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Editorial

El sindicalismo en la mira por casos paradigmáticos de manejos arbitrarios y corrupción

Las noticias acerca de las maniobras, enriquecimientos sospechosos, accionar cuasi mafioso, procesamientos judiciales y, eventualmente, detenciones de algunos sindicalistas argentinos, nos entretienen pero no nos asombra. De alguna manera los personajes y las situaciones son abrumadoramente previsibles. Nos guste o no, de una vez por todas se empieza a hablar de lo que todos, desde hace años, venimos viendo.

Repasemos algunos casos. Marcelo Balcedo, del Soeme, es un sindicalista de bajo perfil en la escena nacional pero que saltó al estrellato de la peor manera para su reputación: el país lo conoció cuando le ponían las esposas y le incautaba de una fortuna en bienes supuestamente mal habidos. El sindicalista es multimillonario y fiel a su estilo le gusta exhibir sus millones porque en el manual de sindicalista criollo se roba para enriquecerse, pero sobre todo para mostrarle al mundo que hasta en los dientes de la esposa hay diamantes incrustados.

El sindicato que dirige es heredado. En ese punto también el hombre se ajusta al manual del dirigente sindical: los hijos disfrutan de los sindicatos ganados por sus padres. En la confección de este linaje, Hugo Moyano (otro de los personajes a analizar) y Balcedo, no están solos.

En el caso del gremio de Balcedo no es un sello pero se parece mucho. Una de las habilidades de los sindicalistas ha sido la de dibujar gremios, oficio realizado supuestamente en defensa de los trabajadores, aunque, como se podrá apreciar, los trabajadores son los grandes ausentes en esta puesta en escena. 

Fiel a ese libreto, Balcedo suma a su currículum antecedentes de extorsionador y algunas delicadas y discretas conexiones con el narcotráfico. Por lo pronto, su estilo de vida no es muy diferente al de Pablo Escobar, o a la imagen que las series de televisión nos han dado del célebre narco colombiano.

De todos modos, no hace falta viajar a Colombia para inspirarse. En Argentina, el gremialismo ha ido construyendo una estética que muy bien podría calificarse de ostentosa y grosera. Una especie de rico nuevo que con sus millones no puede ocultar su falta de apego a las buenas formas de hablar, de actuar en la vida y hasta de vestirse. 

Eso sí, rápidos para los números, para las piñas, la balacera y el apriete. Rápidos y eficaces. Astutos, decididos y, en más de un caso, corajudos. Les gusta cultivar un ritual de códigos y contraseñas. Su estética es la del populismo, el nuevo rico, pero su ética es la del capo mafioso o en su defecto, la del rufián exitoso.

Otro caso paradigmático es el de Hugo Moyano, un personaje conocido al extremo, que con el paso del tiempo fue tratando de blanquear su imagen, pero que no puede ocultar sus formas de amasar una fortuna, a partir del armado de un verdadero clan familiar, que tiene múltiples conexiones entre sí, con sindicatos, empresas, obras sociales y hasta un club de fútbol, como Independiente de Avellaneda. Por estas horas, el clan Moyano está bajo la lupa de la Justicia, alguna desprolijidad puede hacer saltar los fusibles de un entramado tan complejo como eficaz, al menos hasta ahora. Para algunos, que los Moyano estén en la mira está relacionado directamente a cuestiones políticas, en tiempos en que el Gobierno está tratando de implementar una reforma laboral, para lo cual necesita el aval de este pope de los gremios. Quienes sostienen esa teoría, al mismo tiempo, están reconociendo que hay cosas oscuras que podrían quedar sepultadas a cambio de una concesión al poder político de turno.

Ojalá que no sea así, porque para el bien del país, una reforma como la que busca implementarse debería salir del consenso legislativo y no desde un acuerdo espurio que canjee apoyo por impunidad.

Otro caso de sindicalismo obsceno, impertinente y arrogante es el de Luis Barrionuevo, de Gastronómicos, quien ya no parece tener límites. Su lengua filosa,  muchas veces recordada por aquella frase de que si por un tiempo se para de robar la Argentina sale a flote irremediablemente, ahora sumó otra declaración tan desafortunada como peligrosa: le advirtió a Mauricio Macri que no se meta con los sindicalistas, porque tanto los gobiernos de Raúl Alfonsín como de Fernando de la Rúa lo hicieron, y ambos se tuvieron que ir antes de tiempo. 

Así, directo y sin eufemismos, animándose a “apretar” públicamente hasta el mismísimo presidente de la Nación, actúa este dirigente gremial.

Se dirá que los sindicalistas no son todos iguales. Por supuesto que no lo son. Es verdad que una sociedad democrática es una sociedad con sindicatos, pero la pregunta a hacerse en estos casos es si estos sindicatos tienen que ver con una sociedad democrática.

Hoy hay un amplio consenso en admitir que una de las grandes batallas perdidas por la democracia recuperada luego de los negros años de dictadura militar fue la de la reforma sindical.

No son todos iguales, pero a la inmensa mayoría le encanta quedarse en la conducción del gremio hasta el fin de los tiempos. “Gordos” y “flacos”, combativos y burócratas, compiten entre ellos para ver quién se mantiene no más años, sino más décadas en la conducción del gremio. Puede que algunos roben más y otros roben menos; puede que algunos cuenten con un ejército de matones y otros cuenten apenas con una patrulla; puede que unos sean más austeros y otros más exhibicionistas. Pero a la hora de los beneficios y los privilegios pareciera que todos son iguales; también lo son en el absoluto desprecio que tienen por los afiliados a quienes manipulan, engañan y, en más de un caso, corrompen.

El chantaje, la coima, el apriete, son algunos de sus recursos preferidos. En los últimos años sumaron los piquetes porque cómo se iban a perder semejante oportunidad de darles trabajo a los barrabravas y disponer de otras fuentes de extorsión.

De todos modos, su principal fuente de ingresos son las obras sociales, cifras millonarias succionadas por decreto a los trabajadores que ellos manejan a discreción y que políticamente blanquean con la consigna “las obras sociales en manos de los trabajadores”. A ese botín no lo obtuvieron de manos de Perón o de algún presidente democrático. Mucho menos luchando. Se los otorgó la dictadura de Juan Carlos Onganía. Con militares y grupos empresarios mantuvieron y mantienen una relación contradictoria. Por un lado, cierta derecha dura no disimula su desagrado por estos personajes, pero por el otro los necesita porque prefieren a estos gremialistas porque son corrompibles y porque más allá de sus extorsiones y raterías, mañas y agachadas, son leales como el perro con el amo que les da de comer.

Algunos fueron combativos, otros pagaron con la cárcel sus audacias; y hubo quienes perdieron la vida a manos de sicarios de la derecha o sicarios de la denominada izquierda peronista.

De todos modos, Balcedo, como el “Pata” Medina, el “Caballo” Suárez y Pedraza (todos en prisión) no son una anécdota, una excepción o una minoría. Constituyen un perfil clásico de dirigente sindical forjado en todos estos años con la complicidad de empresarios y funcionarios estatales. Así lo define muy bien el pergaminense José Luis Espert en su libro La Argentina Devorada, en el que remarca que el país sufre, desde hace décadas, un círculo vicioso entre un sindicalismo corrupto, empresas por prebendas y un Estado gigante.

 

Ocurre que más allá de anécdotas, historias personales y leyendas, la estructura sindical de la Argentina, el régimen gremial existente, está corrompido y nadie, ni siquiera el más santo o el más bueno o el más combativo puede escapar de ese cerrojo forjado en una añeja tradición en la que justas reivindicaciones se confunden con extorsiones y coimas; reclamos solidarios disimulan apetencias y ambiciones bastardas; necesidades sociales insatisfechas se transforman en pretextos para enriquecerse y corromperse. Ninguno de estos personajes soportan una declaración jurada de bienes o un reclamo mínimo de democratización sindical. Aferrados al gremio por necesidad, no pueden ni quieren hacer otra cosa que la que hacen. Y así estamos.