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Editorial

Macri ante una opción de hierro

Las elecciones de medio tiempo se van acercando y no deja de representar una trampa para cualquier Gobierno, porque solo tiene un año de gracia para trabajar con relativa libertad de movimientos, que ya al año siguiente tiene el primer test electoral. A veces, como sucede en el caso de Mauricio Macri, los comicios legislativos le llegan en plena recesión, en su intento de torcer un destino de desbarajuste heredado del kirchnerismo, en función de un plan económico que busca blanqueo de la economía, apertura y sinceramiento.

En este sentido, el Gobierno macrista enfrenta un enemigo cruel: el tiempo. Porque necesita producir hechos que se visibilicen rápido en la vida cotidiana de la gente, ya que las elecciones de medio término son este año y marcarán el rumbo de su Gobierno por el resto del mandato. Y los hechos que los argentinos pretendemos no son plausibles a esta altura del camino iniciado. Todo lo contrario, si empezáramos a ver intempestivas mejorías, como servicios más baratos (por subsidios), será el signo de que nos alejamos del cambio, de que Macri sucumbió a las mieles del poder y prefiere simpatía a cambio de voto en lugar que cumplir con su compromiso de sincerar y sanear nuestra economía.

Fue tan contundente y reiterativo el discurso de campaña del “cambio” para mejor, que hoy impera la desilusión. Pero la realidad es que negar que llevamos años de desmanejes y no asumir que encauzarnos va a demandar otra pila de años es una postura aniñada, caprichosa e ignorante. No obstante ello, políticamente la falta de una mejoría perceptible es capitalizada políticamente por la oposición. 

Medidas que se sabían necesarias han generado un lógico malestar social en las clases trabajadoras que vienen soportando la inflación y ven evaporarse sus salarios. Pero que también en los sectores medios y medios altos, que son los que apoyaron el cambio con más intensidad, se pongan ahora de punta con la gestión, no se entiende. Más que nadie los votantes de Macri, que prefirieron la no continuidad de los modos K, debieran comprender que los cambios son lentos, que lo que se vienen haciendo mal por años no se cambia en meses, que cuando los “tratamientos” para las “enfermedades” que tenemos son dolorosos. En fin, que no es soplar y hacer botellas. Nada en la vida lo es.   

Salir de un espiral inflacionario tiene implicancias, sacrificios, evitar que la maquinita de hacer billetes funcione las 24 horas del día conlleva esfuerzos que quienes apoyaron el cambio deben asumir como parte del proceso. Decimos esto porque en el discurso oficial hay posturas que son muy criticadas por la gente. Parecen dos ardides pero son dos realidades: la pesada herencia y el cambio.

Aunque suene a excusa, la pesada herencia es una realidad que complica lo segundo, el cambio. Quizás la gente no vea la pesada herencia, como algo palpable, pero en la administración se sufren y se sufrirán por largo tiempo los desmanejos kirchneristas, que dejaron casi un 30 por ciento de pobres, servicios subsidiados sin destino y fronteras cerradas al comercio internacional. Poner en orden estas cuestiones es un trabajo que atenta contra la percepción del cambio para mejor. Por el contrario, el ciudadano siente que está peor y esto se refleja en las encuestas donde el Gobierno viene perdiendo puntos positivos sin solución de continuidad. Más rápido y efectivo en orden a que haya una percepción positiva de la realidad sería ampliar la base monetaria, volver a subsidiar  a ricos en igual o mejor medida que a los pobres, seguir pagando el Fútbol para Todos. Pero, ¿y el cambio que votó la mayoría? ¿Y nuestra Argentina dentro de tres años?

La verdad es que no podemos afirmar que el ciudadano tenga una percepción errada, es claro que en su bolsillo no está mejor sino peor, porque está en la mitad de un río revuelto y llegar a la otra orilla no es tan sencillo como parece. Al fin lo que busca Macri es, de una vez por todas, hacer las cosas de manera correcta en este país: que los subsidios sean los justos y necesarios, que las instituciones funcionen, que la economía se sane. El problema es el “mientras tanto”, porque en esta etapa de ajuste el malestar crece y la paz social se ve jaqueada por la protesta. Y el desafío es tratar de llegar a la otra orilla sin que nos ahoguemos en medio.

Para contentar a la sociedad quejosa sería más sencillo para el Gobierno seguir haciendo un poco más de populismo, emitiendo para incentivar el consumo, subsidiando sin control sin sincerar los costos de los servicios. Ganaría más fácil las elecciones de medio término pero el resultado sería nefasto para la gestión siguiente y al fin nunca saldríamos del hoyo.

Con respecto a la promesa de cambio, es importante entender que se trata de un proceso largo, sencillamente porque de largo viene el desbarajuste. Los que votaron por el cambio son los que más debieran entender eso y aceptar el doloroso camino por transitar. Es claro que aquellos sectores que no apoyaron el cambio en la Argentina, muchos de los cuales hoy protagonizan las protestas, no van a entender razones porque a-dhieren a modelos políticos como el que tuvimos durante los 12 años pasados. Sin embargo una mayoría de los ciudadanos prefirió asumir  la realidad y apoyar un viraje de nuestra economía que nos lleve, en algún momento, al desarrollo. Y triste es pensar que la gente que prefiere otro modelo piensa y trabaja para que a la actual gestión le vaya mal. 

Hay que asumir que los cambios que viene protagonizando nuestra economía no es posible hacerlos visibles en poco tiempo, es como quien inicia un tratamiento de curación. Lleva su tiempo y dolor pero se tolera porque se entiende que se trata de un proceso de curación. 

Es claro que, en el trance, el Gobierno debe apuntalar a los sectores que ya no tienen de dónde ajustarse, apoyar a las industrias que deben reconvertirse para poder sobrevivir a los nuevos tiempos, pero no cambiar el rumbo. De lo contrario todo el esfuerzo que ya hicimos quedará en la nada y postergaremos, una vez más, nuestra posibilidad de salir del túnel. Sería un fraude, una nueva mascarada, si para caer simpático Macri no hace lo que considera que hay que hacer, con total honestidad intelectual. 

El mundo a estas horas no está ayudando, y eso complica nuestros planes, muchos países han comenzado a protegerse de la globalización cerrando, en parte, sus fronteras. Eso no colabora a que nuestro país reciba las esperadas inversiones que necesitamos y que son las que ayudarían a salir más rápidamente del ajuste. Pero el nivel de inversión finalmente crecerá, no como resultado de acciones mágicas sino de haber sostenido un modelo que las atrae.

Lo cierto es que el Gobierno está ante una decisión que marcará su marcha para los próximos años en el poder: si se mantiene en su plan económico, comunicando correctamente y predicando sobre los sacrificios que son necesarios a fin de ver los primeros brotes verdes, sólidos y reales, de una economía saneada o cae en la desesperación por las próximas elecciones y tuerce el rumbo en la búsqueda del voto más fácil, pero el más peligroso a futuro.