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Editorial

Lo sucedido en Olavarría, un nuevo quiebre en nuestra historia

Hay muy pocos negocios que dejan más de 10 millones de dólares por un par de horas, de modo que debiéramos presumir que todos los que concurrieron con su entrada al recital del mítico “Indio” Solari pasarían una gran noche, que habría controles, ambulancias, seguridad privada y pública, alguna comodidad. La realidad fue otra, el desastre, la avaricia de los organizadores y la irresponsabilidad del Estado que lo permite, hizo que, al fin, hubiera muertos y heridos. La tragedia golpeó a cientos de miles de familias, porque todos, algunos por unas pocas horas, pasaron la zozobra de desconocer el paradero y el estado de los suyos. Aunque por la multitud que eran algunos no se enteraron sino por los medios, la mayoría de los concurrentes que la pasó mal. Más aun los que lo vivieron más de cerca, porque “sin comerla ni beberla”, estuvieron toda la noche al borde de la asfixia, rodeados de los inadaptados de siempre que estaban borrachos, drogados o ambas cosas. 

En este marco fue un milagro que habiendo ingresado más de 300 mil personas en un predio para 150 mil, tengamos dos muertos y algunos heridos. A la hora de hacer este editorial solo quedaban unos 50 jóvenes que no habían podido regresar, de los trescientos cuarenta de la mañana de ayer. Dicen que los 1.400 efectivos de seguridad privada contratados por la productora no alcanzaron. Obviamente. Por decisión de la organizadora privada, ellos que debían ocuparse del control adentro pero para cuando empezó el recital no había nadie a la vista. Había además 1.100 policías bonaerenses ubicados en los alrededores pero los concurrentes tampoco sintieron esa presencia. Así fue que la fiesta ricotera del sábado por la noche terminó en tragedia. Por inoperancia en el manejo de multitudes pero sobre todo por un combo explosivo de inadaptados y de un artista que no parece entender que se ha convertido en un fenómeno sociológico y que eso conlleva responsabilidades, aunque él no haya buscado esta situación.

Aun cuando el Indio no sea el organizador, no puede desentenderse de ella, de lo que provoca en la gente, de toda mística que él mismo ha generado y que además abona con sus actitudes. La “misa ricotera”, un encuentro con mucho de mística que comenzó con Los Redonditos de Ricota y siguió él mismo como solista, no sería lo que es si él mismo no propiciara esta peligrosa mística alrededor. Solari sabe que sus seguidores sin entrada van igual, porque se abren las puertas a poco de iniciar el recital e ingresan todos. Sabe que sus convocatorias son ineludibles y no busca satisfacer a sus simpatizantes de una forma lógica, desde el punto de vista comercial y artístico, que sería con presentaciones frecuentes y en todo el país, sino que opta por estas citas que no pueden ser humanamente controlables. Estamos hablando de tres Olavarría moviéndose en masa. Imaginemos nuestra ciudad con el triple de su población. 

En medio de las más de 300 mil personas, hubo avalanchas y desmanes durante el mega recital. El cantautor vio el clima enrarecido y frenó varias veces entre canción y canción para pedir calma y hasta cambió los temas más movidos por otros más lentos para evitar que la gente saltara. Era tarde, el desastre ya estaba hecho. 

En tanto, el intendente de esa ciudad, Ezequiel Galli, no estuvo a la altura de las circunstancias desde el principio y aseguró que “la situación se fue de las manos”. Vaya novedad, tanto que no se previó nada. Cuando firmó un convenio con los organizadores para que se hiciera en Olavarría el recital, estaba tan desesperado por ser “el que llevó al Indio” a su localidad, cuando en años anteriores el exintendente Eseverri no lo permitía, que hasta dejó pasar una cláusula por la cual es corresponsable de la jornada. “Lamento profundamente que la fiesta haya terminado así. Si bien no tengo responsabilidades legales con los fallecidos, me siento responsable con la situación”, dijo Galli al mediodía en una conferencia de prensa y destacó, tras advertir que el predio estaba habilitado para albergar unas 200 mil personas, que “no esperaban tanta gente”. En fin, no sabe lo que firmó.

Voceros del Municipio explicaron que se calculó la seguridad pensando que iban a recibir a 150 mil espectadores y que incluso, para cubrirse, apuntaron a 170 mil. “Nunca se nos ocurrió que podían ser más. Suponemos que se vendieron tickets extras y que hubo gente que ingresó sin entrada. Eso lo tendrá que definir la Justicia”, agregaron desde la Comuna.

Desde el Ministerio de Seguridad bonaerense sostuvieron que eran 1.100 los policías que custodiaban la zona lindera al campo “La Colmena” y que esa cantidad resultaba “suficiente” para contener a 150 mil personas. “La Policía controló que no hubiera desmanes fuera del lugar. Fue un evento masivo pero privado, por eso la Bonaerense no pudo ingresar. Y el trabajo que se hizo afuera fue el adecuado. Se realizaron nueve detenciones: siete por venta de cocaína y dos por el robo de un kiosco cercano a la terminal”, precisaron voceros de la cartera provincial.

Los organizadores del evento no quisieron hablar, pero estaban bien cómodos con la teoría del Indio Solari de la autocontención, es decir que “nos cuidemos entre nosotros”, porque se ahorraban mucho en seguridad. “Por el momento, decidimos conveniente no hacer declaraciones”, se limitó a decir Matías Peuscovich, uno de los productores del show.

Al fin, todo este conflicto terminó en la Justicia, como no podía ser de otra manera, se dictó el “secreto de sumario” en la causa que tiene al frente a la fiscal Susana Alonso. La titular de la Unidad Fiscal de Investigación  Nº 7 confirmó los fallecimientos de los dos hombres y resaltó que hubo venta de entradas “sin límite”. También prometió “ir a fondo” para determinar quiénes fueron los responsables del descontrol.

A su vez, Alonso señaló que los presentes en “La Colmena” podrían ser más de 400 mil, según “la estimación de las imágenes tomadas por los drones” y se lamentó por encontrarse con “gente cortada y fracturada”.

Lo que pasaron los vecinos de Olavarría es un capítulo aparte, vivieron el aluvión con temor, incluso antes de los incidentes. Es que son cien mil habitantes y en pocas horas recibieron a más del triple de su población. “Se sabía que esto iba a pasar: no hicieron nada para evitarlo” dicen los vecinos ante las cámaras. Algunos la pasaron mal, con fanáticos que zapateaban en sus techos o trataban de colarse en sus hogares por los patios. Al mediodía siguiente, se registraron saqueos en la terminal. Los negocios bajaron las cortinas y los pocos que aún tenían dinero no encontraron lugares para comprar comida. Hubo enfrentamientos con la Policía, que tiró balas de goma. Del otro lado, los fanáticos, enojados por la pesadilla que estaban viviendo, respondieron con piedras y botellazos. En el Hospital Municipal de Olavarría todo era angustia e incertidumbre. En las primeras horas y ante la falta de señal de celular, se acercaron amigos de los perdidos en las avalanchas. Mostraban fotos y aportaban datos sobre cómo estaban vestidos. Las redes sociales también fueron clave para la búsqueda. Se creó la página de Facebook “Recital del Indio-¿Dónde estás?” para consultar sobre el paradero de las personas que todavía no habían sido localizadas. En el mismo sitio compartieron los listados de los colectivos y las combis que emprendieron el regreso con sus pasajeros sanos y salvos.

La realidad es que no se puede ser ingenuo frente a un fenómeno sociológico como el del Indio Solari, él lo conoce, los organizadores lo saben bien y las autoridades también. Hace mucho tiempo que se repite lo mismo: un recital al año, al que concurren sus fanáticos de todo el país, algunos que como parte del ritual van tomando alcohol y drogas desde que se suben al colectivo hasta que vuelven del recital, otros irresponsables que se creen que aún son adolescentes y van con sus niños pequeños a un evento que puede terminar en trampa mortal.

Al fin, tuvo razón el presidente Mauricio Macri cuando les dio las condolencias a las familias de los fallecidos pero advirtió que si no se cumplen las normas esto es lo que sucede. Si hubiese habido varios anillos de seguridad antes del ingreso, como se estila y se cumplían las condiciones que exige la ley para estos eventos, nada hubiese pasado. Porque si no se cumplen las normas no se autoriza el recital, así de simple tiene que ser en estos casos.

Este año el UDP, la fiesta del “ultimo día de primer día de clases”, que es una fiesta que pasó de ser privada a pública y se realizó este fin de semana en un club de Pergamino, la Municipalidad la autorizó solo si no se vendía alcohol, por la presencia de menores. Obvio que muchos estudiantes se enojaron y ensayan distintos tipos de protesta. Pero esta es la forma de actuar de un Estado responsable. De este modo, y aunque nunca se está totalmente exento de una fatalidad, se realizó una fiesta y no hay lamentaciones de víctimas.

Lo sucedido en Olavarría implicará, sin dudas un quiebre en este tipo de eventos, ya no se puede concurrir a recitales masivos sin controles internos y externos y permitiendo el ingreso de concurrentes tomados o drogados, sin entrada y con botellas de vidrio en la mano. A partir de ahora los recitales serán distintos, organizados de otra manera porque presumimos que, de lo contrario, no se debiera permitir el evento. No siempre se puede ser “simpático” cuando se gobierna porque las leyes están para ser cumplidas. Si no se hace, el resultado puede ser catastrófico.