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Editorial

Si todo da lo mismo…

Vivimos en una sociedad infantil, caprichosa que pretende beneficios sin pagar los costos. Nos hemos corrompido, nos hemos vuelto vagos. Mientras que en otras sociedades se busca mayor competitividad, nosotros buscamos privilegios. 

En un país corrupto, “meritocracia” suena como mala palabra. Argentina pasó de meritocracia a parasitismo. Ya no queremos ser los mejores del mundo en nada, solo nos importa ser forzadamente iguales en términos monetaristas. Un día vamos a descubrir que tuvimos éxito en ese objetivo, seremos todos iguales, pero solo en la pobreza y la miseria.

El sueño de hallar un sistema justo de posicionamiento social, el modelo meritocrático, está acusado de elitista e inequitativo, por lo que -dicen- se debería renunciar a él. 

Hoy se cuestiona la meritocracia en la educación por sus consecuencias sobre la exclusión, como nociones irreconciliables. “Si la escuela se centra en ella, quedan muchos en el camino y en el camino se van a la esquina, y allí no tienen destino”.  Eso decía el exministro de Educación, Alberto Sileoni, en 2013 en su homenaje a Sarmiento. Si la meritocracia reproduce lo que pasa, la falla no estaría en ella sino en la sociedad. El entonces ministro de la cartera educativa defiende una escuela inclusiva, para todos, porque dice que en la esquina no tienen destino, pero lo que hace, con eso, es transformar a la escuela en la esquina.

Lo que sucede, especialmente cuando hablamos de educación, es que el origen social y el capital cultural condicionan el mérito escolar porque el punto de partida es desigual: los chicos de familias acomodadas corren con ventaja. Por eso, la justificación moral de que cada uno obtiene lo que merece es una falacia en nuestro país. 

De cada 100 chicos argentinos que ingresan al secundario 58 logran terminarlo en las escuelas privadas y en las públicas apenas se gradúan 26. Los países con mejores resultados han logrado una educación pública y gratuita de calidad, con aliento a la meritocracia. Porque aunque hoy no es garantía de justicia para la inclusión y la movilidad social, no por eso está perimida. Una sociedad meritocrática tiene principios más justos: es más justo alcanzar algo en función del mérito que en función del apellido o la fortuna.

El modelo finlandés es un ejemplo. Finlandia, cuyo sistema educativo es considerado el mejor del mundo, tiene un calendario similar al argentino, en torno a los 190 días de clases. Pero la calidad de la educación es distinta. El éxito de su sistema educativo comenzó a notarse en los exámenes Pisa, en el año 2000, cuando Finlandia encabezó el ranking en lectura; tres años más tarde lo encabezó en matemáticas y en 2006 en ciencias. En 2009 se ubicó segundo en ciencias, tercero en lectura y sexto en matemáticas y Argentina ocupó los puestos 57, 58 y 54, sobre 65 países participantes.

En Finlandia el 100 por ciento de los alumnos de primaria concurre a la escuela secundaria, el 93 de ellos se gradúa y el 66 por ciento prosigue estudios universitarios. Es la tasa más alta de Europa. En Finlandia los maestros ganan un salario similar al de cualquier profesional, gozan de una gran reputación y son estrellas de la sociedad. Para llegar a ser docente, se requieren estudios universitarios: tres años de licenciatura y dos de maestría. Para acceder se requiere un promedio de por lo menos 9 puntos y superar un estricto proceso de admisión. En virtud de ello, en el último año, de 1.600 candidatos a cursar fue admitido el 10 por ciento de los postulantes.

Sería deseable para al menos acercarnos a estos estándares que los sindicatos docentes de nuestro país, además de pelear por un salario digno exigieran mayores requerimientos para ingresar al ejercicio de la profesión y la preparación de quienes ya la ejercen para cumplir con dichos requerimientos. Ese será el día en que los docentes sean socialmente respetados como lo son en otras sociedades y apoyados en sus reclamos salariales.

Mucho de todo lo malo que nos pasa no es adjudicable de manera directa a políticas de uno u otro signo sino que estas no fueron más que la devolución de los gobiernos de turno a pensamientos y pretensiones arraigadas en el pueblo desde la génesis misma de la Nación. Dicho de otro modo, y hablando de meritocracia, cada pueblo tiene el gobierno que se merece. O visto de otro modo, los gobernantes dan y hacen lo que el pueblo, aunque pueda estar equivocado, pide en el momento, sencillamente porque dependen de su simpatía y adhesión para seguir estando donde están. Mientras los colonos ingleses en EE. UU. pagaban los impuestos de su bolsillo, las colonias españolas eran una sociedad y una economía rentística, cuya fuente principal eran las regalías, no los impuestos. Buenos Aires dependía de los recursos que llegaban de Potosí. La renta minera fue reemplazada luego por los recursos aduaneros, hasta 1930. Y desde aquella trama se instaló un dilema. Desde los años 30 estamos encerrados en esa trampa: ¿quién paga por los bienes sociales, los bienes comunes, los bienes públicos para establecer equidad en la educación, que es el punto de partida para que pueda aplicarse aquí una meritocracia justa y no “de cuna”?

La educación es la industria pesada de un país porque fabrica ciudadanos. La nuestra fabrica mal porque la educación no es una política de Estado sino otra de las tantas herramientas clientelares de la política. Si no fuese así, ¿por qué no se puede debatir el estatuto docente? Entre otras cuestiones en que la sociedad y los alumnos son rehenes de una situación simbiótica entre gobernantes y educadores.

Hoy hay maestros desganados, con records de feriados y licencias, y alumnos dispersos, aprobados para no frustrarlos. Meritocracia no es un enfoque perfecto, pero nivelar hacia abajo conduce a la decadencia. No todos podemos ser violinistas virtuosos, futbolistas destacados o exitosos empresarios. Cada uno puede hacer el esfuerzo de mejorarse a sí mismo. Si por comodidad no se esfuerza, no merece ayuda.

¿Qué calificamos? ¿El resultado o el esfuerzo? Ambos. ¿Por cuáles variables medimos? De muchas formas, observando la situación inicial del alumno, en qué situación se encuentra hoy y qué hizo para llegar donde está. 

Todas las culturas premian el éxito, es la forma de que las cosas funcionen. Si el origen socioeconómico provoca desventajas en la educación y por ende en las oportunidades, lo natural es otorgarle atención extra a quien lo necesite para balancearlo; por ejemplo, asignarle una cantidad de horas extra de estudio con profesores que le den soporte.  Y así está previsto por nuestro sistema. El tema en nuestro país es la mirada de los padres a políticas de este tipo: no faltan los que niegan que sus hijos necesiten un refuerzo, se ofenden porque sienten ser tratados como “subnormales” y también están los que no lo consideran necesario porque todo da lo mismo en tanto el chico pase de año. Y en el ciclo lectivo siguiente se verá cómo le va y así sucesivamente, desechando las instancias de compensación que ofrecen las escuelas. Los docentes se encuentran así con las aulas vacías en los períodos de recuperación porque chicos y padres ven innecesaria esta asistencia o ya están cansados de ir a la escuela. Para ellos, evidentemente, da lo mismo, como en nuestro tango “Cambalache”. 

Y aquí llegamos al meollo del asunto, en la sabia letra de Enrique Santos Discépolo: en la medida de que en Argentina dé lo mismo “ser derecho que traidor;  ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador”. En tanto todo sea igual y nada mejor, “lo mismo un burro que un gran profesor”.  Si “no hay aplazaos ni escalafón”, los ignorantes nos habrán igualado. Pero para abajo.

Sin meritocracia, en ningún ámbito y de ningún tipo, ese es el destino.