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Editorial

El triunfo de Macron deja un mensaje global

La victoria en las elecciones presidenciales de Francia de Emmanuel Macron, un exbanquero pro Unión Europea e ideológicamente liberal, demuestra que la ola populista y nacionalista, que pareció reverdecer en noviembre en las presidenciales de Estados Unidos con el triunfo de Donald Trump, no va en expansión sino en retroceso.

Al frente del nuevo movimiento “En Marche”, derrotó Marine Le Pen, alineada con el presidente Trump y el ruso Vladimir Putin. Macron, que a los 39 años será el presidente más joven de la República, conectó con la necesidad de renovación moderada de millones de franceses, y se benefició del amplio rechazo que suscita el partido de su rival, el Frente Nacional. Por eso Macron consiguió un 66,06 por ciento de votos, frente a un 33,94 de Le Pen. Un triunfo muy amplio y rotundo.

Desde la perspectiva general, la elección de Emmanuel Macron deja un mensaje global porque si bien la historia nunca se mueve en línea recta, donde una sola verdad explica toda la realidad, lo sucedido en Francia reafirma la idea de que se va terminando la etapa del populismo y el nacionalismo y aun en un momento de escepticismo con el capitalismo de libre mercado Francia emprende el camino de apostar y fortalecer al Mercado Común.

Si hace unos meses, cuando el mundo estaba convulsionado por la irrupción de Trump y la salida de Reino Unido de la Unión Europea, se planteaba que Francia iba a elegir a un presidente europeísta y liberal, defensor de la globalización y partidario de la apertura de las fronteras, muy pocos lo hubieran creído. 

El triunfo de Macron en términos políticos conlleva a otra lectura que lo acerca a figuras como Trump y es la aparición de figuras sin historia militante ni en el manejo del Estado, dirigentes que nacen del sector privado y terminan en un abrir y cerrar de ojos dejando desairados a los partidos políticos tradicionales de sus países. Son figuras que emancipan a los votantes de los partidos del establishment, los que en las últimas décadas han comenzado a implosionar en el mundo. Son los que apelan a una sociedad harta de la vieja política y las mega estructuras ofreciendo un renovado optimismo pragmático. 

La victoria de Macron en Francia por ahora significa más por lo que evita -el ascenso al poder de un partido extremista que quería sacar a Francia del Mercado Común y del euro- que por sus propuestas en sí pero no deja de ser una señal de fortalecimiento de movimientos políticos que alejan al mundo del populismo.

La Argentina con Mauricio Macri en la presidencia también marcó en América Latina un rumbo contrario al populismo, Brasil sigue el mismo paso (aunque con serios problemas de legitimidad gubernativa) porque la realidad es que la región, como sucede en el mundo en general, atraviesa oleadas, épocas marcadas por distintos modelos que se imponen. Por ejemplo, la última década fue de populismos, cuando gobernaba Dilma Rouseff en Brasil, Cristina Kirchner en la Argentina, José Mujica en Uruguay y Hugo Chávez en Venezuela (hoy rozando una guerra civil a manos del presidente Nicolás Maduro). 

También podemos marcar otros períodos con características muy definidas que se replicaron en varios países, que grafican cómo el mundo suele moverse por momentos en un sentido y luego en otro, lo que indica que ningún modelo es bueno siempre por lo que siempre hay que estar dispuesto a los cambios que marquen los signos de los tiempos. Tal fue el caso la ola privatizadora de los 90 que marcó a los países de occidente y que en nuestro país fue asumida por la administración de Carlos Menem. La realidad es que aquí no se estaba inventando nada sino siguiendo los signos de la época que marcaban la incursión del sector privado en negocios que antes solo monopolizaba el Estado, y que –visto hoy en retrospectiva- fue la antesala, la preparación de la era de las telecomunicaciones. Aquellos procesos (sin desconocer lo mal que se hicieron) fueron los que propiciaron que empresas estatales muy atrasadas en su tecnología y funcionamiento producto de la falta de fondos y las burocracias estatales pudieran ponerse a tono con las demandas de la sociedad. Se puede criticar el nivel de corrupción con que se llevó adelante este proceso, pero estábamos siguiendo en materia económica los dictados de la época. Y eso, acompasar la economía local con la mundial -y más en épocas de globalización-, es lo mejor que puede suceder.

Hay pensadores que consideran, en cambio, que tanto el triunfo del ala separatista de la Unión Europea en el Reino Unido como la llegada a la presidencia de Donald Trump marcan un reingreso de los nacionalismos con rasgos de populismos de derecha, países más cerrados y proteccionistas. Son los que veían al Mercado Común ya sin Francia, tras un triunfo de Le Pen, y casi alemanizado a manos de Angela Merkel. Sin embargo el triunfo de Macron renovó el equilibrio en la región y se ha fortalecido el sentido europeísta del viejo mundo. 

 

El retroceso del populismo y el auge del liberalismo renovado que se produce en Europa y en América Latina de la mano de “outsiders” de la política también es una etapa que el mundo occidental está atravesando y que durará más o menos tiempo en función de los resultados económicos y sociales que conlleven a este modelo internacionalista y globalizado.