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Editorial

Al fin, todos perdieron

El “súper martes” o “martes negro”, como se los sindicó, ya es historia en la cotidianeidad argentina. La multitudinaria marcha de la CGT, con sectores sociales y políticos, se cumplió y dejó mucha tela para cortar, ángulos para un análisis que se hace necesario, porque lo que está en juego es la paz social. Y en esta cuestión son actores tanto el Gobierno como los trabajadores y sus dirigentes.

En principio cabe destacar que la marcha fue enorme, columnas y columnas de trabajadores que superaron en mucho el “aparato” que normalmente mueven los gremios cegetistas. Esta cuestión no es menor, porque ante un malestar social denso y un pedido generalizado de “paro general ya”, la dirigencia de la CGT ofreció flojos discursos donde se adivinaba que la marcha era, al fin, para que funcionara como “apriete” al Gobierno, para negociar alguna ventaja para sus gremios. Esto terminó por enfurecer a muchos de los concurrentes, tanto que incluso Camioneros -que es grupo que se ocupa de la seguridad de los palcos de los actos gremiales- hizo claramente un hueco por donde se colaron sectores violentos. Activistas sociales de izquierda, no necesariamente identificados con un sindicato, le tomaron el palco al triunvirato de la CGT, abuchearon,  insultaron, y corrieron a botellazos, palos y piedras a sus dirigentes. En pocas palabras, los nuevos “gordos” fueron expulsados de su propia convocatoria, todo lo que genera una deslegitimación enorme de la conducción.

Si miramos con atención las expectativas de los concurrentes, salta a la vista que no toleran más el ajuste, los despidos y las paritarias a la baja. La crisis golpea brutamente a los industriales, los estatales viven en alerta y movilización, los empleados de los comercios y servicios temen más despidos. Y en este aspecto, el reclamo es justo y requiere de una reacción del Gobierno, porque es innegable que amplios sectores, inclusive pequeños empresarios, están padeciendo con más crudeza los bordes de esta crisis sin que el Estado ejecute alguna política amortiguadora del impacto que significa combatir la inflación con recesión y sin inversiones productivas aun a la vista. Si la lucha es seria, los resultados en algún momento llegarán –concretamente las inversiones-, pero en el mientras tanto hay que atender los efectos colaterales de las “terapias” que se siguen para tratar a un país enfermo.  

Con un grado ya de desesperación en algunos casos, primó la consigna de que se estableciera  una fecha cierta para un paro general, el que no resolvería los problemas que tienen -si vamos a sincerarnos- pero es el modo que sienten que deben expresar su descontento. Un “guiño” del Gobierno a estos sectores afectados hubiese bastado (y aun bastaría) para cambiar el humor social y regenerar expectativas. Pero a esta gestión le falta “timing” político y social, le falta “muñeca” para advertir la oportunidad de hacer algún anuncio que de inmediato desactivaría estos fogonazos que tantos dolores de cabeza les traen.

A los dirigentes sindicales de la CGT se los notaba incómodos, no sentían lo mismo que los trabajadores, no estaban dispuestos a lanzar un plan de lucha. Y esta distancia se transformó en violencia, la más peligrosa, la que viene de aquellos que no creen en el sistema, ni en el diálogo. 

A poco de terminar los disturbios, los dirigentes gremiales culparon a los choferes de la línea 60, a los remiseros de Ezeiza y a kirchneristas de Berazategui; los acusaron de querer manejar la agenda de la CGT. Pero lo cierto es que tras esas denuncias afirman que ya “tiene fecha el paro”.

Pero en esta jornada pasaron cosas más serias que un paro, de los miles que tuvo la Argentina durante la democracia. Dos aspectos clave para el análisis: en principio que con una CGT sin legitimidad, insultada por las bases, la organización comienza a dejar de ser un interlocutor válido para mantener la tranquilidad en la calle. Un espacio que el Gobierno no controla y que cada vez más ocupan los grupos sociales que son de actividad asistemática. Por eso llama la atención que el oficialismo haya hecho un primer análisis muy simplista afirmando que estaban contentos, porque la violencia era un paisaje al que los argentinos no quieren volver. 

Es cierto que fue un bochorno inocultable lo que sucedió al final del acto sindical y que los sectores medios toman debida nota de lo sucedido, pero no se puede ignorar que los gremios cada vez se ven más jaqueados por las bases, por la protesta y por un avance de los sectores de izquierda que buscan radicalizar la lucha. Si la CGT sigue filtrando conflictos por todos lados y sus dirigentes tienen cada vez menos peso ¿con quién se tendrá que sentar el Gobierno a dialogar para mantener la paz social? Para pensar.

No escapa al análisis que el Gobierno, además del ajuste, no está reaccionando frente a la desindustrialización que se viene padeciendo, ni parece sensible al reclamo de los trabajadores, tanto por los salarios como por los despidos. La creencia respecto de que el mercado interno no es lo importante sino los números macro, que dependen del nivel de las grandes inversiones, que al fin no están viniendo, ha generado un cóctel explosivo.

Al fin, con esta movilización todos parecen haber perdido: los dirigentes de la CGT convocante porque debieron huir de su propio acto, algo nunca visto. Los trabajadores porque se quedaron sin fecha cierta para el paro general y sufren desorientación respecto de su actual y su futuro. Y el Gobierno porque se está quedando sin interlocutores para frenar la protesta, mientras la calle está descontrolada y en manos de muy diversos sectores que la jaquean.

Es claro que el Gobierno no planea cambiar el modelo económico que pretende aplicar; están convencidos de que es el camino y es válido que sigan una estrategia. Pero todo llegará al punto que desean (y todos deseamos) en tanto y en cuanto en el trayecto tengan la agudeza de atender a los heridos, por los heridos y por el Gobierno mismo, para seguir teniendo ascendencia en la gente. También es evidente que los sectores del trabajo están reaccionando cada vez con mayor dureza. Más ajuste, más conflicto. Esta es la trampa de la que la Argentina debe salir, si pretende evitar que la paz social termine de quebrarse. Y el capitán de este navío a la deriva es Macri. El y su equipo deben de manera imperiosa encontrar la manera de seguir su ruta sin naufragar antes de llegar a puerto.