Los hermanos siempre fueron muy contenedores. 

La mayoría de mis compañeros del colegio siguen siendo mis mejores amigos a pesar del tiempo y la distancia. Tengo buenísimos recuerdos del hermano Manuel Laso Pérez que fue director de primaria cuando yo la hice. También de María Laura Milei, ahora directora del colegio que fue mi maestra de segundo grado y que nunca ninguno de nosotros olvidó por lo amorosa que fue con nosotros.  Recuerdo siempre a Jorge Pertierra, director de estudios del secundario en aquella época que falleció ya hace varios años. A pesar de tener tantos chicos a su cargo uno siempre tenía la sensación de que él tenía un interés personal en el bienestar de cada uno. Hace poco estuve en el Colegio y fue muy conmovedor. Fue como volver a casa”.