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Editorial

El caos por los cortes, pobreza y aprietes

Tras los conflictos con los trabajadores enrolados en la CGT y CTA, esta semana recrudeció la problemática con los movimientos sociales. Grupos piqueteros o de protesta que nacieron sobre finales del Siglo XX, cuando la economía argentina se hizo pedazos literalmente. Entonces vieron la luz, y nunca se terminaron de desarmar, ni cuando la situación del país repuntó.

Es bien cierto que con el empobrecimiento que generó el ajuste que aplicó Mauricio Macri para sincerar la economía, estos sectores han crecido en número y en actividad. A esto se suma que incluso aquellos que votaron este gobierno ven fisuras en la gestión, lo que genera un ambiente favorable para que estos sectores ganen adhesión.  Así, con la costumbre de dirimir todas las cuestiones en las calles, vienen cortando distintos puntos de la Ciudad de Buenos Aires.  

Paradójicamente, en este ejercicio de protesta, terminan perjudicando a sus pares, a una clase media y media baja que necesita ir a su trabajo, que necesita cuidar su trabajo,  que utiliza el transporte público. También a los comerciantes que hacen un gran esfuerzo por sostenerse en un marco recesivo y se ven jaqueados en sus ventas por esta  ocupación ilegal. Porque hay que ser claros en esto: es contra la ley y punible. No la protesta sino el método. Sin embargo, el aparato del Estado parece no atreverse a ejercer su poder y coadyuva al perjuicio de las mayorías, a las que desproteje, incurriendo en una doble desatención social. Y el problema es que no se trata de un hecho excepcional, sino cotidiano. 

Ayer la cantidad de protestas fue un verdadero infierno. Hubo acampes reclamando más planes, cortes pidiendo incremento en lo que se gana por plan, y todos en rechazo a la política económica del Gobierno, los despidos, el aumento de la pobreza y la desocupación. Al menos la más visible, en el acampe, lo curioso es que lo que se demandaba no era trabajo sino la mejora en los planes, como si esa situación de desempleo fuera un estatus permanente.

Se pudieron ver banderas de varios partidos de la izquierda del Frente de Organizaciones en Lucha; MTD Aníbal Verón; Federación de Organizaciones de Base; Corriente Clasista “René Salamanca”; Movimiento Resistencia Popular y el Polo Obrero, entre otros. También del Movimiento Evita, Barrios de Pie, la Corriente Clasista y Combativa (CCC) y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (Ctep). Todas superestructuras que en nombre de la gente, que percibe sus asignaciones por vía de la Anses, administra ingentes sumas de dinero. Es decir, estamos hablando de una nueva categoría de ciudadanos: no son activos y pasivos; cobran pero no aportan; se instalan en una posición y nunca se acorta el número, contribuyendo de manera muy onerosa al déficit fiscal sin que esto represente, en sí mismo, un servicio social.

Lo complicado de esta situación que vivimos es que, aunque sea un dato bastante oculto, se supo que hay, entre distintos programas de ayuda, unos cinco millones de planes, lo que no debiera llamar la atención porque en números globales hay 13 millones de argentinos (de todas las franjas etáreas) en la pobreza.

Pero un plan (y mucho menos sus intermediarios innecesarios) no es la solución. Estamos frente a una trampa que no vemos aún por dónde salir. Siguiendo la dinámica de los últimos años, si la pobreza sigue creciendo, el Gobierno deberá seguir incrementando los planes de ayuda y esta situación carga sobre las espaldas de las empresas y trabajadores en blanco, la mantención de los millones de desocupados. Y la realidad es que un país donde hay tantos planes como aportantes de impuestos prácticamente es claramente inviable.

La situación económica de la Argentina, en tanto, se agrava cada día; la pobreza creció y el trabajo escasea, habiendo retrocedido este verano en tres puntos porcentuales, merced a que siguen los despidos. Sin embargo, lo que es lógico y esperable (al menos lo fue en nuestra Argentina en otros tiempos), no sucede: quien queda sin trabajo, no sale a buscar trabajo. Aquella dignidad de llevar el pan a la mesa con el sudor de la frente fue sustituida por la espera de respuestas por parte del Estado. Antes, cuando una  fábrica cerraba, el jefe de familia salía a buscar cualquier ocupación, aunque fuera transitoria, para no faltarles a los suyos, afrontando los sacrificios necesarios para paliar el momento y siempre en la búsqueda de algo mejor. Ahora, la respuesta a una situación que lamentablemente se ha tornado habitual, como es el cierre de comercios e industrias, es que el de-sempleado salga a demandarle al Estado, aspirando a reponer de inmediato su situación anterior, a costa de quien sea. Mientras tanto, en Mendoza necesitaban cubrir 11.000 puestos para la Vendimia y no los consiguieron. Es claramente un cambio de actitud del ciudadano argentino, fagocitado desde el propio Estado. En otro tiempo y actualmente en otras partes del mundo, quien se queda sin trabajo sale a buscarlo y va hacia allí donde lo encuentra. Evidentemente, nadie está dispuesto a los sacrificios. O mejor dicho sí: los miles de desempleados que ayer no acamparon en la Capital. 

Ahora bien, es claro que la mejor manera de salir de esta trampa es creando empleo genuino, porque en los grupos de la protesta hay muchos jóvenes solteros o con hijos, que podrían sumarse al mercado del trabajo. Y no, como viene sucediendo, que se trata de dejar establecido el plan de ayuda como reemplazo de un empleo, tanto que ya solicitan paritarias y aguinaldo, naturalizando una emergencia en una situación permanente.

Muchos reconocen que la protesta es lógica y legítima por la situación que se vive pero  critican las formas, concretamente, los cortes. Esos muchos son también trabajadores, porque el rico, el capitalista, el patrón, si quiere no va a trabajar y evita no el calvario que es el tránsito porteño. 

Gobierno y la prensa en general deben hacer su mea culpa porque la extorsión de transformar la Ciudad de Buenos Aires en un caos ha sido el pasaporte a torcerles el brazo a las autoridades y conseguir más planes y porque la prensa está allí y su sola presencia incentiva los pedidos. “Se hace necesario salir a la calle para que el gobierno dé una respuesta”, dicen los grupos de la protesta. Es necesario eso y que una cámara se haga presente para lograr el efecto.  

Los organizadores de la jornada de lucha adelantaron que le pedirán al Gobierno la implementación de la Ley de Emergencia Social, y la creación inmediata de los 400.000 puestos de trabajos que contempla la ley. Donde dice “puestos de trabajo” léase “planes” porque por el momento no vemos que haya inversiones que sustenten esos empleos.

El Gobierno, si siguiera lo “políticamente correcto”, la postura de “empatía con la gente”, buscaría sacarlos de la calle y evitar los cortes, porque la mayoría del pueblo argentino es lo que desea, según se ve en encuestas. Lo podría hacer enviando las protestas a plazas o espacios donde no impidan la circulación de los demás. Sin embargo, las autoridades, sabiendo que el 90 por ciento de la ciudadanía quiere que eviten los cortes, soportan estoicamente que la mayoría esté enojada y se mantiene al margen del caos que se genera. 

La respuesta no es tan compleja: temen que el inicio de una represión a la protesta, no solo sea mal vista y expresada populistamente por la prensa, que ante cualquier mínimo gesto de orden le saltará al cuello al Gobierno. En este sentido, los medios critican la pasividad del oficialismo ante los cortes, pero se haría un festín si hubiese alguna forma de represión para evitarlo.

Está fresca en la memoria de los políticos la tragedia de 2001, cuando murieron en una protesta los piqueteros Kosteki y Santillán y Eduardo Duhalde adelantó seis meses su mandato y llamó a elecciones. Y este temor los paraliza, al punto de dejar que cada uno haga lo que quiera, mientras los sectores piqueteros se adueñan de la calle, sin respetar los derechos de nadie más.

La problemática es muy difícil y muy delicada, porque el telón de fondo es la pobreza. Y solo el crecimiento de la economía permitirá las soluciones de fondo que se necesitan, todo lo demás es más o menos cosmético en realidad.