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Lejos del pago

Gabriela Caturla, abraza un proyecto familiar en España

Gabriela Caturla, junto a sus hijos en una postal del lugar en el que viven. (GABRIELA CATURLA) Gabriela Caturla, junto a sus hijos en una postal del lugar en el que viven. (GABRIELA CATURLA)

Gabriela Caturla: se fue a España en 2002. Allí junto a su esposo e hijos, se afianzó a las costumbres de esa tierra. 

DE LA REDACCION. Gabriela Caturla es pergaminense. Nació en 1976 y vivió parte de su vida en 11 de Septiembre y Doctor Alem, donde actualmente viven sus padres. Desde 2002 ella está “lejos del pago”. Está casada con Mauricio Colombo, y tiene 3 hijos: Juan Ignacio (20), Agustín (18) y Dolores (17). Un perro, su querido Duende, que era de un pergaminense, “Dani” Argento.  Sus padres son “Caio” Caturla y Susana Risso y tiene dos hermanos: Paula y Federico. Fue alumna del Colegio Normal.

“Desde que nací hasta los 26 años viví en Pergamino, con lo cual tengo todo tipo de recuerdos, siempre ligados a un gran cariño por mi ciudad y su gente. Tuve una infancia feliz con recuerdos ‘suavecitos’ de mis abuelas, mis primas y de mi familia en general, además de innumerables vivencias con mis amigos”, señala y recuerda a su primera amiga: Licena y a todas las amigas y compañeras de juego.

“De chica en el barrio compartíamos juegos con  Karen Holleweell y sus hermanos Lucas y Patri, con ellos y más chicos salíamos cada noche a jugar a la escondida por toda la cuadra. Tengo muy lindos recuerdos del colegio, del Club Gimnasia, del grupo EDA. Pasaba mucho tiempo en casa de mis abuelos y era mágica la estadía, no parábamos de crear, de inventar y jugar hasta el cansancio. Era un lugar mágico donde todo se transformaba. Me siento una privilegiada al estar tan lejos de casa y tener mi pedacito de Pergamino por acá también, disfruto mucho de eso”.

Su primer trabajo fue en la Optica Centro, con Ricardo Fisher. “Luego trabaje con los Buncuga, vendiendo celulares. Cuando nació mi hija me puse a estudiar Diseño Gráfico en la Escuela de Artes Visuales ‘Emilio Petorutti’, cuando cursaba tercer año surgió la posibilidad de vivir en Barcelona”.

 

Un proyecto familiar

Gabriela aplazó los planes de estudio para dedicarse al mayor tesoro que tiene que son sus hijos. Su llegada a España se dio siguiendo un proyecto familiar. “Cuando conocí a ‘Mauri’ él acababa de venir de vivir 3 años en Italia y desde siempre hablamos de vivir en Europa unos años. La vida fue transcurriendo, tuve en Pergamino a mis tres hijos y siempre recordábamos aquel plan. Finalmente fue una crisis lo que nos impulsó a decidirnos por un cambio. Surgió una propuesta desde España, donde buscaban familias jóvenes con hijos para radicarse con trabajo en Barcelona. Mi esposo quedó entre los seis finalistas y nos vinimos, primero él y a los dos meses yo con los niños”.

Reconoce que la experiencia encarnó “sensaciones diferentes”, pero siempre permaneció intacta la ilusión de “seguir adelante”.

“Ilusión es una palabra que se usa mucho en España, yo la viví desde que llegué”, refiere.

 

La adaptación

“Al principio yo estaba muy sola con los chicos y aproveché a recorrer Barcelona. Luego nos fuimos a Sabadell. “Compartimos la experiencia con una familia de Rosario a la que habíamos conocido en las entrevistas que nos impulsaron a cruzar el charco”. Menciona a Noel Liendo, Rubén Magnani y sus hijos Katy y Theo a quienes define como “parte de nuestra familia”.

“Mauricio conoció gente que lo conectó con el F. C. Barcelona y se hizo muy amigo de un exfutbolista del Barça (argentino) Rafael ‘Torito’ Zubiría, y con él empezó a entrenar todos los días en el ‘Mini Estadi’ con los veteranos del Barça. Paralelamente comenzaba a armar su sueño: trabajar en el fútbol y con deportistas de élite”, señala.

“Con los veteranos viajaron por toda España, conocí mucha linda gente, y por eso mi corazón aquí es  ‘Blau Grana’”.

En 2003-2004 le propusieron a su esposo jugar al fútbol en La Seu d’urgell  y allí estuvieron casi 5 años. “Es un pueblo de 3.000 habitantes, queda a unos 10 kilómetros de Andorra. ‘Mauri’ jugó para el equipo local durante un año, y luego lo fichó el Andorra, donde jugó sus últimos años.

“Vivíamos en una casa de piedra en medio del campo, parecía un cuento. En el jardín de la casa pasaba un río que se congelaba y lo usaban de tobogán, desde cualquier ventana podían tirarse a la nieve”.

A la par del fútbol, su esposo tuvo inserción en diversos trabajos: en el  hospital del pueblo, en una cadena de ultracongelados, y en seguros.

“Yo trabajé en la recepción de un campo de golf; luego de secretaria, y por último en una cadena de venta de muebles y decoración de interiores”, señala Gabriela.

“El último año de estar en La Seu, ‘Mauri’ dejó de jugar porque sufrió una lesión y lo contrató una empresa Suiza para trabajar en el fútbol. Decidimos mudarnos a Platja d’aro, donde residimos”, relata.

“Actualmente mi esposo trabaja para una empresa que se dedica -a nivel mundial- a tratar con deportistas reconocidos, principalmente futbolistas, en todas las áreas: management, selección de jugadores, eventos nacionales e internacionales. Tiene además una sociedad en Italia que se dedica a preparar deportistas de primer nivel y al asesoramiento a clubes.

“Yo estuve en la empresa de muebles y luego en moda, hice algunos cursos, los chicos se adaptaron muy bien a todos los cambios. Dolores y Agustín van al Instituto.  Juan está en tercer año de la Universidad, en Barcelona, estudia Administración y Dirección de Empresas y además colabora en algunos trabajos con su padre.

 

La sonrisa, como bandera

Gabriela define que una de las claves de la experiencia fue la plasticidad que su familia demostró para adaptarse. “Mi mejor arma fue la sonrisa y la buena predisposición. Llevo muy presente esa frase que dice que ‘para partir fronteras la sonrisa es un serrucho’ y fue mi bandera en esta experiencia de estar lejos de casa”.

 

Siempre cerca

A pesar de la distancia, las relaciones con Pergamino son muy cercanas. “El afecto lo llevás en vos y no te separan los kilómetros. Se hace difícil no compartir las mesas, los mates, los cumpleaños, las fiestas, los momentos de felicidad, las vacaciones y los momentos tristes también; pero el lazo es muy fuerte, y te acostumbrás a eso, aprendés a la distancia que el cariño es incondicional y tus seres queridos también te lo hacen sentir”.

  

Los mismos valores

En otro tramo de su relato, Gabriela señala con alegría que su vida fue evolucionando positivamente en el aspecto más importante: “Crié a mis hijos como lo hubiese hecho allá, de forma sencilla y transmitiendo valores. Esa es la mejor medalla. Siempre le doy más importancia al vínculo que te acerca a las personas que a la cuestión material”.

 

En un lugar soñado

Gabriela y su familia transcurren sus días en un lugar precioso, con playas hermosas y agua cristalina. “Si tuviera que ponerle un color diría que Platja d’aro es azul, un lugar que me da mucha tranquilidad. Siento que es el lugar donde mi espíritu se encuentra a gusto”, confiesa y destaca la amabilidad de la gente, a pesar de que los catalanes tienen fama de “no ser muy abiertos”. 

Con planes de establecerse en Barcelona, confiesa que conserva rituales argentinos.

“A la distancia mantenemos ese ‘pasá por casa’ que acá no se acostumbra, y hasta los amigos catalanes se acostumbraron a eso”. Ella habla catalán pero no se reconoce del todo en el acento español.

“Cuando hay algún argentino entre nosotros mis hijos hablan con el acento argentino y cuando están con españoles usan el acento español y hacen el cambio automáticamente”, comenta y asegura: “Acá gusta mucho nuestro acento”.

Es una mujer que extraña las facturas, los mates no planeados, las peñas y la cotidianidad del afecto. “Fue duro darme cuenta que no volvíamos en unos años como pensaba. Un día estando en la playa hice referencia emocionada a cuando volviéramos a vivir a Argentina y hubo ocho ojos que me despertaron. ‘De paseo, a vivir, no’, dijeron los cuatro a la vez. Fue un shock y solo pude llorar muy sentidamente. Desde ese día cambié mi modo de estar aquí”.

 

El pago

Con la sensibilidad a flor de piel por la añoranza pero asumida y feliz con su presente, sobre el final Gabriela afirma que su pago sentimental “siempre será Pergamino como primera opción”, pero reconoce que “a nivel laboral, hoy no”. 

“También hay otra realidad, mis hijos se criaron aquí, se sienten argentinos y pergaminenses sobre todo, pero no se ven viviendo allí, de algún modo hemos armado nuestra vida en España”, agrega y en esa reflexión concluye, dejando entrever un sueño: “Mi ideal sería tener algo acá, y algo allá, que el mismo trabajo tuviera esa dinámica de combinar la vida en ambos sitios pero es difícil, quizás forme parte de esa fantasía de poder estar en ambos lados”.

 

ping pong 

 

Un club: Gimnasia (“El Lobo”)

Un maestro: de primaria Susana Sprovieri, de secundaria: Mónica Rossi.

Una fiesta inolvidable: La vida.

Un lugar de Pergamino: la casa de mis abuelas (una en Estrada, y la otra en Castelli).

Una canción: “Septiembre del 88” de Cacho Cataña, por decir una que me emociona referente a estar lejos del pago.

Un amigo: de verdad y de corazón: todos y cada uno de ellos.

Un recuerdo: mi abuelo. 

Un pergaminense: Arturo Illia. 

Una calle: 11 de Septiembre.

Un mensaje para Pergamino: que no pierda su esencia. 

Una ventaja de estar en otro país: conocer otros lugares, otras costumbres, aprender a adaptarse y ser más empáticos.

Una desventaja de vivir lejos del pago: no poder vivir el día a día con la gente querida.