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Editorial

Aprendamos, definitivamente, a votar a conciencia

El escándalo desatado con el caso Muiña, en la Corte procedió a la aplicación de la ley más benigna (en este caso el dos por uno) a un represor condenado por delitos de lesa humanidad, plantea un dilema a la sociedad, que va más allá del caso en sí mismo. Dejando a salvo que estos beneficios no debieron nunca existir, fue la propia ley sancionada oportunamente por el Congreso la que dejó una puerta abierta a que pudieran aplicarse a represores convictos. 

El asunto que nos lleva al análisis es que la dirigencia política, expresada por el Poder Ejecutivo y el Congreso, intentó resolver esta falla de origen en tiempo récord. Lo que no es criticable, por el contrario es como debe ser. Y es así como en un abrir y cerrar de ojos, mientras una multitudinaria marcha se desarrollaba en la Plaza de Mayo en contra de la liberación de condenados por delitos de estas características, se sancionó una modificación a la ley que acota los beneficios reconocidos por la sentencia de la Corte. Mauricio Macri expresó la posición de su gobierno: “Siempre estuve en contra del 2x1, sobre todo en delitos de lesa humanidad”.  Y la realidad que entre idas y venidas se confirma que la Casa Rosada carece de un canal de comunicación con la Corte que le habría permitido prever lo sucedido. Un déficit que el oficialismo presenta, es obvio, como un mérito, porque al fin hablamos de la independencia de poderes. No es poco en un país donde los poderes vienen de años altamente contaminados unos con otros.

La paradoja de la política en la Argentina es que, al parecer, solo algunos temas, en los que la presión social se hace insoportable, merecen un tratamiento ágil del Parlamento, mientras que otros importantes asuntos pueden dormir la siesta eterna o una ley aprobada puede quedar cajoneada sin ser reglamentada por el Ejecutivo para siempre.  Esta es la dura realidad, más allá de las imágenes que tratan de vendernos los dirigentes que, sabiéndonos consumidores al fin, nos “venden” fotos, gestos, con un marketing que, en definitiva, está armado para que se nos haga carne. Así pudimos ver un sinfín de legisladores de muchos años en el cargo expresarse por los medios con espanto por lo sucedido, como si no hubieran tenido en su mano evitarlo, o a potenciales candidatos sosteniendo pancartas y pañuelos blancos al lado de Estela de Carlotto.

Esta situación se vive en la política de casi todos los países, la diferencia no está en la forma en que nos presentan la mesa servida, sino en la mirada de quienes reciben el mensaje. Concretamente que en la Argentina debemos aprender a sopesar los elementos reales que tenemos a la hora de votar, mirando detrás de las fotos, de las construcciones mediáticas con que cada candidato se nos presenta, lo que sabemos concretamente de cada postulante. 

Sin ir más lejos, en octubre vamos a ir a una elección legislativa y el concierto de los que se van a postular son todos conocidos de la política; a algunos los hemos visto gobernar, a otros legislar, a otros desempeñando funciones ministeriales. De manera que tenemos una ventaja muy importante para tomar decisiones. Y esos son los elementos a los que debemos recurrir a la hora de elegir el voto, a lo que sabemos efectivamente y no al marketing sutil o descarado de las campañas.

Solo como ejemplo, estos días hemos estado entretenidos con la infidelidad de Daniel Scioli a su joven novia, un escándalo del corazón que terminó con la confesión de un embarazo y de que va a ser padre a los 60 años. Su pareja, Gisela Berger, salió duramente acusándolo de no haber querido tener ese niño. Y la realidad es que no necesitamos conocer los aspectos de la vida privada del dirigente, porque para valorar su labor tenemos una larga carrera política donde ha desempeñado todos los cargos, legislador, secretario de Estado, vicepresidente y dos veces gobernador de la provincia de Buenos Aires. Lo que vale, llegado a este punto, es poner en la balanza lo que vimos sobre los modos de administrar y gobernar, que es lo que nos importa y debemos considerar al votar. Por otra parte, ningún ciudadano habita “La Ñata” como para conocer los términos de esa relación. Sí conocemos fielmente la labor dirigencial. Este mismo concepto lo debiéramos aplicar a todos los candidatos, en lo bueno y en lo malo: no debiéramos basarnos en cuestiones como a quién recibe el Papa, o cuán fiel es un candidato, ni con quién se saca fotos. La verdad es que nos hemos cansado de que nos entretengan en las campañas con poca sustancia y mucha imagen vacía, presidentes que fingían tener una familia normal en la campaña y era solo una puesta en escena como sucedió con Carlos Menem en su momento, viéndonos de pronto sorprendidos cuando echó a su esposa e hijos de Olivos y se conoció que tenía “un acuerdo” solo para la campaña con su exmujer. Y podríamos poner muchos más ejemplos de puestas en escena de todo tipo. Por eso, nuestro criterio no debe llevarse por lo que muestran sino por lo que hacen o han hecho. Al fin, los candidatos son todas figuras conocidas con un historial en los espacios públicos. Insistimos, lo que nos debe interesar son las aptitudes que tienen para administrar. 

Conocemos a todos los dirigentes que se postularán en octubre, desde Cristina Kirchner si finalmente se presenta, hasta Florencio Randazzo, Daniel Scioli, Sergio Massa, Margarita Stolbizer, Elisa Carrió o Esteban Bulrich. Este último es el menos reconocido ya que solo lleva más de un año como ministro de Educación, pero tampoco podemos decir que no estamos en condiciones de formar un juicio al respecto. Ahora aparecerán slogans de campaña, fotos armadas como si fueran casuales, actos programados y a más de uno le aparecerá un escándalo del corazón. Sin embargo, tenemos las herramientas necesarias para poder analizar a los candidatos sin el cotillón de la campaña. 

 

De eso se trata, de que aprendamos, definitivamente, a votar a conciencia.