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Miguel Saranittes: una larga tradición en la venta de bicicletas y una rica trayectoria en el automovilismo

Miguel Saranittes, una vida colmada de ricas anécdotas. (LA OPINION) Miguel Saranittes, una vida colmada de ricas anécdotas. (LA OPINION)

Desde chico trabajó con su padre en la bicicletería. Luego prosiguió la actividad comercial en sociedad con sus hermanos y más tarde armó su propio camino, ese que hoy continúan sus hijos. A la par de ello desplegó su pasión en el automovilismo y fue corredor de varias categorías. Una vida llena de anécdotas, sustentada en valores que conserva.

Miguel Angel Saranittes tiene 71 años. Su apellido está vinculado al mundo de las bicicletas, actividad comercial que abrazó desde su infancia, copiando el oficio de su padre Domingo, un emprendedor que hizo de la venta de bicicletas un emblema de la ciudad y la región. Las anécdotas de su infancia refieren a un Pergamino distinto al de hoy. Su mamá se llamaba Delia y siempre fue ama de casa. Es el mayor de los tres hijos varones del matrimonio de sus padres. Sus hermanos son Carlos y Héctor, con quienes mantuvo una sociedad comercial que se disolvió muchos años más tarde.

Hizo parte de la primaria en la Escuela Nº 1 y culminó por cercanía con su domicilio familiar en la Nº 16. Allí tuvo una maestra de apellido Di Lorenzo que según cuenta “lo encaminó hacia el estudio y le enseñó a ser un buen alumno”. Hizo hasta tercer año en el Colegio Nacional. Pero supo desde siempre que lo suyo iba a ser “trabajar”, siguiendo el legado señalado por su padre en su condición de hijo mayor.

Comenzó a trabajar en la bicicletería de su padre a los 14 años. El primer negocio familiar estuvo instalado en San Martín y 9 de Julio y después en Bartolomé Mitre y 9 de Julio. 

Miguel era el encargado de hacer los mandados y las cobranzas. “Yo sentía que era una tarea de mucha responsabilidad y me permitió a muy temprana edad familiarizarme con la dinámica del negocio”. Trabajó allí hasta los 19 años en que emprendió su propio camino. “Comencé ayudando a un hombre que tenía la representación de Imperial Cord y como se había enfermado no podía manejar. Cuando este señor falleció, su esposa no podía llevar adelante la actividad, mi padre me ayudó con el dinero que había que poner para tomar esa representación, y así comencé con mi primer emprendimiento comercial”, relata en el inicio de la entrevista. Tuvo una carrera comercial fructífera que le permitió crecer y expandirse. Con la venta viajó durante años por muchos lugares y recorrió un largo camino. Reconoce que los dueños de la fábrica para la que trabajaba fueron generosos con su crecimiento y a medida que se expandía le facilitaban la posibilidad de poder equiparse y progresar.

Familiarmente durante mucho tiempo,  trabajó en sociedad con sus hermanos. Luego, por diversas razones propias de la dinámica comercial, cada uno tomó su camino. “Decidimos desarmar la sociedad en muy buenos términos y cada uno siguió en la actividad de manera independiente”.

Miguel instaló su bicicletería en Prudencio González y junto a sus hijos, comenzó una nueva etapa. Al frente del negocio, les fue enseñando los secretos de la tarea del armado y la  venta por mayor y menor de bicicletas. En la actualidad está jubilado, pero sigue colaborando con ellos: Mariela está a cargo de la bicicletería y Leandro se encarga de la venta por mayor y menor.

“Hace varios años que estoy formalmente jubilado, pero sigo yendo al negocio y en el tiempo libre me ocupo de cuidar a los nietos. Digamos que estoy al servicio de los hijos para todo lo que ellos procesen”, relata este hombre que se siente afortunado de poder disfrutar de sus afectos en el entorno de un mundo laboral que es el que ha contenido el desarrollo de su familia.

Reconoce que los cambios que fueron surgiendo en su actividad, algunas situaciones de inseguridad que le tocó atravesar realizando viajes y los avatares propios del país le fueron marcando hace un tiempo ya que era el momento de disminuir el ritmo y abocarse a otras tareas. Disfruta de sus nietos. Tiene cuatro: Juan Ignacio (23), Juan Francisco (19), Victoria (14) y Juanita (5).

Hace 47 años que está casado con Marta Delia Sarlinga, una mujer a la que conoció en las tertulias de Empleados de Comercio. “Estuvimos varios años de novios y nos casamos. Hemos sido y somos muy compañeros”. Reconoce que esa compañera ha sido un gran pilar de su vida. “Ella durante algunos años trabajó con sus hermanos que tenían carnicería y después fue ama de casa y siempre me ayudó a mí con la administración del negocio. Siempre encontré en ella una aliada para llevar adelante los proyectos que tenía. He sido muy afortunado”, refiere.

 

El automovilismo

Miguel llega a la entrevista con una carpeta construida prolijamente que en la portada tiene una foto de un niño dispuesto a protagonizar una competencia de “autitos a pedal”. Es él cuando tenía 9 años. Esa fue su primera incursión en el mundo de los autos. Es una fotografía de1954. Acerca a la conversación la referencia a aquellas competencias que se disputaban en la Avenida, a la altura de la Plaza 25 de Mayo. “Era una disciplina que atraía a mucha gente. Durante varios años competí con el auto a pedal y allí nació mi pasión por los autos”, cuenta.

La carpeta, construida minuciosamente por Teresa, la suegra de uno de sus hermanos, contiene algo más que fotos. En ella hay preciosos recuerdos de momentos inolvidables. Recortes de diarios, fotografías, relatos de una parte de su vida que fue significativa.

Ya más grande y luego de haberse casado, retomó su pasión por “los fierros”. “Antes tuve una pausa porque mis padres no me dejaban correr, seguramente por temor a que pudiera pasarme algo. Retomé cuando ya tuve mi propia familia, después de casarme. 

“En los autitos a pedal corrí hasta los 12 años. Después tuve una incursión en las motos, corrí cuatro carreras con la preparación de Tolesano, pero me di cuenta que no era lo mío. Hice una pausa hasta que ya a los 26 años retomé con los autos y corrí en forma casi ininterrumpida hasta que me retiré”, señala.

Compitió profesionalmente en la categoría Fórmula 2 Bonaerense, antes lo había hecho en Cafeteras como acompañante. Recuerda que su primer preparador fue Julio Giachino “con él construimos el primer coche de carrera, él era mecánico.

“Después me atendió el auto ‘Chiquito’ Ferrari y después Hugo Gangeme que me hacía toda la parte de carburación y más tarde ‘Pepe’ Cuartango, mi gran amigo de la infancia.

“En la Fórmula 2 corrí con una cantidad de gente impresionante, los recuerdo a todos con mucho cariño”, refiere y señala que en el ámbito del automovilismo siempre contó con la ayuda incondicional de Juan Carlos y Diego Capdevila. “Ellos siempre colaboraron, ellos eran distribuidores mayoristas y me ayudaban con todo lo que precisaba para las peñas en las que recaudábamos unos pesos para sostener la permanencia en la categoría y el mantenimiento del auto”. 

Conserva los mejores recuerdos de esa actividad y guarda celosamente innumerables anécdotas no solo de las carreras, sino de las instancias de preparación del auto con el que corría en una categoría que le permitió “viajar mucho y conocer a muchísima gente”.

“Era una pasión a la que le dedicábamos tiempo y esfuerzo porque nosotros mismos nos ocupábamos de preparar el auto para competir. Era tiempo que destinábamos por fuera del horario laboral”.

Corrió hasta 1991 luego de haber cosechado los más importantes logros deportivos. A fuerza de dedicación y disciplina siempre conseguía imponerse en los primeros lugares y un día sintió que “ya no tenía nada más para ganar”. Decidió alejarse de los circuitos, pero no de su pasión por el automovilismo. Y fiel a su impronta de generosidad, en sus últimos tiempos como corredor, fue enseñándole lo que sabía a los “chicos que llegaban al deporte”, muchos de ellos hijos de sus amigos a los que comenzaba a disfrutar viendo cómo se forjaban un camino que él ya había transitado.

Afirma que siempre se sintió reconocido en lo que hizo en materia deportiva y exhibe algunas columnas periodísticas prolijamente guardadas que lo tienen como protagonista de diversas hazañas en su larga trayectoria como corredor. Señala que sus padres, que al principio se resistieron a su pasión por los autos, más tarde disfrutaron de sus logros y siguieron de cerca su performance en las pistas.

“Con el transcurso del tiempo uno se siente reconocido, pero la principal satisfacción que da un deporte como el automovilismo, es la posibilidad de conocer a mucha gente, de entablar lazos de amistad perdurables”, asegura y recuerda el tiempo de las peñas compartidas entre amigos y las horas quitadas al sueño o a la familia en la tarea de preparar la máquina para la próxima carrera.

“Siempre conté con el apoyo incondicional de mi familia. No hubiera podido sin ellos”, asevera en otro tramo de la charla.

 

Su presente

A pesar de estar jubilado, asegura que se levanta respetando los horarios de ir al negocio. Concurre todos los días “pero solo para darles una mano a los chicos. Ellos son los que están al frente de la actividad comercial desde que me retiré”.
Esa rutina lo mantiene activo y saludable. Afirma que goza de buena salud y eso se advierte en la jovialidad de su expresión. Tiene un hablar pausado y sencillo.

Cuando no está trabajando, le gusta compartir tiempo en familia. También viajar a las carreras de automovilismo. “Hace quince días fui a la carrera del TC 2000.  Siempre es bueno encontrarse con gente querida y conocida de tantos años. Voy cada vez que puedo”.

Otro hobby es la pesca. En sociedad con amigos tiene un rancho en la isla. “Nos gusta ir al Paraná. Es un tiempo de descanso”, refiere este hombre de rutinas simples.

 

La vida que soñó

Sobre el final confiesa que tuvo la vida que soñó. En el tono de su voz y en su relato se nota que es un hombre que asumió con responsabilidad los retos que le puso por delante la vida. Que aprendió de las dificultades y supo sacar la mejor cosecha de su siembra. En el plano laboral y fuera de él, su principal tesoro es el universo de los afectos. Se considera un hombre rico en valores y en relaciones. En el deporte, en la amistad, en el trabajo siempre se mostró dispuesto a dar lo mejor de sí, sin importar si se trataba de situaciones justas o injustas. No repara en las diferencias que pueden haber surgido en el camino. Prefiere mirar en perspectiva la vida y asumir el lugar en el que está para disfrutar de su presente y para imaginar un futuro realizable junto a los suyos. Sin más aspiraciones que tener buena salud y ver a su gente “feliz”.

Dueño de una fe católica que lo ha conducido en la vida, confiesa que reza por eso todos los días. “La salud es lo único que uno se lleva, lo demás, lo material va y viene. Yo soy un hombre agradecido a Dios por todo lo que me ha dado. No hay nada más que pedir”, concluye y sonríe, agradecido.