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Editorial

Cuando la violencia se filtra en marchas y protestas

Fue una semana de marchas, grandes, multitudinarias, desde docentes,  pasando por la CGT, y por el Día de la Mujer. Los reclamos en la Argentina desde siempre se dirimen en la calle, tenemos una cultura de columna que marcha y plaza de actos. Así nos hemos expresado desde épocas inmemoriales, lo que indica que en términos de protesta no hemos evolucionado con el paso del tiempo, lo que de todos modos es tendencia en el mundo, registrándose protestas callejeras en España, en Estados Unidos, en Francia por los más diversos motivos, no quizá con la asiduidad nuestra.

Lamentablemente, en las últimas movilizaciones se coló la violencia, un fenómeno que no es nuevo en la Argentina pero que confiábamos en que la habíamos dejado atrás. Sin embargo, se registraron incidentes tanto en la marcha de los gremios como en la de las mujeres. En ambos casos sucedió lo mismo: la marcha fue enorme, con expresiones valederas, se desarrolló con normalidad, pero terminó mal.

En la CGT un sector variopinto de violentos tomó el escenario, obligó a huir a los máximos dirigentes de la central obrera y dibujaron una cruz sobre el atril -que dicho sea de paso se lo robaron y lo subastaron por Internet al día siguiente-. El triunvirato cegetista corrió varias cuadras con sus guardaespaldas, mientras les llovían botellas y palos (los que se usaron como pancartas), se produjeron destrozos, y se generó un final caótico.

Luego vino la marcha que bajo el lema #NoEstamosTodas reunió a miles y miles de manifestantes en el marco del Paro Internacional por el Día Internacional de la Mujer. Las pancartas, los carteles, las banderas presentaron enunciados crudos y directos. “Si te pega, no te quiere”. “Ser macho no es ser hombre”, “Perdí el miedo el día que vi pegarle a mi amiga”. “Nos quitaron tanto que nos quitaron el miedo”. “Basta, paren de matarnos, basta”. Todas expresiones que cumplen con el cometido de despertar conciencia frente a un flagelo tan doloroso como creciente, lamentablemente.

La consigna original era clara, sobre todo si tenemos en cuenta que en Argentina, el año pasado se registraron 290 femicidios. Un asesinato cada 30 horas, 401 hijos e hijas que se quedaron sin madre. Entre ellos, 242 menores de edad. Es una encuesta que explica la multitudinaria marcha, la que también apelaba a la igualdad entre hombres y mujeres en lo que hace al mercado laboral, donde en líneas generales la mujer gana menos por el mismo trabajo.

La marcha fue transversal a todas las clases sociales, había mujeres con sus hijas, parejas, gente grande y chicas muy jóvenes. Se pudo ver un camión con altoparlantes que pasó gritando consignas. Pese a la espontaneidad de la marcha y el llamado a expresarse en la jornada, las banderías políticas emergen en forma impropia, porque no era el objetivo de la marcha. Así aparecieron los cánticos dos enemigos (¿de la mujer?) principales: el gobierno de Mauricio Macri y la Iglesia. Después de casi tres horas, la movilización se concentró en Plaza de Mayo, donde se acentuaron las consignas políticas. Se gritaba por la liberación de Milagro Sala, como si hubiese sido encarcelada por ser mujer. ¿No era la igualdad de trato lo que se reclamaba? Pues bien, nuestro Código Penal no distingue en su tratamiento a los hombres y mujeres encausados. Por lo que la conclusión es que se tomó el espacio para hacer reivindicaciones políticas, en total desconsideración para con el colectivo de mujeres que fue creyendo que se iban a visibilizar reivindicaciones de género. Al fin, un grupo de violentas y violentos rompió todos los códigos y fue en contra el motivo mismo de la marcha: la no violencia. Y lo mismo de siempre: golpes, insultos, daños a la propiedad privada y al mobiliario público (ese que pagamos todos) para terminar con corridas e incidentes con la Policía.

Hubo destrozos y un grupo de mujeres, presuntamente pro-abortistas, protagonizó disturbios frente a la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, tirando palos y botellazos, y prendiendo fogatas, durante la desconcentración de la marcha. Como consecuencia de estos hechos, la Policía intervino con celulares y carros hidrantes y una veintena de asistentes fueron detenidas. 

Las caras visibles de los incidentes se invisibilizaron porque todo lo hicieron encapuchadas. Toda una contradicción al sentido de la convocatoria. 

¿Violencia con mujeres encapuchadas en una marcha por los derechos femeninos? Es increíble y denigrante que esto suceda, porque no representa el espíritu con que se convocaron miles y miles de mujeres que concurrieron bajos consignas que nada tienen que ver con la violencia desatada.

Es preocupante que en cada marcha aparezcan estos grupos, por el momento minoritarios, que hacen destrozos y dan rienda suelta a disturbios aprovechando convocatorias que nada tienen que ver con eso. Desnaturalizan toda expresión social genuina, dejando un sabor amargo al resto, que es la mayoría y que no tiene por qué tolerar esa violencia en su nombre.

Además los destrozos hay que arreglarlos, sean en comercios donde rompen vidrieras (tras lo cual algunos aprovechan para robar la mercadería) como en edificios públicos, como la Catedral donde las paredes fueron claramente arruinadas con pintadas, las vallas rotas, las puertas dañadas. E independientemente de que para estas violentan este edificio no represente lo que para muchos, no hay derecho de tener que enfrentar ahora la restauración, los gastos de todos los daños realizados. Porque, por otra parte, esos fondos salen del dinero que aportamos todos. Y la verdad es que no hay derecho a que un grupo de inadaptadas/dos nos obliguen a tolerar sus arranques violentos y además a tener que correr con los gastos.

Párrafo aparte merece la reacción que se genera cuando la Policía busca frenar esa violencia desatada y se lleva detenida a una veintena de mujeres, las que a poco estaban todas en libertad. Porque en esa mirada hipócrita que tenemos los argentinos, repudiamos la violencia pero cuando actúan las fuerzas de seguridad, muchos hablan de represión. En este caso se escuchan gritos de “suelten a las pibas”, victimizando a violentas, que cometieron delitos, bajo la excusa de haberlo hecho en el marco de una marcha, lo que supone –para mucha gente- un “ataque” a la libertad de expresión. Basta de permitir la victimización de los violentos. El delito es siempre delito, cualquiera sea el marco, y la Policía tiene el deber de evitarlos y, una vez consumados, reprenderlos. Es su obligación, no es represión. Terminemos con la hipocresía de ajustar los términos que bien explica el diccionario a nuestra conveniencia. Y sobre todo dejemos de hacer comparaciones fantasmagóricas de otros tiempos que, a Dios gracias, ya no son. Vivimos en un Estado de derecho y hay que respetar el contrato social que implica vivir en democracia: el soberano delega su representación y el imperio del orden. 

Pareciera que basta la presencia de la autoridad para lo que hacen los violentos pase de ser delito a modo expresión y su accionar para repelerlos un acto de represión de derechos humanos. 

Lamentablemente si en cada marcha que protagonicemos en la Argentina comienza a aparecer la violencia, vamos a tener que prepararnos para una etapa oscura y difícil de atravesar, donde habrá batallas campales con intervención policial, porque el orden es elemental para poder vivir en una sociedad civilizada y este enunciado no hace falta fundamentarlo.