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Héctor “Lolo” Rodríguez: un referente del mercado inmobiliario local

Héctor “Lolo” Rodríguez: en un alto de su tarea en la inmobiliaria, hizo un recorrido por su historia de vida. (LA OPINION) Héctor “Lolo” Rodríguez: en un alto de su tarea en la inmobiliaria, hizo un recorrido por su historia de vida. (LA OPINION)

Desde hace muchos años forma parte de una de las inmobiliarias más importantes de la ciudad. Por naturaleza ama el mundo de las ventas y siempre se sintió a gusto con la tarea que emprendió de la mano de “Freddy” Aloe, su socio y amigo. Su perfil pergaminense es un recorrido por la historia de vida de un hombre que logró alcanzar sus metas.

Héctor Manuel Rodríguez, “Lolo”, un apodo que lleva desde niño cuando una de sus tías lo llamaba “Manolo” y él siendo muy pequeño no podía repetirlo y solo alcanzaba a decir “Lolo”. Así quedó establecido el modo en que lo conocería todo el mundo. 

Tiene 63 años y nació en el Centro de Pergamino, en General Paz al 200. Es el hijo menor y único varón de una familia integrada por su padre, Héctor Rodríguez;  su madre, Alcira Motta; y sus tres hermanas: Elsa, Silvia (fallecida) y Susana. Sus padres tenían una empresa de transporte de cargas generales a Rosario.

Asegura que tuvo una infancia feliz. “Crecí con mis hermanas y en mi condición de ser el menor, siempre fui muy atendido”, cuenta durante la entrevista en la que refiere sus vivencias en el club, primero en Gimnasia y Esgrima y más tarde en Viajantes. Le gustaba la natación y algo el fútbol, aunque reconoce que con el agua se llevaba mejor que con la pelota.

Fue a la Escuela Nº 2 y su educación secundaria se dividió entre el Colegio Industrial y la Escuela Nacional de Comercio, donde egresó. Después fue el tiempo de trabajar.

Su primer empleo estuvo asociado a la comercialización de hacienda, con un señor de apellido Ferreyra, “Pancho” como “Lolo” lo recuerda. Más tarde la vida lo iba a conducir por el rubro inmobiliario, actividad en la que se consolidó y a la que aún hoy se dedica. “Yo trabajaba con ‘Freddy’ Aloe, él vendía hacienda y yo era su secretario, me ocupaba de los trámites bancarios y la atención de la gente. En una época el negocio cambió y dejó de resultar rentable. Yo me fui al Servicio Militar. ‘Freddy’ dejó la actividad,  cambió de rubro y se asoció con Ramón Monclús y compañía y abren una inmobiliaria en San Nicolás Norte. Cuando regreso del servicio, ‘Freddy’ me dice que me había guardado un puesto. Yo no sabía nada de propiedades. Arrancamos y aprendimos un poco juntos y nunca más dejamos de trabajar en sociedad”.

A ‘Freddy’ Aloe lo unía una relación de “familia”. “Cuando ‘Freddy’ llegó a Pergamino se hizo muy amigo de mis padres, así nos conocimos. Y siempre tuvimos un vínculo que fue más allá de lo laboral. Mi madre fue la que le preguntó si yo podía trabajar con él y ese fue el comienzo de una larga y fructífera relación.

“El me dio una oportunidad ya en el negocio de la hacienda y después guardó un lugar para mí en el emprendimiento inmobiliario”, insiste y cuenta que en la búsqueda de poder crecer y desarrollarse en el negocio de otra forma, decidieron fundar “Aloe y Rodríguez”. “‘Freddy’ disolvió la sociedad con Monclús en 1979 y comenzamos a ser socios”.

El emprendimiento se transformó en la empresa que iba a contener los proyectos de ambos. “El me dio la posibilidad de pertenecer a una sociedad sin que yo tuviera dinero para integrarla. Tomé el desafío y le fui pagando la parte de a poco. Así comenzamos y funcionamos muy bien. ‘Freddy’ y yo nos llevamos 21 años, pero siempre nos unió una relación muy particular, muy especial, nunca había entre nosotros ni un sí ni un no y la confianza prevaleció por sobre todo”.

Se emociona cuando hace referencia a los problemas de salud que aquejan a este hombre al que considera como “un padre” y amigo incondicional. “El ya no está en actividad, pero la empresa sigue adelante, sus hijas están acá con nosotros.

“Tenemos en común una vida juntos y yo lo quiero como si fuera mi padre. Nos llevamos excepcionalmente, una cosa difícil de contar. Las mayores enseñanzas de la vida yo las aprendí con ‘Freddy’, no solo en la parte comercial sino en lo humano”, resalta.

Cuenta que su socio siempre respetó el espíritu inquieto de “Lolo” y sus ganas de crecer. “Nos complementamos muy bien. Y llevamos adelante una sociedad comercial muy especial. El bregaba siempre porque siguiéramos adelante y decía que si él algún día no podía trabajar, anhelaba que su yerno y yo continuáramos la tarea. Así fue, hace varios años que él no trabaja y creo que nosotros hemos estado a la altura de las circunstancias, diversificando la actividad y emprendiendo nuevos proyectos, algunos de ellos vinculados a la construcción de varios edificios y fideicomisos. Fuimos derivando en otros rubros, un poco por inquietud mía. Siempre nos caracterizamos por la palabra, una conducta y la seriedad de hacer bien nuestro trabajo. Nunca nos apartamos de eso y por suerte nos dio mucho resultado”.

Recuerda los tiempos del comienzo, en avenida Julio A. Roca al 300, donde alquilaban un local. Hace ya 33 años un 21 de septiembre inauguraron en la esquina que la inmobiliaria ocupa actualmente en Dorrego y San Nicolás. “Primero compramos la planta baja y más tarde compramos la planta alta, después nos fuimos porque nos inundamos y tuvimos que refaccionarla toda y finalmente se consolidó como una insignia de la sociedad Aloe y Rodríguez”.

“Lolo” asegura que el mercado inmobiliario es un mundo en el que le gustó desarrollarse. “Yo no conocía la actividad, a mí me gusta mucho la parte comercial y eso fue lo que más me atrapó porque me defino como un comerciante por naturaleza”, refiere y hace un recorrido por el aprendizaje logrado en tantos años de trayectoria en el rubro.

“Hice muchos cursos en la Cámara Argentina de Inmobiliarias, eso me permitió ir desarrollándome e ir creciendo, siempre guiado por la experiencia de ‘Freddy’”, resalta.

 

Su universo personal

En 1977 se casó con Laura Aguilar y se mudó a la zona del Cruce de Caminos, después volvió al Centro. “Durante siete años estuvimos sin poder tener hijos y después tuvimos la dicha de que llegaran a nuestra vida nuestros dos hijos: Ignacio (33 años) y Pilar (31)”, relata y orgulloso cuenta que ambos han conformado ya sus propias familias y le han dado tres nietas. “Ignacio está casado con Mariana Cáceres; y Pilar, con Leandro Rocco”.

Confiesa que sus nietas son la luz de sus ojos. Habla con profunda emoción de Pía Rocco, Lola Rocco y Ambar Rodríguez Aguilar. “Todas mujeres. Amo las mujeres, a las mujeres de mi familia y a las mujeres de las familias de mis hijas. Estoy rodeado de mujeres”, bromea.

Cuando no está trabajando le gusta la vida al aire libre y disfruta de rutinas que tienen que ver con eso: caminar, andar en bicicleta y descansar en su casa en la Villa Santa Mónica, en el Valle de Calamuchita son algunas de las cuestiones que menciona asociadas al descanso.

Le gusta compartir tiempo en familia. Su esposa fue profesora de Psicología y hoy está jubilada. Cuenta que se conocieron siendo muy jóvenes porque ella era amiga de una de las hermanas de “Lolo”. “Ella iba siempre a mi casa, después el tiempo transcurrió, no la vi más, ella se fue a estudiar a Rosario y ya recibida, un día nos encontramos, comenzamos a charlar, salimos y así se fue armando la vida ‘sin querer, queriendo’”.

Se define como un hombre “conservador” para los afectos. “Trato siempre de preservar lo que tengo y protegerlo. A través de los años sigo trabajando en la misma empresa, tengo una familia de la que estoy orgulloso y siento que son dos aspectos en los cuales no me equivoqué en la vida”.

Duda respecto de tener asignaturas pendientes. Más bien piensa en proyectos que podrá realizar y confiesa que su pasión es viajar. “De joven no tuve muchas posibilidades de hacerlo, empecé a viajar hace algunos años y tuve la fortuna de poder realizar varios viajes; y me gustaría seguir viajando. Es mi placer”.

Afirma que Pergamino es un lugar en el que le gusta vivir, aunque confiesa que su casa en Córdoba es para él sinónimo de “verdadero descanso”. Allí le gusta ir y define ese espacio como su lugar de “reposo”. “Ahí descanso mucho y me desconecto del trajín de todos los días, me gusta ir al río, andar en cuatriciclo, y reunirme con amigos y familias.

“Amigo de los amigos”, defiende la amistad como un baluarte. Le gusta compartir experiencias de vida con ellos. “Trato de mantener la amistad”. Eso requiere de tiempo y cuidado constantes y “Lolo” realiza esa tarea con profundo placer. “Tengo la dicha de tener amigos de toda la vida, como Javier Godoy, ‘Carlitos’ Benedetto, Sergio Estévez, José De Sensi y Horacio Valentini; y otros que he cosechado con la vida y con los cuales tenemos grupos, peñas y salimos a cenar”, señala y en cada uno de ellos, los que nombra y los que no, está uno de los tesoros más importantes de su vida. 

Cuando la charla lo conduce por los caminos de imaginar su vejez, esos amigos están, igual que su familia. También un deseo: “pasar ese tiempo con autonomía”.

“Creo que la vejez es la etapa más difícil de la vida”, confiesa y prosigue: “Ahora que estoy más grande sé que me gustaría vivir bien hasta donde pueda por mis propios medios y sin perder autonomía. No quisiera que mis hijos tuvieran que ocuparse de mí. Prefiero pensar que ellos van a poder hacer su propia vida, disfrutando y pasándola bien”.