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Editorial

No repitamos el conflicto de la Revolución Industrial

Repasando la historia podemos imaginarnos el drama que implicó la Revolución Industrial, un enorme proceso de transformación económica, social y tecnológica que se inició en la segunda mitad del Siglo XVIII en el Reino Unido y que se extendió unas décadas después a gran parte de Europa occidental y Norteamérica, y que concluyó entre 1820 y 1840. Nada era fácil en esos tiempos, aquellos que durante años pasaron de generación en generación conocimientos ancestrales sobre oficios manuales que llegaban a ser muy rentables, se encontraron de pronto con la industria que fabricaba en serie aquellos productos tan laboriosos, con menos detalle quizá, pero de precio accesible para una burguesía que quería crecer. Más temprano que tarde muchos de esos oficios desaparecieron, nació el obrero industrial y la sociedad cambió. Un proceso irremediable y que, en algún punto, resultó doloroso para una gran proporción de la población que no estaba preparada para el cambio.

La historia deja estas enseñanzas que son necesarias para comprender la actualidad, ya que una vez más y apenas iniciado el Siglo XXI estamos atravesando un momento bisagra, en el cual por la aparición virulenta de nuevas tecnologías, muchos empleos van a desaparecer y otros se van a crear.  En síntesis, nuestros chicos que hoy están en la escuela no están recibiendo la preparación acorde a los puestos de trabajo que van a estar disponibles en su vida adulta. Sencillamente porque el trabajo del mañana todavía no existe, no se creó. Sin embargo, sí puede advertirse un perfil y lo que se avizora no tienen nada que ver con las leyes, la contabilidad, con las ciencias que son base de las carreras hoy más elegidas. De hecho, ya se está sintiendo la necesidad de ciertas profesiones que comienzan a tener nichos laborales y no hay quién los ocupe.

Hablamos de profesiones que den respuestas y soluciones a las demandas de la sociedad, y no solo en lo que a tecnología se refiere, como cualquiera podría suponer. También se necesitan hoy y más aun mañana profesionales competentes para atender las problemáticas sociales. La primera, por acuciante y dramática, es la drogadicción.

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires acaba de reconocer que no cuenta con recursos bien entrenados para tratar las adicciones. No porque no los pueda solventar sino porque no los hay, al menos en la cantidad y calidad que hacen falta.

Aunque se trata de una enfermedad que ya lleva años arraigada en la sociedad (y más otras relacionadas, como el alcoholismo), no existe en el ámbito universitario ninguna especialización. Por esta razón, una problemática con particularidades bien definidas, termina siendo tratada por médicos generalistas (en lo que a la salud física refiere) y psicólogos que hacen su saber puntual al andar porque tampoco hay una rama que atienda particularmente esta patología. Y sobre todo, hay en el tratamiento de las adicciones mucho voluntarismo. 

Volviendo a los cambios tecnológicos derivados de la nueva convergencia en telecomunicaciones y sus aplicaciones, hay evidentes consecuencias en el desarrollo de los nuevos saberes, los nuevos empleos y las nuevas organizaciones. No obstante, estas posibilidades a futuro no se fomentan como debiera desde la escuela y tampoco desde la familia. Y es así como las carreras tradicionales se abarrotan de estudiantes y otras que son las que tendrán más posibilidades de desarrollo futuro tienen flacas matrículas. En las escuelas no se exhiben prácticamente y en los hogares se las subestima, por el temor a que no sean lo rentable que parece ser hoy tener una chapa profesional en la puerta o un estetoscopio colgado en el cuello. Un ejemplo concreto que tenemos muy cerca: la carrera de Genética se ofrece en apenas tres universidades públicas, una de ellas es nuestra Unnoba. Pero en todos los casos, siendo una carrera del futuro y con tan pocos puntos de cursada, tienen una matrícula escasa. En cambio carreras como abogado, contador y otras tradicionales rebalsan de alumnos quienes, a la postre se encontrarán con una plaza muy copada de profesionales o quizás sin un trabajo rentable, porque quién sabe cuán necesaria será en el futuro la intervención de un abogado o un contador. 

La familia también, junto a la escuela, cumplen un rol fundamental, porque la creencia social de que los actuales oficios y profesiones serán también rentables en el futuro, no incentivan a los jóvenes a explorar posibilidades ligadas a las nuevas tecnologías, como la robótica o el uso comercial de las redes. 

En un mundo globalizado y conectado donde la tecnología cada vez es más eficiente y necesaria, la pregunta es si estamos preparando a nuestros jóvenes para el futuro. La respuesta de momento es negativa, no se está educando para el futuro,  para lo que no solo debemos proporcionar el conocimiento necesario sino que debemos reestructurar el actual modelo de educación y entender las competencias y características que deben ser estimuladas y enseñadas para los trabajos que vendrán. No hay peor frustración que estudiar varios años una carrera que luego no tiene un mercado real donde desarrollarse. Mientras que viviremos la paradoja de que los nuevos nichos de trabajo no tendrán el personal necesario y adecuado. Sería tristísimo tener que “importar” mano de obra.

La gran mayoría de los jóvenes no tiene nada claro a qué se quiere dedicar profesionalmente, muchos no han logrado en la adolescencia poner blanco sobre negro sobre su vocación y habilidades. Tampoco la escuela les muestra un amplio abanico de posibilidades, más bien todo lo contrario. Y muchos se ven desafiados a escoger una carrera y, posteriormente, entrar en el mercado laboral sin una noción real de sus funciones, con la esperanza de que la experiencia les clarifique el panorama. De acuerdo a la educación actual difícilmente nuestros jóvenes tengan los conocimientos necesarios como para decidirse por una carrera que incluya las nuevas tecnologías. Lo que claramente les generará frustraciones a la hora de desarrollarse en la vida económica adulta. La verdad que sería mucho más fácil explorar de antemano las posibilidades ciertas que ofrece este tiempo bisagra, enseñar a los jóvenes a reflexionar sobre su papel en la sociedad, las nuevas tecnologías y lo que ofrecen lo que les ayudará a adquirir mayor autonomía y confianza para buscar su sitio en el mercado de trabajo.

Porque las futuras generaciones vivirán una situación distinta a la actual en que lentamente se van produciendo cambios tecnológicos en el plano laboral, cambios que de acuerdo a la experiencia histórica luego se van acelerando, por lo que es importante mirar el proceso con antelación. Porque esto evitaría que se atreviesen etapas de sufrimiento que, a la manera de la Revolución Industrial del Siglo XVIII, podemos evitar.